La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 7
25%

CAPÍTULO 7

Aquel era el último día del fin de semana. Los invitados abandonarían la casa de campo de los Abbot después de la comida, la última actividad formal programada que compartirían todos juntos.

Arthur esperaba junto a Lennox en el salón a que sonara la campanilla para acceder al comedor. Los dos amigos apenas habían coincidido durante el fin de semana. El duque intuyó que Leonard había estado bastante entretenido con sus asuntos y, en particular, con su lady Susan.

—Lennox, ¿tienes ya a tu presa donde querías? —le preguntó.

—¡La maldita sanguijuela no lo pone fácil! —espetó Leonard sin ocultar su mal humor.

—¿Así te diriges a tu lady Susan? ¿No deberías tener más respeto al hablar de la dama?

—La sanguijuela no es ella… es su inseparable madre. No la deja ni cinco minutos a solas —refunfuñó y pegó un largo trago a su copa, fruto de su frustración acumulada. Arthur sonrió ante el comentario.

—¿Tiene una guardiana difícil de sortear?

—¡Es infranqueable! Deberían contratarla en la guardia personal de su majestad el Rey. No he visto a nadie tan eficiente como ella. No puedo ni acercarme a dos pasos de Susan, siempre está acechando.

—Protege lo suyo, Lennox… es su hija. ¿Qué esperabas?

—Soy experto en sortear estas situaciones, Caven, pero jamás había encontrado tantas dificultades.

¡Si hasta ha pedido a los Abbot que les prepararan una habitación a las dos juntas!

—exclamó fracasado—. No se despega de ella ni un solo segundo de las veinticuatro horas que tiene el día.

—Leonard no podía ocultar su desilusión.

Su tensión sexual acumulada con lady Susan lo tenía irascible.

—Pero ella… ¿tiene interés en ti?

—Cavendish… —lo miró como si hubiera dicho una absoluta estupidez.

—No me mires así, te recuerdo que no acudió a tu cita en el jardín del pecado.

—¿Crees que la sanguijuela dejó que pudiera ir? Fue su maldita madre quien la retuvo. La tenía tan controlada que Susan no pudo acudir aquella noche a mí.

—Tu arrogancia ha vuelto a su sitio.

—No sé cómo puse en tela de juicio mi… —carraspeó Lennox— mi indudable encanto. Es evidente que algo había pasado para que la dama no acudiera.

—Definitivamente tu vanidad ha regresado por completo a su lugar —confirmó Arthur, dando también un trago a su copa.

—Siento no haber podido estar demasiado pendiente de ti. ¿Cómo te ha ido, Caven? ¿Te has aburrido mucho?

Arthur no tenía ganas de explicarle los detalles de lo vivido en su intenso y peculiar fin de semana.

Ya había elegido a la mujer que engendraría a sus herederos y, que Dios lo perdonara por sus pensamientos, no encontraba el momento de empezar a hacerlo.

No podía quitarse de la mente la imagen de Lilian cerca de su cuerpo, en la cabaña, con su aspecto real.

Si su amigo estaba obsesionado con lady Susan, él no lo estaba menos de la señorita Rigby.

De hecho, no dejaba de recorrer la sala, atento a cada movimiento, esperando verla aparecer en cualquier instante, pero, por lo visto, ella se estaba retrasando. Su tía Josephine tampoco estaba.

—No te preocupes, he conseguido entretenerme lo suficiente —contestó evasivo. Sin embargo, su tono delató que ocultaba algo. Su amigo, que lo conocía demasiado bien, intentó averiguar más al respecto.

—¿La viuda Winter? —preguntó con picardía.

—No —respondió Arthur con indiferencia.

—¿Alguna de las damas que te rodeaban con tanto interés en la cena de ayer noche? Eran tiernas como una flor de primavera —observó Lennox.

—Demasiado jóvenes. Deben estar en su primera temporada, como mucho. Me aburrí inmensamente durante la velada —explicó Arthur al recordarlas. Su amigo siguió indagando.

—¿Lilian Rigby? —preguntó Leonard con burla sin poder contener una sonrisa en sus labios. Preguntar por ella era irrisorio, pero recordó la primera cena y cómo su amigo había mostrado con la fea solterona una actitud bastante cómplice.

Arthur no respondió. Su silencio descolocó al marqués de Lennox.

—¿Canven...? — insistió, pero Arthur seguía sin responderle.

Leonard lo miró a los ojos. ¿Aquel mutismo significaba lo que él estaba interpretando? ¡No podía ser!

—Digamos que he estado entretenido, como te he dicho. No hagas más preguntas —le pidió Arthur.

—¿Lilian Rigby? —dijo sin salir de su estupor.

—Cállate, Lennox… —le ordenó autoritario—. No todo es lo que parece.

—Pero…

—¡Basta! No estoy de humor para hablar de esto aquí y ahora —zanjó. Cuando el duque demostraba abiertamente su autoridad, ni su mejor amigo Lennox osaría seguir indagando.

Arthur empezaba a estar molesto porque no veía aparecer a la muchacha. ¿Dónde estaba Lilian?

La campana sonó anunciando que ya se podía acceder al comedor.

Los asistentes fueron entrando y tomando asiento, hasta que todas las sillas estuvieron ocupadas.

No había asientos libres. Ni tía Josephine ni Lilian estaban presentes.

Eso solo podía significar una cosa: la muy bruja se había marchado de casa de los Abbot.

En cuanto lo entendió, su ira volvió a apoderarse de él.

Si Lilian Rigby pensaba que, por huir entre las sombras de aquella casa, iba a estar a salvo de él, aún le quedaba mucho por aprender.

***

Días más tarde, llegó una nota a casa de tía Josephine a nombre de Lilian.

Al tenerla entre sus manos, la muchacha comprobó que no tenía remitente.

Algo le hizo sospechar de quién debía ser.

La joven entornó los ojos. ¿Acaso no le había dejado claro que no quería saber nada de él?

¿Tan mentecato era que no interpretaba sus señales?

¿Irse de la casa de los Abbot y haberle indicado que jamás sería su duquesa —recalcándole claramente que la olvidara—, no había sido suficiente?

Estuvo tentada de tirar la carta al fuego, pero algo en su interior, no supo interpretar si curiosidad o qué exactamente, la empujó a abrirla.

Dentro encontró su pañuelo. Recordó cómo él había metido sus manos entre sus pechos para sacarlo y cómo lo utilizó para descubrir su verdadero aspecto.

El pañuelo todavía tenía manchas de maquillaje. Leyó la nota adjunta:

“Sus secretos, nuevamente, siguen a salvo conmigo”

Lilian partió la nota en dos y la tiró a una papelera.

Suspiró para sus adentros. Ella le había dado vueltas a lo sucedido el fin de semana y no entendía algunas cosas que había experimentado.

Antes de que se desatara la tormenta había estado a punto de besarse con…

¡Arthur Wesley! ¡El insufrible duque de Cavendish!

¿Qué le había pasado por la cabeza para haber mostrado tal debilidad ante su cercanía?

Agradecía al cielo que se hubiera revelado con aquel cruento relámpago y que nada de aquello hubiese sucedido.

Por suerte, su tía siempre se mostraba receptiva a sus peticiones.

Nada más llegar de la aciaga cabalgata, la avisó de que no se encontraba bien y que prefería regresar a Londres cuanto antes.

Tía Josephine accedió sin necesidad de más explicaciones y, de esa forma, se marcharon de casa de los Abbot a media mañana, agradeciendo a los anfitriones su hospitalidad.

Desde aquel día no había vuelto a saber nada más del duque. Pensó que sus desplantes habían sido suficientes para desalentarlo de sus absurdas intenciones. ¿Ella su esposa? Su cabeza no daba crédito a lo que él había insinuado. ¿Casarse con un duque? ¡Sobre su cadáver!

Y ahora, aquella carta. ¿Qué significaba? Posiblemente le devolvía el pañuelo, dando por zanjado el asunto. Si así era —y no estaba equivocada—, por fin se libraría de él.

Durante el desayuno tía Josephine le había informado que a la noche tendría lugar un baile.

Estuvo planteándose seriamente rechazar la invitación inventando una excusa, pero era ridículo.

No podía estar a cada momento sintiéndose indispuesta o finalmente su tía llamaría a un médico.

Decidió que no había más remedio que asistir.

De esa forma, horas más tarde, procuró mimetizarse con la decoración del salón de los Henderson, situándose en su ubicación preferida: el rincón más alejado de la concurrencia.

La fiesta era aburrida, como todas. Pero debía aguantar unas dos horas más hasta que tía Josephine le permitiese regresar a casa.

Por suerte, el duque no había aparecido, y siendo ya casi la una de la madrugada, nada hacía apuntar que fuese a hacerlo.

Pero sus esperanzas se diluyeron como un bloque de hielo en agua caliente: el gran duque de Cavendish entró al salón junto al conde de Rockingham.

La llegada de esos dos peces gordos levantó el habitual revuelo entre las madres de las damas casaderas que enseguida ponían sus atenciones sobre los objetivos más codiciados.

Lilian observó como Arthur repasaba con la vista a los asistentes.

Tardó poquísimo en localizarla. Sus miradas se encontraron.

El duque clavó sus ojos grises en ella con intensidad, parecía una fiera que hubiese descubierto a su presa.

Lilian, en esta ocasión, no iba a evitar su mirada.

No. No iba a dejarse amilanar. Él, sin más preámbulos, caminó en su dirección.

«¿De verdad iba hacia ella? ¿Qué querría ahora?» Bufó para sus adentros.

Algunas miradas curiosas siguieron la estela del duque que se dirigía con paso decidido hacia una zona concreta y desconcertante: el rincón de las florero. Inevitablemente, se extrañaron y no lo perdieron de vista. El duque se detuvo frente a Lilian Rigby, quién le miró desafiante.

—Buenas noches, señorita Rigby —la saludó el duque haciendo una reverencia.

—¿Qué hace aquí? —gruñó apretando los dientes sin ocultar su enfado—. Nos están mirando… —le recriminó al sentirse observada por los curiosos de su alrededor.

—Vengo a pedirle el siguiente baile, si me concede el honor —preguntó él con su porte y autoridad ducal.

—¡Márchese, se está poniendo en evidencia! —le ordenó. ¿Acaso no se daba cuenta que sería motivo de burlas si él, todo un duque, bailaba con la fea solterona?

Arthur no estaba dispuesto a aceptar excusas.