Capítulo 21 #2
—Para el café, sí.
Pilar puso una taza bajo la máquina sin esperar confirmación. Conchi se sentó junto a la ventana y observó cómo su amiga terminaba de ordenar el mostrador antes de acercarse.
—He hablado con Marcos.
Pilar dejó el café delante de ella.
—Eso explica la cara.
—¿Qué cara?
—La de estar ordenando cosas.
Conchi removió el café y esperó a que Pilar se sentara.
—La Guardia Civil ya ha terminado de comprobar dónde estaba durante el rato en que pudo cambiarse la identificación. Estaba atendiendo su puesto, con ventas y varios testigos.
Pilar abrió un poco los ojos.
—Entonces queda fuera.
—De la oportunidad material, sí.
—Pues en La Parra van a necesitar tema nuevo.
—Precisamente eso es lo que me preocupa.
Pilar esperó a que continuara.
—Durante varios días pensé demasiado en la discusión porque era lo más fácil de ver. Marcos estaba enfadado, había cuestionado públicamente a Ramiro y después Ramiro murió. Si colocabas esas tres cosas juntas, parecía que ya había una historia.
—Pero faltaba lo principal.
—Faltaban casi todos los hechos.
Conchi no habló con dramatismo. La rectificación no le producía vergüenza, aunque sí una incomodidad útil. Había cometido un error bastante corriente: quedarse demasiado tiempo mirando una explicación solo porque estaba bien iluminada.
—Ahora sabes que Marcos no pudo hacerlo —dijo Pilar.
—Sé que no pudo aprovechar esos minutos para cambiar las muestras. Lo demás sigue siendo otra cuestión.
—¿Te refieres a lo que decía de las ventas?
Conchi asintió.
—Sí. Y ahí está lo que cambia. Mientras lo consideraba un posible sospechoso, su comentario sobre las cifras parecía una parte más de la pelea. Ahora que esa posibilidad pierde fuerza, me pregunto si no debería haber separado las dos cosas desde el principio.
Pilar jugueteó con una servilleta.
—¿Y qué decía exactamente?
—Que Mieles Leal movía más producto del que él creía lógico para las colmenas que tenían. No sabe demostrarlo ni sabe explicar de dónde salía esa diferencia. Solo dice que, por experiencia, llevaba tiempo viendo algo que no le cuadraba.
Pilar frunció el ceño.
—¿Y podría estar equivocado?
—Perfectamente. Eso es lo que no hay que olvidar.
—Pero también podría tener razón.
—Sí.
Durante unos segundos permanecieron calladas. Desde la calle entraba el ruido de una furgoneta que acababa de aparcar y, detrás del mostrador, la cafetera soltó un pequeño chasquido al enfriarse.
—Llevas desde esta mañana con cara de estar pensando en algo —dijo Pilar.
Conchi dudó antes de hablar. No quería compartir detalles que la Guardia Civil estaba tratando, pero podía pensar en voz alta sin convertir la conversación en una filtración.
—Solo hay cosas del negocio que todavía no se entienden —dijo—. Nada más.
Pilar la observó, consciente del límite.
—Entonces déjalas a quienes tienen los papeles.
—Eso intento.
—Y tú quédate con lo que sí sabes.
Conchi tomó un sorbo de café.
—Lo que sé es que me equivoqué al mirar primero el enfado de Marcos y solo después preguntarme si tenía alguna razón para desconfiar.
Pilar sonrió.
—Eso suena muy a maestra corrigiéndose un examen.
—No necesito castigarme por ello.
—Ni yo he dicho que lo hagas.
—Pero sí necesito acordarme.
Aquella diferencia era importante. Conchi no sentía culpa por haber sospechado; con la información de los primeros días, Marcos era una posibilidad razonable.
El error había sido más sutil: permitir que la claridad de un enfrentamiento visible ocupara demasiado espacio frente a hechos que todavía estaban incompletos.
Terminó el café y se quedó un momento más antes de regresar a casa. Cuando salió de La Tahona, el cielo se había cubierto ligeramente, aunque seguía haciendo una temperatura agradable. En vez de volver directamente por la calle Mayor, rodeó la plaza y tomó durante un tramo el Paseo del Nogal.
Mientras caminaba, intentó pensar en Marcos sin la discusión del domingo delante.
Lo conocía como apicultor desde hacía años.
No eran amigos, pero tampoco era un desconocido.
Su manera de hablar podía resultar brusca y tenía cierta tendencia a convertir cualquier desacuerdo profesional en una cuestión personal, aunque eso no lo hacía menos capaz de reconocer cosas relacionadas con su oficio.
Si llevaba meses observando una diferencia entre lo que Mieles Leal producía y lo que parecía vender, aquella observación merecía ser comprobada aunque él mismo no supiera explicarla.
El problema era no adelantarse.
Conchi no tenía acceso a las cuentas del negocio, no conocía el número exacto de colmenas ni sabía qué cantidad de miel había producido Ramiro durante la última temporada.
Tampoco podía unir, solo porque resultara tentador, las sospechas de Marcos con la documentación que Ramiro pretendía revisar el lunes.
Podían formar parte del mismo problema.
También podían no tener ninguna relación.
Al llegar a casa, Lili la recibió con el entusiasmo exagerado reservado para las ausencias de más de veinte minutos.
Conchi dejó que saliera un rato al patio mientras preparaba agua fresca en su cuenco y recogía unas hojas que el viento había empujado hasta la puerta.
Aquellas tareas pequeñas le vinieron bien para dejar reposar la conversación.
Solo después fue al salón y abrió la libreta.
En las últimas páginas había anotado el orden de las tarjetas, la fotografía de las once y veintidós, la salida y regreso de Noelia, la confirmación de la almendra y la revisión pendiente de documentación que Sara había recordado.
Durante varios días había utilizado aquellas líneas precisamente para no permitir que una idea creciera más de lo que los hechos soportaban.
Escribió:
«Marcos: comprobado fuera de la oportunidad material durante la ventana crítica.»
A continuación, en el mismo párrafo, añadió que su duda sobre el volumen comercial de Mieles Leal seguía sin explicación. No necesitaba desarrollar más ni convertir aquella observación en una teoría. Bastaba con conservarla separada de la sospecha que ya había quedado debilitada.
Al cerrar la libreta comprendió por fin qué había cambiado.
Durante casi una semana había preguntado por qué Marcos estaba tan enfadado con Ramiro, como si en la intensidad de aquella pelea pudiera encontrarse una respuesta. Ahora sabía que esa pregunta había perdido buena parte de su importancia.
La que seguía abierta era otra.
Por qué un hombre que conocía bien el oficio llevaba meses mirando las cifras de Mieles Leal y pensando que algo no encajaba.