La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Afortunadamente la distribución de los comensales para la cena había sido diferente.

Era habitual que los asientos no siempre fueran asignados en el mismo orden para así favorecer la interacción de los invitados.

Lilian cenó en el lado opuesto de la mesa al de Arthur.

Él estaba flanqueado por dos jóvenes casaderas que no hacían más que rivalizar por las atenciones del duque.

Lilian las miraba con condescendencia. Estaba habituada a ver escenas de ese tipo: pestañeos, sonrisas fingidas, miradas disfrazadas de timidez, leves roces al brazo del caballero…

¿Estaría él disfrutando de la compañía de esas muchachas?

Para ella la noche no estaba resultando demasiado divertida.

La habían sentado entre dos caballeros que rondarían los sesenta años: el marido de una amiga de su tía Josephine y un conde.

Por un momento, añoró estar junto a Arthur, estaba segura de que sería más entretenido.

¿Estaría él pensando lo mismo? Levantó su vista para mirarlo y un tremendo calor trepó por su pecho al comprobar que él la estaba observando.

Sus penetrantes y autoritarios ojos grises estaban clavados en ella.

¿Estaba pendiente de lo que hacía? Por instinto, vergüenza o simple incomodidad, desvió la mirada para esquivar aquel inquietante control y se maldijo por no poder frenar el repentino rubor que tiñó sus mejillas.

Arthur estaba deseando que finalizara la velada.

Aquellas dos debutantes que se afanaban en captar su atención no deberían tener más que dieciocho o veinte años y, bajo su criterio, no tenían nada interesante de qué hablar.

Además, y para ser honestos, él tampoco tenía nada relevante que decirles.

Sumergirse en el mercado matrimonial estaba resultando todo un martirio.

Hastiado de aquella insustancial charla, miró a Lilian y quedó atrapado en su halo de magnetismo.

Era la única que brillaba en toda la mesa.

¿Acaso nadie más lo veía? ¿Nadie más percibía lo mismo que él?

En ese instante ella dirigió su vista hacia él y sus miradas se cruzaron.

Automáticamente ella apartó los ojos en una muestra inequívoca de incomodidad, algo que el duque percibió como todo un logro: al menos no detectó los signos de desprecio al que lo tenía acostumbrado.

¡Espera, espera…! No, no solo no había desprecio, sino que había algo diferente…

¿En serio acababa de suceder eso? ¿Lilian…

se había sonrojado? El duque no pudo evitar sonreír en su interior.

¿Había generado esa reacción en ella? Su ego masculino subió como la espuma de una pinta.

¿Podría ser que él le despertara emociones de esa índole?

Le recriminaba constantemente que era un anciano decrépito, pero ahora se sentía como un anciano triunfal porque…

¡La había hecho sentir mujer! De repente, experimentó unas ganas tremendas de volver a acorralarla en su dormitorio —como había hecho antes— y ponerla a prueba de nuevo, para descubrir si realmente era un hombre que no la dejaba indiferente.

Cuando la cena terminó, los caballeros se retiraron a la sala de fumadores, pero antes de ir hacia allí, Arthur se acercó a Lilian. La muchacha se tensó ante su presencia. ¿Qué querría él ahora?

—Miladi, deseo que haya disfrutado de la cena —le dijo el duque formalmente.

—Lo he hecho. El menú era delicioso… ¿No opina lo mismo, excelencia? —contestó ella.

—Así es. Solo venía a desearle buenas noches —dijo.

Después alargó su mano esperando que ella le ofreciera la suya para despedirse de forma galante.

Lilian lo pensó unos instantes, pero sería una afrenta no tender su mano.

Él se la tomó con delicadeza y depositó un tierno beso en el dorso.

Sin embargo, aquello no fue lo escalofriante: notó cómo Arthur le dejaba algo entre los dedos.

¿Un papel? Automáticamente, el duque le hizo un guiño cómplice y, antes de retirarse, susurró en un tono tan bajo que solo ella pudo escuchar—.

Lo más delicioso de esta noche… su reacción ante mi mirada.

Lilian casi se desmaya. ¿Estaba flirteando con ella?

—Bu… Buenas noches, excelencia —titubeó y se maldijo por ello. ¿Por qué la incomodaba tanto?

Cavendish abandonó la sala y se perdió junto al resto de caballeros envueltos en una cortina de humo. Lilian bajó las manos a su regazo para, lejos de miradas indiscretas, averiguar qué le había entregado Arthur. Desdobló el papel:

“Mañana a las ocho en las caballerizas.”

¿Qué era eso? ¿Una cita? ¿Una orden? Fuera lo que fuera, Lilian sintió que su corazón latía con fuerza. ¿Debía presentarse o rechazar tal invitación? ¿Qué querría ahora ese arrogante duque?

Estuvo tentada de no aparecer y, con esa idea dando vueltas por su mente, Lilian se levantó de la cama, se vistió con un atuendo sobrio, se recogió el cabello de forma grotesca y se aplicó su maquillaje especial.

Se sentó frente al espejo de su tocador durante unos minutos.

Se encontraba ante un dilema que —a su pesar— la había desvelado durante la noche y le había impedido conciliar el sueño con normalidad.

¿Debía obedecer al duque o debía desafiar su autoridad?

Finalmente, a las ocho en punto, Lilian llegó al lugar de encuentro que había propuesto Arthur. Él ya la esperaba con dos caballos ensillados, sujetando sus riendas frente a la puerta de los establos.

—Estaba muy seguro de que aparecería —dijo Lilian alzando una ceja en actitud desafiante.

—No lo he dudado en ningún momento —expresó el duque. Sabía que ella accedería después de su reacción de ayer.

—¿Y bien? ¿Para qué me ha citado?

—¿No es evidente? —preguntó señalando a los dos magníficos ejemplares que había a sus espaldas.

—Vamos a salir a cabalgar… ¿juntos?

—Así es, señorita Rigby.

—Prefiero cabalgar sola.

—Hoy no… —replicó él con su tono autoritario.

Lilian se acercó un poco más al duque y le preguntó:

—¿Cuál de los dos sería el mío, excelencia?

—Elija usted misma… —Ella evaluó a ambos animales.

—Me quedo el de pelaje marrón… —decidió.

Se dirigió hacia el caballo mientras echaba un vistazo a su alrededor buscando la escalerilla que usaba para ayudarse a subir.

No le dio tiempo a localizarla. Dos manos, firmes y decididas, la sujetaron de la cintura y la alzaron.

Sus pies se despegaron del suelo como si volara y de repente se encontró subida a los lomos del animal.

El duque la había movido como si fuera una pluma.

Con desconcierto, se reacomodó sobre la silla de cuero y, aún afectada por el contacto, lo miró mientras él subía al suyo.

—¿Preparada?

—Sí.

—¡Adelante!

El duque de Cavendish espoleó suavemente su caballo y emprendieron la marcha a trote suave.

Lilian iba tras él, lo que le permitió observarlo desde esa perspectiva.

No supo en qué preciso momento se quedó embelesada contemplando los anchos hombros de Arthur y su elegancia montando.

Su cuerpo subía y bajaba marcando el ritmo del paso mientras sus muslos se ceñían a ambos lados del animal.

Su corpulencia y musculatura podía apreciarse incluso a través de la ropa.

Su cabello oscuro, un poco más largo de lo que la moda exigía, se sacudía al viento.

Ir tras él, le daba la ventaja de hacerle un reconocimiento exhaustivo.

Por eso, ensimismada en su particular análisis, no reaccionó cuando él se giró de improviso.

De nuevo, Lilian se sintió enrojecer. ¿Habría él detectado que le estaba prestando tanta atención?

Posiblemente. Con la intensidad con que lo estaba haciendo, él habría sentido en la nuca sus profundas miradas.

Se sintió descubierta… y nuevamente avergonzada. ¡Demonios!

Arthur volvió a detectar ese delicioso rubor en las mejillas de Lilian y algo dentro suyo se sacudió de orgullo. Frenó su caballo y esperó a que ella llegara a su altura. Le dedicó una sonrisa:

—¿De qué se ríe, excelencia? —preguntó ella.

—Simplemente la observo, señorita Rigby.

—Y ¿qué ve, si puede saberse?

—Esperanza… —respondió con un brillo especial en los ojos, uno que Lilian no había visto antes en él.

La joven lo miró con extrañeza. Él siguió hablando:

—¿Desea ir en dirección al río donde nos encontramos ayer o prefiere que vayamos hacia esas colinas de allí? —señaló en sentido opuesto.

—Prefiero las colinas, si le parece bien, excelencia.

—No me parece bien… —rebatió él.

—Entonces, ¿para qué solicita mi opinión? —se ofendió.

—El recorrido que elija no es el problema… lo que desapruebo es que haya vuelto a otorgarme tanta formalidad en el trato. ¿Sería mucho pedir que, en este paseo, fuera simplemente Arthur? También desearía que usted me permitiera llamarla Lilian.

La joven le dedicó una sonrisa ligera y contestó:

—Está bien. Le concedo lo que solicita… Arthur —expresó en un tono dulce como la miel.