La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

—Bájeme las faldas, excelencia —recuperó su rango. ¡Al carajo el privilegio que él le había otorgado!

—No me iré hasta comprobar los daños que ha sufrido en esa caída.

—Un tobillo dañado y un rasguño en el brazo —dijo al tiempo que giraba su torso para que el duque pudiera ver una fea herida—. Son daños menores comparado con…

—Casarse conmigo… Ya lo dejó bien claro, señorita Rigby. —La miró autoritario y añadió— ¿Derecho o izquierdo?

—Derecho —informó ella totalmente enfadada, aunque levantó el pie en cuestión.

Arthur le retiró el zapato y palpó delicadamente su tobillo.

—¿Le duele? —preguntó.

—Por supuesto…

—¿En qué grado? Voy a moverlo en varias posiciones y dígame si el dolor es leve o insoportable.

—¿Insoportable como usted?

—Si tener esa escala le sirve de referencia para evaluarlo, utilícela —dijo él. Tampoco estaba para discusiones.

El duque de Cavendish empezó a mover su tobillo. Ella lo miraba a los ojos y él hacía lo mismo con ella, intentando observar la reacción ante alguna posible molestia. En un momento dado, Lilian cerró los ojos y apretó los labios.

—¡Duele…! —le indicó.

—¿Intensidad?

—Creo que no tan insoportable como usted, aunque siento una gran molestia.

—Entonces parece que será algo leve. —Siguió moviéndole el pie en otras direcciones—. Más que una torcedura, pienso que ha sido un simple golpe. Seguramente le saldrá un buen moratón.

El duque le bajó el vuelo de la falda hasta el suelo y fue a mirar la herida del brazo. Se lo sujetó para girárselo y poder observarlo mejor. Tuvo que hacer fuerza para aproximarlo hacia él, ya que ella tensaba el brazo en dirección opuesta.

—¿Va a dejarme evaluar la herida?

—¿Desde cuándo es doctor?

—Desde que dementes insensatas se dejan caer al vacío desde cualquier ventana.

—Debería estar agradecido…

—Podría haberse roto el cuello.

—Lo preferiría a estar casada con usted.

—Estoy empezando a obviar sus descarados comentarios, señorita Rigby, por si no se ha dado cuenta. Diga lo que quiera. —El duque miró preocupado el rasguño—. Tiene la herida en carne viva.

—Lo sé. Me duele muchísimo.

El duque localizó un paño y lo humedeció con el agua del lavabo. Se dirigió de nuevo a ella.

—Esto va a dolerle… —le advirtió antes de comenzar a limpiarle la herida con suma delicadeza.

Lilian lo miraba proceder. El duque era tierno en sus atenciones.

Autoritario, sí. Pero también acariciaba su piel con suavidad.

Arthur sujetaba su mano entre la suya, para que mantuviese el brazo en esa posición sin moverlo.

El contacto de su mano era cálido. Recordó la noche en que él protegió su inocencia con ellas tapando sus oídos.

No podía dejar de mirarlo. Ese hombre tenía un porte frío: su altura, su cabello oscuro y sus ojos de un gris intenso no desprendían ternura.

Pero en ese momento, lo era en todos los sentidos.

Lilian aguantó el tipo ante el dolor que sentía.

—Puede quejarse —dijo él—, no hace falta que se comporte como si no le estuviese haciendo daño.

—No me lo hace… al menos no tanto como esperaba… —lo miró intensamente—. No pensé que pudiera ser tan buen doctor.

Arthur la miró y le sonrió.

—Ya le dije que tenía muy buenas aptitudes, señorita Rigby, aunque usted se niega en reconocerlas.

—No se vanaglorie. Supongo que, a su edad, no es la primera vez que cura heridas. Habrá tenido muchas ocasiones en el devenir de tantos años… —Arthur le sonrió. No iba a dejar que sus comentarios le alterasen. Decidió taparle la boca ante sus insolencias.

—La edad, querida señorita Rigby, también me ha otorgado gran experiencia en muchos otros ámbitos… —respondió pícaramente. Él también podía ser descarado.

—¿Cómo jugar al críquet? —le provocó.

—Me ha entendido perfectamente. Sabe a qué otros ámbitos me refiero. Si no fuera una dama inocente, le demostraría sobre esta misma cama otras de mis grandes aptitudes.

—¿Dormir? —dijo ella.

El duque soltó una sonora carcajada.

—¿Tiene respuesta para todo? ¿Nadie ha conseguido dejarla sin palabras?

—Excelencia, todavía no ha nacido el hombre capaz de lograrlo.

Arthur miró a su alrededor como si buscase algo.

—¿Tiene alguna venda? ¿Algo para cubrirle la herida?

—Sí… —Lilian metió su mano entre sus pechos. Arthur se quedó sin respiración, al tiempo que un pálpito incómodo emergía entre sus pantalones—. ¿Servirá un pañuelo?

Arthur cogió la tela entre sus manos. Estaba caliente.

Casi tanto como él. ¿Aquel inocente gesto lo había puesto en ese estado?

Imaginar que esa tela había estado entre sus senos lo llevó a desatar su mente en una fantasía erótica.

Deseaba haber sido él mismo quien metiera las manos allí para buscarlo.

¡Demonios! Zarandeó sus pensamientos para poder responderle:

—Servirá…

Luego se lo ató alrededor del brazo. Al hacerlo, su cercanía era inevitable.

Lilian seguía mirándolo a los ojos presa de sus atentos cuidados.

Cuando finalizó su labor, Arthur la miró también.

Sus miradas se encontraron mágicamente. El tiempo se detuvo.

Solo un inoportuno golpe en la puerta los sacó abruptamente de aquel momento.

¿Qué había sido ese instante que ambos habían sentido?

—Lilian, querida, soy yo —era tía Josephine—. ¿Puedo entrar?

La joven miró con espanto a Arthur. Ahora sí la habían liado bien. ¿Cómo iban a explicar qué hacía él en su habitación… y a solas?

—¡Dios mío! ¡Le advertí que no entrara en mi dormitorio! —le recriminó ella en un susurro.

—No podía dejarla en su estado… —se defendió él.

—¿En qué estado? ¿En el de soltería? ¿Se ha empeñado en casarse conmigo, excelencia?

—No sea tan engreída…

—¿Qué hacemos? —Lilian sentía puro terror.

—Lilian, abre —seguía insistiendo su tía desde el pasillo. Al ver que su sobrina no respondía preguntó—. ¿Te encuentras bien? Me ha parecido oír movimiento, sé que estás dentro…

—¡Salte por la ventana! —le ordenó Lilian al duque en un arranque resolutivo.

—¡Estamos en un segundo piso! —gruñó ante su insolente propuesta.

—O salta… o lo tiraré yo misma.

—Quizás sea mejor que me esconda en el armario… —propuso mirando a su alrededor—. ¿O prefiere que me mate?

—No me haga responder a eso, excelencia… —dijo con retintín—. Además, a sus años, ya ha vivido bastante.

Arthur la fulminó con la mirada e intentó meterse con muchísima dificultad en el ropero. Era demasiado estrecho para su envergadura. Le pidió a Lilian que cerrara con llave.

—Lo haré, pero que sepa que estoy tentada en tirarla después al río.

Tras encerrarlo, Lilian abrió a su tía. Simuló un bostezo por estar desperezándose.

—Tía Josephine… debí quedarme dormida… ¿Llevas rato llamando a la puerta?

—No. Acabo de llegar… —observó el brazo de la joven, envuelto en el pañuelo—. ¿Te has lastimado?

—Es solo una pequeña herida. Me rocé con una rama cuando salí a cabalgar esta mañana. No es nada.

—Has de ir con más cuidado, Lily. No apruebo que salgas tú sola a cabalgar, podría sucederte algo más grave que simples rasguños.

—Suelo ir con cuidado. Ha sido un descuido.