La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

Cerca del mediodía, Conchi decidió aprovechar el cielo despejado para ventilar la casa.

La lluvia de aquella mañana había dejado humedad en los marcos de las ventanas y un olor fresco que entraba desde la calle de las Moreras, mezclado con el de la tierra mojada de los patios.

Mientras sacudía un paño sobre el fregadero, Lili dormitaba cerca de la puerta de la cocina, completamente ajena a cualquier preocupación que no tuviera relación con comida, paseo o una sombra de sol donde echarse.

El teléfono sonó cuando Conchi estaba colocando unos platos en el escurridor. Miró la pantalla antes de cogerlo y se sorprendió al ver el nombre de Sara. Habían hablado unas horas antes durante bastante rato y no esperaba saber de ella tan pronto.

—Buenos días —respondió—. ¿Va todo bien?

—Sí. Bueno... creo que sí. Perdona que te llame otra vez.

La voz de Sara sonaba menos cansada que unas horas antes, aunque había algo contenido en ella.

—No tienes que pedir perdón.

—He recordado una cosa de mi padre y no sé si estoy dándole importancia porque ahora todo me parece importante.

Conchi dejó el paño sobre la encimera. En los últimos días había aprendido que muchas de las mejores preguntas empezaban precisamente ahí, en distinguir entre un recuerdo y la explicación que uno fabricaba después para darle sentido.

—Cuéntame qué recuerdas. Lo demás ya veremos.

Sara tardó un momento en responder.

—Mi padre me pidió que el lunes le ayudara con unos papeles de Mieles Leal.

Conchi se sentó a la mesa de la cocina.

—¿El lunes después de la feria?

—Sí. Me dijo que quería que nos sentáramos con calma y revisáramos documentación del negocio. En ese momento no le presté demasiada atención porque estaba enfadada con él y pensé que era otra forma de conseguir que siguiera implicándome.

El recuerdo encajaba con lo que Sara había contado aquella misma mañana sobre la discusión por su nuevo trabajo. Ramiro llevaba tiempo dando por sentado que su hija seguiría ayudando cada vez más en Mieles Leal, mientras ella acababa de decidir justo lo contrario.

—¿Cuándo te lo pidió? —preguntó Conchi.

—Creo que el viernes, pero no estoy segura. Puede que volviera a decírmelo el sábado. No quiero mezclar las dos conversaciones.

—Entonces quédate con lo que sí sabes.

Sara pareció agradecer que no la empujara a concretar una fecha que no recordaba.

—Sé que quería hacerlo el lunes. Eso sí. Y que no hablaba de una cosa rutinaria, o al menos ahora no me lo parece.

Conchi se apoyó en el respaldo de la silla.

—¿Qué significa que no te parecía rutinaria?

—Que estaba serio. No sé cómo explicarlo mejor. Mi padre podía ponerse pesado con cualquier factura atrasada o con un correo que no encontraba, pero esto era distinto. Me dijo que había cosas del negocio que quería revisar cuanto antes.

El cambio de tono de Sara hizo que Conchi prestara todavía más atención, aunque se obligó a separar de nuevo lo que la joven recordaba de lo que estaba interpretando después de la muerte.

—¿Te dijo qué cosas?

—No.

—¿Habló de facturas, pedidos, cuentas...?

—Nada concreto. Solo de documentación de Mieles Leal. Yo di por hecho que serían papeles normales del negocio.

—¿Y te explicó por qué necesitaba tu ayuda?

—Porque yo le ayudaba algunas veces con el ordenador y con la parte administrativa. Si tenía que localizar correos, comparar documentos o buscar algo, muchas veces me lo pedía a mí. Era más rápido que verle pelearse una hora con las carpetas.

Por primera vez desde que había empezado la conversación, Sara dejó escapar una pequeña risa. Conchi sonrió también. Aquella imagen de Ramiro irritado delante de un ordenador tenía algo doméstico que alejaba durante unos segundos la conversación de la muerte.

—Entonces que te pidiera ayuda no era raro —dijo Conchi.

—No. Lo raro era que pareciera tan decidido a hacerlo justo después de la feria.

Conchi guardó silencio unos segundos. La frase tenía peso, pero no tanto como para justificar todavía ninguna conclusión.

—¿Eso es lo que has recordado hoy?

—Sí. Esta mañana estaba recogiendo unas cosas en casa de mi padre y vi una libreta donde apuntaba tareas. No había nada escrito sobre esto, antes de que me lo preguntes. Pero al verla me acordé de la conversación.

—No iba a preguntarte por la libreta.

—Ya.

—Aunque entiendo que ahora quieras revisar cada papel que encuentras.

Sara suspiró.

—Eso es precisamente lo que estoy intentando no hacer. Cada vez que veo una carpeta pienso que a lo mejor estaba ahí lo que quería enseñarme.

Conchi comprendió aquella necesidad. Después de una muerte inesperada, cualquier objeto podía adquirir una importancia que nunca había tenido mientras su dueño estaba vivo.

—No busques tú la respuesta —le aconsejó—. Si ese recuerdo puede tener importancia, cuéntaselo a Lucía o a Álvaro y deja que sean ellos quienes decidan qué comprobar.

—Pensaba llamarles.

—Hazlo.

—¿Tú crees que tiene relación con lo que pasó?

La pregunta llegó con tanta naturalidad que Conchi estuvo a punto de contestar siguiendo la misma línea de pensamiento que ya se había abierto en su cabeza. Se contuvo.

—No lo sé. Puede tenerla o puede ser simplemente una tarea que tu padre quería resolver el lunes. Lo único seguro es que quería revisar algo del negocio contigo.

Sara permaneció callada al otro lado.

—Esta mañana, cuando te conté lo del trabajo, también te dije que antes de irme mi padre había dicho que ya hablaríamos tranquilos y que teníamos cosas que organizar —recordó al fin—. He pensado que quizá se refería a estos papeles.

—Puede ser, pero no puedes saberlo si él no te lo dijo.

—Eso mismo me repito desde esta mañana.

—Pues sigue repitiéndotelo.

La respuesta logró que Sara se riera de verdad.

—Eres desesperante cuando te pones razonable.

—Me lo han dicho alguna vez.

Quedaron en que Sara llamaría enseguida a la Guardia Civil. Cuando terminaron la conversación, Conchi dejó el teléfono sobre la mesa y miró durante un momento hacia el patio, donde unas gotas seguían colgadas de las hojas del geranio.

La conversación no había descubierto nada. No había aparecido una factura, ni un nombre, ni una cifra, y tampoco sabía qué esperaba encontrar Ramiro al revisar aquellos documentos. Sin embargo, por primera vez desde el domingo, el caso parecía extenderse más allá de la mesa de cata.

Hasta entonces todo había girado alrededor de unas pocas horas: la tarjeta roja, la salida de Noelia, la presencia de Eva, la reacción de Ramiro, los movimientos de Sara y Marcos.

Ahora había algo situado después de la feria, un asunto del negocio que Ramiro daba por pendiente y que pensaba revisar el lunes.

Conchi no sabía qué significaba.

Y precisamente por eso no quería rellenar el hueco.

Terminó de ordenar la cocina y puso agua a calentar para hacerse una infusión. Mientras esperaba, recordó la frase de Lucía de días atrás: pensar no era el problema; el problema era dejar de distinguir entre pensar y saber. Aquello empezaba a convertirse en una especie de disciplina.

Ramiro quería revisar documentación.

Eso era un hecho contado por Sara.

Que estuviera preocupado era una impresión de su hija.

Que aquellos papeles tuvieran relación con su muerte era, de momento, solo una posibilidad.

El teléfono volvió a sonar cerca del mediodía. Esta vez era Lucía.

—Sara acaba de llamarnos —dijo después de saludarla—. Me ha contado que habló contigo primero.

—Sí.

—¿Te dijo algo distinto de lo que nos ha contado a nosotros?

Conchi repasó la conversación antes de responder.

—Que Ramiro quería revisar documentación de Mieles Leal con ella el lunes, que no sabe qué documentación era y que entonces no le dio demasiada importancia porque estaba enfadada con él.

También recuerda que él parecía más serio de lo normal, pero ella misma reconoce que eso puede estar interpretándolo ahora.

—Bien.

—¿Coincide?

—Sí.

Lucía parecía satisfecha con la precisión.

—Vamos a cruzarlo con la documentación y las declaraciones que ya tenemos.

—¿Ya teníais algo relacionado con eso?

Hubo una pausa tan breve que casi bastó como respuesta.

—Tenemos material recogido desde el principio y estamos revisando lo que corresponde. No voy a contarte más.

Conchi sonrió.

—Por intentarlo no perdía nada.

—Tampoco ganabas mucho.

—Eso ya lo veo.

La conversación habría podido terminar ahí, pero Lucía añadió algo antes de despedirse.

—Es importante que Sara no empiece a revisar los papeles de su padre buscando por su cuenta qué quería enseñarle.

—Ya se lo he dicho.

—Bien. Si hay documentación relevante, tenemos que tratarla nosotros. Además, con lo reciente que está todo, es fácil encontrar sentido donde todavía no sabemos si lo hay.

Conchi pensó que aquella última frase podía aplicarse a casi toda la investigación.

—Entonces, ¿que Ramiro quisiera revisar el negocio el lunes sí os importa?

—Nos importa como información que hay que comprobar. Nada más de momento.

—¿Y puedo saber si eso cambia algo?

—Todavía no.

La respuesta era exactamente la que esperaba.

Después de colgar, Conchi preparó la comida con una sensación extraña. No era entusiasmo, porque una muerte no permitía sentir algo así, ni tampoco la satisfacción de haber encontrado una pista. Era más bien la impresión de que el caso acababa de abrir una segunda dirección.

Hasta ese momento habían intentado reconstruir lo que había ocurrido físicamente alrededor del puesto.

Ahora aparecía otra pregunta: qué estaba ocurriendo dentro de Mieles Leal antes de la muerte de Ramiro.

No tenía por qué ser lo mismo.

Pero tampoco podía ignorarse.

Poco después salió a comprar pan. La plaza estaba tranquila y el suelo ya se había secado casi por completo.

Al pasar frente al Ayuntamiento vio a Álvaro hablando con un vecino, pero no se detuvo.

No quería convertir cada encuentro con la Guardia Civil en una consulta sobre el caso, y empezaba a apreciar el valor de dejar que algunas cosas avanzaran sin ella.

En La Tahona había dos clientes esperando. Pilar le hizo un gesto desde detrás del mostrador y siguió atendiendo hasta que quedaron solas.

—Te he guardado una barra porque últimamente apareces cuando quieres.

—Eso es una exageración.

—Ayer casi cierro sin verte.

—Casi.

Pilar envolvió el pan y lo dejó sobre el mostrador.

—¿Café?

Conchi estuvo a punto de aceptar, pero miró el reloj.

—Hoy no.

—Eso sí que me preocupa.

—Tengo cosas que hacer.

—Más preocupante todavía.

Conchi sonrió mientras buscaba unas monedas en el bolso. Durante unos segundos pensó en contarle lo que Sara había recordado. No era un secreto espectacular y Pilar no iba a salir corriendo a pregonarlo, pero la conversación con Lucía estaba demasiado reciente.

Ramiro quería revisar unos papeles.

Era una frase sencilla.

Demasiado sencilla.

En boca de otra persona podía convertirse en que Ramiro había descubierto un problema. Después alguien añadiría que estaba preocupado y, antes de la noche, habría quien afirmara que ya sabía exactamente qué pasaba en Mieles Leal.

—Nos vemos mañana —dijo.

Pilar la observó con curiosidad.

—Hoy estás misteriosa.

—Hoy estoy comprando pan.

—Eso dices tú.

Conchi salió de la tahona antes de que la conversación pudiera seguir por ahí.

De regreso a casa pasó cerca de la plaza de los Castaños.

El espacio que había ocupado la feria volvía poco a poco a la normalidad.

Los puestos habían desaparecido y solo quedaban algunos carteles de la Semana Cultural en las farolas y en el tablón municipal.

Resultaba extraño pensar que toda la investigación hubiera empezado en aquel lugar y que, pocos días después, apenas quedara rastro físico de lo ocurrido.

La mesa de Mieles Leal ya no estaba.

Las tarjetas tampoco.

Pero el negocio seguía existiendo.

Conchi comprendió que hasta entonces había pensado en Ramiro casi exclusivamente como víctima de lo sucedido el domingo.

Sara acababa de recordarle que, unas horas antes de morir, seguía siendo también un hombre que hacía planes, que dejaba tareas para el lunes y que esperaba sentarse con su hija a revisar unos papeles.

Aquella parte era importante precisamente porque no sabía aún a dónde llevaba.

Al llegar a casa, dejó el pan en la cocina y se acercó al salón. La libreta estaba en el cajón donde la había guardado el día anterior. Dudó antes de abrirla.

No quería convertir la frase de Sara en una conclusión, pero sí dejar claro el límite de lo que sabía. Escribió despacio:

«Ramiro quería revisar documentación de Mieles Leal con Sara el lunes después de la feria.»

Se detuvo y añadió debajo:

«Sara no sabe qué documentación era ni qué esperaba encontrar.»

Leyó ambas líneas juntas. La segunda impedía que la primera creciera más de la cuenta.

Cerró la libreta.

Lili apareció desde el pasillo y se sentó frente a ella, esperando algo que Conchi no supo identificar.

—Tú sí que no complicas las cosas —murmuró.

La perrita ladeó la cabeza.

Conchi sonrió y fue a guardar el pan.

Durante días, la pregunta principal había sido quién podía haber tocado aquella mesa durante unos minutos. Seguía siendo una pregunta esencial, pero ya no era la única.

Ramiro tenía algo pendiente para el lunes.

Todavía no sabían qué.

Y, por primera vez, el futuro que él no había llegado a vivir empezaba a formar parte de la investigación.