La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

La mañana del dieciocho de abril empezó con una visita inesperada de Pilar, que apareció en la calle de las Moreras poco después de las diez con una bolsa de papel en una mano y esa expresión suya que intentaba parecer despreocupada cuando, en realidad, llevaba alguna curiosidad rondándole por la cabeza.

—Antes de que digas nada, no vengo a cotillear —anunció en cuanto Conchi abrió la puerta.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que viene a cotillear.

Pilar levantó la bolsa como si fuera una credencial.

—He traído tortas de anís.

—Entonces puedes entrar.

Mientras Conchi preparaba café, Pilar dejó la chaqueta en el respaldo de una silla y se sentó junto a la mesa de la cocina.

Lili acudió atraída por el olor dulce de la bolsa, aunque bastó una mirada de su dueña para que entendiera que aquella mañana tampoco iba a participar del desayuno.

Durante un rato hablaron de asuntos que no tenían ninguna relación con Ramiro: una avería en la cafetera de La Tahona, una clienta que había cambiado tres veces el relleno de una tarta y el buen tiempo que parecía haberse instalado después de varios días inestables.

A Conchi le gustó aquella normalidad. Desde hacía casi una semana, cualquier conversación terminaba desviándose hacia la feria, las muestras o alguna persona a la que el pueblo hubiera decidido mirar con más atención de la necesaria, de modo que agradeció poder escuchar durante unos minutos las quejas de Pilar sobre una máquina de café que goteaba.

El teléfono interrumpió la conversación cuando todavía no habían terminado la primera taza.

Conchi reconoció el número de Lucía y se levantó para responder junto a la ventana, más por costumbre que por necesidad de privacidad.

—Buenos días.

—Buenos días, Conchi. ¿Puedes hablar un momento?

—Sí. Estoy en casa.

Lucía hizo una pausa breve antes de entrar en el asunto.

—Quería aclararte una información relacionada con la actividad comercial de Mieles Leal. No necesito que hagas nada con ella, pero es probable que empiecen a circular versiones y prefiero que sepas qué está realmente confirmado.

Conchi miró hacia la mesa. Pilar, que había entendido que la llamada no era trivial, se concentraba con exagerado interés en partir una torta en dos.

—Te escucho.

—La documentación que estamos revisando nos ha llevado a un proveedor llamado Joaquín Solana. Es un mayorista que comercializa miel con distintos negocios y no trabaja solo con Mieles Leal.

El nombre no le decía nada.

—No lo conozco.

—No hace falta. Lo importante es que vende miel legalmente y con la procedencia documentada.

Conchi apoyó una mano en el alféizar.

—¿Y vendió a Ramiro y a Eva?

—A Mieles Leal constan varios suministros.

La frase hizo que algunas piezas adquirieran de pronto una forma distinta.

Marcos llevaba meses insistiendo en que, a su juicio, el volumen comercial del negocio no encajaba con lo que podían producir sus colmenas.

Hasta entonces había sido una intuición profesional difícil de medir desde fuera; ahora aparecía una explicación concreta para, al menos, parte de aquella diferencia.

—Entonces compraban miel de otros productores.

—Sí, y quiero que tengas claro desde el principio que comprarla no es ilegal. Puede hacerse perfectamente siempre que el producto y su procedencia estén documentados de manera correcta.

—¿Y en este caso lo estaban?

—En la documentación de Joaquín, sí.

Conchi agradeció la precisión. Sabía lo deprisa que una frase como «compraban miel de fuera» podía transformarse en otra mucho más grave cuando pasara de una mesa a otra por el pueblo.

—¿La miel tenía algún problema?

—No tenemos nada que indique eso. No estamos hablando de producto tóxico, adulterado ni clandestino. Joaquín vende mercancía legal y aporta documentación sobre su origen.

La respuesta separaba con claridad una línea comercial de otra completamente distinta, y Conchi entendió por qué Lucía había preferido llamarla antes de que los rumores se adelantaran a la investigación.

—¿Y él tiene alguna relación con la cata?

—No hay ningún dato que lo sitúe en la manipulación de las muestras ni que lo relacione con lo ocurrido en la plaza. La investigación llega hasta él por documentos comerciales, no porque aparezca cerca del puesto.

Conchi guardó silencio unos segundos. Aquella aclaración era importante, sobre todo porque la experiencia de los últimos días le había enseñado que una persona podía convertirse en sospechosa simplemente por aparecer en el momento equivocado dentro de una historia incompleta.

—¿Ha colaborado?

—Sí, aunque está incómodo. Le preocupa que su nombre termine asociado a un escándalo que pueda afectar a su negocio, y eso es comprensible. Su miedo a verse señalado no es una prueba de que haya hecho nada ilegal.

Conchi pensó en Noelia, que había ocultado un movimiento por temor a que la culparan de una negligencia, y en Sara, que había tardado en explicar su discusión con Ramiro porque temía que alguien interpretara su deseo de alejarse del negocio como un motivo.

Cada vez veía con más claridad hasta qué punto el miedo a parecer culpable podía complicar una verdad sencilla.

—¿Las compras las gestionaba Eva? —preguntó.

Lucía tardó un instante en responder.

—La documentación encaja con el reparto de funciones que ya conoces. Eva se ocupaba de buena parte de las ventas, los pedidos y determinados suministros comerciales.

El dato no era sorprendente. Conchi ya sabía que Eva llevaba la parte más vinculada a clientes, presentación y funcionamiento comercial, mientras Ramiro estaba más centrado en la producción y las colmenas.

—Entonces esto explica parte de la diferencia que veía Marcos.

—Puede explicarla. No conviertas todavía esa posibilidad en una conclusión sobre lo demás.

—No lo haré.

—Eso espero.

Hubo un breve silencio antes de que Lucía continuara.

—Hay otra cosa que quiero dejarte clara. Que existan compras externas no nos dice por sí solo cómo se presentó después ese producto, y precisamente esa parte sigue bajo comprobación.

Conchi entendió el límite sin necesidad de formular la pregunta que ya se le había ocurrido.

—No voy a preguntarte más.

—Mejor. Tampoco sabemos todavía qué relación puede tener esta línea con la documentación que Ramiro quería revisar con Sara el lunes. Son cosas que estamos cruzando, pero no conviene unirlas antes de tiempo.

—Entendido.

Lucía suavizó el tono antes de despedirse.

—Si empiezas a oír que Mieles Leal vendía producto peligroso, que había miel clandestina o cualquier cosa parecida, no lo des por cierto. Lo que sabemos de Joaquín es mucho más simple.

—Puedo hacer eso.

—Con eso basta.

Cuando terminó la llamada, Conchi permaneció unos instantes junto a la ventana antes de volver a la mesa. Pilar levantó la vista hacia ella, pero no preguntó inmediatamente.

—No voy a pedirte que me cuentes nada que no debas —dijo finalmente.

Conchi se sentó.

—Cada día me sorprendes más.

—Tengo momentos.

Pilar empujó hacia ella el plato de las tortas.

—¿Es algo importante?

—Es algo que puede contarse mal con mucha facilidad.

—Entonces no me lo cuentes.

La respuesta fue tan sencilla que Conchi sonrió. Agradeció no tener que medir cada palabra con su amiga, porque repetir la información en voz alta habría supuesto enfrentarse de nuevo al mismo problema: bastaba con eliminar una parte de la explicación para que el sentido cambiara por completo.

Decir que Mieles Leal compraba miel a un proveedor externo era cierto, pero dejar fuera que aquellas compras eran legales, estaban documentadas y procedían de un mayorista que trabajaba con distintos negocios convertía ese mismo hecho en algo muy diferente.

Pilar terminó el café y se marchó poco después, no sin antes llevarse la promesa de que Conchi pasaría por La Tahona al día siguiente. Cuando la casa volvió a quedarse en silencio, Conchi sacó a Lili y decidió caminar un rato antes de hacer la compra.

La plaza de los Castaños estaba más animada que otras mañanas. Había varias mesas ocupadas en las terrazas y un grupo de personas charlaba cerca de la fuente. Al pasar junto a La Parra, Conchi oyó una frase que le confirmó que Lucía había tenido buen criterio al llamarla.

—...dicen que la miel ni siquiera era de aquí...

No pretendía escuchar, pero las voces le llegaron con claridad.

—Pues entonces a saber qué estaban metiendo en los tarros.

Conchi habría seguido de largo si una de las mujeres no la hubiera reconocido.

—Conchi, tú que siempre te enteras de algo, ¿es verdad que compraban miel de fuera?

La pregunta llevaba ya incorporada una conclusión.

—Yo no soy portavoz de la Guardia Civil —respondió.

—Ya, pero algo sabrás.

—Sé que es mejor no convertir un rumor en una historia completa antes de tener los datos.

La otra mujer se encogió de hombros.

—Solo estamos hablando.

—Precisamente. Una cosa es hablar y otra empezar a decir que había producto peligroso o quién sabe qué, porque eso no está demostrado.

La mujer pareció sorprendida.

—Yo no he dicho peligroso.

—Todavía.

El comentario produjo alguna sonrisa incómoda y Conchi prefirió continuar el paseo antes de que la conversación se alargara.

No estaba enfadada con aquellas personas en particular.

El mecanismo era demasiado conocido: aparecía un dato nuevo, alguien lo simplificaba y, a partir de ahí, cada conversación añadía una interpretación.

Mientras avanzaba hacia el Paseo del Nogal, intentó ordenar la información con la misma disciplina que había utilizado durante los últimos días.

Joaquín Solana era un proveedor que vendía miel legalmente a distintos negocios y había suministrado varios lotes a Mieles Leal; la documentación del propio proveedor recogía correctamente la procedencia del producto.

Esa línea permitía entender por qué el volumen comercial podía superar lo que salía directamente de las colmenas de Ramiro, pero no decía nada todavía sobre la forma en que Mieles Leal presentaba después aquella miel ni sobre si existía alguna relación con la muerte.

Era tentador dar el siguiente paso y precisamente por eso debía evitarlo.

Lili se entretuvo junto a unos árboles y Conchi aprovechó la pausa para mirar los huertos.

Pensó en Marcos y en lo fácil que habría sido considerarlo equivocado solo porque ya estuviera fuera de la oportunidad material para manipular las muestras.

Su observación comercial había resultado tener, al menos, una base real: el negocio disponía de producto externo que él no conocía.

Sin embargo, aquello no convertía a Marcos en alguien que hubiera descubierto un fraude ni transformaba las compras en algo ilícito; únicamente ofrecía una explicación posible para parte del volumen que le había llamado la atención.

Cuando regresó hacia casa encontró un mensaje de Sara preguntándole si podía llamarla más tarde.

Conchi respondió que sí, pero no mencionó lo que acababa de conocer.

Si la Guardia Civil consideraba que aquella información debía compartirse con la hija de Ramiro, lo haría por sus propios cauces y con todos los matices necesarios.

Todavía no era mediodía cuando volvió a la calle de las Moreras. Dejó la compra en la cocina, llenó el cuenco de agua de Lili y se entretuvo unos minutos guardando las cosas mientras seguía pensando en la diferencia entre comprar un producto y la forma de presentarlo después.

Una empresa podía adquirir miel de otra procedencia sin que hubiera nada irregular en ello.

Lo que importaba era cómo se documentaba y cómo se ofrecía después al comprador, pero de esa segunda parte Conchi no sabía absolutamente nada.

Reconocer ese límite resultaba especialmente importante ahora que empezaban a aparecer conexiones que podían parecer más reveladoras de lo que realmente eran.

Antes de salir de nuevo para cumplir un pequeño recado, abrió la libreta.

Releyó las anotaciones de los días anteriores: el cambio de las tarjetas, la fotografía de Irene, la ventana crítica, la exclusión de Marcos como autor material de aquella manipulación, la documentación que Ramiro pretendía revisar y la discrepancia entre producción y volumen comercial.

Después escribió con cuidado:

«La Guardia Civil confirma compras de miel externa a Joaquín Solana, proveedor mayorista. Las compras son legales y la procedencia consta correctamente en su documentación.»

Dejó un pequeño espacio y añadió:

«No está establecido cómo se presentó después ese producto dentro de Mieles Leal ni qué relación puede tener con la muerte.»

Le bastó con esas dos líneas. No necesitaba una tercera que anticipara una respuesta.

Al cerrar la libreta comprendió que Joaquín podía convertirse con enorme facilidad en otro de esos atajos que tanto daño habían hecho durante los primeros días.

Bastaría con presentar la situación de una forma incompleta —hablar de un proveedor externo, de miel procedente de otros lugares y de una muerte todavía sin explicar— para que pareciera existir una conexión evidente, aunque en realidad no hubiera ninguna prueba que uniera aquellas cosas.

La documentación decía algo mucho más sencillo: Joaquín había vendido un producto legal y correctamente identificado, y hasta ese momento no había nada que lo relacionara con lo ocurrido en la cata.

El problema, si existía alguno, no estaba demostrado en lo que él había entregado. La cuestión seguía abierta en el recorrido posterior de aquella miel una vez que había entrado en Mieles Leal.