La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

A primera hora de la tarde, Conchi vio a Marcos al otro lado de la plaza de los Castaños, descargando varias cajas del maletero de su coche.

La escena tenía tan poco que ver con la del domingo que durante unos segundos le costó unirlas: ya no había puestos alineados, ni visitantes cruzándose entre las mesas, ni voces de vendedores llamando la atención sobre sus productos.

Solo quedaban algunos carteles de la Semana Cultural pegados en las farolas y, junto a La Parra, un hombre que llevaba dos cajas de tarros como habría hecho cualquier otro día.

Cuatro días antes, Conchi se habría fijado en Marcos de otra manera.

La discusión con Ramiro estaba todavía demasiado presente, igual que las palabras que él mismo había pronunciado sobre el volumen de ventas de Mieles Leal.

Durante las primeras horas, cuando nadie sabía todavía si la posición de unas tarjetas podía tener importancia, aquella rivalidad había ofrecido algo parecido a una explicación: dos productores que llevaban años midiéndose, una discusión pública, un hombre enfadado y, poco después, una muerte.

Ahora sabía hasta qué punto una explicación podía parecer convincente solo porque llegaba antes que los hechos.

Marcos terminó de dejar una de las cajas junto a la puerta del bar y levantó la cabeza. La reconoció enseguida, saludó con la mano y se acercó después de decirle algo a Nuria, que esperaba dentro.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes. ¿Te pillo trabajando?

—Siempre me pilláis trabajando cuando queréis hablar conmigo —respondió él, sin demasiado reproche—. Pero tengo un minuto.

Conchi sonrió. Lo notó distinto a la última vez que habían conversado, menos a la defensiva, aunque seguía conservando esa forma seca de hablar que a veces podía confundirse con enfado incluso cuando no lo estaba.

—No venía a buscarte.

—Mejor todavía.

Marcos se apoyó ligeramente en el coche y miró hacia las cajas que aún quedaban dentro.

—Ayer me volvieron a llamar de la Guardia Civil. Parece que por fin han terminado de comprobar dónde estaba yo cuando pasó lo de las muestras.

Conchi sintió que las horas acudían solas a su memoria: la fotografía de las once y veintidós, la salida de Noelia alrededor de las once y veintisiete y su regreso diez minutos después. Sin embargo, no pronunció ninguna de ellas.

—¿Y qué te han dicho?

—Que durante el intervalo que les interesa estaba atendiendo mi puesto. Había ventas registradas, clientes que compraron en esos minutos y varias personas que hablaron conmigo. Entre unas cosas y otras, parece que no puedo estar en dos sitios a la vez.

La ironía no ocultaba el alivio.

Conchi asintió despacio. Durante varios días había procurado no convertir la falta de un horario completo en una prueba contra Marcos; ahora debía mostrar la misma cautela en sentido contrario y quedarse exactamente con lo que se había comprobado.

—Entonces estabas fuera de la oportunidad para tocar las muestras.

—Eso me dijeron. Por lo menos, ya no tendré que escuchar que me escapé del puesto para hacerle algo a Ramiro.

No había amargura exagerada en su voz, pero sí cansancio. Conchi recordó los rumores de La Parra, las versiones sobre una supuesta amenaza que nadie había oído y la rapidez con la que una discusión de feria había terminado convirtiéndose en algo mucho más grave.

—Me alegro de que se haya aclarado.

Marcos la miró con atención durante unos segundos.

—¿Te sorprende?

La pregunta era incómoda, aunque no injusta. Conchi habría podido defenderse recordándole que nunca lo había acusado de nada, pero sabía que eso no respondía a lo que él quería saber.

—Al principio di demasiado peso a vuestra discusión —admitió—. No porque tuviera ninguna prueba contra ti, sino porque estaba delante de todos, era fácil de entender y parecía encajar con lo demás.

—Era lo más visible.

—Sí. Y confundí durante un tiempo lo visible con lo importante.

Marcos no hizo ningún gesto de satisfacción por escucharla reconocerlo. Se limitó a asentir, como si aquella explicación le bastara.

—No fuiste la única. En el pueblo ya había gente que me había condenado el mismo domingo por la tarde.

—Eso tampoco significa que yo tuviera que hacer lo mismo.

—Pero no lo hiciste.

Conchi pensó en ello.

—No del todo. Pero te miré desde esa posibilidad más de lo que debía.

Marcos bajó la vista hacia el suelo y, cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono algo más tranquilo.

—Yo estaba enfadado con Ramiro. Eso no era mentira.

Llevábamos años chocando por precios, ferias y por cómo hacía algunas cosas.

El domingo discutimos y, si hubiera sabido que iba a ser la última vez que hablábamos, habría preferido terminar de otra manera.

Pero de ahí a querer que le pasara algo hay un mundo.

Conchi no necesitó buscar una respuesta complicada.

—Lo entiendo.

—Ahora sí, supongo.

La frase podría haber sido una acusación, pero él la acompañó con una media sonrisa que le quitó dureza.

—Ahora tengo más hechos —respondió ella.

—Eso siempre ayuda.

Desde la puerta de La Parra, Nuria llamó a Marcos para preguntarle dónde quería dejar la segunda caja. Él señaló el interior y levantó un dedo para indicar que iba enseguida.

—Tengo que acabar esto.

Conchi estaba a punto de despedirse cuando Marcos añadió:

—Lo que me fastidia es que ahora algunos van a hacer exactamente lo contrario.

—¿A qué te refieres?

—A pensar que, como yo no pude tocar la mesa, todo lo que dije sobre Mieles Leal era una rabieta de competidor.

Aquella observación hizo que Conchi se detuviera.

—Una cosa no borra la otra.

—Eso digo yo.

Marcos se cruzó de brazos, ya sin mirar las cajas.

—Yo no necesitaba que Ramiro muriera para pensar que sus números no cuadraban. Llevaba meses diciéndolo.

Conchi recordó la primera conversación que habían mantenido después de la muerte.

Marcos había hablado entonces de una producción que, a su juicio, no correspondía con la cantidad de miel que Mieles Leal parecía sacar al mercado.

En aquel momento, ese comentario había quedado mezclado con la rivalidad, como si formara parte del mismo enfrentamiento.

Ahora podía escucharlo de otra manera.

—¿Qué era exactamente lo que no te encajaba?

Marcos tomó aire antes de responder, y el tono cambió ligeramente. Ya no hablaba como el hombre que se defendía de una sospecha, sino como alguien explicando un asunto de su oficio.

—No puedes calcular la producción de unas colmenas como si fueran una fábrica.

Un año viene mejor, otro peor; influye la floración, el tiempo, las bajas, la fuerza de las colmenas...

Pero hay unos márgenes. Cuando llevas muchos años trabajando en esto, sabes aproximadamente qué puede sacar una explotación como la de Ramiro.

—Y él vendía más.

—A mí me parecía que sí. No hablo de una feria concreta ni de que un fin de semana vendiera veinte tarros más que yo. Hablo de mantener producto, de ciertos pedidos y de la facilidad con la que parecía disponer siempre de existencias suficientes.

Conchi escuchó sin intentar traducir aquello a cifras que no conocía. La tentación de convertir a Marcos en una especie de experto que podía resolver el misterio era otra forma de exagerar su papel, y no quería repetir el mismo error desde el lado contrario.

—¿Podías estar equivocado?

—Claro. Por eso nunca dije que supiera lo que hacían.

—Pero se lo comentabas a Ramiro.

—Más de una vez.

Marcos sonrió sin humor.

—Él me decía que me ocupara de mis colmenas y yo le decía que, si bajaba precios y movía producto como si le saliera la miel de debajo de las piedras, también me afectaba a mí. Después discutíamos y cada uno volvía a su casa pensando que el otro era un cabezota.

—¿Te dio alguna explicación?

—Ninguna que me convenciera. A veces hablaba de años buenos, de existencias o de que estaban moviendo mejor las ventas. Eva se encargaba mucho de esa parte, así que yo tampoco sabía hasta dónde llegaba Ramiro en los detalles comerciales.

El nombre de Eva apareció con naturalidad, vinculado a una función que Conchi ya conocía. No había nada acusador en la manera en que Marcos la mencionó y ella se cuidó de no encontrar allí una intención que él no había puesto.

—¿La Guardia Civil sabe todo esto?

—Lo sabe desde hace días. Les he repetido lo mismo tantas veces que ya deben de conocer mis colmenas mejor que yo.

Conchi sonrió.

—Si siguen comprobándolo será porque quieren separar lo que sabes de lo que supones.

—Eso espero.

Nuria volvió a llamarlo desde La Parra y Marcos se incorporó.

—Ahora sí tengo que irme.

—Claro.

Él abrió el maletero para sacar otra caja, pero antes de levantarla volvió la cabeza.

—Conchi, una cosa. No necesito que me des la razón sobre Mieles Leal.

—No pensaba hacerlo.

—Solo digo que, aunque yo estuviera equivocado, la discusión del domingo no salió de la nada. Había algo que llevaba tiempo molestándome.

—Eso sí lo entiendo.

Marcos asintió, recogió la caja y cruzó hacia el bar.

Conchi continuó andando despacio hacia la calle Mayor.

El encuentro había durado pocos minutos, pero a medida que se alejaba comprendió que algo importante se había recolocado.

No había aparecido una nueva pista; simplemente una antigua acababa de desprenderse de la interpretación que la había acompañado desde el principio.

Hasta entonces, las dudas de Marcos sobre las ventas de Mieles Leal habían pesado sobre todo porque parecían explicar su enfrentamiento con Ramiro.

Si uno sospechaba que el otro competía de manera poco clara, había un motivo para la hostilidad.

Ahora que la Guardia Civil lo situaba lejos de la mesa durante la ventana crítica, la hostilidad perdía su fuerza como explicación de la muerte, pero la observación comercial seguía allí.

Aquello obligaba a mirarla de nuevo.

Entró en La Tahona unos minutos después. Pilar estaba colocando bollos en el expositor y tenía la radio encendida a un volumen tan bajo que apenas se distinguían las voces. No había clientes.

—Hoy sí vienes a una hora decente —dijo al verla.

—No sabía que tuviera horario.