La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Se dispuso a bajar al salón. Lennox ya estaría allí esperándolo.

De nuevo su incorregible amigo lo había arrastrado a otra encerrona.

Arthur había aceptado la invitación de los Abbot solo para acompañarlo, ya que Leonard seguía obsesionado con la tal lady Susan, la cual estaría ese fin de semana en aquella casa de campo.

El duque intentó por todos los medios rechazar la oferta de su amigo, incluso le pidió a Rockingham que fuera en su lugar, pero el conde tenía otros compromisos que no podía eludir.

Estaba cansado de hacer de niñera de Leonard, y así se lo hizo saber.

Le dijo que era la última vez que se dejaba arrastrar a cualquier asunto relacionado con su lady Susan.

Él debería estar ocupado en cosas más importantes, como encontrar a su futura duquesa, y no perdiendo el tiempo en aquella reducida congregación de personas.

Necesitaba asistir a bailes y actos más multitudinarios a los que acudieran más damas casaderas.

Cuando entró al salón se reunió de inmediato con Lennox, quien lo aguardaba con una copa en la mano.

—Cada día tardas más en arreglarte, Caven —observó su amigo—. Hasta mi hermana pequeña lo hace en menos tiempo que tú.

—Mi ayuda de cámara cada vez está más mayor, no puedo meterle más prisa —dijo el duque, inventando una excusa. No iba a reconocer que era él mismo quien estaba obsesionado con inspeccionar hasta el último detalle que lo avejentara.

—En fin… sírvete una copa. Tengo que decirte algo que, sin duda, te va a interesar —le avisó Lennox con una medio sonrisa. El duque decantó un poco de licor en una copa—. ¿Recuerdas el pañuelo que encontraste? ¿Aquella joven que tanto te intrigaba?

—Te refieres a… ¿cómo se llamaba? —dijo haciéndose el despistado, como si la hubiese podido borrar de su mente—. ¿Lilian Rigby?

—La misma.

—Sí… recuerdo esa banal conversación que tuvimos en el club.

—Pues tu misteriosa fea solterona está al otro lado del salón.

Lennox le hizo un gesto discreto con el mentón señalando hacia donde se encontraba la joven.

Arthur se quedó helado. ¿Lilian Rigby estaba allí? Se giró lentamente y, en efecto, al fondo del salón, en un rincón, estaba ella en un sofá hablando distendidamente con su tía Josephine.

—¿Quieres que te la presente? —preguntó Lennox sin molestarse en disimular el tono de burla impreso en sus palabras.

Arthur tardó en contestar. De hecho, oyó de lejos la pregunta de su amigo. ¡Allí estaba su jovenzuela descarada! Achinó los ojos y pensó enojado que alguien debería enseñarle modales y decirle cómo se debe hablar a un duque. ¡Al gran duque de Cavendish!

—No… —susurro inicialmente distraído—. ¡No! —respondió más contundente al ser consciente de lo que decía—. No hace falta. Supongo que nuestros anfitriones ya harán las presentaciones oficiales en el momento que consideren oportuno.

Leonard se echó a reír y luego apuntó:

—Comprendo que no tengas prisa por conocerla. A mí me la presentó su tía hace unos años y me vi en la obligación de bailar con ella. Por eso la conozco.

—¿Baila bien? —indagó el duque, que no podía dejar de mirarla.

—Puede que haga dos o tres años, Caven. ¿Piensas que recordaría un baile después de tanto tiempo? ¿Con Lilian Rigby?

Arthur pensó que él había compartido unos minutos con ella y sería imposible olvidarlos. ¿Cómo su amigo no era capaz de recordar algún momento a su lado? El duque cambió el rumbo de la charla:

—¿Dónde está tu lady Susan?

—Es la joven que está a tu derecha, hablando con su madre… —indicó Leonard y Arthur miró disimuladamente. Una bella muchacha sonreía por algo que le habían dicho. Entendió al instante por qué su amigo estaba tan interesado en ella. Era simplemente cautivadora.

—¿No decías que nunca sería tu marquesa? Si es así, ¿por qué no dejas de perseguirla?

—Porque debe saber que no se puede rechazar al marqués de Lennox.

—Veo que sigue sin haber sucumbido a tus encantos.

—Aún no. Pero este fin de semana la tendré a mi merced… y entenderá que ella irá y hará lo que yo le ordene… —dijo muy seguro de sus palabras.

—Por si no te has dado cuenta, te ignora por completo. Ni tan siquiera mira hacia aquí.

—Lo hace para hacerse la interesante. Sé cómo funciona su retorcida mente femenina. Pero nadie, nadie… —repitió— juega conmigo.

—Joven amigo, deberías aprender que uno no siempre se sale con la suya, y menos en asuntos de mujeres. Más concretamente, con damas inocentes.

—Es una cuestión de orgullo, Caven.

—Te aconsejo que desahogues tu frustración en otro objetivo, Lennox.

—Lo haré después de superar este —replicó como si de un reto personal se tratase.

El sonido de una campanilla avisó a los presentes de que se podía acceder al comedor.

Arthur y Leonard se quedaron rezagados y entraron los últimos.

No había prisa. En esos actos sociales los anfitriones se encargaban de todo, incluida la distribución de la mesa y los asientos que debían ocupar cada uno de los comensales.

Sabían que sus nombres estarían escritos delante de sus cubiertos.

Cuando entraron al salón, solo quedaban dos sillas vacías.

Una de ellas al lado de Lilian. Arthur rogó porque fuera la de Leonard.

No tuvo esa suerte, así que se dirigió con resignación a sentarse junto a ella.

La joven estaba tan absorta conversando con el caballero que tenía al otro lado, que no fue consciente de quién ocupaba la silla de su izquierda.

—Buenas noches —dijo el duque tomando asiento. Algo en la sangre de Lilian se petrificó. Esa voz… La recordaba demasiado bien. Tan autoritaria y profunda. Hasta saludando utilizaba esa pétrea entonación.

Lilian interrumpió su charla y se estremeció al ver a su lado al hombre que compartía con ella su turbio secreto del jardín del pecado.

—¿Usted? —susurró ella sin dar crédito. Luego añadió más alto, devolviéndole el saludo—. Buenas noches.

Después procuró retomar la conversación que tenía a medias con el caballero de su derecha, aunque de repente —y sin saber por qué— estuviese más nerviosa de lo normal. Le costaba concentrarse en lo que estaba diciendo. ¿Qué hacía él aquí? ¿Precisamente a su lado?

Por el rabillo del ojo, Lilian detectó que Arthur había entablado conversación con la dama que tenía a su otro lado.

Era una viuda joven que no tendría más de veintiséis o veintisiete años.

Según se decía había estado casada con un marqués y, tras superar el riguroso luto, había vuelto a entrar en el mercado matrimonial.

Lilian no sabía de qué estarían hablando, pero la joven viuda se reía por cualquier comentario que el viejo verde hacía. ¿Estaría tonteando con él?

Los anfitriones, el matrimonio Abbot, entraron al comedor y tomaron asiento presidiendo la mesa. Entonces, dieron la orden al servicio para que empezaran a servir los platos.

—¿Recibió la carta? —susurró el duque disimuladamente cerca de Lilian.

—Sí. Gracias por su discreción —susurró ella también—. Quizás no tenía la vista tan deteriorada como pensé.

—Le aseguro que no tengo nada deteriorado —replicó el duque. ¿Por qué tenía que defender sus capacidades delante de aquella mocosa?

—Tranquilo, no tengo intención de hacerle ninguna prueba para comprobarlo —dijo sin mirarlo mientras hincaba su tenedor en unas vainas de judías que había en su plato.

—¿Me está retando, jovenzuela desvergonzada? —siguió hablándole en susurros. Gracias a Dios, el resto de comensales de la mesa estaban distraídos charlando con otros invitados—. Porque se sorprendería de mis aptitudes…

—Le acabo de decir que no tengo ningún interés en conocerlas. Romero.

—¿Qué? —exclamó él.

—¿Lo mastica?

—¿De qué está hablando? —preguntó desconcertado el duque.

—Masticar romero va bien para la memoria —aclaró Lilian a Arthur—. Le acababa de decir que no tenía interés en conocer sus aptitudes.

—Mi memoria es perfecta. No como su educación, que dista mucho de rayar la insolencia.

—Es curioso que me lo diga, porque me enseñaron a ser educada con… las personas mayores.

—¿Va a dejar de atacarme por mi edad? —le preguntó indignado.

—Cuando usted reconozca que no soy una maleducada.

—Eso está por ver.

—¿De cerca o de lejos? ¿Cómo lo vería mejor? —siguió provocándole.

—Esta cena va a resultar muy larga —soltó el duque previendo el comportamiento insolente de su compañera de mesa.

—Tranquilo, hacen un descanso a mitad de la cena para estirar las piernas… ¿Tiene problemas de circulación también?

—Como haga otra insinuación de que estoy en un estado lamentable de salud… —comenzó a reprenderla Arthur.

—¿Qué hará? —lo interrumpió—. ¿Me mandará a mi habitación sin cenar? Eso justo es lo que diría mi padre… o quizá mi abuelo.

El duque bufó, recuperó el aire y la miró de frente.

—Vuelva a hacer otro comentario de ese estilo y le haré pasar la mayor vergüenza de su vida —la amenazó. El tono de Arthur se había vuelto más grave de repente.

—No me tome tan en serio… —Lilian intentó rebajar su enfado—. Creí que su autoestima no era tan vulnerable.

—¿Ahora me considera de carácter endeble? —Aquella joven era desquiciante—. ¿Cuándo aprendió a ser tan impertinente?

—No lo sé. No conozco la fecha exacta… ¿Necesita saberla? ¿Se ve capaz de memorizarla?

Arthur ya había tenido bastante y decidió actuar. ¡Debía ponerla en su sitio! Dio un respingo en su silla, bastante exagerado. Su otra compañera de mesa, la viuda, le preguntó enseguida por su reacción:

—¿Hay algún problema? —se preocupó enseguida la mujer.

—Eso me temo… —dijo él. Luego carraspeó como si tuviera que confesar algo delicado.

Arthur sujetó su silla y la alejó de la de Lilian unos centímetros dando unos saltitos—.

Me temo… que mi otra compañera de mesa… —susurró simulando incomodidad— está…

tocándome… por debajo de la mesa —relató, pero en un tono suficientemente alto como para que Lilian lo escuchase.

—¡Oh! —exclamó la viuda escandalizada, solidarizándose con el duque. Luego le dedicó una mirada de reprobación a Lilian.