Capítulo 19
El jueves amaneció con una lluvia fina que apenas mojaba el suelo, pero había dejado el aire limpio y un olor a tierra húmeda que a Conchi siempre le recordaba los recreos de primavera, cuando todavía daba clase y media mañana podía torcerse por una tormenta imprevista o por treinta niños empeñados en demostrar que un patio mojado no tenía por qué ser un problema.
Sacó a Lili después de desayunar. La perrita avanzaba pegada a las fachadas, poco convencida de pisar los charcos, y Conchi agradeció tener que concentrarse en algo tan sencillo como evitar que se enredara la correa alrededor de una señal.
Desde el día anterior intentaba no pensar demasiado en Ramiro, en las tarjetas y en aquella ventana de diez minutos que la Guardia Civil había conseguido acotar, aunque le bastaba un momento de distracción para que todo regresara.
Ahora sabía algo que al principio no había entendido: el caso tenía menos que ver con las discusiones visibles de Ramiro que con las rutinas que alguien pudiera conocer de él.
Marcos había discutido delante de media plaza.
Sara había discutido con su padre. Noelia había mentido sobre un movimiento que había realizado.
Eva había permanecido en el puesto durante los minutos que empezaban a importar.
Pero ninguna de esas frases, por sí sola, explicaba una muerte.
Al doblar hacia la plaza vio a Sara bajo los soportales del Ayuntamiento.
Estaba sola, mirando el teléfono, con una carpeta de cartón pegada al costado.
Llevaba el pelo recogido y tenía ese aspecto de quien se ha vestido, ha salido de casa y ha resuelto varias cosas antes de decidir si realmente tenía fuerzas para hacerlas.
Conchi pensó en saludarla desde lejos y continuar el paseo, pero Sara levantó la vista casi al mismo tiempo.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Cómo vas?
Sara miró la carpeta como si la respuesta pudiera estar escrita dentro.
—Haciendo papeles. Parece que cuando alguien se muere aparecen todos a la vez.
—Eso no falla.
Lili se acercó a olisquearle los zapatos y Sara se agachó para acariciarla. La perrita aceptó la atención encantada, y durante unos segundos la conversación quedó reducida a algo tan normal como comentar que Lili parecía haber decidido que la lluvia era una ofensa personal.
—¿Tienes prisa? —preguntó Sara al incorporarse.
—Ninguna.
—¿Te importa si damos una vuelta? No me apetece entrar todavía en casa.
Conchi asintió.
Caminaron despacio hacia el Paseo del Nogal.
La lluvia había parado, aunque de vez en cuando caía alguna gota gruesa de los árboles.
Durante el primer tramo hablaron de asuntos pequeños.
Sara comentó que seguían llegando mensajes de personas a las que apenas conocía, antiguos clientes de Mieles Leal o gente que había coincidido con su padre en ferias y cursos.
Conchi escuchó sin apresurar la conversación, consciente de que aquella vez no necesitaba conducirla hacia ningún sitio.
Fue Sara quien terminó haciéndolo.
—Supongo que ya sabes que la Guardia Civil ha vuelto a hablar conmigo.
Conchi la miró.
—Sé que te han llamado alguna vez. Nada más.
—Ayer terminaron de comprobar dónde estaba yo el domingo.
Conchi sintió la reacción inmediata de su cabeza, esa necesidad de colocar una pieza en el hueco exacto, y se obligó a no preguntar.
Sara lo notó.
—Puedes decir algo.
—Estaba intentando no preguntarte dónde estabas.
—Pues estabas poniendo una cara muy rara.
—Estoy mejorando, pero no tanto.
Sara sonrió por primera vez desde que se habían encontrado.
—No estaba en el puesto cuando pasó lo de las muestras. Ya han hablado con la gente con la que estaba y han comprobado las horas.
Conchi dejó que la información se asentara.
—Me alegro.
—Yo también. Aunque es extraño alegrarse de una cosa así.
—No es extraño. Llevas varios días sabiendo que la gente estaba convirtiendo una discusión con tu padre en algo que no era.
Sara bajó la mirada hacia el camino.
—Y en parte fue culpa mía.
—No.
—Sí. Porque no conté todo desde el principio.
Conchi recordó la conversación que habían mantenido tres días antes en aquel mismo paseo. Sara le había dicho que existía una parte privada de la discusión y que ya se la había explicado a la Guardia Civil. Conchi había decidido no pedir más.
Ahora siguió haciendo lo mismo.
—No tienes que contármelo.
—Quiero hacerlo.
Conchi no respondió.
Sara respiró hondo antes de continuar.
—Había aceptado un trabajo.
La frase salió de forma tan sencilla que, por un momento, Conchi no comprendió por qué había resultado tan difícil decirla.
—¿Fuera de Valdecerezos?
—Sí. En Ávila. Una empresa de distribución. Administración y atención a proveedores. Es estable, jornada completa y empiezo el mes que viene.
Conchi sonrió.
—Eso suena bien.
—A mí me lo parecía.
El pasado en la frase hizo que Conchi moderara la sonrisa.
—¿A tu padre no?
—No es que le pareciera mal que trabajara. Era más complicado.
Sara metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Yo llevaba tiempo ayudando con Mieles Leal cuando hacía falta. Facturas, correos, cosas de la asociación, algún pedido… Lo hacía porque podía y porque era de mi padre. Pero él había empezado a hablar como si, tarde o temprano, yo fuera a terminar allí.
—¿Trabajando con él?
—Con él y con Eva. O quedándome con su parte, o llevando más cosas. Nunca lo decía del todo claro. Simplemente daba por hecho que el negocio formaba parte de mi futuro.
Conchi recordó los fragmentos de la discusión del domingo, el tono tenso entre padre e hija y las palabras que había escuchado sin entender su alcance.
—Y tú no querías eso.
—No. O, por lo menos, no quería decidirlo porque él hubiera decidido antes por mí.
Continuaron andando unos metros en silencio. Lili se adelantó hasta el límite de la correa y luego regresó hacia ellas al encontrarse con un charco demasiado ancho para su gusto.
—Cuando le dije que había aceptado el trabajo —continuó Sara— se enfadó. No muchísimo, no como lo cuenta ahora la gente, pero se enfadó. Me dijo que estaba dejando tiradas cosas que también eran responsabilidad mía y que el negocio necesitaba que yo me implicara más, no menos.
—Y discutisteis.
—Sí. Yo le dije que Mieles Leal era suyo, no mío, y que no podía seguir haciendo planes con mi vida suponiendo que algún día yo acabaría aceptándolos.
La voz de Sara no tembló, aunque había bajado un poco el volumen.
—Eso fue lo que pasó el domingo.
Conchi entendió entonces la vergüenza que había acompañado a la primera versión.
Vista desde fuera, una hija que decide apartarse del negocio familiar pocos días antes de la muerte de su padre podía convertirse fácilmente en una historia distinta.
Bastaba añadir una herencia, una discusión escuchada a medias y el deseo de encontrar una explicación.
—¿Por eso no lo contaste al principio? —preguntó.
—No todo. Dije que habíamos discutido por el negocio y por mi futuro. Técnicamente era verdad.
—Pero no era toda la verdad.
—No.
Sara se detuvo junto a uno de los bancos del paseo.
—Cuando murió, de repente todo parecía horrible. Yo había decidido irme, había discutido con él y sabía perfectamente lo que iban a pensar algunos si se enteraban. Que quería apartarme del negocio porque esperaba heredar algo, o que teníamos problemas por dinero, o yo qué sé.
—La gente no necesita mucho para completar una historia.
—Eso lo sé ahora.
Se sentaron. Lili se acomodó junto a los pies de Conchi.
Sara apoyó la carpeta en las rodillas.
—La primera vez que hablé con la Guardia Civil tampoco lo expliqué entero. Luego me preguntaron otra vez y acabé contándolo. Les enseñé los correos del trabajo, cuándo había aceptado la oferta y todo lo demás.
—Hiciste bien.
—Sí, pero tardé.
Conchi se volvió un poco hacia ella.
—Tardar en contar algo por miedo a que te juzguen no convierte ese algo en un motivo para matar a nadie.
Sara sonrió sin ganas.
—Supongo que Noelia podría decir lo mismo.
La comparación sorprendió a Conchi.
—Probablemente.
—Todo el mundo está hablando de que ella ocultó lo de la mesa.
—Y eso tampoco demuestra lo que algunos quieren que demuestre.
Sara miró hacia los huertos.
—Es curioso. Antes de esto pensaba que una mentira era una mentira y ya está. Ahora parece que hay mentiras que solo sirven para proteger algo pequeño y terminan haciendo que todo parezca muchísimo peor.
Conchi recordó a Noelia, rígida y asustada, insistiendo en que no había cambiado nada importante. Recordó también la conversación con Marcos, su enfado por haberse convertido en sospechoso simplemente porque había discutido en público.
—A veces lo que alguien esconde explica por qué mintió —dijo—, pero no necesariamente explica lo demás.
Sara asintió despacio.
—Eso es lo que me han dicho esta mañana.
—¿Álvaro?
—Lucía.
Conchi sonrió.
—Sí. Suena a ella.
Por primera vez desde que se habían sentado, Sara pareció relajarse un poco.
—Me han dicho que mis horarios ya están comprobados y que no necesitan nada más de mí de momento.
Conchi no preguntó cómo los habían comprobado ni con quién había estado. El dato suficiente era otro: la Guardia Civil había podido situarla fuera de la oportunidad material que durante días había permanecido abierta.
—Entonces una cosa menos.
—Para ellos, quizá.
—Para ti también debería serlo.
Sara jugueteó con la esquina de la carpeta.
—No sé. Me siento culpable igual.
—¿Por el trabajo?
—Por la discusión. Por haberle dicho que no quería quedarme con su negocio. Por estar enfadada cuando me fui.
Conchi la escuchó antes de responder. Aquello ya no tenía nada que ver con la investigación.
—Una discusión no cambia porque después ocurra algo terrible. Tú no sabías que era la última.
Sara bajó los ojos.
—Eso es lo peor.
—Sí.
No había una frase que pudiera arreglarlo, así que Conchi no buscó una. Permaneció a su lado mientras Lili se incorporaba, daba dos vueltas sobre sí misma y volvía a tumbarse como si el banco perteneciera al grupo desde hacía años.
Después de un rato, Sara habló otra vez.
—Mi padre no quería que me fuera enfadada.
Conchi esperó.
—Antes de que me marchara del todo me dijo que ya hablaríamos tranquilos. Que no estaba diciendo que tuviera que renunciar al trabajo, solo que había cosas que necesitábamos organizar.
—Eso importa.
—No sé si importa.
—Para la Guardia Civil, quizá no. Para ti, sí.
Sara respiró hondo.
—Supongo.
Se levantaron poco después y emprendieron el regreso hacia el pueblo. La lluvia había desaparecido por completo y entre las nubes empezaba a abrirse una franja clara.
Al acercarse a la plaza, Sara se detuvo.
—Gracias por no haberme preguntado aquella tarde.
—¿Por el trabajo?
—Sí.
Conchi encogió un hombro.
—Ya me lo contarías si querías.
—Otra persona habría insistido.
—Otra persona no soy yo.
Sara sonrió.
—Menos mal.
Se despidieron junto a la fuente. Sara tomó la calle hacia su casa y Conchi continuó con Lili en dirección a La Tahona.
Pilar estaba colocando barras en una cesta cuando entró.
—Mira quién aparece.
—No he faltado tanto.
—Un día entero.
—Sobrevivirás.
Pilar dejó una barra sobre el mostrador.
—¿Café?
—Sí.
Conchi se sentó mientras Pilar preparaba la cafetera. Había poca gente y nadie parecía especialmente interesado en ellas, lo que agradeció.
—He visto a Sara contigo —dijo Pilar cuando le puso la taza delante.
—Sí.
—¿Está bien?
Conchi pensó la respuesta.
—Está pasando lo que puede.
Pilar asintió.
—Pobre chica.
No preguntó nada más y Conchi no contó nada.
La conversación derivó hacia el tiempo, una avería en una persiana y una clienta que había encargado veinte barras para una celebración del sábado.
A Conchi le resultó agradable que el mundo siguiera teniendo problemas que podían resolverse llamando a un técnico o apuntando una cantidad en una libreta.
Al volver a casa, sin embargo, pensó otra vez en Sara.
Durante días, su discusión con Ramiro había parecido importante porque nadie conocía el motivo completo.
La parte ausente permitía imaginar casi cualquier cosa.
Ahora que aquella parte tenía nombre —un trabajo nuevo, una hija que quería decidir su vida, un padre al que le costaba aceptar que el negocio familiar no tenía por qué ser también el futuro de ella— la escena recuperaba unas proporciones normales.
Seguía siendo dolorosa.
Seguía explicando una discusión.
Pero no explicaba la muerte.
Conchi dejó la correa de Lili en su sitio y no abrió la libreta.
No necesitaba anotar nada.
La Guardia Civil había comprobado los horarios de Sara y su vida privada ya no tenía por qué seguir convertida en una pista.
Aquello le recordó algo que había empezado a comprender con Noelia: ocultar una verdad pequeña podía hacer que una persona pareciera esconder una mucho mayor. A veces, sin embargo, detrás de la mentira solo había miedo, vergüenza o el deseo de proteger algo que no pertenecía a nadie más.
Sara había querido proteger una decisión sobre su futuro.
No había protegido un homicidio.
Y mientras Conchi preparaba la comida, sintió que otra de las historias fáciles que el pueblo había construido alrededor de Ramiro terminaba de deshacerse.
Cada vez quedaban menos discusiones a las que agarrarse.
Y cada vez importaba más lo que todavía no se veía.