CAPÍTULO 6 #3
Arthur la miró con los ojos entrecerrados.
Lejos de valorar la opción de devolvérselas, tiró de ella con determinación hacia el exterior de la cabaña.
Lilian opuso resistencia clavando los pies al suelo, pero a trompicones, consiguió arrastrarla fuera, quedando nuevamente bajo la intensa lluvia.
El duque, sin nada de delicadeza la obligó a levantar el rostro para que el agua le cayera sobre aquellas manchas.
Con la otra mano, empezó a restregarlos intentando borrar cualquier resto de maquillaje.
—¡Suélteme, salvaje… me hace daño, bruto animal! —gritó ella intentando zafarse de su agarre.
—¡Y un cuerno! —el duque todavía estaba en shock comprobando que, a cada restregón, aquella muchacha lucía más bonita. Su piel era fina y saludable.
—¡Deténgase de una maldita vez…! —insistió ella para que la dejara.
—¡¿Qué demonios es esto, Lilian?!
—¡No tengo por qué darle explicaciones…! —seguía intentando evitar sus manos, ladeando la cabeza en un sentido y otro.
En la refriega, un encaje de tela asomó por el escote de Lilian. Arthur tiró de él recordando que en una ocasión la había visto sacarlo de allí. Lo utilizó para restregarle el rostro y aquello... fue definitivo. Ahora sí, pudo observar el aspecto real de aquella muchacha.
Una ira descomunal subió por su cuerpo desde los pies a la cabeza.
—¡¿Qué es esto, Lilian?! —tronó el duque, quien no hizo el más mínimo gesto de liberarla, todavía reteniéndola por la muñeca.
—¿Cómo se ha atrevido? ¿Qué derechos cree tener sobre mí para tratarme de este modo? —le recriminó retándolo con una mirada que escupía fuego.
Arthur ni escuchaba sus reproches. Ahora necesitaba más, saber qué más ocultaba.
La volteó y, con suma habilidad, le sacó unas cuantas horquillas para deshacerle su apretado moño —ese que parecía más propio de una anciana que de una joven casadera—.
Su larga cabellera cayó como una cascada húmeda y brillante.
Él la giró de nuevo hacia sí y la sujetó con firmeza por ambos brazos: debía verla en su conjunto.
La belleza de Lilian era simplemente espectacular.
Sus ojos, su cabello, sus labios, su piel… toda ella era perfecta.
Solo la furia que sentía en aquel instante frenó sus avances para besarla.
—¡¿A qué demonios estás jugando?! —exigió saber.
Lilian le propinó una patada en la espinilla, pero no logró destensar su férreo agarre.
Arthur estaba tan colérico que ni una manada de búfalos pasándole por encima hubieran conseguido que la soltara.
La alzó echándosela sobre el hombro como si fuese un saco de patatas y regresó de nuevo al interior de la cabaña.
Lilian pataleaba y lo golpeaba con sus puños en la espalda mientras le gritaba improperios:
—¡Suéltame bruto, vejestorio, rata inmunda…! —todo lo que su bendita lengua pudo arrojar.
El duque no oía nada de lo que le gritaba, ni un látigo azotándole le hubiera alterado después de descubrir el engaño de aquella descarada. La dejó sobre el suelo y la arrinconó contra la pared. Sujetó sus manos por encima de su cabeza, entrelazándolas con las suyas.
—¡¿Vas a decirme de una maldita vez a qué estás jugando?! —le preguntó autoritario y cortante.
—¡Suélteme!
—Ni lo sueñes. Confiesa de una vez por todas, jovenzuela.
—¡Me hace daño! —probó otra táctica.
Con el cabello esparcido sobre su rostro, las mejillas sonrosadas, sus sensuales labios entreabiertos y su agitada respiración que subía y bajaba sus pechos, Lilian era toda una tentación.
Arthur estaba tan maravillado con la imagen recién descubierta de la muchacha que no podía reprimir un desconcertante alborozo interior.
—¡No me mire! —le gritó ella.
—¡La fea solterona! ¡Ja! —exclamó. Sentía como una afrenta personal que se hubiese burlado de él—. Eres el sueño de cualquier hombre.
Lilian dejó de moverse… ¿Qué le había dicho?
—¡Suélteme, excelencia…! —le exigió recalcando su trato formal. Debía poner distancia urgentemente.
Arthur la mantuvo unos instantes más en esa posición, dominándola sin que ella pudiese moverse, pero al tiempo procurando recuperar su propia cordura y el ritmo normal de su propia respiración.
—¿Qué misterios ocultas, Lilian Rigby…? —preguntó, en esta ocasión, un poco más calmado. Sus rostros seguían a corta distancia y ambos podían sentirse los alientos.
—No es de su incumbencia… y deje de mirarme de ese modo…
—¿De qué modo te miro, Lilian?
—No lo sé… pero no me gusta.
—Pues has de saber cómo te estoy mirando.
—No necesito saberlo… Solo deje de hacerlo, me incomoda. Me molesta… me desagrada.
—Te miro como un hombre mira a una mujer.
Ella cerró los ojos y giró la cara a un lado:
—No debería mirarme así. ¡Deje de hacerlo!
—Me pides un imposible.
—¿Tan poco autocontrol tiene, excelencia? —intentó injuriarlo.
—Sí —admitió con firmeza, pero al mismo tiempo con una renovada ternura.
Paulatinamente empezó a aflojar su agarre—.
Sí, Lilian. Sí… es difícil controlar mis impulsos cuando tengo delante a mi futura duquesa —dijo y se quedó tan sorprendido como ella por haber pronunciado algo de tal calibre con aquella ligereza.
Lilian lo miró con los ojos como platos. ¡Definitivamente ese hombre estaba desequilibrado! Al sentirse liberada de su agarre, colocó ambas manos en el pecho masculino y lo empujó con todas sus fuerzas.
—Ni en un millón de años… Ni aunque fuera el último hombre sobre la faz de la tierra… Ni aunque el mismísimo rey me obligara a hacerlo… Ni… —a cada negativa, emitía un empujón más fuerte que el anterior.
—Deja de esforzarte, porque desde hoy eres mía… y lo serás en nombre de Dios antes de que te des cuenta.
—¡Se ha vuelto loco! ¡Nunca seré suya! ¿No me ha oído? ¿O necesita que le traiga una trompetilla?
El duque soltó una carcajada. «¡Maldita descarada!
», siempre tenía que decir la última palabra.
Pero tenía una vida entera por delante para hacerle entender que eso no siempre iba a ser así, porque Arthur Wesley, duque de Cavendish, ya había tomado la decisión más importante de su vida: Lilian Rigby sería su esposa.
Y aunque no lo tuviese fácil, ya que intuía que aquella rebelde deslenguada no se lo pondría en bandeja de plata, tenía claro que no habría otra en el mundo entero que fuera digna de ocupar ese lugar.
Con tal convicción, se apartó de delante suyo y le dejó vía libre.
Ella seguía mirándolo con desconcierto, odio y ofuscación.
—Duquesa… —dijo él sin alterarse— puedes volver a colocarte tus gafas, aunque dudo mucho que las necesites.
—No soy su duquesa, ni lo seré… ¡No vuelva a dirigirse a mí de ese modo! —le espetó.
—Era por ir practicando y he de reconocer que ha sonado bastante bien… De hecho, me ha encantado.
—¡Es usted un…un… un chiflado! —Lilian pasó por su lado para sortearlo y se giró para gritarle—. ¡Debería estar encerrado en un manicomio bajo llave!
—No me importaría en absoluto si en la misma celda te encerraran a ti también… porque te aseguro que íbamos a pasar muy buenos ratos —replicó para incomodarla—, y por lo que acabo de descubrir tú tampoco estás demasiado bien de la cabeza.
—No debí aceptar su absurda invitación para cabalgar juntos… Ya le dije que prefería hacerlo sola.
—No tuve que insistirte demasiado para que accedieras… duquesa —volvió a pincharla.
Ella lo fulminó con la mirada.
—¿En verdad necesitas esas horribles gafas? —preguntó él.
—¡Mi vista es perfecta, excelencia! ¡No como la suya…!
—Tus improperios hace tiempo que dejaron de afectarme, mocosa testaruda. Empieza a usar otros diferentes si quieres que me altere.
—Supongo que no hará falta porque, a partir de ahora, no pienso volver a dirigirle la palabra. ¡Olvídeme!
—¿Ese es tu plan? ¿Vas a hacer que nuestro matrimonio se rija por un silencio sepulcral permanente? ¡No va contigo!
Ella ni le contestó, solo se cruzó de brazos. El duque puso sus ojos en blanco. Era como una niña pequeña. ¿Ahora dejaría de hablarle? O no callaba ni debajo del agua o se quedaba muda. Con ella no había término medio. El duque volvió a insistir:
—¡Lilian Rigby, respóndeme cuando te hablo!
Lo miró altiva, soltó un bufido nada femenino, recuperó sus gafas y salió de la cabaña. El duque fue tras ella:
—¿Dónde te crees que vas? —inquirió bajo la lluvia que seguía cayendo con fuerza.
La joven lo ignoró. Se dirigió a su montura, la desató del poste donde la había atado y, como pudo, apoyándose en unas maderas, subió al caballo.
Otro relámpago iluminó el cielo. Acto seguido salió en estampida y sin mirar atrás.
La cabezonería de su futura duquesa era mayúscula: la admiraba y la detestaba a partes iguales, pero zarandeaba su interior despertando mil emociones y, eso, no podía negarlo.
Cavendish también montó en su caballo y cabalgó tras ella.
En cuanto llegaron a los establos de los Abbot, empapados y tiritando de frío, Lilian entregó su caballo a un mozo de cuadras y Arthur hizo lo mismo.
Sin dirigirle la mirada, la joven salió corriendo hasta la casa.
Arthur se lo permitió, a regañadientes, quedándose de pie en mitad del camino.
¿Qué otra alternativa tenía? No deseaba crear un escándalo entrando a la mansión principal gritando su nombre como un poseso.
Ahora lo más sensato era dejar que se le pasara el enojo, incluso puede que él mismo necesitase rebajar sus emociones, por lo que se dirigió a sus aposentos para cambiarse de ropa antes de pillar un catarro descomunal.