La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

La tarde del dieciocho de abril comenzó sin nada que hiciera pensar a Conchi que iba a cambiar de nuevo la dirección del caso.

Había comido tarde, había dejado a Lili dormitando en el patio y se había sentado un rato junto a la ventana con la intención poco ambiciosa de leer unas páginas antes de salir a hacer un recado. No llegó muy lejos.

El teléfono sonó poco después de las cinco.

Era Lucía.

—¿Estás en casa?

—Sí.

—Quería hablar contigo un momento. No hace falta que vengas al cuartel; estoy cerca de la plaza y puedo pasar.

Aquello bastó para que Conchi cerrara el libro.

—De acuerdo.

Lucía llegó unos quince minutos después. Entró sin ceremonias, saludó a Lili cuando apareció desde el patio y aceptó un vaso de agua, aunque rechazó el café.

—Si tomo otro, esta noche no duermo.

—Eso será la edad.

—Gracias, Conchi.

Se sentaron en la cocina. Lucía dejó el bolso a un lado y durante unos segundos pareció ordenar mentalmente cuánto podía contarle y de qué manera.

—Las comprobaciones sobre Mieles Leal han avanzado bastante desde esta mañana.

Conchi no respondió enseguida. Había aprendido a esperar.

—Las facturas de Joaquín encajan con los suministros que hizo al negocio. Esa parte sigue estando clara. Lo que hemos podido comprobar después es otra cosa.

Lucía habló despacio, sin buscar dramatismo.

—Parte del volumen que Mieles Leal estaba comercializando como producto local no puede proceder de sus colmenas ni de la producción que consta en sus propios registros.

Conchi sintió que la frase colocaba por fin una palabra donde hasta entonces solo había diferencias y sospechas.

—¿Estáis seguros?

—Lo bastante como para decir que no se trata de una variación normal entre campañas, existencias o ritmos de envasado. Hay entradas de producto externo correctamente documentadas por el proveedor y hay ventas posteriores en las que esa procedencia no aparece reflejada como debería.

Conchi se quedó mirando la mesa.

Hasta ese momento había procurado no llamar fraude a nada. Había compras legales, documentos correctos y una discrepancia que la Guardia Civil estaba analizando. Ahora la situación era distinta.

—Entonces sí se estaba vendiendo miel de fuera como si fuera propia.

Lucía sostuvo su mirada.

—Parte del producto se presentó como producción local de Mieles Leal cuando no lo era.

La confirmación llegó sin adornos, precisamente por eso resultó más contundente.

—¿Desde cuándo?

—No voy a darte todavía un periodo exacto. Estamos cerrando cantidades y fechas, pero no hablamos de un error puntual de etiquetado en una feria.

Conchi recordó a Marcos diciendo que llevaba meses notando que las cifras no encajaban. Su intuición no había sido una ocurrencia nacida de la rivalidad; había percibido una diferencia real sin conocer su origen.

—Marcos tenía razón en lo esencial.

—Había detectado que el volumen no salía solo de la producción propia. Eso sí.

—Y Eva llevaba las ventas y las etiquetas.

Lucía asintió.

—También pedidos, preparación comercial y buena parte de lo relacionado con las ferias. Eso no es una novedad para nosotros, pero ahora importa más porque esas funciones coinciden con el punto en el que el producto externo dejaba de aparecer como tal.

Conchi dejó que la información se asentara antes de seguir.

—¿Ramiro lo sabía?

—Sabemos que había empezado a revisar esas diferencias antes de morir.

La respuesta abrió otra línea.

—¿Por los papeles que quería mirar con Sara?

—Puede estar relacionado, pero no te conviene unirlo todo todavía como si conociéramos ya la secuencia completa.

Conchi aceptó el aviso sin protestar. Aun así, la imagen de Ramiro pidiendo a su hija que le ayudara a revisar documentación el lunes adquiría ahora un significado mucho más concreto.

—Entonces había descubierto algo dentro del negocio.

—Había detectado que la producción, las compras y lo que se estaba presentando al mercado no encajaban de la manera en que deberían.

Lucía apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Quiero ser muy precisa con esto. Sabemos que existió un falseamiento de procedencia. Sabemos que Ramiro estaba revisando esa situación antes de morir. Y sabemos que Eva ocupaba la posición desde la que se gestionaban las compras externas y la presentación comercial.

Conchi levantó la vista.

—Pero eso no prueba que lo matara.

—Exactamente.

La respuesta fue inmediata.

—No confundas motivo posible con autoría. La línea comercial y la manipulación de la cata todavía tienen que converger con hechos, no con intuiciones.

Conchi agradeció que Lucía formulara en voz alta lo que ella misma necesitaba recordarse.

Por primera vez desde la muerte de Ramiro aparecía algo que podía explicar por qué alguien habría querido impedir que siguiera adelante con una revisión del negocio, pero seguía sin ser una prueba sobre quién había cambiado la identificación de las muestras.

—¿Eva ha explicado el fraude?

Lucía tardó un instante en contestar.

—Ha dado explicaciones sobre la actividad comercial. Algunas están siendo contrastadas. No puedo contarte más por ahora.

—¿Ella sabe que Ramiro había empezado a revisar las diferencias?

—No voy a entrar en eso.

Conchi no insistió.

La agente bebió un poco de agua y miró hacia el patio, donde Lili se había tumbado de nuevo al sol.

—Hay algo más que quiero evitar —continuó—. En cuanto se sepa que hubo una presentación falsa de procedencia, el pueblo va a decidir que ya tiene resuelto el homicidio. No lo tiene.

—Porque una cosa explica un conflicto comercial y otra la muerte.

—Sí. Y porque todavía no basta con saber quién tenía una razón para estar preocupada. Necesitamos demostrar qué ocurrió con las muestras y quién intervino en ese segundo cambio.

Conchi pensó en la ventana entre las once y veintisiete y las once y treinta y siete. Eva había estado vinculada al puesto durante aquella franja y tenía acceso normal al material, pero hasta entonces eso no la diferenciaba de otras personas que también podían haber pasado por allí.

Ahora sí había algo más.

No una prueba del homicidio, sino un interés concreto.

—Por primera vez hay un motivo que no depende de que alguien discutiera delante de todo el mundo —dijo.

Lucía la miró con atención.

—Eso es una forma razonable de verlo, siempre que te quedes en «motivo posible».

—Me quedaré.

—Bien.

La conversación terminó poco después. Lucía no quiso esperar más y Conchi la acompañó hasta la puerta.

—¿Vas a hablar con Eva otra vez hoy? —preguntó.

—No te puedo contar nuestros movimientos.

—Era curiosidad.

—Ya lo sé.

Lucía sonrió apenas antes de marcharse.

Conchi cerró la puerta y permaneció un momento en el recibidor. Lo que acababa de saber era más grave que cualquier rumor sobre miel comprada fuera. Comprar producto a un proveedor no tenía nada de extraño; ocultar después su procedencia para presentarlo como producción propia era otra cosa.

Y Ramiro lo había detectado.

La idea la acompañó mientras recogía los vasos y abría la ventana de la cocina.

Durante varios días, la muerte había parecido ligada sobre todo a lo ocurrido en la plaza: un cambio de identificación, una alergia conocida y un margen de minutos.

Ahora empezaba a existir una historia anterior a aquella mañana.

No sabía aún cuánto había descubierto Ramiro ni qué pensaba hacer exactamente con esa información, pero sabía que había comenzado a revisar las diferencias y que había pedido ayuda a Sara para mirar documentación después de la feria.

Eso otorgaba a los papeles un peso nuevo.

No eran ya una posible explicación comercial. Podían formar parte de un conflicto real dentro de Mieles Leal.

A media tarde salió con Lili. No tenía ninguna necesidad urgente de comprar nada, pero prefirió caminar antes que quedarse dando vueltas por casa.

Tomó la calle de las Moreras hacia la plaza y, al llegar a los soportales, encontró a Irene Montalvo hablando con dos personas delante del Centro Cultural.

Irene la vio y levantó la mano.

—Conchi, justo te quería ver.

Ella se acercó.

—¿Ha pasado algo?

—Nada malo. Solo quería preguntarte si vas a venir mañana a la actividad de lectura. Después de esta semana no sabía si seguirías teniendo ganas de Semana Cultural.

Conchi agradeció la pregunta. Durante unos días, todo lo relacionado con aquella programación había quedado contaminado por la muerte de Ramiro, como si la feria hubiera absorbido también las actividades que no tenían nada que ver con el caso.

—Sí, iré.

—Bien. Me alegro.

Irene bajó un poco la voz.

—Y supongo que ya sabes que la gente está diciendo cosas sobre la miel.

Conchi soltó aire con resignación.

—También supongo que no necesito preguntarte dónde lo has oído.

—Aquí mismo. Ya hay quien asegura que Ramiro descubrió un negocio ilegal enorme y que por eso lo mataron.

Aquella frase demostraba exactamente lo que Lucía había temido.

—Pues quien lo diga va varios pasos por delante de lo que se sabe.

Irene la observó.

—¿Entonces no es verdad?

—No voy a contarte detalles de una investigación, pero sí puedo decirte que no conviene mezclar hechos confirmados con una solución que nadie ha demostrado.

—Entendido.

Irene no insistió. Eso era algo que Conchi apreciaba en ella.

—Mañana a las once, entonces.

—Allí estaré.

Siguió caminando con Lili y procuró no dejar que la conversación alterara su propia cautela.

El pueblo ya estaba haciendo lo que mejor sabía hacer: rellenar los huecos.

Había bastado con la noticia de las compras externas para imaginar producto peligroso; ahora, si aparecía el falseamiento de procedencia, no tardarían en construir un motivo, un culpable y una confesión sin esperar a que la Guardia Civil demostrara nada.

Conchi no quería cometer el mismo error con mejores palabras.

Eva tenía una posición clave en la parte comercial del negocio. Eso era un hecho. El fraude se producía precisamente en el tramo de actividad que ella gestionaba. También era un hecho. Ramiro había empezado a revisar las diferencias antes de morir.

Juntas, esas circunstancias podían explicar por qué alguien habría visto amenazada su situación.

Pero seguían sin demostrar quién cambió las muestras.

Esa separación le parecía ahora más importante que nunca.

Cuando regresó a casa, no abrió la libreta inmediatamente.

Se entretuvo dando de comer a Lili, llamó a Fernando para hablar unos minutos y escuchó cómo su hijo le contaba un problema bastante menos dramático relacionado con unos horarios en el instituto.

Agradeció aquella conversación corriente, incluso cuando Fernando terminó quejándose de un compañero incapaz de enviar un documento en el formato adecuado.

—Eso sí que es una tragedia —dijo Conchi.

—Tú te ríes, pero llevo toda la tarde con lo mismo.

—Cuando tengas una feria, una alergia y media docena de rumores, me llamas.

Fernando guardó silencio un segundo.

—Mamá.

Conchi comprendió que había dicho más de lo que pretendía.

—Es una forma de hablar.

—Ya.

No quiso preocuparlo y cambió de tema. Cuando colgó, sonreía todavía, aunque también se sintió ligeramente culpable por haber permitido que el caso entrara en una conversación que no lo necesitaba.

Al caer la tarde se sentó por fin con la libreta.

No escribió cifras, porque no las conocía, ni fechas de facturas que nadie le había enseñado.

Se limitó a fijar aquello que Lucía sí le había comunicado de manera expresa: parte del producto vendido como local no podía proceder de las colmenas ni de la producción propia de Mieles Leal; existía un falseamiento de procedencia; Ramiro había empezado a revisar las diferencias antes de morir; y Eva gestionaba la parte comercial en la que se cruzaban compras, ventas, etiquetas y preparación de ferias.

Después añadió una frase que consideró necesaria para no desordenar lo demás: nada de aquello demostraba todavía quién había manipulado las muestras.

Releyó la página completa y comprendió por qué la información de aquella tarde era distinta a todo lo anterior.

Hasta entonces, los posibles motivos habían sido visibles, ruidosos y fáciles de contar: una rivalidad profesional, una discusión familiar, una mentira por miedo. Todos habían perdido fuerza cuando se examinaban con detalle.

El nuevo motivo era diferente porque nacía de algo que nadie había visto en la plaza. Estaba escondido en el funcionamiento cotidiano de un negocio, en entradas y salidas de producto, en etiquetas y papeles que solo empezaban a tener sentido cuando se comparaban entre sí.

Por primera vez, la muerte de Ramiro podía estar relacionada con algo que había descubierto antes de la feria y no con una discusión ocurrida delante de medio pueblo.