CAPÍTULO 2
Arthur esperaba en el jardín del pecado pensando en cómo se había dejado enredar por Leonard.
Resopló de indignación. La noche era bastante oscura y por allí no aparecía nadie.
Quizá esa tal lady Susan había decidido, sensatamente, no acudir.
Conforme pasaban los minutos se convenció de que allí no acudiría ninguna dama.
Respiró con regocijo. Había hecho lo que debía y encima no había hecho falta hacer nada.
Por lo visto, lady Susan no era tan descarada como su joven amigo había imaginado.
Pensó contento que, al menos, alguien había demostrado tener dos dedos de frente.
Se decidió a dar por finalizada su gran obra de caridad de la noche, cuando detectó a una joven acercarse a su posición. La muchacha en cuestión iba distraída, mirando al suelo. ¿Lady Susan? ¿Sería ella? ¡Por supuesto que sería ella!
«¡Al final nadie tenía dos dedos de frente!», se lamentó.
Siguió observando a la dama. Cada vez se inclinaba más hacia el suelo concentrada en las hierbas del jardín. «¡Qué joven tan extraña!», pensó. ¿Así buscaba a su cita? ¿Por los suelos?
En fin, tomó aire y se dirigió a ella para hacer lo que se había propuesto. ¿Qué otra opción tenía?
—Miladi… —llamó su atención el duque.
Lilian se sobresaltó en el acto.
«¡Pillada!»
No solo su pañuelo estaba en el jardín. Ella estaba en el jardín… y la habían descubierto. Se giró rápidamente para alejarse de ese caballero. Si no podía recuperar el pañuelo con su nombre bordado, al menos debía alejarse de allí antes de que la pudiesen identificar.
—Espere… —gritó Arthur a sus espaldas—. Estoy aquí para hablar con usted…
«¡Lo que me faltaba! ¡Encima tiene ganas de conversación!». Lilian apretó el paso.
Arthur fue tras ella y la sujetó de la muñeca evitando que siguiera caminando. Lilian se frenó en seco.
—¡Suélteme! ¿Qué está haciendo? —inquirió la joven, evitando girarse para no ser reconocida.
—Sé que no esperaba encontrarse conmigo, pero no hace falta que huya sin una explicación.
—Por favor… no hacen falta explicaciones… —Lilian no deseaba explicarle nada a ese caballero. ¿Por qué no la soltaba?
—Sé a qué ha venido aquí —expresó Arthur para tranquilizarla—, pero supongo que no esperaba mi presencia.
—¿Sabe a qué he venido? —Lilian se sorprendió ante las palabras del duque. ¿Habría visto caer su pañuelo?
—Por supuesto. No se avergüence, no es la primera ni la última que acude a este tipo de encuentros. Pero su secreto está a salvo conmigo.
—¡Oh! ¿Insinúa que he venido aquí para…? —Aquel hombre había interpretado lo que cualquiera hubiera pensado de una situación así—. Me está insultando. Suélteme y déjeme marchar.
—No pienso soltarla aún. Le aseguro que soy el primero que tiene ganas de marcharse, pero no me iré hasta que haga lo que he venido a hacer aquí.
«¿Lo que ha venido a hacer aquí?», pensó Lilian con gran apuro.
«¡Ay Dios!»
Ese hombre estaba allí para…. para… para… ¡A lo que iban todos allí! ¿Acaso pretendía forzarla?
El pánico se apoderó de ella. O empezaba a chillar o aquel individuo iba a aprovecharse de su virtud. Pero si chillaba también se delataría a sí misma. Pensó con rapidez. Antes de armar un escándalo mayor, decidió avisarle de que no iba a conseguir su objetivo. No con ella.
—Suélteme o empezaré a chillar…—le amenazó—. Tengo buenos pulmones. Me oirán hasta en la otra punta de Inglaterra.
—¡Está loca! ¡Ni se le ocurra chillar! ¿Quiere que nos encuentren aquí juntos? —replicó Arthur.
—Mejor eso a que se aproveche de mí —espetó con furia soltándose de su agarre y girándose hacia él.
Por fin estaban cara a cara.
¿Aquella joven era lady Susan? No encajaba con el tipo de dama que podría atraer sexualmente a su amigo Lennox. Aquella joven no era demasiado… apetecible… por decirlo delicadamente. Quizá por eso, su amigo había huido despavorido.
—¿Aprovecharme de usted? —«Que más quisieras tú que alguien como yo te poseyera», pensó Arthur con cierto asombro a la par que repulsa por la absurda idea de la joven. Una sonrisa se ancló en el rostro del duque. «¿De verdad había pensado que él tendría interés en ella?».
La miró de arriba abajo para evaluarla en su conjunto. Lilian se sintió suciamente observada y no pudo evitar decirle:
—¡Deje de mirarme de ese modo! —le recriminó echándose hacia atrás—. ¡Es usted un viejo verde!
Había oído esa expresión muchas veces, pero hasta ese momento no había descubierto con qué encajaba exactamente.
Arthur entrecerró los ojos, enfurecido por las palabras de Lilian. No sabía si más por lo de verde… o por lo de viejo. ¡¿Viejo?!... ¿En verdad le había llamado así? ¡Maldita descarada!
—¡Es usted una jovenzuela desvergonzada!... Encima que he venido para hacerle un gran favor… —soltó Arthur aún afectado por lo de… ¡¿Viejo?! ¡¿De verdad se veía tan viejo?!
—No necesito que me haga ningún favor… y menos del tipo que usted ofrece.
—Está bien… —se obligó a respirar hondo y serenarse—. Dé gracias a mi inmensa paciencia y a mi presencia aquí, pero he venido a cumplir con lo que tengo que hacer y es lo que voy a hacer ahora mismo.
—No se atreva… —Lilian levantó la mano y le propinó una sonora bofetada.
Arthur se quedó descolocado por completo. No vio venir aquella delicada mano, que tenía una fuerza descomunal. ¿Aquella descarada acababa de cruzarle la cara? ¿Al gran duque de Cavendish? Arthur se frotó la mejilla y la fulminó con la mirada.
Lilian tenía los ojos como platos. Le dolía la mano. Nunca había abofeteado a nadie y no sabía que golpear dolía tanto al que daba como al que recibía. Se recompuso y dio un paso atrás. Las represalias de ese hombre podrían ser tremendas. Era hora de chillar…
No obstante, apenas pudo lanzar un leve chillido al aire. El duque la atrapó entre sus brazos y le tapó la boca con la mano. ¡Estaba perdida! ¡Ahora sí que la iba a deshonrar!
¡Maldito pañuelo! ¡Maldito calor de la sala! ¡Y… maldito viejo verde!
—¡Cállese de una vez! Si sigue gritando nos van a descubrir.
«Precisamente eso es lo que quiero, sino no gritaría de este modo…», pensó Lilian. Ese hombre además de viejo verde era bastante tonto. El duque continúo hablando:
—Siento no ser yo quien usted esperaba, pero debería estar agradecida de que haya venido a su encuentro. Al menos, no se irá tan decepcionada.
«¿Agradecida?» «¿Qué no me iré decepcionada?». Lilian casi se desmaya. Ese hombre era un depravado sin compasión y encima alardeaba de ello.
—En fin… —siguió hablando el duque— solo he venido para informarla de que su cita no acudirá. Soy amigo suyo y él está indispuesto. Me manda para avisarla de que ha tenido que marcharse de la fiesta y que lamenta mucho no haber podido venir a reunirse con usted.
A esa corta distancia, el duque pudo observar los ojos abiertos de la muchacha. A pesar de aquellas gafas sucias, tenía una mirada bastante bonita y se perdió durante unos instantes en esos ojos verdes. Sin esperarlo se sintió atrapado. ¿Qué acababa de pasar? Sacudió su mente y logró decir:
—Y ahora, por favor, márchese en silencio —le pidió Arthur mientras liberaba su boca. Cuando retiró su mano, comprobó que los labios de Lilian eran sensualmente carnosos.
La joven decidió olvidarse del pañuelo y alejarse de allí cuanto antes.
Estaba procesando lo que él había dicho.
La había confundido con otra… ¡Perfecto!
Su identidad estaba a salvo. Si él pensaba que era otra persona, no había peligro de ser descubierta.
Pero debía regresar a la fiesta de inmediato.
Fue a retirarse del agarre de aquel caballero, pero no llegó muy lejos. De nuevo ese sinvergüenza la atrapó entre sus brazos y volvió a taparle la boca. ¿A qué venía eso? ¡Oh, no! La estaba arrastrando tras unos setos.
«¡Ahora sí! ¡Va a violarme!», supo que era el fin.
No podía gritar ni moverse. Aquella mole de hombre la inmovilizaba y la tenía a su merced. Ella empezó a removerse agitadamente entre los fuertes brazos.
—Scchhhh… —le ordenó él…
«Sí, claro… voy a obedecerle… ¿Encima me pide que me calle? ¡Esto es el colmo!».
Él continuó hablándole y entendió el motivo de exigirle silencio.
—Se acerca alguien —dijo Arthur a Lilian, y ella escuchó unos pasos—. No voy a hacerle daño —susurró cerca de su oído—, deje de removerse como una anguila. Si nos descubren pensarán que usted y yo hemos bajado aquí juntos…
Lilian dejó de moverse en el acto. No podía ser descubierta junto aquel viejo verde.
¡En el jardín del pecado! ¿Cómo se había metido ella solita en semejante aprieto?
Lo miró suplicante y él entendió que no había peligro de que volviese a chillar.
Por fin, parecía haber entendido la situación.
Ahora sí, retiró la mano de la boca de la joven y esperó a su reacción.
—¿Quién es? —preguntó ella en un murmullo cerca de la oreja del duque.
—¿Yo? —preguntó Arthur, también susurrando.
—¡Usted no! No me interesa quién sea usted… —dijo mirándolo con cierto desdén—. Le pregunto por el hombre que se acerca… —Ahora ese era su nuevo peligro.
—Está demasiado lejos aún… esperemos a que se acerque. Parece que viene hacia aquí.
—¡Oh, no! —exclamó Lilian en voz baja—. Lo conozco… me conoce…
—¿Quién es? —preguntó Arthur que no lo había reconocido.
—Es el señor Fisher… ¿No sabe quién es? —preguntó ella con desconcierto. El señor Fisher era muy conocido gracias a sus muchas obras de caridad.
—No. No tengo el placer.
—¿A qué habrá venido él aquí? —preguntó molesta.
El duque tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir una inesperada risotada.
—¿De verdad debo contestar a esa pregunta? —le preguntó divertido.
Lilian se sintió estúpida. Evidentemente habría acudido allí para lo que todos los hombres iban.
—No hace falta. Sé a qué ha venido… tan solo es que no esperaba encontrarlo… precisamente aquí.
—¿Por qué no? —La miró esperando su argumento.
—Es el vicario… —murmuró Lilian.