CAPÍTULO 4
Unos días después del baile, Lilian se entretenía leyendo un libro en el salón.
Tía Josephine había salido de compras y se había quedado sola en casa.
El mayordomo entró a la estancia y le entregó una carta explicándole que había llegado a su nombre.
Lilian la cogió con curiosidad y, cuando volvió a quedarse a solas, abrió aquella misteriosa carta que no indicaba remitente.
Dentro encontró su pañuelo junto a una nota adjunta:
“Como comprobará no debo tener tan mal la vista ya que, en plena oscuridad, conseguí encontrar el pañuelo que usted extravió.”
Lilian sonrió. Aquel inesperado caballero con el que se había topado parecía haber averiguado su nombre y estaba dispuesto a preservar su anonimato.
¡Genial! Solo él la vio en el jardín y, por lo visto, él mismo encontró su pañuelo.
Y lo mejor, aparentemente, se había encargado de guardarlo a buen recaudo y no difundir el suceso.
Ahora que lo volvía a tener en su poder, tuvo la certeza de que su desliz no tendría consecuencias. Respiró aliviada.
Cuando aquella noche regresó a la fiesta tras haber estado en el jardín del pecado, consiguió recuperar su asiento discretamente.
Por suerte, ser una florero tenía sus ventajas: nadie estaba pendiente de ella ni de lo que hacía.
La tierra podía tragarla de un segundo al siguiente y nadie notaría su ausencia.
Al parecer solo su tía la había echado en falta.
Cuando le preguntó sobre dónde había estado, fue tarea fácil convencerla de que se había entretenido en el tocador.
Su tía, después de cinco temporadas fallidas y una sexta en camino, poco se la imaginaba metiéndose en problemas de esa índole con ningún caballero.
Por tanto, creyó a pies juntillas su palabra.
Lilian miró el pañuelo detenidamente y estuvo tentada de descoser el bordado que la identificaba con su nombre para no verse envuelta en ningún problema más por ese motivo. Pero lo descartó enseguida. Sería demasiada casualidad que un pañuelo volviera a crearle problemas, ¿no?
Se giró hacia la ventana y se dedicó a mirar a través de ella durante unos instantes.
El trasiego de transeúntes era bullicioso ese día.
Tenía ganas de que pasaran las siguientes dos semanas.
Si sirviera de algo arrancaría las hojas del calendario con sus propias manos.
Tía Josephine había aceptado una invitación de los Abbot para pasar un fin de semana en su finca campestre.
Ella prefería más el campo que los actos sociales de la ciudad.
Evidentemente, allí también habría posibles pretendientes de los que huir, pero en un número mucho más reducido.
Por otro lado, le encantaba la libertad de poder pasear, disfrutar de la naturaleza o montar a caballo. Londres empezaba a asfixiarla.
Dos semanas después, Lilian se arreglaba en sus aposentos antes de bajar a cenar.
Tía Josephine y ella habían llegado esa misma tarde a casa de los Abbot.
La muchacha se miró en el espejo y cogió su maquillaje especial.
Con polvos oscuros ensombreció sus ojeras y con polvos blancos tiñó de un tono marfileño su rostro.
No había mejor repelente para un hombre que el aspecto enfermizo que había aprendido a aparentar.
Las gafas formaban también parte de su disfraz.
No las necesitaba para nada. De hecho, era un simple cristal sin graduación, pero siendo tan grandes y aparatosas ocupaban prácticamente todo su rostro y los caballeros no veían más allá, quedando sus facciones en segundo plano.
Se recogió el cabello tensándolo hacia atrás para atarlo lo peor posible en la nuca.
Sin embargo, algo la hizo detenerse. Se acercó un poco más al espejo y se abrió la raya del pelo.
Observó el cambio de color en las raíces.
¡Maldita sea! Pronto debía aplicarse otra tintura o se notaría su color real.
El cabello que lucía, un castaño oscuro, lo conseguía aplicándose un potingue que compraba en una botica y que la ayudaba a cubrir su favorecedor rubio natural.
Si su padre se llegase a enterar del boicot que hacía a sus temporadas sociales, entraría en cólera.
Por fortuna, Ivor Rigby, barón de Buckland, no pisaba Londres, y por eso, Lilian estaba tranquila luciendo ese lúgubre aspecto en la ciudad.
Cuando regresaba a casa de sus padres para pasar el resto del año, volvía a recuperar su imagen, puesto que allí no tenía necesidad de ocultarse de pretendientes indeseados.
Tras aplicarse los últimos retoques Lilian bajó al salón principal y se reunió con el resto de invitados. Como de costumbre, ocupó un lugar discreto en la estancia que los Abbot habían habilitado para amenizar la espera antes de acceder al comedor donde se serviría la cena.
En el ala opuesta del edificio, en una de las habitaciones reservadas para los caballeros solteros, el ayuda de cámara de Arthur Wesley lo ayudaba a vestirse.
Le colocó la chaqueta por detrás y él metió ambos brazos.
Después Arthur se sujetó las solapas y dio un leve tirón de ellas para ajustarla bien a su cuerpo.
Dio un par de pasos y se acercó al espejo que tenía frente a él.
—No estoy nada mal ¿no, Henkins? —preguntó el duque a su ayudante.
—Usted no es mi tipo, señoría —respondió el servicial hombre, sin inmutarse, mientras pasaba un cepillo por sus hombros para desprender cualquier pelusa que pudiera haber—. Agradecería que no me lo preguntara cada vez que le ayudo a acicalarse.
—¿Me ves viejo? —siguió indagando.
—Su edad, excelencia, no es el motivo por el que no le encuentre atractivo —respondió con el mismo tono neutral.
—¿Crees que he perdido encanto en estos últimos años?
«Dale con lo mismo», suspiró el ayuda de cámara que conocía al duque desde que usaba pañales.
Arthur estaba obsesionado con el tema desde que aquella jovenzuela descarada le llamó viejo. ¡En su cara! ¡Y sin remordimiento alguno! ¡Al él, al gran duque!
—Su descomunal encanto está intacto, excelencia. No debería preocuparse —recalcó para ver si dejaba aquel molesto interrogatorio. Los últimos días había estado insoportable.
—¿Entonces me ves apuesto? —volvió a insistir.
—No —soltó su ayuda de cámara—. Y debería estar agradecido de que no lo vea de ese modo. En caso afirmativo le garantizo que no estaría tan relajado mientras le retiro las prendas íntimas de su cuerpo, señoría.
—En eso tienes razón, Henkins. —Arthur tomó asiento en una silla y le dijo a su ayuda de cámara que lo siguiera—. Coge las tijeras y córtame todas las canas que encuentres. No dejes ni una sola.
—Excelencia, con el debido respeto, ya le quité el otro día las tres míseras canas que tenía. ¿Cree que en los últimos dos días habrá aparecido alguna nueva? —le preguntó en tono solemne. Aquel hombre no alteraba su voz ante ninguna circunstancia.
—Revísalo. Nunca se sabe.
El ayuda de cámara no reprimió un sonoro suspiro de hartazgo y ni se molestó en ir a buscar las tijeras como le había ordenado el duque. Con los años había dejado de mostrar una conducta estricta ante él.
—Henkins, no olvide mantener las formas… —le riñó el duque.
—Por supuesto, excelencia. —El ayuda de cámara se acercó a él y, sin tan siquiera mirar su cabello, sujetó entre sus dedos un pelo al azar y pegó un tirón arrancándoselo—. ¡Solucionado! Luce como un muchacho de quince años.
—¡Eso que me has arrancado ni siquiera era una cana! —Lo miró desafiando la familiar osadía del hombre.
—¿Desea también que vaya a buscar algún bálsamo para su acné juvenil, excelencia? —preguntó ácidamente a Arthur.
—No, pero… —el duque no sabía cómo preguntarlo—. ¿Sabe si existe algún remedio para las patas de gallo? Me he fijado en que, si sonrío, se marcan aquí —dijo señalándose el contorno de los ojos—. Mire estas arrugas. Juraría que antes no las tenía.
—Lo averiguaré, excelencia. Cuando regrese de la cena, si así lo desea, le pondré un par de rodajas de pepino sobre los ojos y untaré algún ungüento cremoso sobre su finísimo cutis —se burló de él. El duque podía llegar a ser exasperante—. ¿Le preparo también un camisón con cintas y encajes finos?
—¡Henkins…! —lo llamó al orden, aunque sabía de sobras que estaba obsesionado con el asunto y su ayuda de cámara debía estar hastiado de todas sus preguntas—. ¡Olvide lo de los pepinos!
—Por supuesto, excelencia. Siempre a su servicio.
—Puede retirarse —le ordenó el duque.
Cuando su ayuda de cámara abandonó la habitación, el duque fue directo al espejo y volvió a inspeccionar su cabello.
Puede que Henkins tuviese razón, en dos días no era posible que hubieran vuelto a aparecer.
Volvió a sonreír exageradamente, haciendo muecas, delante de su reflejo para comprobar las arrugas que se formaban alrededor de sus ojos.
¿Qué demonios estaba haciendo? Debía dejar de actuar de aquella manera.
De repente se sintió ridículo. ¡Por supuesto que tenía treinta y cinco años! No podía aparentar la edad de un muchacho de veinte. Decidió que iba siendo hora de olvidarse de aquella cuestión que lo amargaba desde las últimas semanas.