La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—¡¿Qué?! —exclamó en voz demasiado alta el duque y ambos agacharon la cabeza para no ser descubiertos—. ¡Lo que nos faltaba! Como nos descubra un vicario en esta situación ya puedo estar comprándole un anillo.

Lilian lo miró horrorizada.

—Scchhhh…. cállese… cállese… cállese —le ordenó con fervor. ¿Casarse con un viejo verde? ¡Antes se tiraría por un puente!

—Cállese usted… con una vez que me lo diga es suficiente. ¿Acaso piensa que estoy sordo?

—A su edad… podría ser…

Arthur estuvo a punto de colocar sus manos en el cuello de esa descarada y estrangularla. De hecho, se giró para mirarlo y tuvo tentaciones de hacerlo, pero se deleitó comprobando lo delicado que era… y sintiendo cierta atracción para… ¿besarlo? ¡Debía estar perdiendo el juicio!

Lilian giró la cara y detectó cómo el caballero se comía su cuello con la mirada.

—¿Qué está haciendo? ¡No me mire así! —le reprendió ella como si fuese un niño pequeño. Y él se sintió de ese modo. De repente, tenía siete años y su institutriz le estaba pegando un tirón de orejas ¿Por qué se había quedado embelesado mirando esa parte de la joven?

—Oigo perfectamente… —se defendió clavando sus ojos, entrecerrados, en ella.

—¡Ah! ¿Es la vista lo que le falla? ¿Por eso me miraba de esa forma?

—¡Cállese de una vez! ¿Nunca le han dicho que es demasiado desvergonzada?

—Sí, me lo ha dicho usted mismo no hace ni cinco minutos… ¿Acaso también le falla la memoria? —dijo Lilian irritándolo aún más—. Veo que no le falta un detalle.

—He retirado mi mano de su boca demasiado pronto. Cállese de una vez o tendré que hacerla callar por la fuerza.

—Scchhhh… —lo cortó Lilian—. Se acerca alguien más…

Arthur miró a través del seto, para averiguar de quién se trataba.

—¿La conoce? ¿Sabe quién es esa mujer? —indagó el duque.

—¿Tampoco la conoce o es que a esta distancia no la ve bien? —preguntó Lilian con retintín.

Arthur soltó el aire por la nariz. La insolencia de esa joven estaba llevándolo al límite de su paciencia.

—No me toque más las narices, jovencita. —Él también sabía ser desagradable si se lo proponía—. ¿La conoce o no?

—Sí.

—¿Y bien? ¿Quién es? —preguntó el duque.

—Es lady Phillips, es viuda… una reciente viuda para ser más exactos.

—No va de luto —observó.

—Hace una semana que salió de él.

—Pues no ha desaprovechado el tiempo. Se está acercando al vicario.

—¿Está insinuando que se han citado aquí… para…? —dejó la frase en suspenso.

—¿Usted qué cree, que ha venido a confesarse? No veo que ninguno de los dos haya traído el rosario —ironizó el duque—. Además, para eso está la parroquia y no el jardín del pecado.

—¡Dios bendito…! ¿Qué vamos a hacer?

—¿Nosotros? ¡Pasar desapercibidos! ¿Acaso no es evidente?

—Pero ellos van a… hacer… eso…

—No se escandalice tanto. A eso venía usted también.

—¡Eso no es cierto! —respondió indignada.

—¿Acaso no se había citado aquí con mi amigo?

—No sé quién es usted, ni su amigo… y no me importa… pero le aseguro que no había venido a hacer nada de todo eso aquí con nadie —comentó moviendo su mano al aire.

—No se haga la inocente conmigo. No le sienta bien.

En ese instante, el vicario y la reciente viuda empezaron a intimar. Juntaron sus cuerpos y empezaron a besarse. Lilian no podía apartar la mirada de ellos. Sus ojos se iban a salir de las órbitas.

—Verá… yo… solo…. venía… para… —dijo embobada mirando la escena. El vicario empezaba a meter las manos por debajo de la falda de lady Phillips— para recoger… mi… mi… mi pañuelo…

—¿Su pañuelo? —preguntó extrañado el duque—. ¿No es usted lady Susan?

—Sí… no… sí, mi pañuelo… no, Susan… —murmuró ella viendo que el vicario empezaba a desabrocharse los pantalones.

—¿No será usted una joven inocente? —preguntó Arthur desconcertado.

—¿Eh…? —balbuceó Lilian incapaz de retirar la vista de la erótica escena que empezaba a subir de tono. El vicario había acorralado a la mujer contra un árbol.

—¡Dios mío! ¡Decía la verdad!

Arthur entendió que aquella joven no era Susan y que, posiblemente, tuviera razón en que no se había citado con nadie.

Si era así y era casta, no sería adecuado dejarla ver una escena de ese tipo.

Lo del pañuelo no lo entendía, pero ya le preguntaría después.

Ahora debía ocuparse de proteger su inocencia.

Tomó a Lilian por los hombros y la volteó hacia él, dejándola de espaldas al idilio amoroso que tenía lugar escasos metros más allá. Ahuecó sus manos sobre el rostro de la joven e hizo que lo mirara fijamente, para que entendiera bien sus instrucciones:

—Va a hacer lo que yo le diga y sin rechistar: va a cerrar sus preciosos ojos… —«¿Preciosos? ¿A qué había venido eso?», se cuestionó el duque— y va a taparse las orejas con ambas manos. ¿Me ha entendido? Yo la avisaré cuando… esto… haya acabado…

—Pero…

—No voy a permitir que esos dos corrompan la inocencia de una jovencita… por muy desvergonzada que sea. —Y sacando su tono más autoritario añadió— ¿Me he explicado con claridad?

Lilian cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos.

De repente, notó que las manos del caballero se posaban sobre las suyas.

Eran muy cálidas y la envolvían en una suave caricia.

Algo se estremeció dentro de ella. ¿Una doble protección para sus orejas?

¿Tan malo era oír lo que iba a pasar allí?

Al sentir las manos del duque sobre las suyas ella abrió los ojos y sus miradas se cruzaron.

Él estaba a corta distancia, y con un gesto firme le recriminó que hubiera abierto los ojos. La muchacha los volvió a cerrar.

Fueron los quince minutos más largos de su vida: Arthur escuchando a una pareja retozar, mientras protegía la pureza de una joven desconocida.

Tenerla tan próxima a él le permitió olerla, un suave olor a rosas provenía de su piel.

Pudo observarla con detenimiento y comprobó que tenía unas ojeras y una palidez extrañas en su rostro.

¿Cómo una joven podía tener un aspecto tan demacrado?

¿Estaría enferma? El inesperado bofetón que le había dado y su lengua viperina indicaban lo contrario: se veía bastante enérgica.

De vez en cuando Lilian abría los ojos y miraba al duque, como preguntando si aquello ya había finalizado.

Arthur movía negativamente la cabeza y ella entendía que debía seguir cerrando los ojos y no destapar aún sus oídos.

«¿Cuánto duraba el acto de hacer el amor?

», se preguntaba Lilian. ¿Estarían así diez minutos, una hora…

tres horas…? ¿Cuánto debía esperar? Por fin, sintió que el caballero retiraba sus manos de ella.

—Se han ido… —le susurró—. ¿Ha oído algo?

—No… nada absolutamente… —reconoció ella sin despegarse demasiado de él.

—Gracias al cielo… porque esos dos no eran precisamente silenciosos… que digamos… —explicó el duque de Cavendish.

—Debería irme ya… —anunció ella, retirándose un par de pasos hacia atrás.

—Sí. Váyase usted. Yo iré diez minutos después. Así nadie nos verá regresar juntos a la fiesta.

—Adiós —susurró Lilian escabulléndose rápido hasta desaparecer al fondo del jardín.

El duque la observó alejarse y… de repente se sintió… solo.

¿Absurdo? Totalmente.

Arthur salió de detrás del seto e hizo un poco de tiempo para regresar a la fiesta.

Merodeó por la zona y algo blanco llamó su atención.

Se agachó a recogerlo y comprobó que se trataba de un pañuelo.

Olía a rosas… Olía a esa joven descarada.

Lo observó con detenimiento y descubrió que había un bordado en él: Lilian Rigby.

Una sonrisa apareció en su rostro. Su misteriosa jovenzuela de lengua venenosa tenía nombre y apellidos.

Y él acababa de conocerlos.