La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

Lilian sintió como el rubor subía a sus mejillas.

¿Ese estúpido había fingido que ella se había insinuado?

¡¿A él?! ¡Mejor! Así no la molestaría más durante la cena.

Lilian procuró mostrarse indiferente por lo sucedido, al fin y al cabo, ella no había hecho nada.

Levantó la barbilla y siguió hablando cortésmente con su otro compañero de mesa.

Por su parte, Arthur y la viuda retomaron su propia conversación, en la que ella seguía mostrándose muy alegre por las atenciones que le dispensaba el duque.

Cuando sirvieron el tercer plato, Arthur no podía soportar más la indiferencia de esa joven que parecía ignorarlo por completo. Se volvió a acercar a ella sutilmente y le susurró:

—Espero que haya aprendido la lección —dijo orgulloso por haber conseguido rebajarle los humos.

—No sé cómo he podido subestimarlo… —reconoció ella y Arthur empezó a sacar pecho— cuando es de sobra conocido que sabe más el diablo por viejo que por diablo.

«¿Cómo podía ser nadie tan desquiciante?», pensó Cavendish reprimiendo sus impulsos de ponerle una mordaza en la boca.

—Señorita Rigby —el duque decidió cambiar su táctica—, ¿cuántos años me echa? ¿Tan mayor le parezco?

—¿Tan jovenzuela le parezco yo? —le dijo ella entornando sus ojos, afilando su mirada.

—¿Se trata de eso? ¿Está molesta porque la llamé de esa forma?

—Siento tener que hacerle memoria, de nuevo —apuntó con retintín—, pero sus palabras exactas fueron jovenzuela desvergonzada.

—¿Acaso no lo es?

—¿Acaso es usted un viejo verde?

Arthur sonrió. Quizás no pensaba de veras que fuese un viejo verde.

¿Era eso posible? Necesitaba aclararlo. ¿Por qué le resultaba tan importante la opinión de aquella joven que lo trataba como nadie le había hecho, diciéndole las cosas a la cara, sin censura y con carácter?

Una muchacha que no se dejaba amilanar ante nada ni nadie.

—Señorita Rigby, de verdad y sea sincera. ¿Qué edad me echa?

Lilian lo miró con interés evaluando qué cifra decir. Arthur estaba a punto de que le diera algo. Como dijera más de treinta y cinco, su autoestima caería a lo profundo de un océano.

—¿Tan importante es la respuesta que yo le dé? Sabe que puedo ser muy cruel.

—Lo sé. Por eso apelo a su sinceridad. Una persona como usted, que no tiene pelos en la lengua, sé que me dirá la verdad.

—Está bien, diré una cifra. ¿Está preparado?

—Dígala…

—Treinta y tres… —dijo Lilian finalmente.

Arthur se quedó sin palabras. ¡¿Treinta y tres?! ¡Treinta y tres! ¿Había oído bien? ¡Lo consideraba más joven de su edad real! Si no estuviera en una cena oficial se levantaría de la mesa y daría saltos de alegría.

—¿Y bien…? —preguntó Lilian ante la contenida expresión del duque. No sabía si era buena o mala señal.

—Bien, bien. Muy bien, de hecho… Es justo la edad que tengo —mintió. No iba a echarse años encima. Aunque debía reconocer que, hasta que esa joven se cruzó en su camino, ese tema no le había preocupado en absoluto.

—Y… ¿qué edad es para usted la que se ajusta a una jovenzuela como yo?

Arthur la miró también con detenimiento. A pesar de su aspecto insalubre, parecía joven. Demasiado joven para él.

¡¿Eh?!

«¿Qué acababa de pensar? ¿Para él? ¿La fea solterona?», debía estar loco.

—Sabe que para un hombre decir la edad de una dama es muy delicado, porque si se equivoca a menos ofende, pero si se equivoca a más… puede ser una ofensa irreparable.

—¿No se atreve a decir una cifra? Hágalo —lo animó—. Le aseguro que mi autoestima, a diferencia de la suya, está en su sitio.

¡Demonio de muchacha! ¿Cómo, siendo ella tan poco agraciada, podía tener una autoestima tan alta? Si él, todo un duque joven y atractivo, la había sentido tambalear con un simple comentario, ¿cómo podía ella mantenerla tan en su sitio? Sintió cierta envidia ante su entereza.

—No debería hacerlo. Temo herir sus sentimientos —Arthur aún estaba en duda. Era demasiado cortés para insultar a una dama.

—Después de llamarme galantemente desvergonzada y de haber insinuado que era una descarada que acudía al jardín del pecado a… ya sabe… —le clavó una intensa mirada con sus ojos verdes—. ¿Piensa que me voy a ofender por un número?

—Está bien —tomó aire—. No debe tener más de veinticinco años… —se atrevió a decir por fin—. ¿Voy bien?

—Diga un número, sin pistas, sin paños calientes —lo animó a mojarse más.

Arthur sintió un cosquilleo en la boca del estómago. ¿Por qué se estaba divirtiendo en esa tontería de adivinanza?

—¿Veintitrés? ¿Veinticuatro? —indagó él.

—Eso son dos cifras, milord. No me haga apelar de nuevo a su sentido de la memoria —dijo Lilian regalándole una sonrisa. En este caso el duque, más relajado, no tomó a mal su comentario. Al contrario, él también sonrió.

—¿Veintitrés? —preguntó de nuevo.

—¿Es su última palabra? —indagó juguetona. Parecía que aquel caballero estaba pasando un mal trago y eso, de alguna forma, la hacía sentirse traviesa.

—Me hace dudar. Usted siempre me hace dudar —reconoció el duque en voz alta.

—¿Yo le hago dudar? —exclamó sorprendida del inesperado comentario. «¿Siempre?». Si solo habían coincidido esporádicamente en… dos ocasiones.

—¿He acertado? —preguntó él. Lilian creyó que no valía la pena hacerle sufrir más y decidió confesar su edad.

—Ve. No me ha ofendido. Tengo veinticuatro. Pero a ojos de la sociedad, ya soy toda una solterona.

“La fea solterona” más concretamente, pensó el duque. Pero él había empezado a desdibujar sus ojeras, su mal aspecto y aquellas horribles gafas. Al mirarla de cerca solo veía sus intensos ojos verdes y su sonrisa envuelta en aquellos labios carnosos.

Desde que, semanas atrás, había empezado a acudir a bailes y festejos, había entablado conversación con diferentes damas, todas ellas bellas, distinguidas y con modales exquisitos.

Pero su mente las borraba pasados unos minutos.

En cambio, la insurrecta que tenía sentada a su lado, le hacía hervir la sangre.

Las demás lo dejaban indiferente. Ella, en cambio, le provocaba.

Todavía no sabía qué exactamente, pero lo averiguaría.

—Me alegro por no haberlo hecho. —En ese instante le dedicó una mirada diferente, como si aceptase un tratado de paz entre ellos—. Concordará conmigo en que no hemos comenzado con buen pie. ¿Le apetecería volver a empezar de nuevo?

—No —respondió ella tajantemente—. ¿Acaso usted desea borrar algo de nuestras conversaciones anteriores? —dijo. Y, para acabar de provocarlo, añadió con una medio sonrisa— Si es que las recuerda, claro...

El duque entendió el juego. Aceptaba el descaro de esa joven.

—Tiene razón. Mejor no borrar absolutamente nada —Arthur tenía también una medio sonrisa en sus labios.

Los Abbot se acababan de levantar de sus asientos y estaban recorriendo la mesa saludando a algunos invitados personalmente y haciendo algunas presentaciones, pues debido a que se habían retrasado, no habían podido hacerlo anteriormente.

Cuando el matrimonio Abbot estuvo al lado de Lilian y Arthur, lord Abbot se dirigió a ellos:

—Excelencia, he observado que han estado conversando durante la cena, pero no sé si ya se conocían con anterioridad —dijo al duque.

—Todavía no habíamos tenido el placer de conocernos —dijo Arthur—, pero la señorita Rigby es tan encantadora que no han hecho falta presentaciones previas para tener una amena conversación.

—Me alegro. Lady Lilian no merece menos que la agradable compañía de un duque.

Lilian sintió el suelo resquebrajarse bajo sus pies.

¿Aquel caballero era un duque? Solo un rey estaba por encima de él.

De repente, quiso tirarse de los pelos y arrancarse hasta el último de ellos.

Se arrepintió de todas y cada una de las groserías que le había dicho el día del jardín del pecado y en esa misma cena.

«¡Ay, Dios mío!»

¿Debería disculparse? ¿De verdad había llamado viejo verde a un duque? ¿Y él se lo había permitido?

«¡Oh, nooooo!»

¡Se acordó del bofetón que le había dado! No pudo más que echarse la mano a la sien procesando todo en su cabeza.

—Sigan disfrutando de la cena. Les advierto que todavía faltan más platos y luego vendrán los postres. Y, me han asegurado, que son exquisitos —les informó lord Abbot antes de continuar con su ronda de saludos.

Algunos asistentes se habían levantado de sus asientos y aprovechaban para salir a la terraza a tomar el aire, estirar las piernas u otros menesteres. Lilian, decidió alejarse del duque después de haber metido tanto la pata.

—Si me disculpa. —Realmente no pedía permiso, puesto ya se estaba incorporando para marcharse.

—Miladi —la llamó Arthur—, ¿me permite acompañarla?