Capítulo 27
Cerca del mediodía, Conchi había terminado de recoger unas sábanas del tendedero cuando oyó el sonido de un mensaje en el móvil.
No le prestó demasiada atención al principio.
Desde que la investigación había entrado en su segunda semana, el teléfono parecía empeñado en recordarle que cualquier momento cotidiano podía torcerse con una llamada, una pregunta o una información que obligara a recolocar lo anterior.
El mensaje era de Álvaro.
«Cuando puedas, llámame. No es urgente.»
Conchi dejó el cesto de ropa sobre una silla y terminó de doblar dos fundas antes de responder.
Si algo había aprendido aquellos días era que la palabra «urgente» tenía un significado muy distinto cuando se trataba de una investigación por homicidio.
Aun así, prefirió no llamar con las manos ocupadas ni dejar las cosas a medio hacer.
Guardó las sábanas, llenó el cuenco de agua de Lili y solo entonces se sentó junto a la mesa de la cocina.
Álvaro respondió casi de inmediato.
—Buenos días.
—Buenos días. He visto tu mensaje.
—No te robo mucho tiempo. Solo quería aclararte una información que ya podemos considerar verificada y que afecta a cosas que tú conoces.
Conchi se quedó quieta.
—Dime.
—Hemos confirmado una comunicación que Ramiro envió a Eva el diez de abril.
La fecha le resultó familiar. El jueves anterior a la feria, tres días antes de la muerte.
Conchi recordó que la investigación ya había establecido que Ramiro había empezado a revisar las diferencias del negocio antes de morir, pero hasta ese momento no conocía ninguna comunicación concreta entre los dos socios.
—¿Un mensaje?
—Sí. Y antes de que preguntes, no necesitas verlo ni vas a verlo. Te puedo explicar el contenido general porque encaja con la documentación que ya hemos comprobado y con lo que Sara recordó sobre el lunes.
Conchi agradeció el límite. No tenía interés en leer un teléfono ajeno y, además, sabía que ver las palabras exactas podía hacerle sentir una certeza mayor de la que correspondía.
—¿Qué decía?
Álvaro tardó apenas un instante en contestar.
—Ramiro le dejaba claro a Eva que, después de la feria, el lunes se hablaría del asunto con la asociación y que ningún lote externo iba a seguir presentándose como producto propio de Mieles Leal.
Conchi apoyó la espalda en la silla.
La frase no necesitaba adornos. Hasta entonces sabía que existía un fraude de procedencia, que Ramiro lo había detectado y que quería revisar documentación con Sara.
Ahora aparecía algo más preciso: Ramiro no se había limitado a sospechar ni a posponer una conversación incómoda. Había decidido actuar.
—Entonces pensaba comunicarlo.
—Eso es lo que podemos sostener.
—Y Eva lo sabía antes de la feria.
—También.
Conchi miró hacia el patio. Lili estaba tumbada junto a la puerta, ajena a cualquier cambio en la importancia de aquella mañana.
—¿Sabéis si respondió?
—No voy a entrar en toda la conversación.
—De acuerdo.
Álvaro mantuvo un tono sereno, casi administrativo, y eso ayudó a Conchi a escuchar sin convertir cada frase en una acusación.
—Lo relevante es que el mensaje no aparece aislado.
Encaja con la revisión que Ramiro había empezado a hacer, con las diferencias entre producción y ventas y con los papeles que quería mirar con Sara el lunes.
No es una frase que hayamos encontrado y que estemos intentando convertir en una historia.
Conchi entendió la precisión. Durante toda la investigación, la Guardia Civil había insistido en lo mismo: ninguna pieza debía sostener por sí sola una conclusión que necesitaba varias.
—¿Eso significa que iba a apartar a Eva?
Hubo una pequeña pausa.
—Significa que había decidido detener la práctica y abordar el problema fuera del ámbito privado del negocio. El alcance exacto de las decisiones que iba a tomar forma parte de otras comprobaciones.
La respuesta bastó para advertirle que había llegado al límite de lo que podía saber.
—Pero para ella la situación cambiaba el lunes.
—Eso sí podemos decirlo. Eva sabía que, cuando terminara la feria, el asunto dejaría de estar contenido entre ellos y que su posición dentro de la gestión quedaba seriamente amenazada.
Conchi recordó la conversación de aquella misma mañana sobre la versión cambiante de Eva respecto al material del puesto.
Hasta entonces había tenido que mantener separadas varias líneas que parecían acercarse poco a poco: el fraude comercial, la oportunidad de tocar la mesa, el conocimiento de la cata y una declaración menos firme de lo que había sido al principio.
El mensaje de Ramiro añadía ahora un elemento diferente porque no hablaba de acceso ni de horarios, sino de tiempo.
La feria tenía un después muy concreto.
Un lunes en el que Ramiro pensaba actuar.
—Entiendo por qué me lo cuentas —dijo.
—Espero que sí.
—Porque yo ya sabía que quería revisar papeles con Sara, pero no sabía que había comunicado a Eva que iba a llevar el asunto a la asociación.
—Exacto. Y porque quiero evitar otra cosa.
Conchi esperó.
—Que conviertas esto en la prueba del homicidio.
—No iba a hacerlo.
—Me alegra oírlo.
Álvaro no sonó irónico.
—El mensaje aporta un posible motivo más definido y una urgencia que antes no teníamos documentada de la misma manera. Pero seguimos necesitando cerrar la parte material de lo que ocurrió en la cata.
—La ventana, las muestras y las versiones.
—Entre otras cosas. Conchi asintió aunque él no pudiera verla.
—Entonces Ramiro iba a hacer público el problema el lunes, pero murió el domingo trece, después de la reacción en la feria.
—Eso sí lo tienes bien apuntado. El comentario consiguió arrancarle una sonrisa.
—No lo digas como si yo no tuviera una libreta.
—Tu libreta no tiene diligencias. —Por suerte.
Antes de despedirse, Álvaro volvió a insistir en que no comentara el contenido del mensaje con nadie. Conchi prometió hacerlo y dejó el teléfono sobre la mesa.
Durante unos minutos permaneció sentada sin abrir la libreta.
Le preocupaba la facilidad con que la nueva información podía convertirse en una historia cerrada.
Eva gestionaba la parte comercial en la que se había producido el fraude, había sabido antes de la feria que Ramiro pretendía acabar con aquella práctica y llevar el asunto a la asociación, tenía acceso habitual al puesto y había corregido su primera versión sobre cuánto material había tocado.
La sucesión resultaba cada vez más difícil de ignorar, pero seguía faltando demostrar que hubiera aprovechado la ausencia de Noelia para cambiar las identificaciones.
Ese era el punto que no podía rellenar con sentido común.
A media mañana salió con Lili. Necesitaba comprar fruta y, de paso, agradecía cualquier excusa para alejarse de la mesa de la cocina.
La plaza estaba tranquila. Un grupo de personas charlaba junto al Ayuntamiento y en La Parra alguien había colocado varias sillas al sol.
Conchi cruzó sin detenerse, porque no tenía ganas de escuchar una nueva versión del fraude convertida en leyenda local.
En la frutería coincidió con Julián Serrano.
Él sostenía una bolsa con naranjas y examinaba dos aguacates con la concentración de quien estuviera valorando madera para restaurar un mueble.
—No sabía que fueras experto —dijo Conchi.
Julián levantó uno de los aguacates.
—No lo soy. Por eso llevo cinco minutos mirando los mismos.
—Eso tranquiliza mucho.
—¿Quieres elegirlos tú?
—Ni hablar. Luego me culpas si están malos.
Julián acabó llevándose los dos y salieron juntos a la calle.
Hablaron un rato de asuntos sencillos: un aparador que estaba restaurando, una vecina que quería convertir una mesa antigua en algo «más moderno» y la imposibilidad, según él, de explicar a algunas personas que lijar más no siempre significaba arreglar mejor.
La conversación le hizo bien a Conchi. No todo encuentro en el pueblo tenía que servir para avanzar una investigación, y agradeció que Julián no mencionara a Ramiro hasta que ya estaban a punto de separarse.
—¿Cómo llevas todo esto? —preguntó él.
Conchi pensó antes de contestar.
—Con demasiada información que todavía no encaja del todo.
—Eso suena peor que no tener ninguna.
—A veces lo es.
Julián no pidió detalles. Se limitó a desearle buen día y siguió hacia su taller.
Conchi regresó por la calle Mayor con Lili y la bolsa de fruta.
La normalidad de aquella conversación le permitió mirar la nueva información con algo más de distancia.
El mensaje del diez de abril era importante precisamente porque no había aparecido de la nada.
Llegaba después de las facturas de Joaquín, de la discrepancia de volumen, de la confirmación del falseamiento de procedencia y del recuerdo de Sara sobre los papeles que Ramiro quería revisar el lunes.
No era una sorpresa colocada al final para explicar de golpe todo lo anterior.
Era otra pieza que encajaba con lo que ya se sabía.
Al llegar a casa encontró una llamada perdida de Sara. Dudó unos segundos antes de devolverla, porque no sabía si la Guardia Civil ya le había comunicado algo sobre el mensaje. Decidió no presuponerlo.
Sara respondió enseguida.
—Hola, Conchi. Perdona, solo quería preguntarte una cosa que no tiene que ver con la investigación.
La frase le produjo un alivio inesperado.
—Mejor.
Sara soltó una risa cansada.
—Necesito saber si conoces a alguien que pueda ayudarme a vaciar unas cajas de papeles personales de mi padre. No son del negocio. Son cosas de casa, revistas, recibos viejos... No quiero tirar nada sin mirar, pero sola se me está haciendo pesado.
Conchi pensó en Pilar y después en sí misma.
—Puedo ir yo un rato mañana, si quieres.
—No quería pedirte eso.
—No me lo has pedido. Me he ofrecido.
Sara guardó silencio antes de agradecerlo.
—Mañana te digo una hora.
No hablaron de documentos comerciales ni del fraude. Cuando colgó, Conchi sintió que aquella conversación había cumplido otra función necesaria: recordar que Sara no era una pieza de la investigación, sino una hija que todavía tenía que enfrentarse a las pertenencias de su padre.
Preparó la comida con la radio encendida y procuró no volver sobre el mensaje de Ramiro hasta después. A esas alturas sabía que pensar demasiado pronto en una pieza nueva solo conseguía que todo pareciera más evidente de lo que realmente era.
Cuando finalmente abrió la libreta, escribió la fecha del diez de abril y, debajo, resumió únicamente lo que Álvaro le había comunicado como verificado: Ramiro había advertido a Eva de que el lunes abordaría el problema con la asociación y que ningún lote externo seguiría presentándose como propio.
No copió ninguna frase literal porque no había visto el mensaje.
Tampoco escribió que Eva había matado a Ramiro.
En su lugar añadió que aquella comunicación demostraba que, antes de la feria, Eva sabía que el fraude estaba a punto de salir del ámbito privado del negocio y que la forma en que gestionaba Mieles Leal podía cambiar de manera inmediata.
Cerró la libreta y se quedó un rato mirando la cubierta.
Hasta ese momento, la feria había parecido el lugar donde todo se había torcido: la discusión con Marcos, la conversación con Sara, la cata, la reacción y el desorden posterior.
Sin embargo, el mensaje del diez de abril obligaba a mirar aquellos dos días de otra manera.
La feria no había creado el conflicto que podía explicar la muerte de Ramiro; simplemente había quedado situada entre una decisión ya tomada y el lunes en que esa decisión iba a empezar a tener consecuencias.
Por primera vez, el tiempo alrededor de la muerte adquiría una forma distinta. Lo importante ya no era solo lo que había ocurrido en la plaza, sino también lo que estaba a punto de ocurrir cuando la feria terminara.