La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿Lleva frutos secos?

La pregunta llegó desde la mesa del fondo del centro cultural, donde habían colocado una bandeja de pastas para quienes asistían a la charla de aquella tarde. Una mujer de unos cuarenta años sostenía una servilleta en una mano y señalaba una de las bandejas sin acercarse demasiado.

Irene, que estaba recogiendo unos folletos, se volvió enseguida.

—Déjame mirarlo. No quiero decirte que no y equivocarme.

Cogió la caja de cartón que habían guardado debajo de la mesa y buscó la etiqueta. Conchi observó la escena desde su silla, más por costumbre que por interés, hasta que Irene encontró la información.

—Esta sí lleva almendra —dijo—. La otra no, pero pone que puede contener trazas.

La mujer dejó la pasta donde estaba.

—Entonces nada. Gracias.

—Mejor.

La conversación duró menos de un minuto y nadie pareció darle importancia. La charla todavía no había empezado, la gente continuaba entrando, saludándose y ocupando las sillas con abrigos y bolsos, pero Conchi se quedó mirando las dos bandejas.

Una tenía delante una tarjeta escrita a mano; la otra conservaba el pequeño cartel de la pastelería.

Bastaba con leerlos para tomar una decisión, porque eso era precisamente lo normal.

Una persona que sabía que tenía una alergia no desconfiaba de cada alimento ni se preguntaba quién lo había colocado allí o si alguien podía haber cambiado una etiqueta.

Evitaba aquello que estaba identificado como peligroso y confiaba en lo que aparecía como seguro.

Eso era exactamente lo que había hecho Ramiro.

No había cometido una imprudencia ni probado deliberadamente algo que sabía que podía hacerle daño. Había confiado en una identificación colocada delante de la comida, de la misma manera que aquella mujer acababa de confiar en la advertencia de Irene para decidir que no iba a comer ninguna pasta.

Irene se sentó a su lado.

—¿Qué miras?

—Las pastas.

—No me digas que después de todo esto te has vuelto alérgica.

—No.

—Menos mal.

Conchi sonrió, aunque siguió pensando en la mujer que acababa de renunciar a comer por una simple advertencia en una etiqueta.

—¿Ramiro preguntaba siempre por la almendra? —dijo.

Irene la miró de reojo.

—¿Aquí?

—En general.

—No lo sé. Sabía que era alérgico porque en actividades con comida se tenía en cuenta. Noelia también lo sabía. Y supongo que la gente que trabajaba con él, claro.

Conchi notó la rapidez con la que su cabeza intentaba convertir aquella respuesta en una lista de nombres: Noelia, Eva, Sara. Se detuvo antes de continuar.

—Da igual.

—¿Cómo que da igual?

—Que no te estoy preguntando para que hagamos una relación de personas.

Irene la observó unos segundos.

—Eso no te lo he pedido.

—Ya. Me lo he pedido yo sola.

La coordinadora cultural soltó una pequeña risa.

—Estás aprendiendo demasiado a vigilarte.

—No es mala cosa.

La charla comenzó poco después y Conchi intentó prestar atención.

Trataba sobre patrimonio rural y, durante cuarenta minutos, consiguió pensar en muros de piedra, caminos antiguos y construcciones tradicionales.

Solo cuando terminó y la gente empezó a levantarse volvió a fijarse en las dos bandejas.

La mujer de la alergia no había probado ninguna.

Ramiro tampoco habría probado conscientemente una muestra de almendra.

Si alguien hubiera querido aprovecharse de su alergia —si es que realmente alguien lo había hecho—, no le habría bastado con disponer de unos minutos junto a la mesa.

Tenía que saber también cómo reaccionaría él ante las identificaciones, conocer su costumbre de evitar la almendra y confiar en aquello que apareciera señalado como seguro.

La cuestión no era solo tener acceso a las muestras. Había que conocer a Ramiro lo suficiente.

Conchi salió del centro cultural con aquella idea dándole vueltas. En la plaza, Álvaro estaba junto a un vehículo de la Guardia Civil hablando con otro agente. Ella habría seguido de largo, pero él terminó la conversación, guardó unos papeles dentro del coche y la vio.

—Buenas tardes.

—Buenas.

—¿Todo bien?

Conchi miró el centro cultural a su espalda.

—Creo que sí.

Álvaro sonrió.

—Esa respuesta suele significar que estás pensando algo.

—Puede.

—Dime.

Conchi se acercó un poco, sin bajar la voz de manera teatral. No había nadie lo bastante cerca como para escuchar.

—Antes he visto a una mujer preguntar si unas pastas llevaban frutos secos. Le han dicho que una sí, otra podía tener trazas, y no ha comido ninguna.

Álvaro esperó.

—Y he pensado en Ramiro.

—Era cuestión de tiempo.

—No me refiero solo a que fuera alérgico. Me refiero a que, para que la identificación equivocada tuviera efecto, él tenía que confiar en ella.

La expresión de Álvaro perdió la sonrisa.

—Sí.

—No bastaba con poner una muestra en otro sitio. Alguien que quisiera aprovechar eso tendría que saber que Ramiro evitaba la almendra y que no iba a probar una muestra identificada como tal.

Álvaro se tomó un momento antes de responder.

—Esa es una de las cuestiones que estamos valorando.

Conchi sintió una mezcla de satisfacción y alivio. No porque acabara de descubrir algo que nadie hubiera considerado, sino porque su razonamiento no era absurdo.

—Entonces no estoy diciendo una tontería.

—No.

—Pero tampoco identifica a nadie.

—Tampoco.

Conchi asintió.

—¿Era conocida su alergia?

Álvaro miró hacia la plaza.

—No era un secreto. Su círculo cercano y la gente que trabajaba con él sabían que debía evitar la almendra. En actividades donde había comida, esa precaución formaba parte de lo normal.

—Eso amplía mucho las posibilidades.

—Exacto.

La respuesta cortó de raíz cualquier tentación de avanzar demasiado deprisa.

—O sea, saberlo no convierte a nadie en sospechoso.

—No por sí solo.

—Y estar en el puesto tampoco.

—Tampoco por sí solo.

Conchi pensó en Eva durante la ventana de las 11:27 a las 11:37.

Tenía acceso normal y, dado que trabajaba a diario con Ramiro, era razonable pensar que conocía su alergia.

Sin embargo, Álvaro acababa de recordarle que ninguna de aquellas dos circunstancias, ni por separado ni juntas, bastaba todavía para construir una acusación.

—Entonces lo importante sería saber quién reunía las dos cosas.

Álvaro la miró.

—Acceso y conocimiento son dos elementos. No los conviertas en una fórmula automática.

—No pensaba hacerlo.

—Sé que no, pero es fácil.

Conchi apoyó una mano en el asa del bolso.

—¿Qué más haría falta?

—Esa pregunta ya es nuestra.

Ella sonrió.

—Tenía que intentarlo.

—Y yo tenía que pararte.

Durante unos segundos observaron la plaza. Dos niños corrían alrededor de la fuente y una mujer hablaba desde la puerta del Ayuntamiento con alguien que estaba dentro.

—Lo que sí puedes tener claro —añadió Álvaro— es que la investigación ya no está centrada en quién discutió con Ramiro el domingo.

—Marcos.

—Entre otros.

—Y Sara.

—Entre otros.

Conchi notó que no quería darle más nombres.

—Eso era demasiado fácil.

—Era visible. No es lo mismo.

La frase le recordó algo que ella misma había pensado días atrás.

—Lo visible se convierte enseguida en explicación.

—Sobre todo en un pueblo pequeño.

—Y más si yo digo algo.

Álvaro la miró con una expresión que mezclaba cansancio y cierta complicidad.

—Eso también lo has aprendido.

—A la fuerza.

—Pues aprovéchalo.

Conchi bajó la vista hacia el suelo antes de regresar mentalmente a la escena del centro cultural.

—La mujer de las pastas no necesitaba saber quién las había hecho. Le bastaba con leer la etiqueta y decidir.

—Claro.

—Ramiro también.

—Sí.

—Entonces, quien cambiara la identificación, si fue deliberado, estaba usando precisamente esa confianza.

Álvaro tardó un poco más en responder.

—Si fue deliberado, esa sería una interpretación lógica del mecanismo.

—Pero todavía no podéis decir que lo fuera.

—Todavía no.

Conchi agradeció la precisión, aunque empezaba a resultarle frustrante.

—Cada vez estamos más cerca de decir muchas cosas y seguimos sin poder decirlas.

—Así funcionan las investigaciones.

—No es muy satisfactorio.

—No están diseñadas para serlo.

Conchi soltó una risa breve.

—Eso se lo voy a decir a Pilar.

—No le digas nada de esta conversación.

—Era una broma.

—Ya.

Álvaro se despidió poco después porque tenía que entrar en el Ayuntamiento y Conchi continuó hacia la calle Mayor.

No fue a La Tahona. Sabía que Pilar no intentaría arrancarle una confidencia, pero también sabía que bastaría sentarse delante de un café para que terminaran hablando del caso.

Aquella idea necesitaba quedarse quieta un rato, sin convertirse en conversación y sin adquirir más certeza simplemente porque la repitiera en voz alta.

En casa, Lili dormía junto al radiador apagado. Levantó la cabeza al oírla entrar y volvió a cerrar los ojos cuando comprobó que Conchi no llevaba comida. Ella dejó el bolso, se sirvió un vaso de agua y se sentó en el salón.

No abrió la libreta.

Durante varios minutos intentó separar lo que sabía de lo que acababa de comprender.

Sabía que Ramiro era alérgico a la almendra, que la muestra que la contenía se mantenía apartada e identificada y que él confiaba en esa separación porque lo había comentado con naturalidad.

También sabía que, en algún momento después de las 11:22, la identificación había dejado de corresponder con el contenido, y que Eva tenía acceso normal al puesto durante una parte relevante de ese intervalo.

Álvaro acababa de confirmarle, además, que la alergia de Ramiro no era un secreto dentro de su círculo cercano y laboral.

Todo aquello eran hechos o datos comunicados por alguien que podía conocerlos.

Lo que seguía sin saber era quién reunía todos los detalles necesarios, quién conocía con suficiente precisión la manera en que Ramiro se comportaba ante una cata, quién podía prever que confiaría en la identificación sin comprobar por sí mismo un ingrediente señalado como seguro o quién estaba mintiendo.

Eso seguía abierto.

Conchi se levantó y abrió la ventana. Desde la calle llegaban el ruido de una persiana metálica al bajar y el ladrido de un perro dos casas más allá.

Hasta ese momento, las sospechas del pueblo habían nacido de cosas fáciles de contar: Marcos había discutido con Ramiro; Sara, con su padre; Noelia había movido la mesa y después lo había ocultado; Eva había estado allí.

Cada una de aquellas frases cabía perfectamente en una conversación de treinta segundos.

La nueva pregunta era menos vistosa.

¿Quién conocía una rutina de Ramiro lo bastante bien como para confiar en que obedecería una etiqueta?

Aquello ya no tenía que ver únicamente con quién estaba más enfadado o quién había discutido más fuerte.

Tenía que ver con cercanía, costumbre y conocimiento, con esos pequeños comportamientos que resultan evidentes para las personas que conviven o trabajan juntas y que, precisamente por cotidianos, casi nadie piensa en explicar.

Por eso podía ser mucho más difícil de ver.

Al final de la tarde, Pilar llamó.

—¿Estás desaparecida?

—Estoy en casa.

—Eso no responde.

—Entonces sí.

—¿Vienes mañana?

—Claro.

—Bien. Te guardo pan.

—Gracias.

Pilar no preguntó nada más. Conchi colgó y sonrió.

Aquella noche, mientras preparaba la cena, volvió a pensar en la mujer del centro cultural.

Una etiqueta había bastado para que aquella desconocida decidiera no comer.

En el caso de Ramiro, una etiqueta también había bastado, pero para producir la decisión contraria: había comido porque lo que tenía delante aparecía identificado como seguro.

La diferencia entre ambas escenas no estaba en la alergia, sino en la confianza depositada en la información que tenían delante.

Y, por primera vez, Conchi sintió que el caso empezaba a alejarse de las discusiones visibles para entrar en un terreno mucho más íntimo. Ya no se trataba solo de preguntarse quién podía haber querido enfrentarse a Ramiro.

La pregunta era quién lo conocía lo suficiente como para saber qué haría sin pensarlo dos veces.