La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

La tarde había empezado a caer despacio sobre Valdecerezos cuando Conchi salió de casa con Lili.

No necesitaba comprar nada ni tenía ningún recado concreto y, precisamente por eso, agradeció el paseo.

Durante toda la mañana había conseguido no abrir la libreta, aunque las últimas noticias seguían ocupando un lugar incómodo en su cabeza.

Lili avanzaba delante de ella con la seguridad de quien no encontraba ningún misterio en el mundo mientras hubiera árboles, esquinas y rastros interesantes.

Al llegar a la plaza de los Castaños, Conchi vio a Lucía junto a uno de los bancos, hablando con Irene.

Noelia estaba unos metros más allá, cerca de la entrada del Ayuntamiento, con una carpeta en la mano.

Conchi pensó en seguir de largo, pero Lucía la vio antes.

—Conchi.

No había urgencia en el tono, aunque sí una invitación clara a acercarse. Conchi cruzó la plaza con Lili pegada a su pierna.

—Buenas tardes.

Irene la saludó y miró a Lucía.

—Ya te he contado lo que recuerdo.

—Sí. Gracias.

Noelia se acercó también, aunque sin la tensión de los días anteriores.

—Yo me voy ya. Si necesitáis algo más, me llamáis.

Lucía asintió.

—De acuerdo.

Noelia miró a Conchi un instante.

—Hasta luego.

—Hasta luego.

Cuando se alejó hacia la calle Mayor, Irene se despidió casi al mismo tiempo porque tenía que volver al centro cultural antes de una actividad de tarde. En pocos segundos, Conchi se encontró sola con Lucía en medio de la plaza.

—¿Ha pasado algo? —preguntó.

—No. Estamos cerrando algunos horarios de organización del domingo.

Lucía miró a Lili, que había encontrado un trozo de hoja seca y lo investigaba con extraordinaria concentración.

—¿Tienes cinco minutos?

—Sí.

Se sentaron en el banco y Conchi acortó un poco la correa para que Lili no invadiera el camino. Lucía sacó una pequeña libreta del bolsillo de la chaqueta, aunque no llegó a abrirla.

—Quería comprobar una cosa contigo y, de paso, aclararte hasta dónde llega lo que sabemos ahora.

Conchi asintió.

—A las 11:22 tenemos la fotografía de Irene.

—Sí.

—Y la disposición visible de la mesa coincide con la que tú recuerdas de las 10:05.

—Sí.

—Bien. Después hemos podido reconstruir mejor los movimientos de organización.

Conchi esperó sin interrumpirla.

—A las 11:27, aproximadamente, Noelia salió de la zona de la muestra porque la llamaron desde el centro cultural.

Conchi recordó aquella mañana. Había visto a Noelia marcharse deprisa, ocupada en otra cosa, y entonces no le había dado ninguna importancia.

—Yo la vi salir.

—Eso ya lo habías contado. La diferencia es que ahora tenemos varios elementos que sitúan esa salida bastante bien.

—¿Qué elementos?

Lucía la miró.

—Los suficientes para que no necesites saberlos todos.

Conchi aceptó el límite.

—Vale.

—Noelia estuvo fuera unos diez minutos. Regresó aproximadamente a las 11:37.

La hora quedó un instante entre ambas. Conchi miró hacia el espacio vacío donde había estado el puesto de Mieles Leal.

—De las 11:27 a las 11:37.

—Aproximadamente.

—Y a las 11:22 la tarjeta seguía bien.

—La tarjeta roja seguía en el extremo derecho de la mesa, según la fotografía.

Conchi percibió la precisión de Lucía y la respetó.

—Entonces el margen se ha hecho muy pequeño.

—Se ha hecho más concreto.

—Unos diez minutos.

—No conviertas una aproximación en un cronómetro, Conchi.

Ella sonrió.

—Ya.

Lucía apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Lo importante es que ahora sabemos que hubo un periodo breve, después de la fotografía y antes del comienzo de la cata, en el que Noelia no estaba allí.

Conchi notó cómo una idea empezaba a formarse casi sola.

—Eva sí estaba.

Lucía giró la cabeza hacia ella.

—Eva permanecía vinculada al puesto, sí.

—Porque era su trabajo.

—Exactamente.

Conchi guardó silencio. Eva había estado allí desde el principio, atendiendo clientes, preparando bolsas, ordenando etiquetas y resolviendo cuestiones del puesto con la naturalidad de quien pertenecía a aquel espacio. Su presencia nunca había llamado la atención porque no tenía nada de extraño.

—Tenía acceso —dijo al fin.

—Tenía acceso normal.

La última palabra importaba.

—Normal —repitió Conchi.

—No tuvo que colarse, ni pedir permiso, ni acercarse a un sitio al que no debiera acercarse. Formaba parte de la actividad del puesto.

Conchi miró otra vez hacia la plaza.

—Eso no demuestra que hiciera nada.

—No.

La respuesta de Lucía fue inmediata.

—Pero la coloca dentro de esa ventana.

—La coloca en un lugar donde podía estar por una razón perfectamente legítima.

Conchi dejó escapar el aire despacio.

—Oportunidad no es culpabilidad.

—Exacto.

—Eso ibas a decirme.

—Y tú ya lo sabías.

Lili tiró suavemente de la correa y Conchi la dejó acercarse al borde del banco.

—¿Y Sara?

Lucía negó con la cabeza.

—Sus movimientos se siguen contrastando.

—¿Y Marcos?

—También.

—Entonces todavía no están fuera.

—No formalmente.

Conchi se quedó callada. Aquello le parecía importante precisamente porque impedía que empezara a comportarse como si aquella ventana crítica perteneciera solo a Eva. Si la Guardia Civil seguía contrastando los movimientos de Sara y Marcos, ella no tenía ninguna razón para adelantarse.

—Entiendo.

—Espero que sí.

—No hace falta que me riñas.

—No te estoy riñendo.

—Tienes una forma de no reñir bastante convincente.

Lucía sonrió apenas.

—Lo que quiero evitar es que hagas la parte más humana y más peligrosa de esto.

—¿Cuál?

—Ver un hueco de diez minutos, saber que una persona estaba allí y convertirlo en una historia completa.

Conchi bajó la vista hacia Lili.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—Pero es difícil no pensarlo.

—Pensar no es el problema. El problema es dejar de distinguir cuándo estás pensando y cuándo estás sabiendo.

La frase se quedó con ella. Conchi recordó la libreta que guardaba en casa y las líneas que había ido añadiendo casi siempre sin nombres. Tal vez por eso le servía: las horas resistían mejor que las impresiones.

—¿Qué sabéis exactamente de esos diez minutos? —preguntó.

Lucía dudó un segundo antes de responder.

—Sabemos que Noelia salió de la zona de la cata hacia las 11:27 y regresó alrededor de las 11:37.

Sabemos que la fotografía de las 11:22 muestra todavía el orden anterior.

Sabemos que Eva permaneció atendiendo el puesto durante ese tramo porque esa era su función.

Y sabemos que la cata empezó poco después.

—¿Nada más?

—Nada más que necesites conocer ahora.

Conchi no insistió.

—Entonces tampoco sabéis todavía cuándo cambió exactamente la tarjeta.

—No.

—Solo que tuvo que ser después de las 11:22.

—Y antes de que Ramiro recibiera la muestra mal identificada.

—Sí.

Lucía se levantó.

—Eso es suficiente por hoy.

Conchi se puso en pie también.

—Cada vez dices más veces «por hoy».

—Porque cada vez haces más preguntas.

—Antes también las hacía.

—Antes no siempre sabías cuáles no debías hacer.

Conchi aceptó el golpe con una sonrisa.

—Tienes razón.

Lucía guardó la libreta en el bolsillo.

—Si recuerdas algo de ese tramo, nos llamas. Pero no preguntes a nadie dónde estaba entre las 11:27 y las 11:37.

—No lo haré.

—Ni a Pilar.

—Pilar no estaba allí.

—Precisamente.

Conchi soltó una risa.

—Vale.

Lucía se despidió y cruzó la plaza en dirección al Ayuntamiento. Conchi continuó el paseo con Lili, aunque ya no pudo recuperar del todo la despreocupación con la que había salido de casa.

La ventana temporal estaba ahora mucho más definida: Noelia había salido aproximadamente a las 11:27 y había regresado alrededor de las 11:37.

Durante ese intervalo, Eva había permanecido en el puesto, mientras que los movimientos de Sara y Marcos todavía seguían siendo contrastados por la Guardia Civil.

Conchi se obligó a no ordenar aquello por nombres.

Al llegar al Paseo del Nogal, Lili se detuvo junto a una verja y Conchi aprovechó para respirar el aire frío que bajaba desde la zona de los huertos.

A esa hora había poca gente. Un hombre regresaba con una carretilla y, más lejos, dos niños discutían por una pelota.

Todo conservaba una normalidad que resultaba casi desconcertante.

La muerte de Ramiro no había ocurrido en un rincón oculto ni en una casa cerrada, sino en una plaza llena de gente, después de que alguien —o quizá un error todavía no explicado— modificara algo pequeño en una mesa visible.

Saber que el cambio podía haberse producido dentro de un intervalo tan breve hacía que la escena pareciera, al mismo tiempo, más sencilla y más difícil.

Al regresar a casa, Conchi dejó que Lili bebiera agua y fue directamente al cajón del salón. Abrió la libreta y, debajo de la anotación sobre la fotografía de las 11:22, añadió dos nuevas líneas:

«11:27. Noelia sale hacia el centro cultural.»

«11:37. Noelia regresa.»

Se quedó mirando las anotaciones. Entre ambas no escribió ningún nombre porque no hacía falta.

Sabía que Eva había permanecido en el puesto, pero también sabía que aquella presencia no tenía nada de extraordinario.

Era la socia que llevaba la parte comercial, la presentación, las etiquetas, los clientes y el material; si alguien la hubiera visto junto a las bandejas durante aquellos minutos, probablemente no habría pensado nada.

Conchi cerró la libreta.

A media tarde llamó Pilar.

—¿Vienes hoy?

—No lo sé.

—Eso es que sí, pero más tarde.

—Puede.

—Tengo rosquillas.

—Eso es chantaje.

—Funciona.

Conchi acabó pasando por La Tahona cuando faltaba poco para cerrar. Había dos clientes junto al mostrador y una pareja tomando café en una mesa, así que Pilar no mencionó el caso hasta que se quedaron solas.

—Hoy han hablado menos de Noelia.

—Mejor.

—Y más de Eva.

Conchi levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque alguien la vio ayer hablando con la Guardia Civil.

—Eso no significa nada.

—Ya lo sé.

—Pues dilo.

Pilar la observó un momento.

—Te noto especialmente prudente.

—Es que últimamente la gente convierte cualquier conversación en una pista.

—Incluida tú.

Conchi no se ofendió.

—Incluida yo.

Pilar dejó el paño sobre el mostrador.

—¿Y qué haces cuando una cosa empieza a parecer importante?

Conchi pensó en la plaza, en Lucía y en aquellos diez minutos que acababan de adquirir tanto peso.

—Intento recordar por qué todavía no lo es.

Pilar arqueó las cejas.

—Eso ha sonado muy serio.

—No te acostumbres.

Conchi terminó el café y se marchó poco después.

Ya de noche, mientras cerraba las contraventanas del salón, volvió a pensar en Eva.

No en su cara ni en sus palabras, sino en algo mucho más sencillo: durante aquellos diez minutos, estar junto a las muestras no habría resultado extraño en ella.

Precisamente por eso, su oportunidad era real y, precisamente por eso también, Conchi tenía que ser más cuidadosa.

Una oportunidad normal podía explicar cómo alguien había podido hacer algo. No explicaba que lo hubiera hecho.

Entre las 11:27 y las 11:37, el margen temporal empezaba a estrecharse de verdad. Por primera vez, aquel segundo cambio cabía dentro de unos minutos concretos.

Pero todavía no cabía dentro de un nombre.