CAPÍTULO 5 #2
—¡Arthur! —exclamó sobrecogida. Enseguida se sintió desnuda sin su disfraz, sus gafas estaban en una mesita. Se abalanzó sobre ellas y se las colocó de nuevo. Luego volvió a mirar al duque—. ¿Qué hace mirándome?
—¿Qué hace usted aquí? —no contestó a su pregunta, pues de nuevo se había quedado atrapado ante la imagen de esa joven. ¿Por qué lo atraía tanto?
—Debo haberme quedado dormida. —Lilian miró a su alrededor y comprobó que estaban solos en la biblioteca—. ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué hace la puerta cerrada?
—Pensé que no había nadie. ¿Quién iba a pensar que la siempre inesperada señorita Rigby se ocultaba detrás de un sofá?
—Oh… Abra la puerta y váyase… —ordenó sulfurada—. Como nos descubran a los dos en esta situación…
—Desde luego que me marcharé. —El duque depositó su vaso sobre la mesa donde se lo había servido—. Cada vez que me cruzo con usted, Lilian, estoy a punto de tener que comprarle un anillo para…
—¡No acabe esa frase! —levantó su mano en alto—. Por favor… ¡¿Casada con usted?! —lo miró como a un sapo verde y desagradable—. Márchese de una vez, antes de que pueda entrar alguien.
Arthur se cruzó de brazos.
—¿Sabe que es una experta en fusilar el ego de un hombre? ¿Acaso no me ve como un buen partido? —le recriminó su desprecio.
—Antes me casaría con un mozo de cuadras a hacerlo con usted. —No iba a darle a su padre, al arrogante Ivor Rigby, la satisfacción de una boda de tal calibre. El duque, evidentemente, lo entendió como un rechazo a su persona.
—¿Preferiría a un simple mozo de cuadras a… mí? —Estaba tan perplejo ante las palabras de Lilian que añadió— ¿Al gran duque de Cavendish?
—¿Qué hace todavía aquí discutiendo conmigo? Márchese de una vez por todas… —le ordenó seriamente señalando hacia la puerta.
—No, no pienso irme hasta aclarar este punto. —Aquello era desconcertante—. Señorita Rigby…
—¡Ohhhh! —puso los ojos en blanco—. Lárguese. Es usted insufrible…
—¿Yo? ¿Yo soy el insufrible? Acaba de rechazar la posibilidad de casarse con un duque y, perdone que se lo diga, pero… —no quería resultar descortés, pero alguien debía hacerle ver la realidad— no veo que tenga muchas propuestas matrimoniales.
—No las necesito.
Arthur soltó una carcajada.
—¿No las necesita o nadie se las ha ofrecido? —la pinchó.
—¿Intenta ofenderme, gran duque? Ya le dije que mi amor propio no se destruye tan fácilmente. En cambio, el suyo, es frágil como una fina copa de cristal.
—Por favor, Lilian —lo tenía fuera de quicio—. ¡Eres la fea solterona! —espetó.
Lilian se quedó en silencio. Él conocía su mote. Todos lo conocían, pero que se lo dijeran a la cara, era un poco vil.
—Veo que conoce cómo me apodan en los bailes. Y, a pesar de ello, no sale despavorido de esta sala. ¡Quiere hacer el favor de marcharse o acabará comprometido con esta horrible solterona!
—Jamás te ofrecerán una propuesta matrimonial a no ser que te descubran en una situación de este estilo. Solo algo que comprometa tu virtud te sacaría de tu desesperada soltería.
—¿Desesperada? Desesperada estoy porque aún sigue usted aquí… —Lilian se giró y se alejó de él—. Está bien. Si usted no se va… me iré yo.
Lilian se acercó a la puerta y giró el pomo. Estaba bloqueada. !Dios! ¡¿La llave estaba echada?! ¡Por todos los santos del cielo! ¿Acaso aquel hombre era un descerebrado?
—¿Ha echado la llave? —Lo miró con tanto desconcierto que sus cejas se alzaron desmesuradamente—. ¿Se ha encerrado conmigo en la biblioteca?
—Ya le dije que no sabía que usted estaba aquí dentro.
—¡Abra de una vez! —ordenó alterada—. Como nos descubran y encima con la llave echada… ¡Ay, Dios! Tendré que casarme con usted.
—¡Apártese de la puerta! —Arthur la retiró a un lado y sacó la llave de su bolsillo. Se dispuso a ponerla en la cerradura para poder salir de allí. Pero en cuanto lo hizo, antes siquiera de girarla, el pomo se movió solo. Alguien desde el otro lado intentaba entrar. ¡Maldición!
Lilian se llevó las manos a la cara.
—¡Estará orgulloso! —susurró enfadada—. ¡Alguien intenta entrar! ¡Por fin se ha salido con la suya!
—¿Qué me he salido con la mía? ¿Acaso cree que deseo casarme con usted? ¿Con la solterona del baile?
—Hable con propiedad… Soy la fea solterona.
—Baje el tono o descubrirán que estamos aquí.
—Cállese usted.
Los dos se quedaron en silencio y escucharon la voz de una joven que parecía pertenecer a lady Susan.
—Mamá, está cerrada. No puedo abrir.
—Déjame a mí, hija. —Lilian y Arthur, desde el otro lado, vieron que el pomo se giraba insistentemente una y otra vez—. Debe haberse atascado o mantienen la biblioteca cerrada con llave. No te muevas, querida, iré a avisar a los Abbot para que nos la abran.
—¡Perfecto! —espetó Lilian—. En poco tiempo tendremos a toda la casa en la puerta.
—Tranquilícese, haré lo correcto. Compraré ese maldito anillo… —refunfuñó Arthur—, no dejaré que su reputación quede arruinada por mi culpa.
Lilian se alejó de su lado como de la peste.
Sin decirle nada más, se dirigió a una ventana, la abrió y miró hacia abajo.
Con agilidad felina se sentó en el alféizar pasando sus piernas al exterior.
No estaba cerca del suelo, pero tampoco demasiado alejado.
Intentaría no torcerse un tobillo al saltar.
—Cierre en cuanto me haya marchado —le indicó al duque en voz baja— y deje de decir estupideces… ¡No aceptaría su maldito anillo ni aunque me lo pusiera a la fuerza en el dedo!
—¿Qué hace? ¿No pensará saltar por la ventana? ¡Vuelva de inmediato aquí dentro! —le ordenó autoritario. Por supuesto, Lilian Rigby, no obedecía ni a todo un duque. Se giró y saltó.
Cavendish se dirigió a la ventana como un rayo para comprobar si se había hecho daño. La encontró tirada en el suelo, envuelta entre las telas de su propio vestido, hecha un guiñapo. Por lo visto, la caída no había sido demasiado digna.
—¡Está loca! ¿Se ha lastimado? —se preocupó. La altura no era nada despreciable.
Lilian se puso en pie, evaluó los daños y se marchó cojeando, sin dedicarle ni una mirada ni mucho menos responderle.
«Está para que la encierren en Beldam», dijo en referencia al famoso sanatorio mental londinense, observándola caminar con dificultad.
Luego cerró la ventana sigilosamente y esperó dentro de la biblioteca decidido a interpretar un numerito: se fingiría borracho y haría ver que se había quedado dormido en el sofá.
Se echó sobre la camisa unas cuantas gotas de licor, para desprender más olor a alcohol y, en cuanto notó que había personas intentando abrir la puerta, entre ellos los Abbot, se dispuso a actuar.
—¿Qué es… qué es este escándalo? —moduló con la lengua trabada. Parecía que se había despertado al escuchar el alboroto. Su pelo estaba despeinado y apestaba a alcohol.
Los Abbot, lady Susan y su madre lo miraron con asombro. Solo lord Abbot se atrevió a hablar:
—Excelencia, no sabíamos que estaba… usted… aquí.
—Debo haberme quedado dormido… —se pasó la mano por la cara y el pelo—. Ese licor suyo es más fuerte de lo que parecía.
—¿Se encuentra bien? —se interesó lady Abbot al observar su desaliñado aspecto.
—No se preocupen, iré a dormir la mona a mi dormitorio. Si me disculpan… —hizo una reverencia con torpeza y se alejó fingiendo un paso afectado. En lo que se tenía que ver por culpa de esa solterona que lo había rechazado… ¡por un mozo de cuadras!
En cuanto se alejó de la biblioteca, lo único que deseaba era reencontrarse con ella y comprobar en qué estado se hallaba.
Estaba convencido de que se había hecho daño al saltar por la ventana.
Decidido a averiguarlo, la buscó por toda la casa, pero no la veía.
¿Dónde se habría metido? No sabía dónde más mirar.
Lo último que le quedaba por comprobar eran…
sus aposentos personales. Pero claro… allí no podía ir él… ¿O sí?
Se detuvo con indecisión. Él era todo un caballero, por supuesto que podía ir.
Debía asegurarse de que su estado de salud no fuese grave.
Estaba convencido de que la cojera no había sido fingida.
Lilian no era una tierna damisela que interpretaría ese papel para dar pena.
Arthur tomó aire y miró a ambos lados del pasillo.
Comprobó que no había nadie y apretó el paso para dirigirse escaleras arriba hacia…
su habitación. ¡Por Dios! Realmente estaba empezando a perder la cabeza.
¿Iba a dirigirse a la habitación de una dama inocente? Por lo visto, sí.
Golpeó con los nudillos sobre la madera de la puerta y esperó.
Estaba nervioso. ¡Ridículo! ¿Tanto le afectaba estar a punto de entrar al lugar donde dormía esa mocosa insolente y donde había una cama cuyas sábanas rozaban su cuerpo por las noches?
La puerta se abrió ligeramente. Lilian asomó la cabeza y comprobó, arrastrando un sonoro suspiro, que era él.
¡Otra vez! ¿Por qué no la dejaba tranquila?
—¿Qué hace aquí? ¿Ha venido a traerme el anillo? —se burló ella.
—No sea tan descarada. Solo venía a ver cómo se encuentra.
—Estoy bien. ¡Adiós! —Lilian intentó cerrar la puerta, pero se topó con la suela del zapato del duque que se lo impedía. El muy insistente había anclado su pie para evitar que lo hiciera—. ¡Saque el pie de mi puerta!
—¡Déjeme pasar! —el duque empujó la puerta con fuerza y ella no pudo impedir que accediera a sus aposentos. Entró y cerró la puerta. Para colmo de males, echó el pestillo.
Lilian se echó las manos a la cabeza, mirándolo incrédula.
—¡Salga de mi dormitorio! ¿No hemos tenido ya bastante con lo de la biblioteca?
El duque no le respondió. La alzó en brazos para llevarla a la cama.
Lilian se quedó tan desconcertada que se sujetó a su cuello instintivamente.
Nunca nadie la había alzado de esa forma jamás.
Arthur la depositó en el borde del colchón y se arrodilló frente suyo.
Le subió levemente el bajo de su falda y le preguntó:
—¿Qué tobillo se ha lastimado?
Lilian le clavó una mirada furibunda mientras resoplaba como un venado a punto de atacar.