La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

El corazón del duque se saltó un latido.

Cuando Lilian era un torbellino que lo llevaba al límite de su paciencia lo hacía hervir por dentro, pero cuando era dócil y accedía a sus peticiones, hervía de otro modo.

Su orgullo se crecía. Su vanidad se expandía por toda la pradera que tenía delante.

Escuchar de esos tentadores labios pronunciar su nombre de pila, lo elevaban al mismísimo cielo.

¿Estaba enamorándose de la solterona del baile?

¿O era simple atracción sexual? ¿Con Lilian Rigby…

atracción sexual? ¡Aquello era imposible!

Entonces… ¿por qué la empezaba a ver preciosa?

¡Dios! Sería el hazmerreír de Londres si tenía un affaire con la fea solterona.

Y aun así… allí estaba él, como un muchacho imberbe fantaseando con cortejar a la dama más rechazada de la temporada.

¡El gran duque de Cavendish! Londres estaba plagado de bellezas, rosas tiernas dispuestas a ser deshojadas, sumisas como un mar en calma y él había puesto sus ojos en la más díscola de todas ellas.

La que prefería un mozo de cuadras a él. Sí, aquello todavía escocía en su ego.

—Gracias, Lilian —le devolvió una sonrisa relajada—. ¿Seguimos?

Tras el gesto afirmativo de ella continuaron su agradable paseo. El paisaje era verde y la frondosa vegetación envolvía cada rincón del entorno. Sin apenas percibirlo, el aire empezó a cambiar paulatinamente tornándose más intenso, al tiempo que aparecían unas nubes grises en el horizonte.

Lilian necesitaba un poco de acción. Adoraba imprimir cierta adrenalina en sus paseos matutinos.

—Arthur —llamó su atención—, el trayecto hasta ahora ha sido bastante relajado, ¿le apetecería cambiar el ritmo y que hiciéramos una carrera?

—Accedo a su propuesta, Lilian. No podría negarme a nada que usted me pidiera.

—¿Está aumentando mis privilegios? —preguntó juguetona—. Vigile sus ofrecimientos, o corre el riesgo de que pueda pedirle algo que no estaría dispuesto a ofrecerme.

El duque se permitió una leve risa.

—Lilian, aceptaría cualquier descabellada petición que me hiciera… Menos que me tire desde un segundo piso, como pudo comprobar ayer.

—Acepto su palabra. Nunca se sabe si en algún momento podría necesitar la ayuda del majestuoso duque de Cavendish —le dedicó otra sonrisa.

—¿Majestuoso… o insoportable? —Arthur también sonreía—. Debería empezar a concretar mejor sus calificativos hacia mi persona, Lilian. Me tiene confundido.

Ella no le contestó, pero situó el caballo a su lado. Le miró de reojo y añadió:

—¿Hasta aquellos árboles? —preguntó refiriéndose a la posible meta de la carrera.

—¿A la de tres? —preguntó él.

—Perfecto. Una…

—Dos…

—Y tres… —la joven finalizó la cuenta atrás.

Los dos jinetes empezaron a recorrer la distancia a toda velocidad llevando los caballos al límite de sus capacidades.

El duque cogió cierta ventaja, pero Lilian le seguía de cerca, por lo que iba volviéndose a mirarla por encima del hombro para comprobar que no lo atrapara.

Espoleó con más fuerza al caballo para imprimirle más nervio.

La joven hizo lo mismo con su montura. Llevaban la mitad del trayecto cuando el caballo de Lilian redujo distancias y alcanzó al de él.

Por unos instantes, los dos jinetes cabalgaron casi a la par.

Los dos controlaban estratégicamente la posición del otro y la intensidad de la carrera iba en aumento.

De pronto, el duque se asustó: un tronco caído se interponía en el camino.

¿Podría Lilian saltar sin caerse? Sintió pánico por ella, por su integridad y también… ¿Por él?

—¡Lilian! —gritó el duque.

—¡Está controlado! ¡No se detenga! —gritó la muchacha sin bajar el ritmo de la carrera, azuzando aún más al caballo.

Arthur se quedó petrificado temiendo su caída, esperando lo peor, un desenlace fatal, pero Lilian salvó el obstáculo con facilidad y miró hacia atrás satisfecha de su proeza.

El duque había frenado su avance. Sin embargo, en cuanto evidenció que Lilian había cubierto con éxito aquel impedimento, él también imprimió brío a su montura y superó el obstáculo sin problema.

Pronto se puso prácticamente a su altura.

El último tramo de la carrera estuvo reñido, pero Lilian había conseguido cierta ventaja con el incidente del tronco que Arthur no fue capaz de remontar.

En cuanto rebasó el punto acordado Lilian detuvo su caballo.

Su respiración estaba agitada por el esfuerzo y sus mejillas sonrosadas.

Arthur llegó segundos después y bajó de un salto del animal.

También le faltaba el aire. Se acercó a ella en dos zancadas y extendió los brazos.

Lilian entendió que se ofrecía a ayudarla a bajar, cosa que aceptó de buen grado.

Su cuerpo se arrastró a través de las manos del duque que acarició su perfil sujetándola por su cintura.

La joven sintió un cosquilleo especial, pues la firmeza de su agarre le daba una seguridad increíble.

Al tocar el suelo con los pies, sus rostros quedaron a corta distancia:

—Buena carrera, Lilian... pero… —ella sabía que ahora se avecinaba una reprimenda por su irresponsabilidad, por saltar con un caballo que no estaba habituado a sus manos— no desobedezca mis órdenes la próxima vez.

—Ahí estaba de nuevo el estricto duque y, en esta ocasión, su tono no admitía réplica alguna.

—¡No ha sucedido nada! Además, no había nada que temer ya que, si hubiese caído, usted iba conmigo… Le recuerdo como un magnífico doctor… —bromeó para quitar hierro al asunto.

Arthur todavía no había retirado las manos de su cintura. Las delicadas curvas femeninas eran una tentación demasiado poderosa y sus ojos se posaron sobre los labios de ella.

—Lilian, no puedo curarlo todo.

—Me dijo que confiara en sus aptitudes.

—No vuelva a ponerse en riesgo…

Arthur tomó la mano de Lilian y la guio hasta posarla sobre su agitado pecho. El corazón del duque latía con una fuerza inusitada. Ella entreabrió sus labios en sorpresa:

—Su corazón… —susurró— está a punto de estallar… ¿Es por la carrera? —preguntó la joven Rigby.

—Es por ti…

Los dos se quedaron en silencio. Los dulces ojos verdes de la muchacha, que se percibían pese a las gafas, se fundieron con los intensos grises del duque.

El corazón de Lilian también se aceleró más —si es que aquello era posible— después de la carrera.

¿Qué estaba pasando? ¿Qué acababa de decirle él?

¿Iba a besarla? ¿Por qué miraba sus labios con esa hambre, como si necesitara alimentarse de ellos?

Por primera vez, Lilian no sintió ganas de abofetearlo, ni de huir, al contrario, deseaba que se inclinara y posara su boca sobre la suya.

Solo con imaginarlo, su respiración se entrecortó y sintió que se le tensaba el bajo vientre.

Su mente dejó de pensar y su cuerpo pareció tomar la iniciativa por su cuenta y riesgo, ya que se acercó más a él y se elevó sobre la punta de los dedos de sus pies.

El duque bajó su rostro para encajarlo al de ella.

Un relámpago, inesperado y brutal, iluminó el cielo. Un trueno inmediato retumbó con gran estruendo y Arthur dio un paso atrás soltando a Lilian. La climatología, imprevisible, había hecho que la magia saltara por los aires. Ambos se miraron con confusión.

El duque carraspeó incómodo al volver al presente. ¿Cómo había osado atrapar a Lilian entre sus brazos? ¿Había estado a punto de besarla?

—Creo que… creo… que deberíamos volver… —anunció mientras unas enormes gotas de lluvia comenzaban a caer con fuerza a su alrededor.

En segundos podría desatarse una tormenta.

No había tiempo que perder. Ayudó a montar a Lilian y emprendieron el camino de vuelta.

La lluvia se tornó enseguida en una tromba de agua tan virulenta que apenas se veía a dos metros de distancia.

Arthur hizo una señal a Lilian para que fueran en una dirección concreta y ella tiró de las riendas para seguir sus indicaciones.

El duque presidió la marcha hasta llegar a una pequeña cabaña que él había encontrado el día anterior en su paseo matutino.

Les serviría para refugiarse hasta que amainara, e incluso podrían intentar secar sus ropas que a esas alturas ya estaban empapadas.

En esas cabañas solía haber lo básico para situaciones de emergencia como aquella: mantas secas y una chimenea preparada para ser encendida.

Ambos se afanaron en bajar de sus monturas y, con presteza, las ataron a un poste.

Después caminaron a paso ligero bajo la lluvia para llegar a la entrada.

Empujaron la puerta y, por fortuna, se abrió sin dificultad.

Al entrar el duque miró hacia atrás para comprobar que Lilian lo seguía y estaba bien. Pero lo que vio lo dejó… impactado.

Sus enfermizas ojeras se diluían sobre su piel en regueros de oscuras gotas que bajaban por su rostro. ¿Qué era aquello? Arthur se detuvo frente a ella y usó su pulgar para rozar por debajo de los ojos, tiñendo de negro su dedo.

¿Pintura?

El desconcierto se apoderó de él.

—Qué demonios... —murmuró.

¡La había descubierto! Su maquillaje especial, echado a perder por la lluvia, había destapado inesperadamente su secreto.

¡Maldición! ¿Cómo podía ocultarse? Dio un paso hacia atrás y se dio media vuelta para que Arthur dejara de observarla, pero él no se lo permitió.

La sujetó por la muñeca y en un movimiento rápido le retiró las gafas.

—Devuélvame mis gafas, excelencia —le pidió alargando su mano al aire para recuperarlas.