Capítulo 32 #2
No encontró en sus palabras nada más que la preocupación natural de un amigo, y eso le gustó.
—Estoy cansada, pero estoy bien.
—Entonces descansa de misterios una temporada.
—Eso tendrás que decírselo a Valdecerezos.
—Haz como que depende de ti.
Se despidieron allí. Conchi continuó hasta la calle de las Moreras y encontró a Lili esperándola detrás de la puerta con la indignación habitual ante cualquier ausencia que, según su particular manera de medir el tiempo, resultara excesiva.
Dejó el bolso, le puso la correa y volvió a salir.
El paseo fue corto, apenas hasta el final de la calle y de regreso, pero le sentó bien.
Por primera vez en bastante tiempo comprobó que su atención volvía a ocuparse de detalles que no necesitaban explicación: una maceta nueva en una ventana, una bicicleta mal apoyada contra una fachada y el empeño de Lili en investigar una bolsa vacía que el viento arrastraba unos centímetros cada vez que estaba a punto de alcanzarla.
Cuando regresaron, sonó el teléfono.
Era Fernando.
—Hola, mamá. ¿Te pillo bien?
—Sí. Acabo de entrar.
—Te llamo porque llevas dos días diciendo «luego te cuento» y luego no cuentas nada.
Conchi sonrió mientras se quitaba la chaqueta.
—Había cosas que no podía contar.
—Eso suena peligrosísimo.
—No lo es. Y no empieces.
Fernando se rio y, para alivio de Conchi, la conversación derivó enseguida hacia asuntos que no tenían ninguna relación con Ramiro.
Le habló del instituto, de un alumno que había entregado una práctica con el archivo equivocado y de una avería en casa que llevaba una semana prometiéndose arreglar.
Ella escuchó agradecida aquella normalidad, sin percibir en su hijo la alarma que en otras ocasiones había temido despertar, sino únicamente el interés lógico por saber cómo estaba.
Cuando parecían haber agotado los problemas domésticos y escolares, Fernando regresó al asunto pendiente.
—Entonces, ¿ya está resuelto?
—Sí.
—¿Y tú has tenido algo que ver?
Conchi se apoyó en la encimera y buscó una respuesta que no convirtiera su papel en algo que no había sido.
—Vi una cosa que no me cuadraba y se la conté a quien podía comprobarla.
—Eso suena muy modesto.
—Es bastante exacto.
—Vale. Me quedo con esa versión.
—Haz eso.
Después de despedirse, Conchi preparó una cena sencilla y dejó la radio encendida mientras recogía la cocina.
No sintió la tentación de buscar la libreta ni de volver a ordenar los hechos.
Había pasado suficientes días haciéndolo y, ahora que conocía la verdad, entendía que la diferencia más importante no estaba entre haber acertado o haberse equivocado con una persona, sino entre una impresión y aquello que podía demostrarse.
La tarjeta roja había sido solo eso al principio: algo que no coincidía con su recuerdo.
Habría podido construir a partir de allí muchas historias, y de hecho algunas habían parecido convincentes durante un tiempo.
Marcos tenía una rivalidad real con Ramiro; Noelia había mentido; Sara había ocultado una parte de su discusión; Joaquín había vendido miel procedente de fuera.
Lo difícil no había sido encontrar datos, sino permitir que cada uno conservara únicamente el significado que los hechos podían sostener.
No necesitaba formularlo de una manera más complicada.
Había visto algo extraño y lo había comunicado.
Después había tenido que aprender a esperar.
Cogió el teléfono y escribió a Sara:
«Si mañana necesitas algo, llámame. Y suerte con lo de Ávila.»
La respuesta llegó poco después.
«Gracias. Voy a ir. Mi padre se habría enfadado si dejara el trabajo ahora por sentirme culpable.»
Conchi leyó el mensaje dos veces. No sabía si Ramiro habría reaccionado exactamente así, pero tampoco importaba demasiado. Sara necesitaba encontrar una manera de seguir adelante que pudiera aceptar como propia, y parecía haber empezado a hacerlo.
No añadió ningún consejo. Guardó el móvil y terminó de recoger.
Más tarde abrió la puerta del patio. La noche había refrescado y algunas ventanas seguían iluminadas en las casas cercanas. Lili salió, dio una vuelta breve y regresó enseguida para acomodarse cerca de su silla.
Conchi se sentó sin llevarse la libreta.
Desde la calle llegaban sonidos normales: alguien que se despedía al otro lado de la esquina, una persiana bajando, el motor de un coche que arrancaba unos metros más allá.
Durante unos días, Valdecerezos había parecido reducido a la muerte de Ramiro y a las preguntas que había dejado detrás; ahora el pueblo empezaba a recuperar su tamaño habitual.
También las personas.
Sara volvería a pensar en Ávila sin que cada decisión sobre su futuro pareciera una traición.
Noelia tendría que aceptar que había mentido, pero no cargaría con una muerte que no había causado.
Marcos seguiría siendo el hombre que había discutido demasiadas veces con Ramiro, aunque ya nadie pudiera confundir aquella rivalidad con un homicidio.
Joaquín volvería a ser un proveedor cuyos documentos habían dicho desde el principio exactamente lo que vendía.
Y Conchi volvería a ser Conchi.
No necesitaba ser detective ni acertar antes que nadie.
Tampoco pensaba dejar de fijarse en las cosas que no encajaban; a esas alturas sabía que eso formaba parte de ella y probablemente siempre lo haría.
Pero había aprendido algo más útil que una nueva manera de sospechar: cuándo una duda merecía ser escuchada y cuándo debía dejar de pertenecerle.
Lili apoyó el hocico sobre su zapatilla. Conchi bajó la mano y le acarició lentamente detrás de las orejas mientras miraba la oscuridad tranquila del patio.
Al cabo de un rato se levantó, cerró la puerta y apagó la luz.
Por aquella noche, al menos, en Valdecerezos no quedaba ningún misterio que necesitara su atención.