La misteriosa Lilian Rigby (Damas Insólitas nº 1)
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CAPÍTULO 1
Como siempre, en el rincón más alejado y discreto.
Allí estaba ella para pasar lo más desapercibida posible en aquella multitudinaria fiesta.
La orquesta interpretaba un vals y los bailarines se movían con gráciles giros por toda la pista.
Las parejas se miraban con recelo, algunas, otras con amor, otras conociéndose, otras simplemente ni se miraban.
De eso se trataba el mercado matrimonial: la temporada social londinense entraba en su momento más álgido y cualquier joven casadera o caballero noble que ansiara desposarse estaría en aquel gran salón.
Lilian Rigby observaba desde su posición estratégica a los asistentes.
Las mismas caras de siempre. Puso los ojos en blanco, pues aún debía aguantar tres horas hasta que su tía Josephine le permitiese regresar a casa.
Su padre —el hermano de su tía— había encomendado esa misión a Josephine Rigby.
Según su padre, aquella mujer, viuda desde hacía quince años, no tenía nada mejor en qué ocupar su tiempo que en encargarse de que su sobrina consiguiera un buen partido y se casara.
Nada más lejos de las intenciones de la joven.
Lilian llevaba años enfadada con su padre.
Jamás le perdonaría su afrenta, aquella que todavía escocía dentro de su alma y su corazón.
Por muy barón de Buckland que fuera, para ella, Ivor Rigby era un simple mortal.
Pero su padre se creía por encima de la mayor parte de la sociedad por ostentar un título.
Lilian no entendía, y mucho menos compartía la idea de que, en el amor, los títulos fueran tan importantes.
Pero para Ivor Rigby, el engreído barón de Buckland, su única hija no podía menos que aspirar a casarse con un duque.
Quizá, siendo muy condescendiente, aceptase un marqués o un conde, pero posiblemente aquello tampoco le pareciera suficiente.
En su infancia, Lilian había sido una niña dócil, de fácil conformar y jamás se había alzado en rebeldía.
Sin embargo, ocho años atrás no le quedó otra opción que sublevarse contra su progenitor.
Luchó con uñas y dientes, pero perdió. Y aquella derrota todavía le estaba pasando factura.
Juró no amar a ningún otro hombre que no fuese Luke Forrester, el joven que su padre alejó injustamente de su lado.
Desde entonces, el corazón de Lilian Rigby seguía encerrado en una oscura mazmorra donde ella misma lo había metido y había lanzado la llave a un pozo profundo.
Si su padre le negó la posibilidad de ser feliz con el amor de su vida, ella no le daría la satisfacción de verla casada con ningún otro.
Y, por eso, ahí estaba ella, sentada en aquel rincón, saboteando una vez más la temporada social. Y, con la presente, ya iban seis.
Aquel año, como en los anteriores, había bailado en muy contadas ocasiones, y casi siempre lo había hecho con algún caballero que se sentía en la obligación de pedírselo, ya que su tía o cualquier otra conocida con buenas intenciones le insistían —casi tendiéndole una emboscada— viéndose comprometido a sacar a la pista a la fea solterona del baile.
Ella sobrellevaba ese mote con gran orgullo.
A sus veinticuatro años, su plan de mantenerse soltera y boicotear las intenciones de su padre era todo un éxito.
En ese baile no había tenido ninguna propuesta y ella estaba encantada.
Se había puesto su mejor atuendo para mantener alejado a cualquier posible pretendiente: lucía un vestido marrón —de un tono horroroso— que le tapaba cualquier atributo femenino que pudiese generar atenciones indeseadas.
Su larga cabellera, permanecía oculta en un grotesco recogido, un simple moño que era tan tirante que dejaba su frente al descubierto.
Por último, unas enormes gafas ocultaban sus ojos tras unos turbios cristales que ni se molestaba en limpiar.
Aquella fiesta estaba abarrotada ¿Cómo habían invitado a tantas personas?
Debería haber un protocolo que limitara los aforos, pensó Lilian.
La actividad de los bailarines aumentaba la sensación de calor en la sala y el ambiente se estaba tornando sofocante.
A esas alturas, la joven había comenzado a sudar.
Miró en su ridículo con decepción descubriendo que se había dejado el abanico en casa.
Todas las damas a su alrededor movían sus aventadores aliviándose.
Bufó sintiendo envidia de esas afortunadas que no habían olvidado algo tan preciado en aquel preciso momento y lugar.
Pagaría una fortuna por conseguir uno para ella.
Una gota de sudor resbaló por su sien. Se pasó la mano por la frente.
Estaba sudando como un pollo, pero no le quedaba otra opción que aguantar el tipo.
Tras un rato, la sensación de agobio fue en aumento.
Incluso llegó un punto en que era insoportable.
Lilian no podía más con aquella angustia.
Se levantó de su silla y se dirigió a una terraza.
Nada más salir, respiró con alivio. La diminuta terraza, que incluso podría considerarse un balcón por sus reducidas dimensiones, estaba desierta.
«Perfecto», pensó. Para ella era un paraíso de frescor y soledad.
Sacó el pañuelo que ocultaba entre sus pechos y se dedicó a eliminar el sudor de su rostro.
«¡Qué desahogo!», respiró profundamente.
No deseaba volver a la fiesta, pero tampoco podía quedarse mucho más tiempo en el balcón. No sería correcto que la echaran de menos, pues «a saber qué indecencias podría estar haciendo…». Sonrió al pensar en la encorsetada sociedad londinense y sus estrictas normas de decencia.
Esperó unos prudentes minutos y, tras volver a secar el sudor de su frente, procedió a guardarse el pañuelo en su lugar.
Sin embargo, no llegó a hacerlo. Su torpeza le jugó una mala pasada: el pañuelo se le escapó de las manos y quedó suspendido flotando en el aire.
Lilian movió las manos rápidamente para atraparlo al vuelo, como quien intenta capturar una mosca, pero la tela esquivó sus dedos perdiéndose en un descenso imparable hasta el jardín de abajo.
«¡Nooooo! ¡Nooooo! ¡Nooooo!», fue lo primero que gritó Lilian en su interior. «¡Maldición!»
Si ella tenía un mote, ese jardín también lo tenía.
Lo llamaban el jardín del pecado. ¡Y maldito el momento en que tuvo que bordar su nombre y apellido en todos sus pañuelos!
Porque ahora, el pañuelo de la fea solterona estaba en el jardín del pecado, y eso solo podría significar una cosa para quien lo encontrara.
Tenía que recuperarlo como fuera. Y, con esa firme intención, decidió bajar a por él.
Mientras tanto, en otra parte de la fiesta, dos amigos conversaban con sendas copas de licor en la mano:
—¡Olvídalo, Lennox, no pienso ir! —le espetó Arthur Wesley a su gran amigo, Leonard Sheppard, el marqués de Lennox.
—Cavendish —dijo este también usando el título de su amigo, que era como normalmente se dirigían entre ellos—, me debes varios favores. ¿O ya lo has olvidado? Lo que te estoy pidiendo no es nada tan difícil como para negarte —le recriminó el marqués al duque.
—Si fueras un caballero, irías tú mismo y te disculparías con la dama. No dejarías el trabajo sucio a un amigo —siguió quejándose Arthur.
—Ya te lo he explicado mil veces… —dijo Leonard—. Yo no puedo ir.
—No quieres. Habla con propiedad, porque poder, puedes perfectamente. Tienes dos piernas en óptimas condiciones.
—¡Vamos, Cavendish! Tienes que ayudarme. Lady Susan está empezando a perseguirme demasiado. Debo poner distancia o…
—… o deberías haberlo pensado antes. No te entiendo, la verdad. Si no querías volver a coincidir con ella, ¿por qué demonios te has citado para verla en el jardín? —quiso averiguar Arthur.
Leonard se pasó las manos por la cara. No sabía cómo hacérselo entender.
—No lo sé. Habrá sido un calentón. Estaba demasiado cerca de mí y no he podido negarme a sus insinuaciones.
Pero, si bajo a ese jardín, sé que estaré perdido.
Esa joven cree que me tiene comiendo de su mano, pero no es así.
El marqués de Lennox, es decir, yo mismo, todavía no está preparado para atarse a una única mujer.
—Pues deberías no alentar falsas esperanzas.
Me atrevería a afirmar que esa dama piensa que estás prendado de ella —le recriminó Arthur a su amigo.
Leonard lo que menos necesitaba en esos momentos era que lo aleccionaran.
Solo quería que su amigo bajara al jardín del pecado y anulara su cita con lady Susan.
—¿Crees que lady Susan espera que me case con ella? —preguntó inocentemente Leonard, como si no hubiese roto un plato en su vida.
—¡Te acabas de citar con ella en el jardín más popular de Londres! ¿Crees que es tan ingenua como para no saber que vas a comprometer su virtud? Si está tan dispuesta a entregártela a ti es porque está convencida de que vas en serio.
—No voy en serio con ella, Cavendish. Lady Susan es una más… no será mi marquesa.
—Pues me parece que ella aún no se ha debido dar cuenta —le reprendió. Leonard era muy buen amigo, pero también era un descarado libertino que a veces no calibraba bien las consecuencias de sus acciones—. Deberías ir con más cuidado con las jóvenes inocentes que acuden a estos bailes.
—Sí, sí… pero sermonéame otro día. Ahora sé un buen amigo.
Ve y dile que estoy indispuesto y que me he tenido que marchar a casa —le pidió Leonard que no encontraba otra solución al embrollo en que se había metido con aquella muchacha a la que hacía unos minutos había prometido una cita de lo más inapropiada.
—Este favor cuenta por tres—dijo el duque con aire resignado
—Los tacharé de tu lista de favores conmigo. Entonces… ¿bajarás? —preguntó esperanzado el marqués.
—Todavía no lo he decidido —dijo Arthur tomando un sorbo de su copa.
—Pues yo me marcho… —informó Leonard—. Ahora está en tu poder hacer lo correcto, como siempre hace el gran duque de Cavendish, que en este caso será avisar a esa damisela de que su cita no acudirá.
—No me manipules, Lennox. Si decido bajar para informar a esa joven, no lo haré por ti. Lo haré por ahorrarle a la dama el bochorno de pensar que la has repudiado de una manera tan vil. Aunque no sé si mereces que salve tu honor, puesto que estás demostrando que cada vez tienes menos.
—Sabes con creces que me sobra honor, solo que, en ocasiones como esta, me dejo llevar por impulsos que… En fin, soy un hombre, tengo veintitrés años… Veo la lujuria en cualquier rincón.
—Quizá sea eso. A veces olvido que todavía eres demasiado joven. Cuando tengas mi edad, espero que hayas sentado la cabeza —dijo Arthur sintiéndose mayor en comparación a Leonard.
—¿Sentar la cabeza como tú? ¿Un duque que a sus treinta y cinco años sigue soltero y sin pensamiento de casarse?
—¿Por qué te crees que te he arrastrado a acompañarme a este baile? —rebatió Arthur. ¡Tarde! ¡Había hablado demasiado!
—¿¡Estás buscando esposa!? —exclamó perplejo Leonard—. ¿Por qué no me lo habías confesado hasta ahora?
—Solo he venido a tantear el terreno. Llevo tantos años alejado de estos eventos que he olvidado hasta cómo pedir un baile a una dama.
—¡Vaya…! El gran duque de Cavendish pensando en desposarse… —se mofó Leonard con una sonrisa pícara, todavía alucinado por la revelación de Arthur.
—Scchhhh… ¡Cállate, Lennox! —lo imperó a bajar la voz—. Lo que menos necesito es que nos oigan y se corra la voz. Si así fuera, no tardaría en estar rodeado por esas insistentes madres que solo ansían conseguir un duque para sus angelicales hijas.
—¿Angelicales? —exclamó Leonard con retintín—. ¡Ja! Algunas de ellas son más peligrosas que tú y yo juntos.
—¿Eso lo dices por tu lady Susan…?
—No es mi lady Susan… —se defendió Leonard—. Y lo más importante... nunca lo será.
—Eres un cobarde, Lennox.
—Solo intento enmendar una equivocación… y para eso te tengo a ti. Eres como mi hermano mayor, Cavendish.
—Estoy harto de hacerte de niñera —gruñó Arthur—. A ver si maduras de una vez. Ya no eres un crío.
Leonard acabó su copa de un trago y la depositó sobre una mesa. Miró a su amigo con complicidad, apoyó una mano en su hombro y le dijo:
—Lo dejo en tus manos. Confío en que salves la situación. Para eso tengo una niñera tan eficiente como tú —le lanzó una sonrisa burlona—. Nos vemos mañana en el club.
Y, diciendo esto, el joven se alejó de Arthur, que se quedó con el dilema de qué debía hacer.
El duque de Cavendish había acudido a aquel baile después de años en que los había evitado como un preso que quisiera eludir la horca.
Y eso era un buen ejemplo de cómo veía Arthur el matrimonio: echarse una soga al cuello.
Su joven amigo Lennox no estaba preparado aún para la vida marital, pero él no estaba hecho para ella.
Era demasiado independiente. Siempre lo había sido y odiaba sentirse atado a una mujer que le pudiese exigir explicaciones continuamente.
Él entraba y salía de su casa, hacía lo que quería y no rendía cuentas a nadie.
Era un gran duque que no debía responder ante nada.
Y deseaba que eso continuara así. Tenía varios amigos que, tras contraer nupcias, se habían transformado en dulces corderitos correteando tras las faldas de sus esposas y no entendía cómo habían llegado a caer tan bajo.
Él, el gran duque, no haría algo tan irrisorio.
Si contraía matrimonio era únicamente porque el ducado necesitaba un heredero.
Se sirvió otra copa mientras decidía qué hacer con el asunto que Lennox había depositado tan amablemente en sus manos.
Miró la hora en su reloj de bolsillo. Eran las doce menos diez minutos.
Esa tal lady Susan ya estaría de camino a su cita con su incorregible amigo.
Farfulló un improperio por lo bajo y se acabó la copa de un trago.
Decidió, como siempre sucedía, hacer lo correcto.
¡Odiaba ser tan cabal! A veces le gustaría ser más alocado y, simplemente, dejarse llevar por impulsos como Leonard.
Pero no, él era demasiado estricto en lo que a comportamiento, educación y honor se referían, pues su estatus y posición así lo había requerido de él desde la cuna.