La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Al día siguiente los dos amigos coincidieron en el club tal y como habían acordado.

—¿Cómo? —exclamó atónico—. ¿Lady Susan no acudió a mi cita? —preguntó desconcertado el marqués de Lennox.

—¿Parezco viejo, Lennox? —contestó el duque de Cavendish, ignorando por completo la preocupación de su amigo. Él tenía las suyas propias—. Si no me conocieras… ¿Qué edad me echarías?

—¿Esa engreída lady Susan no apareció a una cita conmigo? ¿A una cita con el marqués de Lennox? —incrementó el tono de su voz a cada una de las cuestiones. Era inconcebible. Se negaba a creerlo.

—Esta mañana me miraba en el espejo y… me he visto algunas canas… —divagaba el otro.

—¿Cómo se atrevió a no ir al jardín? ¿Cuánto tiempo esperaste antes de irte de allí, Caven? —A veces Lennox acortaba el nombre de su amigo—. Quizá llegó cuando tú ya te habías marchado… es la única explicación que le encuentro… a tal desplante.

—¿A qué edad se considera un hombre viejo…? —Arthur seguía con su retahíla.

—Porque está claro que ella… lady Susan… —puntualizó clavando su índice en la mesa— estaba deseando esa cita. Fue ella quien me provocó para que se la pidiera… —recordaba el marqués un tanto trastornado.

—¿A qué edad crees que se pierde el oído? ¿Y la vista? —Arthur miró un cartel a lo lejos intentando distinguir la letra pequeña. La veía perfectamente. Posiblemente no era tan viejo… ¿O sí?

—La próxima vez que vea a lady Susan va a saber qué se debe y qué no se debe despreciar… y tendrá que aprender a saber quién manda en esta relación —relataba Leonard en su propio desquicio personal.

—Puedo recordar perfectamente la lista de todos los reyes de Inglaterra, incluso sería capaz de decirla del derecho, del revés, ordenada por fechas, por orden alfabético… si estuviera perdiendo la memoria, ¿crees que podría hacerlo? —preguntó el duque.

En una tercera silla, hasta entonces vacía, se desplomó sin nada de decoro el conde de Rockingham, Edward Barrows, quien acababa de llegar y se unió a sus amigos.

—¿Os estáis oyendo? —les preguntó sin dar crédito a lo deprimentes que resultaban esos dos—.

Parecéis dos charlatanas que solo hablan y no se escuchan entre ellas.

Ya os respondo yo. —Y mirando a su derecha le dijo a Leonard—.

Lennox, lady Susan te ha dado calabazas, acéptalo.

—Luego, mirando a la izquierda le dijo a Arthur—.

Cavendish, tienes treinta y cinco años. ¿Qué esperas?

Por supuesto que ya no eres un chaval, acéptalo.

Y ahora que todos habéis aceptado vuestras tristes realidades, brindemos.

Arthur y Leonard se miraron uno a otro. ¿Qué debían celebrar?

—¿Debemos celebrar algo? —preguntó Lennox sin entender nada.

—No especialmente, pero tenéis cara de haber asistido a un funeral. ¡Animaos de una vez! ¿Es que acaso no os puedo dejar solos ni un día? ¿Qué pasó ayer en esa fiesta para que hoy se os vea tan… —los miró de arriba abajo— patéticos?

Lennox se incorporó en su asiento. Se recompuso el pañuelo del cuello, estiró la espalda y dijo:

—Tienes razón, Rockingham. Olvidemos el asunto. Esa lady Susan no va a amargarme el día… —replicó aún a sabiendas de que sería difícil sacarse de la cabeza la afrenta sufrida.

—Está bien… Hablemos de otra cosa —propuso Arthur, aunque en el fondo no estaba dispuesto a cambiar tan rápido de tema—. Por cierto, ¿alguno de vosotros conoce a una tal Lilian Rigby?

Sus dos compañeros de mesa se miraron uno a otro. El nombre les sonaba, pero…

—La viuda de Mendelson, de soltera, juraría que se llamaba Josephine Rigby —reflexionó Edward, el conde de Rockingham, en voz alta mientras hacía memoria.

—La viuda Mendelson tiene una sobrina que la acompaña a todas las fiestas… ¿Quizá se llame Lilian? —acabó de conjeturar Lennox.

—¡Exacto! ¡Ahora caigo en quién es! —exclamó Edward con satisfacción—. Es una de las floreros.

Así era como se denominaba a las chicas que nadie sacaba a bailar en las fiestas.

—¿Es una… florero? —preguntó el duque contrariado.

—¡Ah, sí! Sí, ahora sé a quién te refieres —se añadió Lennox—.

Una muchacha alicaída que siempre se esconde tras unas enormes gafas, que apenas habla con nadie y, además, siempre parece que haya dormido mal, ya que muestra bastante mal aspecto…

—explicó orgulloso de su observación detallada de las féminas.

—¿Qué más sabéis de ella? —siguió indagando el duque.

—Espera, espera, espera… —lo frenó el conde—. ¿A qué se debe ese interés repentino por esa dama? ¿Sabes el mote que tiene, no?

—¿Tiene un mote? —se sorprendió Arthur.

—Debes ser el único que no lo sepa. Por supuesto… ¡Todas las floreros tienen uno! Está la de la peca enorme, la tartamuda, la del cuello de cisne peludo, la del diente roto… —empezó a relatar Rockingham.

—Frena… —Arthur alzó la mano para detenerlo—. ¿Todas tienen mote? —preguntó, aunque no estaba seguro de querer saber el que habían asignado a Lilian Rigby.

—¡Por supuesto! Digamos que todas tienen… una tara. Por eso son floreros. Las pobres cargan con esa cruz, cada una con la suya propia.

Lennox pareció de repente angustiado.

—¿Nos pondrán motes también a nosotros? —inquirió—. ¿Creéis que lady Susan me habrá puesto algún mote a mí? ¡Madre mía! A estas alturas ya debo ser “la maceta” —exclamó en alusión al plantón que le dio la noche anterior.

—¡Dios mío! —exclamó el duque de súbito uniéndose a la inquietud de Lennox—. ¡Yo debo ser el viejo verde!

—¡Dejaros de paparruchadas! —exclamó Rockingham procurando poner orden—. No vais a ir a ninguna fiesta más sin mí. Por supuesto que a nosotros no nos ponen motes —o al menos eso pensaba él—. Somos un duque, un marqués y un conde. Esas floreros matarían por besar el suelo que pisamos.

—Yo no estaría tan seguro… —murmuró Arthur, que aún recordaba el bofetón que le había asestado Lilian. ¡A él! ¡Al gran duque!

—Bueno… ¿quieres o no saber el mote de Lilian Rigby? —preguntó Edward al duque volviendo al hilo de la cuestión.

—No estoy seguro… —Arthur se temía lo peor al recordar su aspecto y la desagradable suciedad de sus gafas.

—Está bien… si no quieres saberlo… —dijo el conde dando por finalizado el asunto.

—Suéltalo de una vez, Rockingham.

—La fea solterona —dijo Edward a Arthur.

—¿Solterona? —Arthur parpadeó un par de veces—. ¿Qué edad creéis que debe tener?

Era cierto que estaba muy oscuro cuando se encontraron en el jardín, pero a pesar de su insalubre aspecto, no le pareció tan mayor como para ser una solterona.

—No creo que tenga más de veinticinco… ¿Por qué muestras de repente tanto interés en ella, Caven? —preguntó Lennox.

—Simple curiosidad. Digamos que encontré algo que le pertenece.

Al decirlo extrajo el pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se lo mostró a sus amigos.

—¿De dónde lo has sacado? —preguntó el conde.

—Estaba por el suelo, lo encontré ayer durante la fiesta. Llevaba su nombre escrito, pero no sabía quién era… Por eso os lo preguntaba —mintió el duque. Ya estaba bien de ser siempre tan correcto.

—Te lo aseguro: cuando la veas, la reconocerás. Solo has de pensar en el mote que te hemos dicho y buscar a una chica encorvada, mal vestida y con gafas, situada en el rincón más apartado de la sala.

—Intentaré recordar la descripción —volvió a mentir.

Como si hubiera podido olvidarse de la muchacha que tuvo entre sus brazos, de su olor y de, por qué no decirlo, del bofetón que aún resonaba en sus oídos y palpitaba bajo la piel de su mejilla.

Lennox se incorporó y tomó su copa, pero antes de dar un sorbo, preguntó:

—Caven, ¿puedo revelarle a Rockingham… tu gran secreto?

—No es un secreto. Bueno, sí lo es, pero lo importante es que no se difunda —aclaró Arthur.

—¿Tienes un secreto, amigo? ¿Y yo sin saberlo? —le recriminó el conde.

—¡Estoy viejo…! —exclamó con desgana—. Necesito un heredero… eso es todo.

—Vamos, Caven, así no tiene emoción —intervino Lennox imprimiendo algo de vida a la conversación—. Rock, escucha con atención: nuestro duque… —hizo una pausa estratégica antes de soltar la bomba—¡Busca una esposa! —soltó con picardía.

Al conde prácticamente se le salieron los ojos de sus órbitas.

—¿Cavendish? ¿Casado? —exclamó perplejo—. ¿El gran duque que no está hecho para el matrimonio? ¿El que siempre se ha burlado de sus amigos casados? ¿El mismo que hasta ahora huía de los compromisos como de un perro rabioso?

—Tú también te has sorprendido, ¿eh, Rockingham?

—¿Sorprendido? ¡Estoy estupefacto!... De todas las noticias que esperaba recibir hoy esta es la más increíble.

—Está bien, calmaos un poco y bajad la voz. Esto queda entre nosotros tres. Ni una palabra a nadie —les avisó Arthur a ambos.

—Seremos una tumba. Aunque cuéntanos, Caven, ¿qué buscas en una esposa? —le preguntó Lennox.

—Un heredero… exclusivamente. Si no fuese por eso, no me plantearía cambiar nada en mi vida.

Yo estoy bien así. No necesito el yugo del matrimonio.

Pero sin una esposa no puedo engendrar hijos legítimos.

Si sirvieran los que se pueden tener fuera de los votos matrimoniales, os aseguro que no pasaría por este trago.

Y ahora me veo obligado a pasearme por esos bailes y actos sociales…

hasta encontrar a alguna dama que sea digna de ser una auténtica duquesa.

O sea que ya estáis los dos avisados porque vais a tener que acompañarme. No pienso pasar por esto solo.

—¡Yo ya fui ayer! —dijo Lennox levantando las manos—. A la siguiente velada que te acompañe Rockingham.

Arthur lo miró de reojo y le contestó:

—Puede que él resulte mejor compañía que tú, Lennox. Al menos él no es tan impresentable como para dejarme solo en mitad de una fiesta y, encima, con asuntos de faldas por arreglar.

—No prometo nada —replicó Rockingham con indulgencia—.

Puede que también salga corriendo a las primeras de cambio.

Pero, Cavendish, sabes tan bien como nosotros que esto lo vas a tener solucionado en un abrir y cerrar de ojos.

No sé a qué viene esa cara. ¿Acaso crees que no caerán rendidas a tus pies todas esas jóvenes que están desesperadas por atrapar a un pez gordo?

¿Qué dama en su sano juicio no soñaría con ser una duquesa?

Y no una cualquiera, sino la gran duquesa de Cavendish —dijo—.

Tú solo debes ocuparte de una cosa: pon los ojos sobre la que quieras… ¡Y será tuya!