Capítulo 24
A mediodía, cuando Conchi llegó a La Tahona, Pilar estaba despachando a una pareja que llevaba varios minutos discutiendo sobre si comprar una hogaza grande o dos pequeñas.
Desde la puerta, Conchi escuchó los argumentos de uno y de otro con una seriedad que habría resultado más apropiada para repartir una herencia que para elegir pan, y tuvo que disimular una sonrisa mientras esperaba su turno.
—Al final, dos pequeñas —anunció Pilar cuando los clientes salieron con una bolsa cada uno—. Diez minutos de deliberación.
—Hay decisiones que requieren tiempo.
—Tú no te rías, que eres capaz de tardar más escogiendo tomates.
Conchi no encontró una defensa convincente y se sentó junto a la ventana.
Había prometido pasar por allí y, después de la conversación de aquella mañana con Lucía, agradecía un lugar donde las preocupaciones siguieran teniendo un tamaño manejable.
Pilar preparó café sin preguntarle y volvió enseguida al mostrador para atender a una mujer que venía a recoger una empanada.
Mientras esperaba, Conchi miró hacia la calle Mayor.
Los carteles de la Semana Cultural seguían en algunos escaparates, aunque empezaban a perder la presencia que habían tenido antes de la muerte de Ramiro.
Le pareció extraño que hubiera pasado menos de una semana desde la feria.
En su memoria, aquellos días se habían ensanchado a fuerza de horarios, versiones corregidas y detalles que primero parecían menores y después adquirían importancia.
Esa mañana había aparecido uno nuevo: Joaquín Solana.
No lo conocía y, sin embargo, ya sabía lo suficiente para comprender el peligro de reducirlo a una sola palabra.
«Proveedor» podía sonar inocente o sospechoso dependiendo de lo que alguien quisiera contar después.
Por eso intentaba quedarse con los hechos completos: Joaquín comercializaba miel de manera legal, había suministrado varios lotes a Mieles Leal y la procedencia constaba correctamente en sus documentos.
Nada de aquello lo relacionaba con la manipulación de la cata.
La puerta se abrió antes de que Conchi terminara el café. Álvaro Robles saludó a Pilar, pidió uno para llevar y pareció sorprendido al encontrarla allí.
—Te veo más que a algunos compañeros.
—Eso será porque tus compañeros trabajan.
—No todos.
Pilar resopló desde la cafetera.
—Como os pongáis a criticar funcionarios, os cobro el café doble.
Álvaro sonrió y se acercó a la mesa mientras esperaba. No llevaba ninguna carpeta, y Conchi tuvo la impresión de que aquel encuentro era casual de verdad.
—Lucía me ha llamado esta mañana —comentó.
—Me lo ha dicho.
—También me ha dejado claro que no convierta al proveedor en sospechoso.
—Me alegra comprobar que haces caso de vez en cuando.
—No abuses de tu suerte.
Pilar dejó el vaso con tapa sobre el mostrador. Álvaro lo recogió, pero en lugar de marcharse inmediatamente se quedó junto a la mesa.
—Ya que conoces esa línea, hay algo que podemos aclarar un poco más. Hemos revisado la documentación que Joaquín ha aportado.
Conchi apoyó las manos alrededor de la taza.
—¿Está en orden?
—Facturas y albaranes, sí. Fechas, cantidades, procedencia del producto... Lo que correspondería a operaciones comerciales normales.
La respuesta coincidía con lo que Lucía había explicado unas horas antes, aunque ahora había una comprobación más concreta detrás.
—Entonces el problema no está en lo que él vendió.
Álvaro la observó un instante.
—Hasta donde sabemos, no. La miel que suministró no era tóxica, ni adulterada, ni clandestina. Tampoco tenemos ningún indicio de que Joaquín participara en la preparación de la cata o supiera que alguien iba a alterar la identificación de las muestras.
A Conchi le pareció importante escuchar ambas cosas juntas. En el pueblo ya empezaban a mezclarse la compra de miel externa con la muerte de Ramiro, como si una explicara automáticamente la otra.
—Pues cerca de La Parra esta mañana ya daban por hecho que comprar fuera significaba que estaban vendiendo cualquier cosa.
—Eso era previsible.
—Y bastante injusto.
—Por eso estamos separando cada tramo de la actividad comercial. Una cosa es lo que Joaquín entregó y documentó; otra, lo que Mieles Leal hizo después con ese producto.
La frase no era una acusación, pero desplazaba la atención hacia un lugar nuevo.
—¿Estáis comparando sus facturas con las ventas de Mieles Leal?
—Estamos comparando entradas de producto, producción propia, envasado y salidas comerciales. No te voy a dar números ni documentos porque esa parte pertenece a la investigación.
—No te los he pedido.
—Todavía.
Conchi sonrió, aunque el comentario le recordó que debía vigilar su propia curiosidad.
No necesitaba ver una sola factura para entender la lógica del trabajo: si Joaquín podía demostrar qué había vendido, cuándo lo había vendido y cuál era su procedencia, esos datos ofrecían un punto de referencia para comprobar qué recorrido había seguido la miel después.
—Entonces Marcos no se equivocaba al pensar que había más producto del que podían dar las colmenas.
—Detectó una diferencia real, al menos en parte. Otra cuestión es la interpretación que hizo de ella o lo que pudiera imaginar que la explicaba.
—Él mismo admitió que no lo sabía.
—Y eso es importante. La experiencia puede ayudarte a notar que algo no encaja, pero no te da automáticamente la explicación correcta.
Conchi reconoció en aquellas palabras algo que llevaba días aprendiendo a fuerza de errores ajenos y propios.
Noelia había ocultado una acción que no causó la muerte; Sara había ocultado parte de una discusión que tampoco tenía relación con el crimen; Marcos había tenido un conflicto evidente con Ramiro y, aun así, estaba fuera de la oportunidad material.
Ahora Joaquín podía correr el mismo riesgo si el pueblo confundía su presencia en los documentos con una participación que no existía.
—¿Él sabía cómo presentaban después esa miel?
Álvaro dio un sorbo al café antes de responder.
—Lo que puede acreditar es lo que vendió y cómo lo documentó. No tiene por qué controlar cada decisión comercial de un cliente una vez entregado el producto.
—Eso no es un no.
—Ni un sí. Es el límite de lo que sabemos de momento.
Conchi asintió. La diferencia entre una respuesta incompleta y una conclusión prematura empezaba a resultarle demasiado familiar.
—¿Y Eva?
Álvaro no cambió de expresión.
—Eva gestionaba buena parte de las compras, ventas, pedidos y preparación comercial. Eso ya está establecido. También ha dado explicaciones sobre el funcionamiento del negocio y estamos comprobándolas como comprobamos las demás.
—No he dicho que estuviera mintiendo.
—Ni yo que tú lo hayas dicho.
Pilar pasó cerca con una bandeja y los miró de reojo.
—Es fascinante escuchar una conversación en la que nadie dice lo que parece que está diciendo.
—Eso nos ahorra problemas —respondió Álvaro.
—A vosotros. A mí me da dolor de cabeza.
La interrupción alivió la tensión de una conversación que podía haberse vuelto demasiado seria. Álvaro terminó el café antes de volver al asunto.
—Lo importante, Conchi, es que no hay ninguna razón para convertir a Joaquín en una pieza del homicidio. Su documentación, de hecho, sirve para otra cosa.
—Para saber qué entró en Mieles Leal.
—Exacto. Y luego comparar eso con lo que el negocio producía, envasaba y vendía.
Conchi pensó de nuevo en la mesa de degustación.
Allí también habían tenido que separar momentos para entenderlos: el ajuste de Noelia, la posición de la tarjeta que ella vio a las diez y cinco, la fotografía de Irene a las once y veintidós y el cambio posterior.
Ahora la Guardia Civil hacía algo parecido con meses de actividad comercial, solo que en vez de seguir tarjetas seguía producto y documentos.
—Es el mismo método, pero a otra escala —murmuró.
—¿Qué método?
—Separar lo que pasó antes de lo que ocurrió después, en lugar de meterlo todo en una sola historia.
Álvaro sonrió.
—No es una mala forma de decirlo.
Miró la hora y se dispuso a marcharse.
—Tengo que volver. Y no, no necesito que preguntes por facturas, lotes ni proveedores.
—Ni se me había ocurrido.
—Eso sí que no me lo creo.
Antes de salir, saludó a Pilar y levantó el vaso vacío como despedida.
La puerta se cerró y durante unos segundos ninguna de las dos mujeres dijo nada. Pilar terminó de colocar unas bolsas de papel antes de acercarse a la mesa.
—Voy a arriesgarme con una pregunta.
—Solo una.
—¿Ese Joaquín tiene algo que ver con la muerte?
La claridad de la pregunta facilitó la respuesta.
—Por lo que han comprobado, no. Es un proveedor que vendía miel legalmente y con la procedencia documentada. No hay nada que lo relacione con la cata.
Pilar frunció ligeramente el ceño.
—Entonces todo eso que cuentan de miel rara...
—Es exactamente el problema de contar solo media información.
—Esta mañana una mujer me ha preguntado si yo sabía que Ramiro traía miel «de cualquier sitio». Como si fueran bidones encontrados en una cuneta.
Conchi soltó una risa breve.
—Pues no. No estamos hablando de eso.
—¿Y por qué importa entonces que la compraran fuera?
Conchi agradeció que Pilar formulara la pregunta sin intentar responderla por su cuenta.
—Porque explica parte de lo que Marcos llevaba meses observando. El negocio tenía más producto disponible de lo que podía proceder únicamente de sus colmenas. Ahora la Guardia Civil puede comparar esas compras con lo que Mieles Leal producía y vendía.
—Pero comprar fuera sigue sin ser delito.
—Exactamente.
—Entonces el problema estaría en lo que hicieran después.
Conchi levantó un dedo.
—Podría estar. No sabemos todavía que exista un problema.
Pilar sonrió.
—Siempre consigues estropearme las conclusiones.
—Alguien tiene que hacerlo.
—Y además gratis.
Conchi terminó el café y compró una barra de pan antes de salir. En la plaza el sol había ganado fuerza y algunas terrazas empezaban a llenarse con gente que aprovechaba la hora del aperitivo. Caminó despacio, sin ninguna prisa por regresar a casa.
El escenario del caso se había ampliado sin que la muerte de Ramiro estuviera más cerca de explicarse.
La plaza seguía conteniendo la parte material del crimen: las muestras, las tarjetas, el intervalo de tiempo y la oportunidad de manipularlas.
Sin embargo, la posible razón para hacerlo parecía desplazarse hacia otra parte, a una serie de decisiones comerciales que habían comenzado mucho antes de la feria.
No sabía cuáles eran esas decisiones ni si realmente conducirían a un motivo.
Lo único que podía afirmar era que las facturas de Joaquín no escondían el problema. Al contrario, servían para fijar con claridad el punto de partida: determinada miel había entrado en Mieles Leal con una procedencia conocida y correctamente documentada.
A partir de ahí empezaba la parte que todavía faltaba por reconstruir.
Cuando llegó a casa, Lili la recibió con la habitual desproporción entre el tiempo que había estado fuera y la alegría del reencuentro.
Conchi dejó el pan en la cocina, abrió la puerta del patio y esperó mientras la perrita salía a investigar un rincón en el que no parecía haber ocurrido nada digno de tanta atención.
Preparó algo sencillo para comer. Durante esos minutos evitó abrir la libreta, porque sabía que la información recién recibida podía invitarla a escribir más de lo que realmente conocía. Solo después de recoger la cocina se sentó en el salón y repasó mentalmente la conversación con Álvaro.
Las compras externas eran legales. Los documentos de Joaquín recogían fechas, cantidades y procedencia.
La Guardia Civil estaba comparando esos datos con producción, envasado y ventas.
Ninguno de esos hechos demostraba todavía que Mieles Leal hubiera presentado el producto de manera engañosa, y mucho menos que aquello estuviera relacionado con el asesinato.
Cuando finalmente abrió la libreta, resumió la información sin añadir interpretaciones:
«Facturas y albaranes de Joaquín: correctos. Procedencia real documentada. Sin vínculo conocido con la manipulación de la cata.»
Debajo anotó que la Guardia Civil estaba contrastando aquellos suministros con la actividad de Mieles Leal y se detuvo ahí. No escribió el nombre de Eva junto a una sospecha ni intentó adivinar qué esperaba encontrar Ramiro cuando pidió ayuda a Sara para revisar documentación.
Cerró la libreta con la sensación de que, al menos en aquella parte de la investigación, el límite empezaba a verse con bastante claridad. Joaquín podía demostrar qué había vendido y de dónde procedía; nada indicaba que hubiera participado en lo ocurrido en la feria.
Si existía una irregularidad, habría que buscarla más adelante en el recorrido del producto, cuando aquella miel ya había dejado de estar en manos del proveedor y había pasado a formar parte de la actividad de Mieles Leal.