La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—Sí. Había aceptado el trabajo en Ávila y quería alejarse poco a poco del negocio familiar.

Temía que la discusión con Ramiro y la cuestión de la herencia hicieran que la miraran de otra manera si lo contaba.

Su ubicación durante el intervalo importante quedó comprobada, y cuando su padre le pidió ayuda con los documentos del lunes ella no conocía todavía la dimensión del fraude que él había descubierto.

Conchi pensó en la joven y en lo injusto que debía de haber sido ver convertida una decisión sobre su propio futuro en una posible explicación para la muerte de su padre.

Noelia, en cambio, había mentido por otro miedo distinto: había movido la mesa durante el montaje y ocultó aquel cambio porque creyó que podía terminar siendo señalada por lo ocurrido después.

—Pero cuando Noelia terminó, las muestras estaban bien.

—Eso quedó demostrado por tu observación y por la fotografía. Su mentira dificultó las cosas y estuvo mal, pero no tuvo relación con la muerte de Ramiro.

Conchi apoyó la espalda en el sofá y dejó que todo aquello encontrara su lugar sin necesidad de volver a recorrerlo paso a paso.

Al final, las falsas pistas habían tenido algo en común: nacían de hechos reales a los que resultaba demasiado fácil conceder un significado mayor del que tenían.

Marcos había discutido con Ramiro; Sara había ocultado parte de una conversación; Noelia había mentido; Joaquín había suministrado miel externa.

Nada de aquello era inventado, pero ninguno de esos hechos explicaba el homicidio.

Eva, en cambio, reunía cosas distintas que no procedían de una sola impresión. Conocía la alergia, sabía cómo funcionaba la cata, tenía acceso natural a la mesa y conocía la decisión que Ramiro iba a tomar al día siguiente.

—Lo más difícil de ver era precisamente que estuviera allí sin llamar la atención —dijo Conchi.

—Porque no tenía por qué llamarla. Eva no necesitaba entrar en un lugar reservado ni inventarse una excusa. Preparar material, mover una bandeja o colocar una tarjeta formaba parte de lo que todos esperaban que hiciera.

Eso era quizá lo que más desagradaba a Conchi de la explicación.

Durante toda la semana se había resistido a reconstruir a Eva como una mujer inquietante o distinta de la que conocían en Valdecerezos, y ahora entendía que aquella normalidad no había sido una máscara visible para cualquiera.

Simplemente había aprovechado un espacio cotidiano en el que su presencia no despertaba preguntas.

—No parecía nerviosa después —dijo.

Lucía la miró con atención.

—No empieces ahora a revisar cada gesto sabiendo lo que sabes. Es muy fácil cambiar un recuerdo desde el presente. Que Eva sea culpable no significa que el domingo llevara la culpa escrita en la cara.

Conchi reconoció enseguida el peligro. Si volvía mentalmente a la feria, podía convertir cualquier pausa, cualquier frase o cualquier movimiento de Eva en una señal que entonces no había percibido.

Sería hacer al revés lo que llevaba días intentando evitar: adaptar los hechos a una explicación ya conocida.

—Tienes razón. No vi nada raro porque probablemente no había nada que yo pudiera reconocer como raro.

—Exacto.

Lili se levantó junto a la ventana, dio una vuelta sobre sí misma y volvió a tumbarse. El movimiento rompió por un momento la gravedad de la conversación y Conchi aprovechó para levantarse a por agua. Ofreció un vaso a Lucía, que esta vez aceptó.

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó cuando volvió a sentarse.

—Seguirán las actuaciones que correspondan y habrá cuestiones judiciales y administrativas que llevarán su tiempo. No voy a adelantarte resultados porque no nos corresponde hacerlo. Lo mismo con el negocio: el falseamiento de procedencia tendrá su recorrido aparte de la investigación de la muerte.

—¿Y Mieles Leal?

—Habrá que resolver qué ocurre con el producto, la documentación, los clientes y la propia actividad. Pero eso ya no es otro misterio que tengas que adoptar.

Conchi la miró con fingida ofensa.

—No pensaba hacerlo.

—Me alegra oírlo.

La primera sonrisa franca de Lucía desde que había entrado alivió la conversación.

—Álvaro dice que, si te dejamos un par de días, acabas haciendo una tabla con todas las consecuencias posibles.

—Álvaro exagera.

—Dice que también dijiste eso cuando empezaste con la libreta.

—Habláis demasiado de mí mientras trabajáis.

—Nos das tema.

Conchi se rio y agradeció aquella breve normalidad. Después volvió a pensar en Sara.

—¿Ella ya lo sabe?

—Le hemos comunicado lo que corresponde como familiar de Ramiro. No voy a contarte cómo lo está llevando.

—No, claro.

Por un instante sintió el impulso de coger el teléfono en cuanto Lucía se marchara, pero se contuvo. Sara necesitaba decidir cuándo quería hablar y con quién. Si la llamaba más tarde, sería para ofrecerle compañía, no para pedirle detalles sobre una verdad que acababa de recibir.

Lucía terminó el vaso de agua y se levantó.

—Tengo que irme.

Conchi la acompañó hasta la entrada. Ya había abierto la puerta cuando la agente se detuvo y se volvió hacia ella.

—Hay una cosa más que quiero que tengas clara.

—Después de todo esto, más te vale que sea breve.

—Lo que hiciste bien no fue acertar con Eva.

Conchi arqueó las cejas.

—Vaya manera de despedirte.

Lucía sonrió, aunque enseguida recuperó la seriedad.

—Escúchame. Acertar con una persona no sirve de nada si llegas a ella por el camino equivocado.

Lo importante fue que dijiste lo de la tarjeta cuando solo era una diferencia de posición, aceptaste que el cambio de Noelia no explicaba lo que había ocurrido y, cuando empezaron a aparecer datos sobre Eva, no intentaste convertirlos en una prueba que todavía no tenías. Eso es lo que hiciste bien.

Conchi pensó en la libreta, en las horas que había anotado sin añadir nombres y en las veces que había tenido que abandonar una interpretación porque un dato nuevo la dejaba sin sentido.

No siempre había actuado con aquella prudencia desde el principio, pero al menos empezaba a reconocer cuándo una sospecha estaba ocupando demasiado espacio.

—Supongo que algo voy aprendiendo.

—Más te vale. A estas alturas sería preocupante que siguieras igual.

—Qué agradable eres.

—Es una de mis mejores cualidades.

Se despidieron con una sonrisa. Cuando Lucía salió, Conchi cerró la puerta y regresó al salón.

El libro que había dejado a medias seguía atravesado sobre la estantería y terminó colocándolo antes de sentarse, quizá porque necesitaba hacer algo sencillo después de una conversación que había puesto fin a tantos días de incertidumbre.

Desde la ventana vio pasar a una vecina con una bolsa de la compra mientras, unos metros más abajo, un repartidor discutía con alguien acerca del número de una casa.

Valdecerezos continuaba con su mañana sin que la resolución del caso hubiera detenido nada, y aquello le pareció de pronto profundamente normal.

Pensó en Ramiro antes que en Eva. Durante días, su muerte había quedado rodeada por discusiones, horarios, rumores, fotografías y nombres, hasta el punto de que a veces el propio hombre parecía perderse detrás del caso.

Ahora podía verlo de una manera mucho más sencilla: había descubierto un engaño dentro de su negocio, había decidido ponerle fin y murió porque alguien cercano utilizó contra él una vulnerabilidad que conocía bien.

Después pensó en los demás. Marcos podría volver a ser un productor con el que Ramiro había discutido y que había percibido que algunas cifras no cuadraban.

Noelia tendría que aceptar la vergüenza de haber mentido por miedo, pero ya sin cargar con una responsabilidad que no era suya.

Joaquín podría defender su actividad con los mismos documentos que siempre habían explicado la verdad, y Sara tendría por delante un trabajo nuevo, una casa llena de recuerdos y una pérdida que ninguna resolución policial iba a hacer más llevadera.

Eva, en cambio, tendría que responder por lo que había hecho.

Conchi abrió el cajón donde guardaba la libreta y la sostuvo unos segundos.

Durante buena parte de la semana había llenado aquellas páginas con horas, dudas y pequeñas precisiones destinadas a impedir que sus recuerdos se mezclaran con las historias que el pueblo iba construyendo.

Ahora no necesitaba repetir la secuencia ni copiar otra vez todas las pruebas.

Escribió únicamente:

«Eva ha admitido haber cambiado la identificación de las muestras.»

Releyó la frase, cerró la libreta y la devolvió al cajón. No sintió la necesidad de añadir ninguna conclusión debajo, porque por primera vez desde la feria la explicación ya no dependía de lo que ella pudiera imaginar.

Lo que quedaba a partir de entonces pertenecía a la justicia y, sobre todo, a las personas que tendrían que aprender a vivir con lo ocurrido.