Capítulo 32
A última hora de la tarde, La Tahona olía a pan reciente y a café. Por primera vez en muchos días, Conchi entró sin la sensación de que cualquier conversación pudiera acabar devolviéndola a la muerte de Ramiro, a la posición de una tarjeta o a una hora que necesitara encajar con otra.
Pilar estaba detrás del mostrador colocando unas napolitanas en una bandeja, mientras Julián ocupaba una de las mesas del fondo con un café casi terminado y dos tornillos apoyados junto al plato. Conchi se quedó mirándolos antes incluso de quitarse la chaqueta.
—No pienso preguntar de dónde han salido esos tornillos.
Julián bajó la vista hacia la mesa con la sorpresa de quien acabara de descubrir una prueba en su contra.
—Pues yo tampoco estoy seguro.
—Eso inspira muchísima confianza.
Pilar soltó una risa y lo señaló con la pinza del pan.
—Ha venido a arreglarme la persiana y lleva media hora descubriendo cosas que, según él, necesitan arreglo.
—La persiana está arreglada —protestó Julián—. Lo que pasa es que aquí hay demasiadas cosas sujetas de cualquier manera.
—Como se quede otro rato, me cobra por respirar.
Conchi se sentó con ellos y aceptó el café que Pilar le dejó delante sin preguntarle.
Aquella discusión absurda sobre tornillos y persianas le resultó reconfortante.
Ramiro seguía muerto, Eva tendría que responder por lo que había hecho y las consecuencias del fraude no desaparecerían porque el misterio estuviera resuelto, pero Valdecerezos continuaba necesitando pan, arreglos domésticos y conversaciones que no llevaran a ninguna parte importante.
Pilar esperó a que probara el café antes de preguntar:
—¿Cómo está Sara?
—Todavía no he hablado con ella hoy. Pensaba llamarla luego.
—Ha venido esta mañana.
Conchi levantó la mirada.
—¿Sí?
—Se ha llevado una barra y dos bollos. No le he preguntado nada, que bastante tendrá con todo el mundo pendiente de ella. Tenía cara de haber dormido poco, pero me ha dicho que mañana quiere ir a Ávila para terminar unos trámites del trabajo.
Aquello le pareció a Conchi una noticia mejor que cualquier frase de consuelo.
Durante buena parte de la investigación, Sara había tenido que soportar que su decisión de aceptar un empleo fuera del negocio familiar se mezclara con la discusión que había mantenido con su padre, como si querer otra vida necesitara una justificación.
Que estuviera dispuesta a continuar con sus planes no significaba que la pérdida pesara menos, pero al menos empezaba a permitir que ambas cosas existieran a la vez.
—Me alegro.
—Yo también —dijo Pilar—. Bastante tiene ya como para sentirse culpable por marcharse a trabajar donde le dé la gana.
Julián dejó la taza en el plato.
—Puede echar de menos a su padre y seguir queriendo el trabajo. Una cosa no borra la otra.
Conchi lo miró y sonrió ligeramente. Precisamente porque no pretendía ser una gran reflexión, la frase le pareció bastante más útil que otras que había escuchado durante aquellos días.
La conversación derivó hacia asuntos menos graves.
Pilar quería saber si una harina nueva que le habían ofrecido merecía la pena; Julián sostuvo que nadie en su sano juicio debía pedir opinión sobre harina a un carpintero y, acto seguido, dedicó varios minutos a explicar por qué no le convencía.
Conchi se dejó llevar por la discusión hasta que la puerta se abrió y apareció Noelia.
La coordinadora se detuvo apenas un instante al verla. Llevaba una carpeta bajo el brazo y el pelo recogido sin demasiado cuidado. Saludó, pidió un café para llevar y, mientras Pilar lo preparaba, se acercó a la mesa.
—¿Puedo hablar contigo un momento?
—Claro.
Julián recogió los tornillos y anunció que iba a comprobar por última vez la persiana. Nadie se molestó en señalar que llevaba varios minutos asegurando que estaba perfectamente arreglada.
Noelia ocupó la silla que había dejado libre y apoyó la carpeta sobre las rodillas.
—Lucía me ha llamado esta mañana. Me ha dicho que ya está todo claro respecto a la mesa. Sé que en realidad ya lo estaba casi todo, pero ahora... bueno, ahora está cerrado de verdad.
Conchi percibió alivio en su voz, aunque no era un alivio limpio. Seguía allí la vergüenza por haber mentido y, quizá, cierta dificultad para aceptar que una mala decisión podía ser importante sin convertirla por ello en responsable de la muerte de Ramiro.
—Sí. Está cerrado.
Noelia miró hacia el mostrador antes de continuar.
—Sigo pensando que, si hubiera contado desde el primer momento que moví la mesa, todo habría sido más fácil.
—Probablemente.
La respuesta pareció sorprenderla.
—Pensaba que ibas a decirme que no pasaba nada.
—Pero pasó algo, Noelia. Ocultaste una cosa que la Guardia Civil necesitaba saber y eso complicó la reconstrucción durante unos días. Otra cuestión distinta es que tu cambio provocara la muerte de Ramiro, y ya sabes que no fue así.
Noelia bajó la mirada hacia la carpeta.
—Lo sé. Supongo que todavía me cuesta separar las dos cosas.
—Pues vas a tener que hacerlo. A las nueve y cuarenta moviste una mesa porque había un problema de paso y la dejaste correctamente organizada. Después mentiste porque tuviste miedo. Una cosa estuvo mal; la otra no mató a nadie. Si las juntas, acabarás cargando con algo que no hiciste.
Noelia la observó durante unos segundos antes de sonreír por primera vez.
—Hablas como una maestra.
—Treinta años dejan secuelas.
Pilar apareció con el café para llevar y aquello permitió que la conversación terminara sin convertirse en una despedida solemne.
Antes de marcharse, Noelia comentó que al día siguiente pasaría por el Centro Cultural para ayudar con algunos asuntos pendientes de la Semana Cultural.
Conchi la vio salir con la impresión de que necesitaría tiempo para perdonarse la mentira, pero al menos ya no tendría que preguntarse si aquel movimiento de la mesa había provocado la muerte de un hombre.
Julián regresó en cuanto la puerta se cerró.
—La persiana continúa funcionando.
—Qué suerte hemos tenido —dijo Pilar.
Conchi estaba todavía sonriendo cuando volvió a abrirse la puerta y apareció Marcos Ledesma.
Aquello habría resultado demasiado oportuno en una novela, pero La Tahona era uno de esos lugares en los que medio Valdecerezos acababa coincidiendo aunque no tuviera ninguna intención de hacerlo.
Marcos pidió una barra y una empanada pequeña; cuando se volvió y vio a Conchi, vaciló un instante antes de acercarse.
—Me han dicho que ya está todo aclarado.
—Sí.
Marcos metió las manos en los bolsillos.
—También me han dicho que con lo de las cuentas no estaba del todo equivocado.
—Habías notado que las ventas no parecían corresponder con la producción que conocías. En eso tenías razón.
No hubo satisfacción en su expresión.
—Pensaba que me alegraría más si algún día se demostraba.
—No había mucho de qué alegrarse.
Marcos miró hacia la puerta, como si algunas cosas fueran más fáciles de decir sin mantener la mirada.
—Ramiro y yo discutíamos por todo: precios, ferias, clientes... Y ahora resulta que parte de lo que yo le echaba en cara ni siquiera lo estaba haciendo él.
Conchi entendió lo que quería decir. La sospecha comercial había acabado convertida en una rivalidad personal sin que Marcos supiera que el origen del problema estaba en otra parte de Mieles Leal.
—Tú tampoco tenías toda la información, y Ramiro no te la contó.
—No.
—Vuestra rivalidad existía, pero no explicaba su muerte.
Marcos asintió.
—La Guardia Civil ya me ha dejado claro que estoy fuera de esto.
—Eso estaba comprobado desde que cerraron tus horarios.
—Ya, pero saberlo y dejar de notar que algunos te miran son cosas diferentes.
Conchi no encontró una respuesta inmediata. Había visto durante aquellos días la facilidad con que una sospecha se instalaba en una conversación y lo lentamente que desaparecía después, incluso cuando los hechos la desmentían.
—Se les pasará —dijo al final—. En este pueblo siempre acaba apareciendo otro tema.
Marcos sonrió por primera vez.
—De eso sí estoy seguro.
Se despidió con un gesto y salió con la bolsa del pan bajo el brazo. Pilar esperó a que la puerta se cerrara.
—Como venga Joaquín también, cierro y pongo las sillas en círculo.
Conchi se rio.
—No empieces.
—Hoy parece que cobro entrada para una reunión de afectados.
—Pues espero que al menos incluyas el café.
Hasta Julián soltó una carcajada.
Joaquín no apareció, y Conchi agradeció que no lo hiciera.
No hacía falta convertir el final de aquellos días en un desfile de personas buscando una absolución.
La Guardia Civil había comprobado que sus ventas a Mieles Leal eran legales y estaban correctamente documentadas; durante un tiempo, la expresión «miel de fuera» había bastado para que algunos lo miraran con desconfianza, cuando precisamente sus facturas habían ayudado a demostrar dónde empezaba el engaño y dónde no.
Terminó el café y se levantó.
—Me voy antes de que aparezca alguien más y Pilar empiece a cobrar por sesión.
—No me des ideas.
Julián también se puso en pie, guardó los tornillos en un bolsillo y cogió la chaqueta.
—Voy hacia la calle de las Moreras. Te acompaño un trozo.
Salieron juntos. La tarde seguía templada, y en la plaza quedaban varios niños jugando junto a la fuente, dos personas mayores sentadas en un banco y unas cuantas mesas ocupadas en La Parra.
Caminaron sin prisa mientras Julián le contaba que al día siguiente tenía que entregar un aparador restaurado cuyo propietario le había pedido que pareciera «antiguo, pero no demasiado».
—Eso es como las tartas de Pilar —dijo Conchi—. Las quieren rústicas, modernas, sencillas y llamativas al mismo tiempo.
—La gente pide imposibles con una tranquilidad admirable.
—Y luego somos nosotros los que tenemos que fingir que hemos entendido.
Siguieron hablando así hasta llegar a la esquina donde sus caminos se separaban. Solo entonces Julián hizo referencia al caso.
—Me alegro de que haya terminado.
Conchi supo a qué se refería.
—Yo también.
—Y me alegro de que estés bien.