Capítulo 30
A primera hora de la tarde, Conchi estaba en casa de Sara con las mangas remangadas y una caja de cartón abierta a sus pies.
No había facturas del negocio ni documentos que pudieran interesar a la Guardia Civil.
Tal como Sara le había explicado por teléfono, eran papeles personales de Ramiro acumulados durante años: recibos domésticos, revistas de apicultura, garantías de electrodomésticos que ya no existían y sobres que él había guardado con una lógica imposible de reconstruir.
—Mi padre no tiraba nada —dijo Sara mientras sacaba de otra caja una carpeta de publicidad antigua—. Absolutamente nada.
—Eso lo dices porque todavía no has visto el cajón de los cables de mi casa.
Sara sonrió, aunque el gesto se le apagó enseguida al encontrar una fotografía entre dos revistas. En ella, Ramiro aparecía más joven, con una camisa clara y un sombrero ridículo, delante de varias colmenas.
Conchi no hizo ningún comentario. Esperó a que Sara decidiera por sí misma qué quería hacer con la foto.
—Esta me la quedo.
La dejó aparte y continuaron trabajando.
A Conchi le vino bien aquella tarea precisamente porque no tenía nada que ver con la investigación.
Después de la conversación de la mañana con Álvaro y Lucía había sentido, al salir del puesto, que por fin podía apartarse del caso sin que eso significara desentenderse.
Había explicado lo que vio, distinguido sus recuerdos de la información que conoció después y entregado a la Guardia Civil todo lo que realmente podía aportar.
A partir de ahí, cualquier paso nuevo pertenecía a otro tipo de trabajo.
Sara cerró una carpeta y la depositó en una bolsa destinada al reciclaje.
—¿Te han vuelto a llamar?
La pregunta llegó sin énfasis, como si llevara un rato dudando si formularla. Conchi levantó la vista.
—Esta mañana.
—¿Por lo de mi padre?
—Sí.
Sara asintió y durante unos segundos no preguntó nada más. Después se sentó en el borde de una silla, con las manos apoyadas sobre las rodillas.
—No quiero que me cuentes nada que no debas.
—Y yo no quiero contártelo.
—Perfecto. Nos entendemos.
En otra persona habría podido sonar brusco, pero Conchi percibió más cansancio que enfado. Sara llevaba una semana viendo cómo la muerte de su padre se convertía en tema de conversación, en hipótesis, en rumores y en preguntas que no siempre distinguían entre el negocio y la vida privada.
—Solo necesito saber una cosa —añadió—. ¿Sigue pareciendo un accidente?
Conchi se tomó un momento antes de responder. Ya no podía fingir que aquella posibilidad pesaba igual que al principio, pero tampoco le correspondía anticipar una actuación policial que podía estar produciéndose en ese mismo momento.
—La Guardia Civil está trabajando con una línea muy concreta.
Sara respiró despacio.
—Eso significa que no.
—Significa exactamente lo que te he dicho.
La joven bajó la mirada hacia las cajas.
—Cada vez que alguien intenta protegerme con una frase así, me entra más miedo.
Conchi se acercó y se sentó frente a ella. No la tocó ni buscó una frase perfecta.
—Lo sé. Pero sería peor que yo te dijera algo incompleto y mañana tuvieras que descubrir que no era exactamente así.
Sara permaneció en silencio unos segundos, como si comprobara por sí misma que no había una respuesta mejor, y finalmente asintió.
—Tienes razón.
Volvieron a las cajas. A partir de entonces hablaron poco, aunque el silencio dejó de resultar incómodo.
Entre papeles sin importancia aparecieron un recibo de un hotel de hacía más de diez años, una postal de Salamanca y una libreta en la que Ramiro había anotado gastos domésticos durante apenas tres meses antes de abandonarla.
Sara se rio al comprobar que su padre había dedicado una página entera a calcular cuánto gastaba en café y después no había vuelto a escribir una sola cifra.
Aquello, pensó Conchi, pertenecía a una verdad que ninguna investigación podía ordenar del todo.
Una persona no quedaba reducida a la forma en que había muerto ni al conflicto que había precedido su muerte.
Ramiro había sido también aquel hombre que guardaba garantías inútiles, apuntaba durante tres meses el precio del café y conservaba fotografías en lugares absurdos.
Poco antes de las seis dejaron el trabajo. Sara había conseguido separar tres cajas para reciclar y otra con cosas que quería revisar con más calma. Conchi se marchó sin llevarse nada, tal como había prometido, y caminó hacia la plaza aprovechando que todavía hacía buena tarde.
El domingo había vaciado de coches algunas calles y bajo los soportales se oían conversaciones dispersas.
Frente a La Parra quedaban varias mesas ocupadas.
Conchi pensó en sentarse un rato, pero cambió de idea.
No tenía ganas de entrar en ninguna conversación sobre Ramiro.
La investigación estaba demasiado cerca de un desenlace y, precisamente por eso, cualquier rumor podía transformarse en una certeza prestada antes de tiempo.
Había llegado junto a la fuente cuando sonó el móvil. Al ver el nombre de Álvaro en la pantalla, se apartó unos pasos del grupo de personas que hablaba cerca de un banco y respondió.
—Dime.
—¿Estás en casa?
—En la plaza. Acabo de salir de casa de Sara.
Al otro lado hubo una breve pausa.
—¿Puedes hablar?
—Sí.
Conchi se sentó en uno de los bancos, orientada hacia la fuente. No necesitó preguntar para intuir que la llamada estaba relacionada con lo que Álvaro y Lucía le habían dicho aquella mañana.
—Hemos hablado con Eva —dijo él.
La frase llegó sin dramatismo y quizá por eso Conchi la recibió con más atención.
—De acuerdo.
—No voy a contarte su declaración ni los detalles de una actuación formal. Eso no te corresponde y tampoco sería conveniente.
—No te los he pedido.
—Ya lo sé. Te llamo porque tú has participado en una parte concreta de la reconstrucción y hay algo que sí podemos decirte: las explicaciones basadas en un error involuntario ya no encajan con el conjunto de hechos que tenemos comprobados.
Conchi dirigió la mirada hacia el agua de la fuente. A su alrededor seguía pasando gente, ajena a una conversación que, sin necesidad de alzar la voz, estaba cerrando una parte importante de la última semana.
—¿Por lo que habéis ido comprobando?
—Por el conjunto. No hay una sola pieza que haga el trabajo de todas las demás, y ese es precisamente el punto.
Álvaro mantuvo el mismo tono prudente de los últimos días. Conchi agradeció que no cambiara ahora, como si estar más cerca de una conclusión justificara volver espectacular lo que hasta entonces había sido una suma paciente de comprobaciones.
—Eva sostuvo primero una versión demasiado tajante sobre su intervención en el puesto —continuó—. Después reconoció que pudo ordenar o reponer material. También ha intentado mantener que cualquier identificación incorrecta podría explicarse por el funcionamiento normal de la feria.
Conchi recordó la conversación con Eva en la calle, las bolsas, las servilletas, las bandejas.
—Pero esa explicación ya no os sirve.
—No con lo que tenemos comprobado.
Eso era lo nuevo. No hacía falta volver a recorrer cada minuto de la mañana ni enumerar una vez más todos los elementos de la investigación.
Conchi conocía la secuencia y sabía que Álvaro también.
Lo importante era que aquellas piezas, contrastadas entre sí, habían dejado de sostener la posibilidad de un simple accidente.
—Y tampoco puede sostenerse que no hubiera un problema serio entre ella y Ramiro —añadió Álvaro—. Esa parte también está suficientemente documentada.
Conchi guardó silencio antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Y qué ha dicho?
Álvaro tardó apenas un instante en responder, pero la demora fue suficiente para que ella comprendiera dónde estaba el límite.
—Eso forma parte de lo que todavía no voy a contarte.
Conchi aceptó la respuesta sin insistir. La curiosidad seguía ahí, por supuesto, aunque ya no tenía la fuerza de días atrás. Saber las palabras exactas con las que Eva hubiera intentado explicar lo sucedido no iba a cambiar lo que estaba confirmado.
—¿La investigación está cerrada?
—La secuencia esencial, sí. Quedan actuaciones formales y cuestiones que no se resuelven en una tarde, pero ya no estamos trabajando con varias explicaciones de igual peso.
La frase produjo en Conchi una sensación extraña.
No fue alivio exactamente, porque Ramiro seguía muerto y Sara acababa de pasar horas clasificando las cosas de su padre en cajas.
Tampoco satisfacción. Se parecía más a la desaparición de una tensión que llevaba días instalada en segundo plano, la certeza de que ya no era necesario mantener abiertas posibilidades que los hechos habían ido cerrando poco a poco.
—¿Y Eva?
—Se han realizado las actuaciones que corresponden.
Aquello bastó para que Conchi no preguntara más.
Después de unos segundos, Álvaro cambió ligeramente de tono.
—Quería decirte otra cosa.
—Te escucho.
—Lo que tú aportaste fue importante, pero quiero que entiendas bien por qué. No porque vieras a Eva hacer nada, porque no lo viste, ni porque adivinaras desde el principio lo que había ocurrido.
Conchi bajó la mirada hacia sus manos.
—Eso desde luego.
—Fue importante porque recordaste una posición concreta, señalaste una contradicción y, cuando los datos no permitían ir más lejos, no intentaste rellenar lo que faltaba.
Conchi dejó escapar una respiración lenta.
—También me equivoqué con Marcos.
—Sí.
La respuesta fue tan inmediata que le arrancó una sonrisa.
—Podrías fingir un poco de cortesía.
—No te serviría. Te fijaste demasiado en una explicación porque era la más visible y rectificaste cuando los datos dejaron de sostenerla. Eso también forma parte de hacerlo bien.
Conchi pensó un instante en aquellos primeros días. Las falsas pistas no habían nacido de la nada. Habían contenido discusiones, miedos, ocultaciones y conflictos verdaderos, solo que ninguno de ellos explicaba la muerte de Ramiro.
—Supongo que lo difícil es no confundir una verdad con la verdad que estás buscando.
—Exactamente.
Álvaro no añadió ninguna lección más. A aquellas alturas no hacía falta.
Antes de colgar, Conchi preguntó:
—¿Debo decirle algo a Sara?
—No. Nosotros hablaremos con quien corresponda y cuando corresponda. Si ella te llama o necesita estar contigo, eso es otra cosa, pero no seas tú quien adelante información.
—Entendido.
—Y, Conchi...
—¿Sí?
—Ahora sí: no hagas nada.
Esta vez se rio, más por la forma de decirlo que por la advertencia.
—Prometido.
La llamada terminó.
Conchi permaneció sentada en el banco un rato más. Una niña intentaba tocar el agua de la fuente mientras su padre le repetía que acabaría mojándose las mangas; un hombre cruzó la plaza con una bolsa de pan y desde una terraza llegó el ruido de unas cucharillas contra las tazas.
Valdecerezos seguía exactamente igual y, sin embargo, para ella algo había cambiado.
Durante días habían aparecido explicaciones capaces de sostener una conversación entera: una discusión pública, un conflicto familiar, una mentira nacida del miedo, unas compras externas, el desorden propio de una feria.
Todas habían contenido algo verdadero, y precisamente por eso habían resultado convincentes durante un tiempo.
Pero ninguna explicaba la muerte.
Ahora la Guardia Civil ya no estaba comparando historias posibles, sino trabajando sobre una secuencia que había resistido las comprobaciones. Conchi no necesitaba volver a recorrerla mentalmente ni convertir cada una de sus piezas en una conclusión propia.
Cuando empezó a notar algo de fresco, se levantó del banco y, en vez de ir directamente a casa, entró en La Tahona.
Pilar estaba recogiendo unas bandejas y levantó la cabeza al verla.
—Has tardado mucho en decidirte por el café.
—Al final no quiero café.
—Eso sí que es grave.
Conchi sonrió y se acercó al mostrador. Pilar la observó unos segundos sin hacer preguntas antes de dejar la bandeja que tenía en las manos.
—Ha pasado algo.
El tono dejaba claro que no era una pregunta, así que Conchi escogió con cuidado lo único que podía decir.
—La Guardia Civil ya tiene una explicación que encaja con los hechos.
Pilar no preguntó quién. Quizá había oído suficientes rumores para imaginar hacia dónde avanzaba la investigación o quizá, simplemente, entendió que Conchi no iba a añadir nada más.
—¿Y tú estás bien?
La pregunta la sorprendió más que cualquier curiosidad sobre Eva.
—Sí.
—Pues entonces llévate una magdalena.
—¿Ese es tu tratamiento para todo?
—No. Para algunas cosas uso bizcocho.
Conchi soltó una risa y aceptó la magdalena que Pilar envolvió en una servilleta.
Después hablaron de cualquier otra cosa: de la persiana que Julián todavía no había terminado de ajustar y de una clienta que había encargado pan para el lunes y pretendía recogerlo el martes porque, según ella, «total, un día no se nota».
La conversación no borró lo ocurrido, pero consiguió devolverlo a una escala humana.
Cuando Conchi llegó a casa, Lili apareció desde el pasillo y empezó a dar vueltas a su alrededor como si hubiera pasado fuera media vida. Ella dejó el bolso, abrió la puerta del patio y se sentó cerca mientras la perrita olisqueaba las macetas.
Ni siquiera pensó en abrir la libreta.
No fue una decisión consciente. Simplemente no quedaba nada útil que pudiera añadir.
La Guardia Civil había contrastado las distintas versiones y las explicaciones que hasta entonces podían sostener un accidente ya no encajaban con los hechos comprobados.
Lo que Eva hubiera dicho en una declaración formal, las actuaciones que quedaran pendientes o la manera en que terminara asumiendo o negando su responsabilidad pertenecían a la investigación.
Conchi había llegado hasta donde podía llegar sin apropiarse de un trabajo que no era el suyo.
Mientras avanzaba la tarde, recordó algo que había repetido muchas veces a sus alumnos durante sus años de maestra: una respuesta no era mejor por llegar deprisa, sino porque podía explicarse cómo se había llegado hasta ella.
En aquellos días había tenido que aprender una versión mucho menos sencilla de la misma idea. Había confundido sospechas con posibilidades, corregido impresiones cuando aparecían hechos nuevos y, sobre todo, aprendido a detenerse cuando ya no sabía más.
Ahora la investigación había entrado en otra fase.
Y por primera vez desde la feria, Conchi podía dejar que fueran otros quienes pronunciaran el resto.