Capítulo 22
Al caer la tarde del jueves, el cielo seguía claro y la temperatura era suave, así que Conchi salió con Lili algo antes de lo habitual.
Había pasado varios días demasiado pendiente de llamadas, horarios y conversaciones incompletas, así que decidió alargar el paseo de Lili hasta el Paseo del Nogal y regresar después por la plaza, sin más propósito que despejarse antes de que anocheciera.
La perrita avanzaba a su ritmo, deteniéndose donde le parecía necesario y obligando a Conchi a aceptar que, al menos durante aquellos minutos, no podía organizar nada.
Le vino bien. Desde la conversación con Marcos de unas horas antes había una pregunta que volvía una y otra vez: si su sospecha sobre las cifras de Mieles Leal no había sido una simple consecuencia de la rivalidad, ¿qué había visto él para mantenerla durante meses?
No tenía forma de saberlo. Tampoco debía intentar averiguarlo revisando números que ni conocía ni le correspondían.
La producción de una explotación apícola, las existencias, los pedidos y las ventas podían depender de demasiadas cosas como para sacar conclusiones desde fuera. Marcos mismo lo había reconocido.
Cuando regresaba hacia la plaza vio a Lucía salir del Ayuntamiento con una carpeta bajo el brazo. La agente la reconoció, se detuvo junto a la fuente y esperó a que llegara.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes. ¿Todavía trabajando?
—Si, ya llevo un buen rato.
Conchi miró la carpeta.
—No voy a preguntar.
—Eso sí que es progreso.
—No abuses.
Lucía sonrió y echó a andar hacia los soportales. Conchi la acompañó unos metros, con Lili entre ambas, hasta que la agente habló de nuevo.
—Ayer estuvimos otra vez con Marcos.
—Me lo contó.
—Ya imaginaba que os cruzaríais tarde o temprano.
—También me dijo que habéis comprobado dónde estaba durante el intervalo de la mesa.
—Eso ya está cerrado. No pudo hacer ese segundo cambio.
Aunque conocía la información desde hacía unas horas, escucharla de Lucía terminó de darle un carácter distinto. Ya no era algo que Marcos había entendido de una conversación con la Guardia Civil, sino un dato confirmado.
—Entonces su discusión con Ramiro deja de importar para la oportunidad.
—Para esa oportunidad concreta, sí. Otra cosa es que algunas de las cosas que dijo puedan tener interés por otros motivos.
Conchi no necesitó preguntar a qué se refería.
—Las ventas.
Lucía la miró de lado.
—Las cifras en general.
Se detuvo cerca de uno de los bancos, sin sentarse.
—Estamos revisando actividad de Mieles Leal: producción, envasado, pedidos, suministros. Lo normal cuando quieres entender cómo funcionaba un negocio y por qué uno de sus propietarios pretendía revisar documentación justo después de la feria.
—¿Y Marcos tenía razón?
—No he dicho eso.
—Ya.
—Lo que puedo decirte es que hay datos que merecen comprobarse. Nada más.
Conchi aceptó el límite, aunque la frase bastaba para modificar el peso de la observación de Marcos.
—¿Cuando dices que hay datos que comprobar quieres decir que no cuadran las cuentas?
—Quiero decir exactamente lo que he dicho. Hay una diferencia que tenemos que entender entre producción y volumen comercial. Eso puede tener explicaciones distintas y no pienso convertir una comprobación en una acusación antes de tiempo.
La advertencia le resultó familiar.
—Me lo merezco un poco.
—No iba por ti.
—Peor me lo pones.
Lucía soltó una risa breve y continuó andando.
Conchi procuró quedarse con las palabras exactas: diferencia entre producción y volumen comercial. No fraude, no engaño, no procedencia falsa. Solo una discrepancia que la Guardia Civil consideraba lo bastante importante para examinarla.
—¿Quién llevaba esa parte? —preguntó.
—Ramiro estaba más centrado en la producción y las colmenas. Eva gestionaba buena parte de las ventas, los pedidos y también ciertos suministros relacionados con la actividad comercial y el envasado. Eso ya lo sabíamos y ella misma lo ha explicado desde el principio.
Conchi recordó a Eva el día de la feria, ocupándose de etiquetas, bolsas y presentación mientras Ramiro hablaba de producto y de la cata. No era una información nueva tanto como una delimitación más precisa de funciones.
—Entonces habéis tenido que preguntarle por las cifras.
—A ella y a otras personas.
—¿Y qué dice?
Lucía tardó un instante en contestar, quizá valorando hasta dónde podía llegar.
—Que las variaciones tienen explicaciones comerciales normales: producto de distintas campañas, existencias que se conservan, pedidos que se concentran en determinados momentos, decisiones sobre envasado y movimientos de material. Todo eso se está comprobando.
Conchi asintió.
No había nada extraño en aquella explicación.
Un negocio pequeño no funcionaba como una estantería que se vaciaba y se llenaba de manera uniforme.
Podía haber existencias de meses anteriores, encargos irregulares, producto reservado para ferias o cambios en la forma de vender.
La experiencia de Marcos podía haber detectado una anomalía real o simplemente una actividad que él conocía solo desde fuera.
—Así contado, podría tener sentido.
—Claro que podría. Por eso se comprueba.
Lucía consultó la hora.
—Tengo que seguir.
—No te entretengo.
Antes de alejarse, la agente se volvió.
—Y una cosa más: si te encuentras con Eva, no le preguntes por números, pedidos ni proveedores. Está colaborando y no necesitamos que empiecen a circular versiones distintas de lo que hemos solicitado.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Conchi siguió andando con Lili y durante un rato intentó dejar la conversación donde debía estar.
La Guardia Civil estaba haciendo su trabajo.
Ella sabía únicamente que existía una diferencia entre lo que Mieles Leal producía y lo que parecía mover comercialmente, y que esa diferencia podía tener una explicación completamente normal.
No necesitaba más.
Aun así, la idea acompañó sus pasos hasta casa.
La mesa de cata había sido un espacio pequeño. Dos muestras, unas tarjetas, una fotografía, unos minutos. Durante casi una semana el caso se había ido cerrando alrededor de esa superficie hasta que Conchi podía reconstruir con bastante claridad qué se sabía y qué seguía faltando.
El negocio era distinto. Allí no había una mesa que pudiera mirarse de un extremo a otro. Había campañas, existencias, pedidos, tarros, etiquetas, suministros y ventas distribuidas durante meses. Un mapa mucho menos visible.
Al poco rato salió de nuevo para hacer un recado en la calle Mayor. No había recorrido ni cien metros cuando vio a Eva acercarse en dirección contraria.
Hasta entonces sus encuentros habían sido casi siempre alrededor del caso o de la feria.
Aquella vez Eva llevaba una bolsa de tela y una carpeta estrecha bajo el brazo.
Parecía cansada, pero no más de lo razonable después de una semana en la que había perdido a su primo y socio y, además, había tenido que responder a preguntas sobre el negocio que compartían.
—Hola, Conchi.
—Hola. ¿Cómo estás?
Eva hizo un gesto difícil de interpretar entre resignación y cansancio.
—Hoy no sé qué contestar a eso.
—Pues no contestes.
La respuesta consiguió arrancarle una sonrisa.
—Gracias.
Se quedaron un momento junto a una fachada, apartadas del paso. Conchi no tenía intención de preguntarle nada sobre Mieles Leal y, precisamente por eso, la sorprendió que fuera Eva quien sacara el tema.
—Supongo que ya sabrás que están revisándolo todo.
Conchi midió la respuesta.
—Sé que la Guardia Civil está comprobando cosas del negocio.
—Cosas es una forma bastante amable de decirlo.
No había hostilidad hacia los agentes, más bien agotamiento.
—Ventas de meses, pedidos, material de envasado, existencias... A este paso van a saber cuántas tapas compramos el año pasado.
—Es su trabajo.
—Ya lo sé. Y les estoy dando todo lo que me piden.
Eva ajustó la carpeta contra el cuerpo.
—Pero desde fuera parece muy fácil decir que una cifra no coincide con otra. Un negocio no funciona así.
Conchi recordó casi palabra por palabra la advertencia de Lucía y decidió no convertir aquello en una entrevista.
—No sabría decirte. Nunca he llevado un negocio de miel.
—Ni falta que te hace.
Eva pareció relajarse un poco.
—Hay años en los que guardas más producto, otros en los que vendes antes; preparas stock para una feria y luego te sobra, o de repente te entra un pedido grande y tienes que reorganizarlo todo. Y una cosa es la miel que entra en un circuito y otra cuándo se envasa o cuándo sale vendida.
Conchi escuchó sin interrumpir. Aquello coincidía con la explicación general que Lucía le había mencionado poco antes, aunque ahora la oía en boca de la persona que llevaba buena parte de esa gestión.
—¿Eso lo llevabas tú? —preguntó, procurando que la pregunta no fuera más allá de lo que ya sabía.
—La parte comercial, sobre todo. Pedidos, clientes, presentación, material de envasado, proveedores de cosas que necesitábamos para trabajar... Ramiro prefería ocuparse de las colmenas y de la producción. No es que cada uno viviera en un mundo distinto, claro, pero nos repartíamos bastante.
No había nada sombrío en su forma de explicarlo. Sonaba a una distribución práctica entre dos socios que habían trabajado juntos durante años.
—Tiene sentido.
—Pues intenta explicárselo a quien cree que dos columnas de números tienen que coincidir siempre.
Eva dijo la frase con un punto de irritación y enseguida pareció arrepentirse.
—Perdona. No debería hablar de esto contigo.
—Entonces no lo hagamos.
—Mejor.
Conchi cambió de tema preguntándole si la familia estaba pudiendo organizar las cosas de Ramiro.
Eva respondió que Sara estaba encargándose de lo personal y que ella trataba de mantener en orden lo relacionado con el negocio hasta saber qué ocurriría después.
La conversación se hizo más humana y menos peligrosa: papeles pendientes, llamadas que nadie quería atender y el desconcierto de tener que seguir tomando decisiones cuando todavía parecía demasiado pronto para hacerlo.
Antes de despedirse, Eva suspiró.
—Lo peor es que ahora todo parece sospechoso. Si Ramiro y yo habíamos discutido por una entrega, sospechoso. Si una cifra cambia, sospechoso. Si yo pedí más cajas un mes, también.
Conchi pensó en Noelia, en Sara y en Marcos. Cada uno había pasado por una versión parecida de aquello.
—Que algo necesite explicación no significa que la explicación sea mala.
Eva la miró unos segundos.
—Ojalá todo el mundo pensara así.
Se despidieron poco después.
Conchi continuó hacia la plaza con una sensación más incómoda que reveladora.
Eva no había dicho nada que contradijera lo que sabía.
Al contrario, había dado una explicación razonable a las variaciones comerciales: existencias de diferentes momentos, ritmos de envasado, pedidos que se concentraban y material que se compraba según las necesidades.
Podía ser verdad.
También era cierto que la Guardia Civil consideraba que la diferencia entre producción y volumen comercial merecía una revisión.
Las dos cosas podían convivir mientras no hubiera más datos.
Después de aquel encuentro no fue a La Tahona.
Prefirió regresar a casa, preparar algo sencillo para la cena y dejar que la información se asentara sin pasar por otra conversación.
Lili aprovechó el buen tiempo para permanecer en el patio hasta que empezó a refrescar, y Conchi se dedicó durante un rato a ordenar un armario que llevaba semanas posponiendo.
Fue una tarea aburrida, exactamente lo que necesitaba.
Más tarde, ya en el salón, abrió la libreta. Durante unos segundos contempló las anotaciones anteriores y se resistió a convertir la página en una contabilidad que no le correspondía.
Escribió solo:
«La Guardia Civil comprueba producción, ventas, envasado y suministros de Mieles Leal.»
Después añadió:
«Hay una diferencia entre producción local y volumen comercial que necesita explicación.»
Dejó espacio antes de continuar.
«Eva gestionaba ventas, pedidos y parte de los suministros. Explica las variaciones como funcionamiento normal del negocio.»
Leyó las tres líneas y cerró la libreta.
No sabía si Marcos había acertado del todo, ni qué esperaba revisar Ramiro el lunes, ni si las explicaciones de Eva bastarían cuando la Guardia Civil terminara de comprobar los datos. Tampoco sabía si aquella discrepancia tenía alguna relación con la muerte.
Lo único que había cambiado era el tamaño del escenario.
Durante días, el caso había cabido en una mesa de la plaza y en diez minutos difíciles de reconstruir. Ahora empezaba a dibujarse otro espacio mucho más amplio, formado por lo que Mieles Leal producía, lo que envasaba, lo que compraba y lo que vendía.
La plaza seguía importando.
Pero ya no era el único mapa.