Capítulo 31
La noticia no llegó a Conchi mediante una llamada urgente ni con una visita inesperada a primera hora.
Llegó a media mañana, mientras colocaba unos libros en una de las estanterías del salón y trataba de decidir si había algún criterio razonable en el orden que llevaba años manteniendo o si, como sospechaba desde hacía tiempo, se limitaba a poner cada volumen donde encontraba sitio.
Acababa de sacar tres para hacer hueco a uno nuevo cuando sonó el timbre.
Al abrir encontró a Lucía Ferrer en la puerta. No llevaba carpeta ni nada que diera a la visita un carácter especialmente oficial y, aunque su expresión era seria, lo que más llamó la atención de Conchi fue el cansancio de quien llevaba ya varias horas resolviendo asuntos que no admitían prisas.
—¿Tienes un momento?
—Claro. Pasa.
Lucía entró y Conchi apartó una bolsa que había dejado sobre una silla. Lili apareció desde el salón, se acercó a olisquear los zapatos de la agente y, después de recibir una caricia distraída, decidió que la visita ofrecía poco interés y regresó junto a la ventana.
—¿Quieres café? —preguntó Conchi.
—No, gracias. Como tome otro hoy, no duermo hasta el jueves.
—Entonces te ahorro el problema.
Se sentaron frente a frente. Conchi no necesitó preguntarle qué la había llevado hasta allí, porque desde la conversación con Álvaro de la tarde anterior sabía que la Guardia Civil consideraba cerrada la secuencia fundamental del caso.
Todavía desconocía, sin embargo, hasta dónde había llegado Eva en su declaración y qué parte de aquella historia que llevaba días construyéndose a base de pequeñas comprobaciones podía darse ya por cierta.
Lucía tampoco parecía dispuesta a alargar la espera.
—Podemos contarte lo fundamental. No todos los detalles de la declaración ni lo que vaya a ocurrir a partir de ahora, pero sí qué pasó en la cata.
Conchi asintió. Había imaginado varias veces aquel momento y se había sorprendido pensando que, cuando llegara, sentiría algo parecido a la impaciencia.
No fue así. La certeza le produjo una resistencia leve, casi física, porque escuchar la explicación definitiva significaba cerrar de una vez todas las posibilidades que habían seguido abiertas durante aquellos días.
—Eva ha admitido que cambió la identificación de las muestras.
Conchi guardó silencio. La frase no la sorprendía y, al mismo tiempo, la recibió de una manera muy distinta a como había recibido cualquiera de las sospechas anteriores.
Habían llegado demasiado lejos para que el nombre de Eva resultara inesperado, pero una cosa era ordenar indicios y otra escuchar que la propia investigación confirmaba que aquello había ocurrido.
—¿Cambió los bizcochos? —preguntó.
—No necesitó hacerlo. Las dos muestras ya estaban preparadas: la de miel y limón, que Ramiro podía tomar, y la de miel y almendra, que debía estar claramente separada.
Lo que Eva alteró fue la identificación.
Aprovechó un momento en que Noelia no estaba en la zona del puesto y dejó la muestra con almendra presentada como si fuera la segura.
Conchi recordó sin esfuerzo la tarjeta roja en el extremo derecho de la mesa y la frase de Ramiro pidiendo que aquella muestra se quedara allí.
Había ocurrido delante de ella y, en aquel momento, el comentario no había parecido más importante que cualquiera de las bromas que se hacían mientras terminaban de preparar una feria.
—Entonces contaba con que él no comprobara nada.
—Contaba con que hiciera lo que siempre hacía —respondió Lucía—. Ramiro conocía la cata, conocía las muestras y trabajaba con las personas que estaban preparando el puesto. Precisamente porque sabía que era alérgico, confiaba en que aquello que estuviera identificado como seguro lo fuera.
La explicación resultaba inquietante por su sencillez. No había sido necesario introducir una sustancia extraña ni preparar un mecanismo complicado. Bastaron dos muestras que ya estaban allí, una identificación alterada y la confianza de alguien en una rutina que había funcionado otras veces.
—¿La idea era que pareciera un accidente?
Lucía asintió con prudencia.
—Eso es lo que se desprende de lo que ha admitido y de cómo estaba preparada la situación. Una feria llena de gente, muchas manos moviendo material, bandejas, tarjetas... Si Ramiro sufría una reacción, la explicación accidental era perfectamente creíble.
Lo había sido. Durante las primeras horas, incluso Conchi había aceptado que una confusión en una mañana tan movida podía explicar lo ocurrido. Nadie había necesitado inventar aquella posibilidad; estaba allí, ofrecida por el propio desorden normal de la feria.
—¿Ha reconocido todo? —preguntó.
Lucía se tomó un instante antes de responder.
—Ha admitido lo suficiente para confirmar una secuencia que ya estaba sostenida por otras pruebas. Eso es importante, Conchi. El caso no depende de que Eva haya confesado.
Aquella precisión le pareció necesaria. Durante días, Álvaro y Lucía habían insistido en que una declaración podía cambiar, una persona podía mentir y una sospecha podía resultar equivocada.
Si al final todo hubiera descansado sobre una confesión, gran parte de aquella paciencia habría perdido sentido.
—La mesa estaba bien después de que Noelia la moviera —recordó Conchi—. Yo vi la tarjeta de almendra en el extremo derecho a las diez y cinco y la fotografía de Irene demuestra que seguía allí a las once y veintidós. Eso ya dejaba claro que el cambio importante ocurrió después.
—Exactamente. La salida de Noelia redujo todavía más el intervalo y, durante esos minutos, Eva permaneció en el puesto con acceso normal al material. Que estuviera allí no era sospechoso por sí mismo, porque formaba parte de su trabajo, pero la oportunidad existía y podía contrastarse con el resto.
Conchi agradeció que Lucía no volviera a enumerar todas las horas.
Las conocía demasiado bien y, escuchadas ahora, ya no necesitaban ocupar el centro de la conversación.
La investigación había confirmado también que la muestra tomada por Ramiro contenía almendra y que la identificación visible no correspondía con lo que él había comido.
El movimiento de las tarjetas, por tanto, dejaba de ser una rareza de la mesa para convertirse en el mecanismo de la muerte.
Quedaba, sin embargo, la otra parte.
—¿Por qué ese día? —preguntó, aunque conocía ya buena parte de la respuesta.
Lucía apoyó las manos sobre las rodillas.
—Porque el lunes la situación de Eva iba a cambiar.
Ramiro había descubierto que parte de la miel comprada fuera se estaba presentando como producción local de Mieles Leal y había revisado suficiente documentación para saber que no era un error puntual.
Le había comunicado que iba a poner fin a esa práctica y llevar el asunto a la asociación.
—Además pensaba apartarla de la gestión.
—Sí. Para ella significaba perder el control de la parte comercial y que lo que llevaba tiempo haciendo dejara de quedar dentro del negocio. Ya no era una amenaza lejana; sabía que iba a ocurrir después de la feria.
Conchi recordó el mensaje del diez de abril.
Cuando Álvaro se lo había contado, aquella frase de Ramiro había unido por primera vez el fraude con una fecha concreta.
Ahora adquiría todo su sentido: el domingo no era un día cualquiera, sino la última oportunidad antes de que el lunes empezaran las consecuencias.
—¿Todo comenzó porque la producción propia no alcanzaba para lo que Eva quería vender?
—Eso parece. Comprar miel a otros productores no tenía nada de ilegal. Joaquín Solana vendía un producto legal, con su documentación y su procedencia perfectamente identificadas. El fraude empezaba después, cuando parte de esa miel se presentaba como si procediera de Mieles Leal.
—Así que Joaquín no participó en el engaño.
—No. Conservaba facturas y documentación suficiente para demostrar qué había vendido y en qué condiciones. Las irregularidades aparecían después.
La aclaración cerraba también una de las historias que más deprisa había crecido en el pueblo.
A algunas personas les había bastado escuchar «miel de fuera» para imaginar productos adulterados, proveedores oscuros o sustancias peligrosas, cuando el problema real era bastante menos espectacular y, precisamente por eso, más sencillo de mantener durante un tiempo.
Conchi pensó entonces en Marcos.
—Su sospecha sobre las cantidades tenía parte de razón.
—Había observado que el volumen que Mieles Leal parecía mover no encajaba con lo que conocía de su producción, pero no sabía cómo se estaba haciendo ni tenía pruebas de nada.
Su rivalidad con Ramiro era real y la discusión también, aunque ninguna de esas cosas lo relacionaba con la manipulación de las muestras.
Conchi recordó las primeras horas posteriores a la muerte y la facilidad con que aquella pelea había ocupado todas las conversaciones. Una discusión vista por medio pueblo ofrecía una historia mucho más cómoda que un fraude escondido entre compras, ventas y etiquetas.
—Le dimos demasiada importancia porque era lo que se veía.
—El pueblo se la dio —matizó Lucía.
Conchi negó ligeramente.
—Yo también. No llegué a acusarlo, pero lo miré demasiado desde aquella discusión.
—Y después corregiste cuando aparecieron otros hechos. Quédate con eso.
La respuesta evitó que siguiera repasando su propio error. No necesitaba convertir la rectificación en una culpa nueva, del mismo modo que ya había aprendido que una sospecha no tenía por qué convertirse en una condena.
Sara había sido otra historia. Conchi no necesitó preguntarlo todo porque buena parte se había aclarado durante los días anteriores, pero quiso asegurarse de que no quedaba nada pendiente.
—¿Lo que ocultó Sara estaba completamente al margen de la muerte?