CAPÍTULO 5 #4
—Sé que sabes cuidar de ti misma. En fin, solo venía para ver cómo te encuentras. ¿Estás mejor de tu dolor de cabeza?
—Sí. Además, el plan de los bolos no era lo que más me apetecía. He aprovechado para echarme un rato y descansar.
—Me alegro de que estés mejor. Yo también voy a retirarme a mi dormitorio a descansar antes de la cena. ¿Nos vemos luego?
—Sí, tía.
La mujer abandonó la habitación y Lilian volvió a echar el pestillo. Luego se dirigió a la puerta del armario y habló:
—Si le dejo salir, deje de perseguirme por todas partes —le advirtió al duque—. Me tienta demasiado dejarlo ahí dentro el resto del fin de semana.
—Abra la puerta… —En ese reducido espacio Arthur estaba en una posición muy incómoda y las perchas se le clavaban por la espalda.
—Antes respóndame a una pregunta… ¿En cuántos armarios se ha tenido que esconder en su vida?
—No estoy para impertinencias, Lilian Rigby.
—Lo ha hecho con una soltura increíble.
—¡Lilian…! —la reprendió con su tono más firme.
—Está claro que no es la primera vez que… —siguió burlándose ella.
—¡Lilian! —gritó con fuerza el duque. La joven notó que lo había enfadado realmente. ¡Bien! Era lo que pretendía. No podía dejarlo marchar así como así después de haber provocado una situación que, si su tía los hubiese descubierto, habría acabado en tragedia.
Decidió que ya era suficiente y le abrió la puerta.
El duque salió del armario como pudo, con gran dificultad, trastabillando y casi cayendo de bruces al suelo.
Al recuperar el equilibrio estiró de los puños de su chaqueta y sus ropas para recomponer su aspecto.
En cuanto acabó, le lanzó una mirada a Lilian que habría congelado un océano y se acercó a ella como un león enfurecido.
La fue arrinconando en su avance contra la pared y, cuando la tuvo atrapada allí, presa entre el muro y su cuerpo, apoyó los brazos a ambos lados de su cabeza.
La enjauló con toda su hombría. Lilian parecía una criatura indefensa.
Por primera vez, Lilian sintió el poder del duque, y un escalofrío surcó su columna vertebral.
¿Cómo había podido desafiar a ese espécimen de hombre tan fornido y autoritario? ¿Qué iba a hacerle?
—Lilian Rigby, por fin te tengo donde te mereces, a mi merced, sumisa y asustada como una gacela.
Ella intentó no alterarse. Ya le había abofeteado una vez, una segunda no alteraría demasiado su mala educación.
Lanzó su mano contra su cara. Sin embargo, el duque atrapó hábilmente su muñeca al vuelo.
Ella intentó golpearlo con su otra mano libre, pero el duque también la inmovilizó.
Ahora sí que estaba indefensa. Lilian empezó a respirar con dificultad.
Aquel hombre estaba demasiado cerca suyo, podía sentir su aliento sobre su piel.
Los latidos de su corazón se dispararon sin control.
¿Por qué estaba tan alterada ante su presencia?
Arthur la volteó sobre sí misma y, sin soltar sus manos, la acercó a su torso.
La espalda de Lilian quedó recostada en él.
Sentía el inmenso calor que él desprendía.
Su respiración también era agitada. ¡Dios!
Se había pasado de la raya. Lo había enfurecido demasiado.
El duque acercó sus labios al lóbulo femenino y empezó a hablarle:
—Jamás me he tenido que esconder de nada ni de nadie. Mi honor es intachable y no permitiré que una mocosa insolente lo ponga en duda. No vuelva a desafiarme, Lilian Rigby, o conocerá la ira de un duque. Le aseguro que puedo mostrarle mi parte más oscura.
Ella se mantuvo quieta, en silencio. Por fin Arthur había conseguido cerrarle la boca y ponerla en su lugar.
Pero nada más lejos de la realidad. Había cantado victoria demasiado pronto subestimando a su contrincante femenina, pues aun hablando entre jadeos entrecortados, fruto de la presión de su agarre, ella respondió altanera:
—Está deseando que alguien saque a la luz esa parte suya… ¿o me equivoco, excelencia?
¿Cómo podía ser tan osada provocando aún más su furia hasta extremos insospechados?
—¡Lilian! Le aconsejo que no juegue con fuego…
—¿Por qué? ¿Teme que, si lo hago, me queme yo o teme quemarse usted?
—¡No quiera descubrirlo!
—Es lo último que deseo. ¡Salga de mi habitación! —le ordenó ella, que continuaba atrapada entre sus brazos.
Paradójicamente, una parte de ella —desconocida y, por lo visto, insensata—, encontró agradable esa sensación. Lo que le extrañó muchísimo.
—Me marcharé cuando yo lo decida.
—¡Suélteme! —forcejeó ella en vano.
Arthur la sujetó por la cintura y la alzó en brazos.
Lilian no tuvo ni tiempo de reaccionar. La llevó en dos zancadas hasta la cama y la soltó como quien suelta un saco de patatas.
Después, el duque abandonó la habitación.
La joven quedó rebotando sobre el colchón sin saber a qué había venido aquel arranque del duque ni por qué tenía ella la horrible tentación de llevarlo siempre al límite.
¿Estaba loca? Intentó calmar su respiración…
pues aún tenía el corazón a punto de salirle por la boca.