CAPÍTULO 4 #4
—No —soltó secamente y lo dejó plantado en su asiento, con la palabra en la boca, observando como ella salía del comedor.
«¡Descarada! ¡Se atreve a rechazar la compañía de un duque!
¡Le voy a tener que enseñar modales!», farfulló mientras se expandían en su interior unas tremendas ganas de someterla a su voluntad.
Arthur tuvo tentaciones de salir tras ella, pero la viuda lo interceptó y le impidió hacerlo.
Él era demasiado educado para hacer tal desplante a una dama y se quedó conversando con ella.
Se arrepintió en el acto de ser tan cortés.
¿Por qué echaba ya de menos la compañía de la grosera Lilian Rigby?
Apenas quince minutos más tarde, los comensales volvían a ocupar sus respectivos asientos.
Todos menos Lilian. Estaban a punto de servir el siguiente plato y Arthur se preguntaba dónde se habría metido.
En el último instante, la joven entró y se sentó a su lado, sin tan siquiera mirarlo. Él la notó angustiada.
—¿Le sucede algo? —preguntó discretamente.
—Es evidente. Debería haberme avisado que era un duque, excelencia —remarcó su título.
—Señorita Rigby, ¿en qué momento he pasado de viejo verde a excelencia? —le dijo Arthur sonriéndole, con cierta complicidad.
—Es la manera correcta de dirigirme a usted.
—No merezco reproches porque no le dijera quién soy. Si mal no recuerdo, ya que tan mal de la memoria no debo estar, usted insistió en que no estaba interesada en saber mi identidad.
—Aun así, debió informarme —exigió ella—. Y, por cierto, sobre lo que usted propuso antes… quizá sí deberíamos borrar todo lo que le he dicho.
—¡Vaya! —inquirió remarcando un tono de fingida sorpresa—. Finalmente está demostrando tener educación.
—Ya le había dicho que no era una maleducada.
—Señorita Rigby, no… definitivamente, no.
—¿No? —exclamó Lilian.
—No borremos nada de lo pasado entre nosotros. Usted tenía razón. Incluso le confesaré una cosa…
Lilian lo miró esperando que siguiera hablando, pero entendió que no iba a decirlo en voz alta. Ella inclinó su cabeza hacia él para que le pudiera decir, lo que fuera, cerca de su oído. Y así lo hizo Arthur, susurrándole con dulzura:
—Me gustaba más la Lilian Rigby que no me trataba como a un duque.
A Lilian se le cayó el tenedor de la mano.
¿Cómo un cubierto podía hacer tanto ruido al golpear el suelo?
Sintió que todo el mundo en la sala se callaba de golpe y ella era el centro de atención.
¿Realmente lo era? ¿O era como ella se sentía?
Sus mejillas se tiñeron de rubor. ¿El duque le había dicho que le gustaba?
¡Evidentemente, no! ¡Había malinterpretado aquella expresión!
¡Seguro! ¿Le estaba dando permiso para que lo tratara como antes? Estaba totalmente descolocada.
—¿Prefiere… —empezó a decir tímidamente, con reparo, tras sus enormes gafas— que siga tratándolo… de viejo verde, excelencia?
Arthur no pudo más que explotar en una sonora carcajada.
Todos en la mesa se sorprendieron ante la expresividad del duque de Cavendish, siempre tan comedido.
Él también se sintió observado y algo turbado por su inesperada reacción.
Pero el más sorprendido fue su amigo, el marqués de Lennox, que llevaba rato observándole interactuar con Lilian de aquella forma tan íntima.
Cuando pudieron recuperar la compostura, y comprobó que nadie más les prestaba atención, Arthur le pidió que de nuevo se acercara.
—Sea conmigo la Lilian Rigby sincera, descarada y sin pelos en la lengua. Para que me llamen excelencia tengo al resto de los mortales. A usted, mi querida amiga, se lo permito todo —sentenció él.
Ella lo miró, él le sonrió, y alivió su culpa. Si él se lo pedía, ella podría ser de esa manera ya que, al fin y al cabo, solo debía ser ella misma. ¿Ella misma? Difícil, pues solo era una máscara de la verdadera Lilian Rigby. Aun así, a él, le permitiría descubrir una pequeña parte de ella.
Por otro lado, la sugerencia del duque a que mantuviera con él ese trato excepcional, le hizo experimentar una presión extraña en el pecho. Dispuesta a rebajarla mandó a un lacayo que le rellenara su copa de vino.
Después de beberse unos cuantos tragos, su lengua y su mente ya estaban más distendidas. Miró a Arthur y con la mirada un poco turbia por los efectos del alcohol le dijo:
—¿De verdad soy la única que no le llama excelencia? —le preguntó.
—Solo usted tiene ese privilegio.
—Y ¿qué he hecho yo para merecerlo?
—Todavía no lo sé.
—Y, aun así, me lo ha otorgado.
—Exacto. Solo sé que en cuanto ha dejado de tenerlo, he sentido que había perdido algo —trató de explicar él.
Lilian procuró entenderlo. Evidentemente no pudo, ya que ni el mismo Arthur comprendía aquella absurda argumentación.
Pronto llegaron los postres y no pudieron hablar mucho más, ya que la viuda se propuso no dar tregua al duque, manteniéndolo atrapado en su red.
Incluso en un par de ocasiones, Lilian observó que ella le acariciaba el antebrazo como si fuera de forma casual. ¡Menuda descarada!