Capítulo 26
Conchi había salido temprano para acompañar a Lili y aprovechó después para entrar en una pequeña tienda de la calle Mayor.
No llevaba ninguna prisa. Desde la conversación con Lucía de la tarde anterior había decidido no buscar una pieza nueva a cada paso, porque el fraude de procedencia ya era suficientemente importante por sí mismo y todavía no demostraba quién había manipulado la cata.
Al salir de la tienda vio a Eva al otro lado de la calle.
Llevaba una carpeta bajo el brazo y caminaba hacia la plaza.
Durante un instante, Conchi sintió la tentación de observarla de otra manera, como si conocer el fraude le permitiera descubrir ahora en sus gestos alguna señal que antes hubiera pasado desapercibida.
Se corrigió casi de inmediato. Eva seguía siendo la misma mujer que había visto durante toda la semana: cansada, ocupada con un negocio desordenado por la muerte de su socio y sometida a preguntas que no podían resultarle cómodas.
Nada en su manera de caminar demostraba un homicidio.
Eva la reconoció antes de llegar a la esquina y levantó la mano.
—Buenos días.
—Buenos días.
Se detuvieron unos momentos junto al escaparate.
—¿Cómo estás? —preguntó Conchi.
Eva soltó un suspiro.
—Empiezo a odiar esa pregunta.
—Entonces retiro la pregunta.
—Te lo agradezco.
Su tono no era hostil. Parecía, más bien, el de alguien que llevaba demasiados días respondiendo a lo mismo.
—Voy otra vez a hablar con la Guardia Civil —añadió—. Parece que cada vez que creen que ya me han preguntado todo aparece una cosa nueva.
Conchi no mostró sorpresa.
—Supongo que tendrán que comprobarlo todo.
—Sí, claro. No digo que no.
Eva se acomodó la carpeta contra el costado.
—Pero una empieza a preguntarse si recuerda bien lo que hizo cada cinco minutos de una mañana de feria.
La frase llamó la atención de Conchi, aunque se obligó a no convertirla en una revelación.
—Han pasado varios días.
—Y aquel domingo fue un caos desde primera hora. Gente entrando y saliendo, bolsas, etiquetas, tarros, cajas... Ahora me preguntan si moví una bandeja antes o después de no sé qué hora, como si yo hubiera estado tomando notas de cada cosa que tocaba.
Conchi sabía que no debía interrogarla y, precisamente por eso, eligió una respuesta que no empujara la conversación en ninguna dirección.
—Es difícil reconstruir una mañana así.
—Eso intento explicarles.
Eva hizo una pausa y miró hacia la plaza.
—Al principio dije que no había tocado la disposición de la cata porque entendí que me preguntaban si había cambiado las muestras o las tarjetas. Eso no lo hice.
La última frase llegó con tanta naturalidad que Conchi sintió el impulso de formular una pregunta, pero se contuvo. Eva continuó por su cuenta.
—Otra cosa es que cogiera bolsas, colocara servilletas, acercara una bandeja o volviera a poner algo en su sitio. Lo hacía todo el mundo. Bueno, todo el mundo no, pero quienes estábamos trabajando allí.
Conchi recordó la advertencia de Lucía: oportunidad no equivalía a culpabilidad. Tener acceso normal al puesto explicaba perfectamente que Eva hubiera tocado material durante aquella mañana.
—Imagino que eso es lo que estarán intentando ordenar.
—Pues llevan horas ordenándolo.
Por primera vez apareció un punto de irritación en la voz de Eva.
—No me molesta colaborar, pero parece que si primero digo que no toqué nada y luego recuerdo que pude mover una caja, de repente estoy cambiando mi versión.
Conchi la miró con calma.
—Técnicamente, sí la estás cambiando.
Eva abrió la boca, sorprendida, y después soltó una risa breve.
—Gracias por tu delicadeza.
—No significa que el cambio sea importante.
—Eso también intento decirles.
Permanecieron unos segundos en silencio. Una mujer salió de la tienda detrás de Conchi y ambas tuvieron que apartarse un poco para dejarla pasar.
—Bueno —dijo Eva—, será mejor que siga. No quiero llegar tarde y darles otra cosa que apuntar.
Se despidieron sin hablar más del asunto. Conchi la vio alejarse hacia la plaza y continuó caminando con Lili.
No tenía la sensación de que Eva acabara de confesar nada.
De hecho, aquella conversación podía tener una explicación completamente inocente.
En una feria era normal que quienes atendían un puesto tocaran objetos, repusieran material o corrigieran pequeños desórdenes sin recordar con precisión cada uno de aquellos movimientos varios días después.
Lo que sí había cambiado era algo mucho más concreto: Eva ya no sostenía una ausencia total de contacto con el montaje.
Hasta entonces, su presencia junto al puesto había sido una posibilidad material; ahora reconocía que había intervenido, al menos de forma rutinaria, en algunos de los objetos que rodeaban la cata.
Conchi seguía sin saber cuándo había ocurrido aquel contacto.
Y eso continuaba siendo esencial.
En lugar de regresar directamente a casa, tomó durante unos minutos el camino del Paseo del Nogal.
Lili avanzaba con la tranquilidad de siempre y la obligaba a detenerse cada pocos metros, algo que en aquella ocasión le vino bien.
Necesitaba separar lo que Eva acababa de decir de aquello que podía sentirse tentada a interpretar.
Había un fraude de procedencia dentro del negocio y Eva controlaba la parte comercial en la que se había producido.
También existía un segundo cambio en la mesa de degustación durante una ventana limitada, y Eva tenía acceso normal al puesto.
A esas dos líneas se añadía ahora una variación en su relato sobre cuánto había tocado realmente el material de la cata.
La combinación resultaba incómoda, pero todavía no demostraba que hubiera aprovechado la ausencia de Noelia para alterar las identificaciones.
Conchi estaba aprendiendo a desconfiar de las combinaciones demasiado satisfactorias.
Regresó a casa todavía temprano. Dejó que Lili saliera al patio y aprovechó para adelantar algunas cosas en la cocina. Había empezado a cortar unas verduras que dejaría preparadas para más tarde cuando sonó el teléfono.
Era Álvaro.
—Buenos días.
—Buenos días, Conchi. ¿Te pillo mal?
—No. Estoy haciendo unas cosas en la cocina.
—Entonces seré breve.
Conchi dejó el cuchillo sobre la tabla y se apoyó en la encimera.
—Dime.
—Sé que te has cruzado con Eva esta mañana.
Conchi sonrió pese a sí misma.
—Este pueblo no tiene secretos.
—No hace falta el pueblo. Ella nos ha dicho que habló contigo antes de venir.
Aquello resultaba bastante menos misterioso.
—Ha sido una conversación de dos minutos.
—¿Te ha comentado algo sobre lo que hizo en el puesto durante la feria?
—Sí. Ha dicho que al principio entendió que le preguntabais si había cambiado las muestras o las tarjetas y que por eso dijo que no había tocado la disposición. Esta mañana ha admitido que pudo mover bolsas, servilletas, alguna bandeja o material del puesto como parte del trabajo normal.
Álvaro guardó silencio un momento.
—Eso coincide con lo que nos ha dicho.
Conchi agradeció saber que no estaba transmitiendo nada que Eva hubiera intentado ocultarles.
—No me ha dicho cuándo ni nada más concreto.
—Mejor.
—¿Mejor?
—Mejor que no hayas empezado a reconstruirle la mañana.
—No lo he hecho.
—Ya.
—Álvaro.
—Te creo.
El tono del sargento cambió ligeramente cuando continuó.
—Podemos confirmarte algo de manera general porque afecta a la interpretación de lo que ya conoces. La primera versión de Eva fue más tajante de lo que ahora puede sostener.
Conchi permaneció callada.
—Inicialmente afirmó que no había intervenido en la disposición de la cata —prosiguió Álvaro—. Al contrastar su declaración con tareas de reposición, con el funcionamiento normal del puesto y con otros detalles de la mañana, ha admitido que sí pudo ordenar y reponer material.
—Pero sigue diciendo que fue algo rutinario.
—Sí.
—¿Y que no cambió las muestras?
—Eso también.
Álvaro dejó pasar unos segundos antes de añadir:
—Una contradicción no es una confesión, Conchi. Y menos en una mañana en la que muchas personas hicieron tareas pequeñas sin recordar la hora exacta.
—Lo sé.
—Pero tampoco podemos tratar de la misma forma una negativa absoluta y una versión posterior en la que ya reconoce contacto con el material.
Ahí estaba la diferencia. Eva no había admitido haber realizado el segundo cambio; lo que se había debilitado era su afirmación inicial de no haber intervenido en la disposición.
—¿Sabéis cuándo hizo esas reposiciones?
—Estamos contrastándolo.
La respuesta cerró la puerta con claridad.
—Entonces todavía no podéis colocar ese contacto dentro de la ventana de Noelia.
—No te he dicho eso.
—Tampoco lo contrario.
Álvaro soltó una pequeña risa.
—Cada día te pareces más a Lucía.
—No sé si tomarlo como un cumplido.
—Ella tampoco.
Conchi dejó que la conversación respirara unos segundos antes de volver a lo importante.
—Entonces lo que puedo saber es que Eva tenía acceso normal, conocía el funcionamiento del puesto y ahora reconoce haber tocado material durante la mañana.
—Eso es correcto.
—Pero no que lo hiciera durante los minutos críticos.
—Exacto.
—Ni que cambiara las identificaciones.
—Exacto otra vez.
Álvaro pareció satisfecho de que no intentara dar el siguiente salto.
—Y hay otra cosa que conviene que mantengas separada —añadió—. Que exista un fraude comercial y que Eva haya cambiado parte de su versión sobre el puesto aumenta el interés de ciertas comprobaciones, pero todavía no convierte una línea en la prueba de la otra.
Conchi recordó la conversación de la tarde anterior con Lucía. La Guardia Civil seguía empeñada en impedir que ambas líneas convergieran antes de que los hechos lo permitieran.
—Lo entiendo.
—Bien.
Antes de despedirse, Álvaro le pidió que, si volvía a coincidir con Eva, no intentara precisar horarios ni recordarle movimientos. Conchi prometió no hacerlo y colgó.
Durante unos minutos permaneció en la cocina sin retomar lo que estaba haciendo.
Desde el principio, Eva había estado cerca del puesto porque esa era precisamente su función: se ocupaba de la presentación, los clientes y buena parte del material comercial.
Que tocara cosas no era extraño; lo que empezaba a resultar significativo era la distancia entre una primera negativa absoluta y la admisión posterior de que sí había intervenido en tareas cotidianas de orden y reposición.
Aquel cambio podía deberse a una memoria imperfecta después de varios días. También podía significar que su primera versión hubiera sido demasiado defensiva.
Conchi no sabía cuál de las dos explicaciones era correcta y, de momento, no necesitaba elegir.
Todavía quedaba bastante mañana por delante, así que se obligó a ocuparse de otras cosas.
Puso una lavadora, llamó a Pilar para avisarle de que al día siguiente pasaría temprano por La Tahona y dedicó un rato a ordenar unos papeles antiguos que llevaba semanas acumulando en un cajón.
La actividad doméstica consiguió apartarla del caso durante unos minutos, aunque la conversación con Eva regresaba cada vez que encontraba un momento de silencio.
Le molestaba una cosa en particular. No que Eva hubiera tocado el material, porque aquello podía ser completamente normal, sino que la frase «yo no toqué la disposición» hubiera tenido que transformarse después en «pude ordenar o reponer cosas».
Era una diferencia pequeña en apariencia, pero el caso entero se había ido construyendo precisamente sobre diferencias pequeñas: una tarjeta situada en un extremo en lugar de otro, una fotografía tomada unos minutos antes, una ausencia de diez minutos y un ajuste realizado antes de lo que inicialmente parecía.
Por eso no podía despreciarla.
Tampoco exagerarla.
Poco después salió de nuevo, esta vez sin Lili, para devolver un libro en el Centro Cultural. Irene estaba detrás del mostrador revisando unas hojas de inscripción y levantó la vista cuando la vio entrar.
—Hoy sí que no tienes excusa para no quedarte un rato.
—Solo venía a devolver esto.
—Todos dicen lo mismo.
Conchi dejó el libro y terminó sentándose cinco minutos.
Irene habló de la actividad de lectura de aquella mañana, de la poca asistencia y de una pareja que había discutido porque uno quería leer poesía y el otro insistía en relatos históricos.
La conversación le pareció un alivio precisamente porque no tenía nada que ver con Ramiro, Eva ni las muestras.
Cuando salió del centro, la plaza seguía en plena mañana.
El puesto de Mieles Leal ya no estaba allí, aunque Conchi podía recordar perfectamente dónde había quedado cada cosa durante la feria.
Eva había formado parte de aquel espacio desde el principio, igual que Ramiro, Noelia y otras personas que colaboraban con la organización.
Hasta entonces, esa presencia había sido neutral porque era esperable.
Lo que empezaba a cambiar no era el acceso.
Era la versión sobre ese acceso.
Conchi regresó a casa antes de que avanzara más la mañana.
Esta vez sí abrió la libreta y anotó, procurando mantener el mismo criterio de los días anteriores, que Eva había reconocido haber ordenado o repuesto material del puesto durante la mañana de la feria, pese a que su primera declaración había sido más tajante al negar intervención en la disposición de la cata.
Añadió también que aquel contacto se presentaba como una tarea rutinaria y que no estaba establecido que hubiera ocurrido durante la ventana crítica ni que implicara el cambio de las identificaciones.
No necesitó escribir más. La importancia no estaba en que Eva hubiera tocado objetos de una mesa que formaba parte de su trabajo.
Estaba en que una presencia que hasta entonces parecía completamente normal empezaba a pesar de otro modo cuando la explicación sobre lo ocurrido durante esa presencia dejaba de ser exactamente la misma.