Capítulo 28
A última hora de la tarde, Conchi dejó la libreta abierta sobre la mesa de la cocina y se quedó mirándola sin escribir.
Llevaba varios días utilizándola precisamente para separar unas cosas de otras: una hora de una suposición, un hecho de un rumor, una contradicción de la explicación que parecía ofrecer.
Sin embargo, después de la llamada de Álvaro y de saber qué decía el mensaje que Ramiro había enviado a Eva el diez de abril, los datos que hasta entonces había mantenido cuidadosamente apartados empezaban a acercarse de una forma difícil de ignorar.
Lili entró desde el patio, bebió un poco de agua y se tumbó junto a la puerta con la indiferencia de quien no encontraba ninguna utilidad a una libreta que no oliera a comida.
—Tú lo tienes bastante más fácil —murmuró Conchi.
La perrita apoyó la cabeza entre las patas y Conchi volvió a mirar la página.
No necesitaba repasar toda la semana porque se sabía de memoria las horas que habían terminado importando.
El cambio de Noelia había ocurrido antes de que ella viera la mesa correctamente colocada; más tarde, la fotografía de Irene demostraba que, a las once y veintidós, la tarjeta roja seguía en el extremo derecho.
Después se abría un intervalo mucho más pequeño, unos minutos en los que Noelia salió de la zona y Eva continuó trabajando en el puesto como llevaba haciendo durante toda la mañana.
Aquello no demostraba nada por sí solo. Eva estaba allí porque aquel era precisamente su sitio y cualquiera que la hubiera visto moverse entre bandejas, bolsas o etiquetas habría considerado normal que lo hiciera.
Conchi pasó el dedo por el margen de la hoja sin tocar las anotaciones.
Lo nuevo no estaba tanto en la mesa como en el negocio.
Hasta hacía poco, saber que Eva se ocupaba de pedidos, ventas, etiquetas y preparación de ferias no había significado más que una distribución normal del trabajo dentro de Mieles Leal.
Ahora, sin embargo, Conchi sabía que parte de la miel comprada fuera se había vendido como producción propia, que Ramiro había empezado a revisar las diferencias y que Eva conocía desde antes de la feria su intención de terminar con aquella práctica.
El lunes pensaba llevar el asunto a la asociación y la posición de Eva dentro de la gestión quedaría seriamente amenazada.
Nada de aquello demostraba que hubiera manipulado las muestras. Lo que cambiaba era que varios datos comprobados, procedentes de lugares distintos, empezaban a coincidir alrededor de la misma persona.
Conchi cogió el bolígrafo, lo sostuvo unos segundos y volvió a dejarlo.
Ya había visto con Marcos, Sara y Noelia lo fácil que resultaba convertir un hecho verdadero en una conclusión demasiado rápida.
Con Marcos había bastado una discusión pública; con Sara, una conversación incompleta; con Noelia, una mentira nacida del miedo.
No pensaba repetir el mismo error ahora que el nombre que parecía encajar era el de Eva.
Se levantó y fue hasta la encimera para servirse agua.
Desde allí podía ver la libreta abierta, pequeña y bastante menos solemne de lo que empezaba a parecerle.
Recordó cuándo la había sacado por primera vez del cajón: en las páginas anteriores había una cita con el dentista, unas medidas de cortinas y una lista de libros recomendados por Pilar.
No tenía ninguna intención de convertirla en un expediente policial.
Bebió un sorbo y miró el teléfono que había dejado junto al frutero.
Podía no hacer nada. Álvaro y Lucía conocían los horarios, las fotografías, las declaraciones y la documentación del negocio mucho mejor que ella.
La mayoría de las piezas que estaba relacionando procedían precisamente de comprobaciones realizadas por la Guardia Civil, de modo que resultaría absurdo llamarles como si acabara de descubrirles su propia investigación.
Sin embargo, una cosa era intentar resolverles el caso y otra contarles con cuidado la relación que ella empezaba a ver entre datos que hasta entonces había considerado por separado.
Cogió el móvil y llamó a Lucía.
—Dime, Conchi.
—¿Te pillo mal?
—Depende de para qué.
—Muy tranquilizador.
—Es lo que hay.
Conchi sonrió mientras volvía a sentarse.
—Quiero contarte una cosa, pero antes de que digas nada: sé que es una hipótesis.
—Has empezado bien.
—No te acostumbres.
Lucía dejó escapar una risa breve.
—Te escucho.
Conchi miró la libreta sin leerla.
—Hasta ahora estaba pensando en dos asuntos distintos. Por un lado, lo que ocurrió en la mesa y, por otro, lo que estaba pasando dentro de Mieles Leal. Creo que el error era mantenerlos separados.
Lucía no respondió y Conchi agradeció que no intentara conducirla.
—Lo de Noelia ya no explica el cambio —continuó—. Movió la mesa antes, pero después yo vi la tarjeta de almendra bien colocada y la fotografía de Irene demuestra que seguía así a las once y veintidós.
—Correcto.
—Luego Noelia salió durante unos minutos y Eva permaneció en el puesto.
Esta vez Lucía tardó un poco más en responder.
—Eso también está comprobado.
Conchi apoyó un brazo sobre la mesa.
—Sé que estar allí no tiene nada de raro. De hecho, creo que esa es precisamente la cuestión. Eva no necesitaba acercarse a la mesa con una excusa porque trabajaba allí. Podía tocar bolsas, servilletas, etiquetas o bandejas sin que nadie levantara la cabeza y, además, conocía la alergia de Ramiro.
—Sigue.
Conchi respiró despacio antes de continuar.
—La muestra que él tomó estaba presentada como la segura y llevaba almendra.
Para que algo así funcionara, no bastaba con saber que era alérgico.
Había que saber también que confiaría en la identificación de las muestras y que no iba a detenerse a comprobar algo que, para él, formaba parte de una rutina conocida.
Hubo una breve pausa.
—Eso es razonable —dijo Lucía.
—Y ahora está la otra parte.
—El negocio.
—Sí.
Conchi apartó la libreta unos centímetros. Ya no la necesitaba delante.
—Eva gestionaba precisamente la parte donde estaba el problema: compras, ventas, presentación, etiquetas...
Ramiro descubrió el fraude y ella sabía que el lunes pensaba detener aquella práctica y llevar el asunto a la asociación.
También sabía que su posición dentro de la gestión iba a quedar seriamente amenazada.
Pronunciarlo todo seguido le produjo una sensación incómoda. No porque ninguno de aquellos datos fuera nuevo, sino porque era la primera vez que las dos líneas aparecían unidas en voz alta.
Lucía siguió sin interrumpirla.
—No estoy diciendo que Eva cambiara las tarjetas —añadió Conchi—.
Yo no la vi hacerlo. Lo que digo es que tenemos a una persona que podía tocar la mesa sin llamar la atención, que conocía la alergia de Ramiro y que sabía que, después de la feria, el fraude iba a salir del ámbito privado del negocio.
—Oportunidad, conocimiento y un posible motivo inmediato.
—Eso.
—Y estás diciendo que coinciden en la misma persona.
—Sí.
El silencio que siguió no fue largo, pero a Conchi le bastó para darse cuenta de que estaba apretando demasiado el teléfono.
—Está bien planteado —dijo Lucía finalmente.
Conchi relajó los dedos.
—No sé si eso significa que he aprendido algo o que llevas una semana educándome.
—No exageres. No tengo tanta paciencia.
—Entonces será cosa de la edad.
—Tuya, espero.
Conchi sonrió. Agradeció la broma porque la conversación empezaba a pesarle más de lo que había previsto.
Lucía recuperó enseguida el tono profesional.
—La conexión que haces es razonable, pero hay algo que no quiero que pierdas de vista.
—Que razonable no significa demostrado.
—Exacto.
—Ya lo sé.
—Lo sabes ahora. Hace unos días estabas bastante interesada en Marcos.
—Gracias por recordármelo.
—De nada.
Conchi apoyó la espalda en la silla.
—Precisamente por eso te he llamado antes de convencerme yo sola. No quiero volver a coger una historia que parece buena y empezar a buscar después la manera de demostrarla.
—Y haces bien.
Aquello le alivió más de lo que esperaba.
—Entonces vosotros también estáis mirando esa coincidencia.
Lucía eligió la respuesta con cuidado.
—Estamos comprobando todo lo que afecta a la secuencia y a las versiones que nos han dado. No voy a contarte actuaciones que no te corresponden, pero sí puedo decirte que lo que acabas de relacionar forma parte de lo que se está contrastando.
Conchi aceptó el límite.
—Me basta.
Parecía que iban a despedirse cuando Lucía añadió:
—Y ahora viene la parte importante.
—Siempre hay una parte importante contigo.
—No hables con Eva sobre esto.
Conchi arqueó las cejas aunque Lucía no pudiera verla.
—No pensaba hacerlo.
—Ni le hagas preguntas para comprobar cómo reacciona.
—Tampoco.
—Ni busques una conversación casual que deje de ser casual a los treinta segundos.
—Lucía.
—Te conozco.
—No tanto.
—Lo suficiente.
Conchi miró hacia Lili, que seguía tumbada junto a la puerta.
—No voy a buscarla. Te lo prometo.
—Bien.
—Pero me parece un poco injusto que tengas tan poca confianza.
—No es falta de confianza. Es experiencia.
—Peor me lo pones.
Lucía se rio.
—Conchi, si la conexión es correcta, ya no necesitas hacer nada más con Eva. Y si es incorrecta, hablar con ella por tu cuenta tampoco va a volverla correcta.
La frase acabó con cualquier protesta que pudiera haber preparado.
—Eso sí es difícil de discutir.
—Para algo me pagan.
—Pensaba que era para investigar.
—También.
Conchi sonrió.
—Vale. Lo dejo en vuestras manos.
—De verdad.
—De verdad.
Cuando colgó, dejó el móvil junto al frutero y permaneció sentada un rato. No sentía satisfacción. Quizá en otro momento habría experimentado algo parecido al orgullo por haber encontrado una relación que antes no veía, pero aquella tarde lo que sentía era una inquietud mucho más sobria.
Si tenía razón, las discusiones de la feria no habían sido la causa de la muerte.
Marcos podía haberse enfadado, Sara podía haber discutido con su padre y Noelia podía haber mentido por miedo sin que ninguna de esas cosas explicara por qué Ramiro había terminado comiendo algo que sabía que debía evitar.
Con Eva era diferente, aunque no porque Conchi hubiera descubierto un gesto sospechoso que los demás habían pasado por alto.
Precisamente ocurría lo contrario: casi todo lo que hacía en el puesto resultaba normal.
Colocar una tarjeta, mover una bandeja, reponer material o permanecer junto a la mesa mientras Noelia se ausentaba formaban parte de unas tareas que nadie habría tenido motivo para cuestionar en aquel momento.
Ese era el detalle que más la incomodaba. La oportunidad no había nacido de una presencia extraña, sino de una presencia completamente lógica.
Conchi cerró la libreta y la guardó en el cajón. Después miró a Lili.
—Vamos.
La perrita se puso en pie de inmediato, demostrando que, a diferencia de ella, llevaba toda la tarde perfectamente preparada para tomar una decisión.
Salieron hacia la plaza sin una ruta concreta. Todavía quedaba bastante luz y el aire de abril había refrescado un poco. Pasaron junto a La Tahona, donde Pilar atendía a dos personas, y continuaron hasta la fuente sin detenerse a hablar con nadie.
El espacio donde una semana antes había estado el puesto de Mieles Leal volvía a ser simplemente una parte de la plaza.
Ya no quedaban mesas, carteles ni bandejas; una pareja cruzaba por allí con bolsas de la compra y dos niños daban vueltas alrededor de la fuente mientras una mujer les pedía que fueran con cuidado.
Lili olisqueó el borde de un banco antes de tirar hacia uno de los castaños.
Conchi la siguió y, mientras esperaba a que terminara de investigar la base del árbol, recordó cuánto había pensado durante aquellos días en los minutos comprendidos entre la fotografía de Irene y la cata.
Durante un tiempo había imaginado ese intervalo como si dentro estuviera escondida una escena que, de poder verla completa, resolvería todo lo demás.
Ahora comprendía que aquellos minutos no significaban gran cosa aislados de lo que había ocurrido antes.
El origen podía estar varios días atrás, quizá el diez de abril o incluso antes, cuando el fraude dejó de ser una solución temporal y pasó a convertirse en algo que había que ocultar.
Conchi no necesitaba decidir exactamente cuándo había empezado todo, porque esa parte no le correspondía.
Lo que sí empezaba a comprender era que una semana atrás descubrir una conexión semejante la habría empujado a seguir preguntando, a buscar a alguien o a intentar comprobar una reacción; ahora sabía que detenerse también podía formar parte de hacer las cosas bien.
Lili continuaba ocupada con el árbol mientras ella miraba la plaza sin reconstruir una vez más el puesto de Mieles Leal.
Había llamado a Lucía y había explicado la relación que veía entre los hechos. A partir de ahí, la Guardia Civil podía comprobar aquello para lo que ella no tenía medios: declaraciones completas, horarios, documentos y cualquier actuación que permitiera confirmar o desmontar la hipótesis.
No necesitaba hablar con Eva ni averiguar cómo reaccionaba al escuchar una pregunta inesperada. Tampoco necesitaba añadir una nueva anotación a la libreta para sentir que había avanzado.
Al volver a casa preparó una cena sencilla y dejó la radio encendida mientras recogía la cocina. No abrió de nuevo el cajón porque ya no le hacía falta. Por primera vez desde la muerte de Ramiro, no esperaba que apareciera una revelación capaz de cambiar por completo el sentido del caso.
Si la hipótesis era correcta, la explicación había estado repartida durante días entre cosas que todos tenían delante: una tarjeta, unos minutos de ausencia, una alergia conocida, una actividad comercial que no terminaba de encajar y una decisión que Ramiro pensaba llevar adelante después de la feria.
Ya no faltaba imaginar una historia, sino demostrarla.