La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

Aun así, se propuso no abrir la libreta durante el desayuno.

Sacó a Lili, regó dos macetas del patio y preparó café mientras escuchaba la radio a un volumen bajo.

La mañana discurría con una normalidad casi obstinada, como si Valdecerezos quisiera demostrar que podía seguir funcionando al margen de una investigación que llevaba días ocupando conversaciones, silencios y miradas.

Poco después de las diez sonó el teléfono. Era Álvaro.

—Buenos días, Conchi.

—Buenos días.

—¿Te vendría bien pasar por el puesto dentro de un rato?

La pregunta la sorprendió menos de lo que habría esperado.

—Sí. ¿Ha pasado algo?

—Nada que necesites saber por teléfono. Queremos repasar contigo una parte de la reconstrucción, solo la que depende de lo que tú viste y recuerdas.

Conchi miró hacia la mesa, donde la libreta seguía cerrada.

—De acuerdo. ¿A qué hora?

—A las once, si puedes.

—Allí estaré.

La conversación terminó sin más explicaciones, algo que Conchi agradeció. Durante los últimos días había aprendido que, cuanto más importante era una información, menos útil resultaba rodearla de anticipaciones.

Antes de salir se detuvo frente al cajón donde guardaba la libreta.

Pensó en llevársela, pero finalmente decidió dejarla en casa.

No necesitaba convertir aquella conversación con la Guardia Civil en una exposición preparada.

Si querían saber lo que recordaba, precisamente lo importante era separar su memoria de las notas posteriores y de todo lo que había ido conociendo después.

Dejó a Lili en casa y caminó hasta el puesto de la Guardia Civil.

El trayecto era corto, aunque lo hizo despacio.

La plaza de los Castaños estaba más animada que otros días, con varias familias aprovechando la mañana y algunas terrazas llenas.

Conchi evitó mirar demasiado hacia el lugar donde había estado instalado el puesto de Mieles Leal.

Ya no necesitaba reconstruirlo cada vez que pasaba por allí.

Lucía la recibió y la condujo a una sala sencilla donde Álvaro esperaba con una carpeta cerrada delante. No había nada solemne en la escena, y Conchi lo agradeció.

—Gracias por venir —dijo el sargento.

—No tenía otros planes.

—Eso siempre facilita las cosas.

Lucía se sentó al otro lado de la mesa.

—Queremos hacer una última comprobación contigo antes de seguir adelante con determinadas actuaciones. No necesitamos que interpretes nada. Solo que nos cuentes, una vez más y en orden, lo que puedes sostener por haberlo visto o por haberlo sabido después de una fuente concreta.

Conchi asintió.

—Eso puedo hacerlo.

Álvaro abrió la carpeta, aunque no la giró hacia ella.

—Empecemos por la mañana de la feria. Olvida por un momento todo lo que has sabido después. ¿Cuál es tu primer recuerdo relevante de la mesa de degustación?

Conchi se tomó unos segundos antes de responder.

—Hacia las diez y cinco vi la tarjeta roja de «Miel y almendra» en el extremo derecho. Ramiro comentó que la muestra con almendra debía mantenerse allí porque él no podía tomarla.

—¿Recuerdas si ese comentario es lo que te hace creer que la tarjeta estaba a la derecha? —preguntó Lucía.

—No. Recuerdo la posición y recuerdo después el comentario. Son dos cosas distintas.

Lucía anotó algo.

—Bien. Sigue.

—Más tarde supe que Noelia había movido parte del montaje a las nueve y cuarenta para despejar el paso, pero ese cambio no pudo ser el que dejó mal identificadas las muestras, porque cuando yo vi la mesa a las diez y cinco todo estaba todavía correctamente colocado.

Álvaro levantó la vista.

—Eso ya lo habías explicado, pero queremos que quede clara la diferencia entre lo que viste y lo que te contaron después.

—Lo que vi fue la tarjeta correctamente colocada a las diez y cinco. Lo de las nueve y cuarenta me lo contó Noelia más tarde y después se comprobó.

—¿Y qué ocurre a las once y veintidós? —preguntó Lucía.

—La fotografía de Irene muestra que la tarjeta roja seguía en el extremo derecho.

—¿Tú viste hacer esa foto?

Conchi negó con la cabeza.

—No recuerdo haberme fijado en Irene en ese momento. Sé la hora y lo que muestra la fotografía porque vosotros lo verificasteis después.

Álvaro asintió.

—Después de las once y veintidós, ¿qué sabes por experiencia propia?

Conchi juntó las manos sobre la mesa.

—Muy poco. No vi el momento en que cambió la identificación. Lo que sé es que, después de la reacción de Ramiro, la disposición visible ya no coincidía con la que yo recordaba de antes.

—¿Viste a alguien mover las tarjetas?

—No.

—¿Viste a Eva hacerlo?

—No.

La respuesta salió sin dificultad. Conchi sabía que aquella precisión era importante.

Lucía intervino.

—Entonces, desde tu observación directa, ¿qué puedes afirmar?

Conchi pensó un momento.

—Que la mesa estaba bien a las diez y cinco, que después de la reacción no estaba igual y que no vi quién produjo ese cambio.

—¿Y la fotografía?

—Corrobora que seguía bien a las once y veintidós, pero eso lo sé porque vosotros habéis validado la imagen y la hora.

Álvaro apoyó el bolígrafo sobre la carpeta.

—Perfecto.

Durante unos segundos nadie habló. A Conchi le llamó la atención que, después de tantos días, su contribución pudiera resumirse de una forma tan sencilla.

No había descubierto una maniobra secreta ni presenciado un gesto decisivo; había recordado una posición concreta y señalado que no coincidía con lo que quedó después.

Lucía pasó entonces a la segunda parte.

—Ahora sí podemos incorporar lo que supiste más tarde. ¿Qué te permitió descartar que el movimiento de Noelia fuera el relevante?

—El horario. Si ella hizo aquel ajuste a las nueve y cuarenta y yo vi después la mesa correctamente dispuesta a las diez y cinco, su movimiento no pudo ser el que provocó la identificación incorrecta que apareció más tarde.

—¿Qué consecuencia sacaste de eso?

—Que tuvo que haber un segundo cambio.

—¿De quién?

Conchi negó despacio.

—Eso no podía saberlo entonces.

Lucía volvió a escribir.

—Bien.

Álvaro retomó la conversación.

—El resto de la reconstrucción ya no depende de tus observaciones. Tenemos acreditados los movimientos que nos interesan, la fotografía, el resultado sobre la muestra, las declaraciones, la documentación comercial y la comunicación de Ramiro.

—Lo sé.

—Quiero que quede claro porque no estamos reuniendo aquí una solución que hayas construido tú sola.

Conchi casi sonrió.

—Agradezco la aclaración.

—No es por ti —dijo Álvaro—. Es por cómo debe quedar cada cosa.

La frase le gustó. Era, en cierto modo, la versión oficial de lo que ella había intentado hacer desde el principio: permitir que cada dato ocupara únicamente el lugar que le correspondía.

Lucía cerró durante un instante su cuaderno.

—Ahora dime qué conexión ves, sin convertirla en certeza.

Conchi respiró despacio. Era casi la misma petición que había recibido la tarde anterior, aunque aquella vez la conversación tenía otro peso.

—Veo que fue necesario un segundo cambio y que Eva tenía acceso normal al puesto en el periodo que estáis investigando. Sabía de la alergia de Ramiro y conocía cómo funcionaba la cata.

Lucía no la interrumpió.

—También sé que existe un problema comercial real dentro de Mieles Leal y que Ramiro había decidido ponerle fin. Todo eso encaja, pero ninguna de esas cosas convierte mi recuerdo en una prueba de que Eva hiciera el cambio.

Álvaro mantuvo la mirada sobre ella.

—¿Entonces?

Conchi eligió las palabras con cuidado.

—Que reúne oportunidad, conocimiento y un motivo inmediato que encajan con la manipulación. Pero yo no la vi hacerlo y no puedo afirmar más que eso.

El sargento asintió.

—Eso es exactamente lo que necesitábamos.

Conchi sintió una mezcla extraña de alivio y gravedad. Había pasado tantos días evitando una acusación apresurada que escuchar aquella respuesta no le produjo satisfacción, sino la certeza de que la investigación había llegado a un punto en el que sus observaciones ya no tenían que crecer más.

Lucía volvió a abrir el cuaderno.

—La cadena no depende de una sola pieza. Lo importante es que las comprobaciones independientes encajan entre sí y permiten sostener una secuencia que ya podemos contrastar formalmente.

Conchi no necesitó que las enumerara. Conocía de sobra cada una de aquellas piezas.

—¿Vais a hablar con Eva? —preguntó.

Álvaro respondió antes que Lucía.

—Vamos a realizar las actuaciones que correspondan.

Era una forma educada de cerrar aquella puerta y Conchi la aceptó.

—Entendido.

El sargento dejó el bolígrafo a un lado.

—Hay otra cosa que queremos pedirte.

—¿Cuál?

—Nada.

Conchi frunció el ceño.

—Eso ha sonado raro.

Lucía sonrió.

—Álvaro quiere decir que ya no necesitamos que hagas nada más. No hables con Eva sobre esto, no vuelvas a reconstruir horarios con nadie y no intentes obtener una reacción. Si necesitamos otra precisión sobre algo que tú viste, te llamaremos.

Conchi apoyó la espalda en la silla.

—No pensaba ir a buscarla.

—Lo sabemos —dijo Álvaro—. Pero una investigación puede parecer más sencilla justo cuando está a punto de cerrarse, y es entonces cuando una intervención bienintencionada puede estropear algo.

La observación no le molestó. Al contrario, le pareció razonable.

—Me quedaré fuera.

—No hace falta que te quedes fuera —matizó Lucía—. Ya has aportado lo que tenías que aportar. Ahora simplemente nos toca a nosotros.

Conchi entendió la diferencia.

La conversación terminó poco después. Antes de levantarse, miró la carpeta cerrada de Álvaro y pensó en todo lo que había dentro y ella no conocía: declaraciones completas, horarios comprobados, informes, documentos comerciales y otros detalles que nunca necesitaría saber.

Aquello no disminuía lo que había aportado; simplemente lo colocaba en su sitio.

Al salir del puesto, el aire de la mañana le pareció más templado. Caminó hacia la plaza sin prisa y, por primera vez desde la muerte de Ramiro, no sintió la necesidad de repasar el caso mientras avanzaba.

Pasó junto a la fuente y vio a Pilar al otro lado, saliendo de La Tahona con una caja vacía. Su amiga la descubrió y levantó la mano.

—¿Café?

Conchi dudó apenas un segundo.

—Sí.

Entraron juntas. Pilar no preguntó de dónde venía, quizá porque lo había adivinado o porque había aprendido a esperar. Le sirvió café y se sentó frente a ella cuando no quedaban clientes.

—Tienes cara de haber terminado un examen.

—Más bien de haber entregado la hoja.

—¿Y qué tal?

Conchi sonrió.

—Ahora corrige otro.

Pilar comprendió lo suficiente para no pedir explicaciones.

—Eso suena a que hoy te puedo hablar de otra cosa.

—Te lo agradecería.

Y Pilar, con una habilidad que Conchi sospechaba deliberada, empezó a contarle el problema de una clienta que quería una tarta «rústica pero elegante, sencilla pero llamativa y tradicional pero moderna».

La descripción ocupó varios minutos y acabó provocando una discusión sobre si aquellas cuatro condiciones podían coexistir en un mismo pastel.

Conchi se rio más de lo que esperaba.

La conversación siguió por caminos completamente ajenos al caso.

Hablaron de Fernando, de una persiana que Julián había prometido mirar en La Tahona y de una vecina que llevaba tres días intentando convencer a Pilar de que vendiera pan sin corteza.

Cuando Conchi terminó el café, se dio cuenta de que llevaba casi veinte minutos sin pensar en Eva.

Aquello le pareció una buena señal.

Regresó a casa antes de comer. Lili la recibió con su entusiasmo habitual y Conchi abrió la puerta del patio para que saliera. Después se quedó un momento en la cocina, mirando el cajón donde guardaba la libreta.

No lo abrió.

No quedaba ninguna anotación que pudiera mejorar lo que había explicado aquella mañana. La Guardia Civil ya disponía de lo necesario para continuar y, a partir de ese momento, cualquier paso nuevo pertenecía a la investigación formal.

Durante la última semana, Conchi había sentido varias veces que observar con atención significaba continuar buscando. Aquella mañana comprendió que también podía significar reconocer el momento exacto en que dejar de hacerlo.

No sabía qué ocurriría cuando Álvaro y Lucía hablaran de nuevo con Eva, ni qué explicación intentaría sostener ella. Tampoco sabía hasta dónde llegarían las actuaciones que acababan de mencionar.

Pero sí sabía algo más sencillo: ya había entregado todo lo que realmente le correspondía aportar.

Y, por primera vez desde que había visto aquella tarjeta roja en una posición distinta, no sintió que tuviera que hacer nada más.