CAPÍTULO 5
A la mañana siguiente, Lilian salió temprano de casa de los Abbot para dar un paseo.
Pidió que le ensillaran un caballo y cabalgó durante un buen rato.
Le encantaba aquella sensación de libertad.
Descubrió un río cercano y decidió detenerse para dar de beber al animal y, de paso, meter los pies en el agua para refrescarse un poco.
Ató el animal a un árbol y se despojó de las medias y los zapatos.
Lo dejó junto a la orilla del río, luego se subió las faldas hasta la altura de las pantorrillas y se metió al agua.
Estaba helada, pero enseguida su piel se acostumbró.
¡Qué placer! Era pura tranquilidad. El sol bañaba su rostro y el río acariciaba sus piernas con un agradable murmullo.
Se amarró los bajos de la falda a la cintura para tener más libertad de movimientos y se adentró un poco más.
Abrió sus manos al aire y respiró profundamente cerrando los ojos.
Sin ton ni son empezó a dar vueltas sobre sí misma como si bailara con los brazos extendidos.
—Una bella danza —dijo una voz masculina.
Lilian detuvo sus giros. ¡No! ¡Imposible! ¡No podía ser de nuevo él!
¿Acaso la estaba persiguiendo?
Desató enseguida el vestido de su cintura, ocultando sus piernas ante el duque, y lo dejó caer. Inevitablemente se empapó de agua. Gruñó. Mirándolo fijamente se dirigió a la orilla. Se había acabado la tranquilidad.
—Lamento haberla interrumpido —dijo él desmontando de su caballo. Casualmente también había salido a cabalgar—. No era mi intención que dejara de hacer… —no sabía cómo catalogar lo que hacía ella, por lo que optó por sacudir su mano al aire— lo que fuera que estuviese haciendo.
—No es lo mismo con público —replicó un tanto molesta llegando a la orilla.
—¿Desea que me marche? —le preguntó él que ya estaba frente a ella.
—Si dijera que sí, ¿sonaría muy grosero?
—Muchísimo, señorita Rigby, y, lo que es más grave, ofendería mi orgullo masculino —argumentó con una espléndida sonrisa.
—Lástima. Debía intentar librarme de usted. Sale a pasear muy temprano —observó Lilian.
—Suelo madrugar y hasta la hora de la cacería no había nada mejor que hacer. ¿Cuál es el plan para las damas?
—A nosotras nos han organizado una divertidísima competición de bolos y tomar el té mientras esperamos pacientemente a que ustedes regresen de cazar, haciendo uso de los mejores ejemplares ecuestres y armamento de los Abbot.
—¿No le gustan los planes de las damas?
—¿Usted los cambiaría por el de los caballeros?
—Pensé que a las mujeres les gustaba tomar el té y jugar a los bolos… —dijo un tanto extrañado.
—También nos encanta coser como locas y tocar el pianoforte hasta desgastarnos las yemas de los dedos… —respondió irónica—. Ha de saber que, una cosa es lo que se nos permite hacer y otra lo que nos gusta.
—Pues debe saber que, para no gustarle, hace usted unos bordados preciosos —comentó el duque al recordar las finas puntadas del pañuelo. Además de su nombre, había dos graciosas florecillas bordadas en las esquinas.
—Gracias… supongo…
Arthur alzó una ceja.
—¿No acepta cumplidos?
—Cuando provienen de usted, no sé si son sinceros o fingidos.
¡Otro zarpazo a su autoestima ducal!
—¿A qué se refiere?
—Es usted demasiado… correcto… encorsetado en su estricto papel de duque. Ayer para ser más exactos, no fue capaz de frenar a su compañera de mesa, la cual se estaba comportando como una auténtica atrevida.
—¿Lady Winter? ¿Atrevida?
—Durante la cena… ya sabe, no dejaba de… acapararlo… tocarlo…
—Señorita Rigby, ¿son celos lo que percibo en sus palabras?
—No —y realmente no lo eran, tan solo era una realidad—. Soy una florero y, le aseguro que, tengo muy desarrollado el sentido de la observación. Sé cómo se comportan esas viudas cuando tienen un duque, un marqués o un conde delante.
—¿Seguro que no son celos? —volvió a insistir. ¿Por qué le molestaba tanto que no lo fueran?
—¿Cómo debo llamarle? Ya que no puedo llamarle excelencia, ni… otros apelativos… —dijo en referencia al famoso viejo verde.
—Cavendish estaría bien, pero preferiría que me llamara simplemente Arthur… cuando no haya nadie presente.
—Bien. Siendo así, encontrará justo que, ya que me ha dado el privilegio de no llamarlo excelencia y sí llamarlo por su nombre de pila, que yo le otorgue a usted el mismo privilegio… O mejor dicho: el gran privilegio —entonó como si fuera una obra de teatro— de llamarme Lilian a mí.
Arthur le sonrió. Aquella joven estaba un poco loca, pero era espontánea y aquello le atraía muchísimo.
De hecho, se había quedado prendado mirándola cuando la descubrió subiéndose las faldas para adentrarse en el río, ajena a todo.
Su naturalidad y su frescura lo tenían embelesado.
Luego, con los giros, sintió envidia de las aguas cristalinas que envolvían sus piernas, e inexplicablemente se la imaginó entre sus brazos bailando juntos. ¡Una idea totalmente irracional!
—Suena maravilloso poder llamarla Lilian. Me siento afortunado de que me otorgue tal honor.
—Está bien, Arthur —dijo ella—. A lo que iba y para no desviarme del tema, iba a decirle que usted no es sincero, porque no se permite serlo.
—¿A qué se refiere? Por supuesto que soy sincero —rebatió un tanto indignado.
—Su alto rango, su estricta educación, sus impecables modales y demás envoltura ducal le impiden ofender a una dama. Si ni tan siquiera se atrevía a decir mi edad. ¿Cómo iba a rechazar o violentar a la viuda Winter? Y no malinterprete mis palabras porque, le repito, no son celos.
Aquella jovencita volvía a hacer tambalear su identidad. En el fondo, tenía razón. Es evidente que no deseaba las descaradas intenciones de lady Winter, pero ¿qué debía hacer? ¿Retirarse de ella? ¿Negarse a una agradable conversación? ¿Mostrarse descortés?
Lilian, sin dar tregua a sus pensamientos internos, siguió hablando:
—Por el amor de Dios, Arthur ¡Usted es un duque!
Puede ser educado pero su educación no puede estar por encima de sus sentimientos o sus emociones.
Si algo no le gusta, dígalo. Sí algo le gusta, dígalo también.
Solo un hombre —dijo en referencia al rey de Inglaterra— tiene más poder que usted.
¿Deseaba que la viuda Winter le acariciara como lo hizo?
—Es usted demasiado observadora, Lilian. No sé dónde quiere llegar… pero no me está gustando el tono que está usando conmigo. Una cosa es que le haya permitido ciertos privilegios, pero las faltas de respeto no están incluidas.
—No le estoy faltando el respeto. Usted se lo está faltando a sí mismo.
¿Acaso no lo ve? Dígame con sinceridad, el día que nos encontramos en el jardín del pecado…
¿Qué hacía allí? ¿Deseaba estar allí o se dejó convencer por su amigo para hacerlo?
Admítalo: hizo lo que se esperaba de usted.
Pondría mi mano en el fuego… No lo que Arthur quería.
Estaba irritándolo. No debería haberle dado alas.
—Esta conversación queda zanjada, Lilian… —Se aproximó a ella quedando a escasos centímetros de su cara. El duque le sacaba cierta altura y su corpulencia era intimidatoria. Pero ella no se dejó amilanar.
—No, Arthur. Dígame lo que piensa —le provocó—. ¿Acaso es mentira lo que he dicho de usted?
—Todo esto… ¿solo porque he alabado su precioso bordado?
—No. —Lo miró a los ojos a través de los grandes cristales de sus gafas—. Todo esto porque me ha dado la libertad de hablarle con sinceridad.
Aquellas palabras descolocaron al duque.
No tenía ganas de seguir hablando con esa…
esa… tediosa mujer. Dos palabras suyas y volvía a estar irritado.
O se alejaba de ella o la tiraría al río.
Se giró sobre sus pasos y caminó hacia su caballo.
Montó al animal y se fue sin despedirse de ella.
¿A qué había venido aquella absurda discusión?
¿Era necesario que cada vez que se encontraban le diera un repaso a todos sus defectos?
¡Empezaba a estar cansado de esa solterona sabelotodo!
Por la tarde, Lilian se refugió en la biblioteca para evitar la partida de bolos.
Alegó tener dolor de cabeza para excusarse y buscó un libro para leer en tranquilidad.
Sin embargo, no previó que, con tanta tranquilidad —sumado a lo aburrido del libro— acabaría reclinándose poco a poco en el sofá hasta acabar plácidamente dormida.
Poco más tarde, los hombres regresaron de la cacería y las damas de su partida de bolos.
La casa volvía a estar llena de gente. Tras cambiarse de ropa, Arthur caminaba por uno de los pasillos cuando vio que se acercaba la viuda Winter.
Lilian tenía razón: si se encontrara de frente con ella, lo volvería a acaparar y lo que menos deseaba era otra sesión de manoseo cariñoso por parte de la dama.
El también conocía las trampas de la seducción.
Quizás en otro momento hubiera aceptado sus atenciones, pero ahora que buscaba esposa, debía afinar sus miras.
Antes de ser visto, giró sobre sus talones, cambió de pasillo y entró con sigilo en la biblioteca cerrando la llave tras de sí. ¡Salvado!
El sofá donde Lilian descansaba quedaba vuelto hacia la otra pared y, por eso, él no la vio.
Arthur tomó asiento y se sirvió una copa de una botella que había junto al gran ventanal que daba al jardín.
Un poco de paz no le vendría mal. Perdió la noción del tiempo.
Quizá había pasado más de media hora allí recluido, cuando escucho algo moverse sobre el sofá.
Se acercó para ver qué había sido. Encontró a Lilian apaciblemente dormida.
Sin gafas y con la cara totalmente relajada, se veía…
¿interesante? Si no llevara esas enormes gafas incluso podría resultarle guapa, pensó.
Lilian, como si hubiese intuido su presencia, comenzó a desperezarse mientras abría lentamente los ojos. Al hacerlo, se topó con un rostro masculino sobre ella observándola detenidamente. La joven se sobresaltó y emitió un chillido.