Capítulo 16
A mediodía, Conchi estaba en la frutería de la calle Mayor decidiendo si cuatro naranjas eran pocas y seis demasiadas cuando vibró el teléfono dentro del bolso.
La mujer que esperaba detrás de ella aprovechó la pausa para alcanzar una bandeja de fresas.
—Coge seis —le aconsejó—. Con cuatro vuelves pasado mañana.
Conchi sonrió, añadió dos naranjas más a la bolsa y miró la pantalla. Era Álvaro. Se apartó hacia un lateral antes de responder.
—Buenos días.
—Conchi, soy Álvaro. ¿Puedes hablar un momento?
—Sí. Estoy comprando, pero puedo salir.
Pagó deprisa y, con la bolsa en una mano, se quedó junto al escaparate mientras la calle seguía con su ritmo habitual. Un repartidor descargaba cajas dos portales más abajo y, al otro lado, alguien barría la entrada de una tienda.
—Lucía me ha pasado lo de la fotografía de Irene —dijo Álvaro.
—La de las once y veintidós.
—Esa. Quería comentarte una cosa porque afecta directamente a lo que tú viste y a lo que nos has contado estos días.
Conchi ajustó la bolsa contra la cadera.
—Dime.
Álvaro hizo una pausa breve antes de continuar.
—Ya tenemos confirmación suficiente para afirmar que Ramiro estuvo expuesto a almendra en la cata.
Conchi no respondió de inmediato. Hasta entonces, la almendra había estado presente en todo lo que rodeaba la muerte de Ramiro: en su alergia, en la tarjeta roja, en el comentario que él mismo había hecho aquella mañana y en la explicación más obvia de la reacción.
Sin embargo, una cosa era que todo apuntara en esa dirección y otra muy distinta que la investigación pudiera afirmarlo ya como un hecho.
—¿La muestra que tomó la llevaba? —preguntó.
—Una porción asociada a la identificación que debía corresponder a la muestra segura contiene almendra.
La precisión de la frase la obligó a repasarla mentalmente antes de responder.
—¿La que debía ser la de miel y limón?
—Sí.
Conchi apretó un poco el asa de la bolsa.
—Entonces la tarjeta no correspondía con lo que había delante.
—Eso es lo que puede afirmarse ahora. La identificación visible no se correspondía con el alimento.
—¿Y la otra muestra?
—No necesito entrar en todos los detalles contigo. Tampoco voy a explicarte procedimientos de laboratorio ni cadena de custodia; no te hacen falta para entender lo esencial y forman parte de la investigación.
El límite llegó sin brusquedad, pero con suficiente claridad.
—Vale. No iba a preguntarte.
—Me alegro.
Conchi casi sonrió.
—Algo he aprendido.
Álvaro continuó:
—Lo importante para ti es esto: tu recuerdo de la posición de las tarjetas y la fotografía de Irene ya no son solo una cuestión de orden visual. Sabemos que Ramiro recibió almendra a través de una muestra cuya identificación visible debía indicarle que era segura.
Durante un instante, la calle pareció volverse más silenciosa, aunque Conchi seguía oyendo el motor de la furgoneta de reparto y el ruido de las cajas al apoyarse en la acera.
—Él confió en la tarjeta.
—Eso parece.
—Y por eso comió algo que no habría probado sabiendo lo que era.
—Esa es una forma razonable de decirlo.
Conchi bajó la mirada hacia las naranjas dentro de la bolsa, absurdamente normales y perfectamente redondas en medio de aquella conversación.
—¿Entonces ya sabéis que alguien lo hizo a propósito?
Álvaro no tardó ni un segundo en responder.
—No.
Aquella única palabra bastó para devolverla a su sitio.
—Todavía es posible un error.
—En abstracto, sí. Una identificación incorrecta puede tener causas distintas. Nuestro trabajo es determinar cuál fue la de este caso.
Conchi pensó en Noelia moviendo la mesa a las nueve y cuarenta y dejando después las muestras correctamente colocadas; en la fotografía de las once y veintidós, con la tarjeta roja todavía en el extremo derecho; y, por último, en la disposición distinta que había visto después de la reacción.
—Pero el error tendría que haber ocurrido después de las once y veintidós.
—La posición que muestra la fotografía obliga a mirar con mucha atención lo que ocurrió después de esa hora.
Álvaro no fue más lejos y Conchi tampoco intentó empujarlo.
—Gracias por decírmelo.
—Te lo decimos porque tu observación forma parte de esta reconstrucción y preferimos que sepas qué dato ya está confirmado y cuál no.
—Lo agradezco.
—Y, como te dijo Lucía ayer, esto no es para comentarlo.
—No lo haré.
—Bien. Y una cosa más: si al pensar en la cata recuerdas algo distinto sobre qué porción tomó Ramiro o quién se la acercó, nos llamas. No intentes reconstruirlo preguntando por ahí.
—No pensaba hacerlo.
—Mejor.
La llamada terminó. Conchi permaneció unos segundos junto al escaparate antes de reanudar el camino.
La noticia no era espectacular. Nadie acababa de señalar a un culpable, ni había aparecido un veneno extraño ni una grabación capaz de explicarlo todo.
Era algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, más difícil de apartar: Ramiro había comido almendra porque una muestra que debía ser segura no lo era.
La pregunta ya no consistía en saber si su alergia explicaba la reacción; eso estaba confirmado. Lo que había que explicar ahora era cómo había llegado aquella porción hasta él bajo una identificación que no correspondía.
En la esquina de la plaza se cruzó con Sara. La joven llevaba unas gafas de sol en la cabeza y una bolsa de una farmacia. Parecía cansada y, al reconocer a Conchi, se detuvo.
—Hola, Conchi.
—Hola, Sara. ¿Cómo estás?
Sara hizo un gesto que no llegaba a encogimiento de hombros.
—Depende de la hora.
Conchi no encontró una respuesta mejor que asentir.
—He ido a recoger unas cosas de mi padre —continuó Sara—. No aquí. En la farmacia.
Conchi miró la bolsa sin preguntar qué contenía.
—Imagino que todo se hace cuesta arriba estos días.
—Lo peor son las cosas pequeñas. Las que estaban pendientes y hay que seguir haciendo igual.
Conchi entendió perfectamente a qué se refería. Las gestiones prácticas tenían algo cruel después de una muerte: el mundo seguía pidiendo papeles, llaves, bolsas, facturas y decisiones cuando una persona habría preferido no decidir absolutamente nada.
—Si necesitas algo... —empezó.
—Gracias. De verdad.
Sara bajó las gafas de la cabeza y las guardó en el bolso.
—Me han vuelto a llamar de la Guardia Civil esta mañana.
Conchi mantuvo la expresión tranquila.
—No tienes que contarme nada.
—Ya lo sé. Solo... —Sara buscó las palabras durante unos segundos—. Todo esto es muy raro. Hace tres días parecía que lo único importante era con quién había discutido mi padre. Ahora ya nadie me pregunta por eso.
—La gente cambia de historia deprisa.
—Sí.
Conchi recordó lo que acababa de contarle Álvaro y tuvo que contener la tentación de tranquilizarla con una información que no le pertenecía.
—Intenta no escuchar demasiado lo que se diga por ahí.
Sara dejó escapar una risa breve.
—En Valdecerezos eso exige ir con tapones.
—También puedes elegir a quién escuchas.
—Eso ya es más difícil.
Se despidieron poco después y Conchi continuó hacia casa.
Al llegar, Lili la recibió con entusiasmo y mostró bastante más interés por la bolsa de la frutería que por cualquier noticia de la mañana. Conchi dejó las naranjas fuera de su alcance, abrió la puerta del patio y, mientras la perrita salía, fue al salón a buscar la libreta.
No pretendía convertir aquellas páginas en un expediente. Cada vez tenía más claro que solo le servían para evitar mezclar lo que sabía con lo que suponía o creía recordar.
Debajo de la anotación de las once y veintidós escribió:
«Confirmado: Ramiro estuvo expuesto a almendra. La porción asociada a la muestra que debía ser segura contenía almendra.»
Leyó la frase y añadió debajo:
«La identificación visible no correspondía al alimento.»
Se quedó con el bolígrafo suspendido sobre el papel.
Podría haber seguido escribiendo: que alguien había cambiado las tarjetas, que alguien quería que Ramiro se equivocara, que todo había sido deliberado.
Pero cualquiera de aquellas frases habría convertido una posibilidad en algo que todavía no estaba demostrado, así que no escribió ninguna.
Álvaro había sido claro: seguía siendo posible un error accidental. Tal vez cada vez resultara menos sencillo explicarlo a medida que la secuencia temporal se estrechaba, pero continuaba siendo una posibilidad mientras la investigación no demostrara otra cosa.
Conchi cerró la libreta.
A la hora de comer llamó Fernando. Su hijo hablaba desde Madrid, probablemente entre una clase y otra, porque se oían voces al fondo.
—¿Cómo va todo por ahí?
—Tranquilo.
—Eso, en tu pueblo, significa que nadie ha muerto desde el domingo.
—Fernando.
—Era una forma de hablar.
Conchi suspiró.
—Pues busca otra.
—Vale. Retiro lo dicho.
Hablaron de cosas normales durante unos minutos. Fernando le contó un problema con una práctica de taller y ella le explicó que Lili había conseguido abrir con el hocico la puerta del armario bajo de la cocina por segunda vez aquella semana.
—Eso es porque la subestimas —dijo él.
—No la subestimo. La conozco demasiado bien.
—Entonces pon un cierre.
—También.
Cuando colgaron, Conchi agradeció no haber mencionado nada del caso. No porque quisiera ocultárselo a su hijo, sino porque durante media hora había resultado agradable no ordenar tarjetas, horas ni muestras.
Por la tarde pasó por La Tahona. Pilar estaba sola detrás del mostrador, colocando unas pastas en una bandeja, y habló en cuanto la vio entrar.
—Hoy no te pregunto nada.
—Milagro.
—Estoy creciendo como persona.
—A ver cuánto dura.
Pilar dejó la bandeja en la vitrina.
—Lo digo en serio. Esta mañana han venido dos a preguntarme si sé por qué estuvo Lucía ayer en el centro cultural. Les he dicho que porque trabaja en la Guardia Civil y puede ir donde quiera.
Conchi soltó una risa.
—Muy fino.
—Me salió solo.
Pilar le sirvió un café.
—¿Y tú estás bien?
—Sí.
La respuesta era verdad. No estaba tranquila exactamente, porque la confirmación de la almendra había hecho que la muerte de Ramiro pareciera menos accidental que el primer día, pero se negó a convertir aquella sensación en una certeza.
—Solo estoy pensando —añadió.
—Eso ya no me preocupa. Me preocuparía que dejaras de hacerlo.
Conchi tomó un sorbo.
—A veces pensar demasiado también estropea las cosas.
—Pues piensa lo justo.
—Qué fácil.
—Para eso están las amigas. Para dar soluciones imposibles.
Pilar volvió a sus pastas y Conchi agradeció que la conversación terminara ahí.
De regreso a casa cruzó la plaza de los Castaños y se detuvo un momento cerca del lugar donde había estado instalado el puesto de Mieles Leal.
El domingo, Ramiro había sabido que existía una muestra con almendra y que debía mantenerse apartada.
Lo había dicho con naturalidad, como una precaución conocida y repetida.
A las once y veintidós, la tarjeta roja seguía en el extremo correcto.
Poco después, había confiado en una identificación que le indicaba que una porción era segura.
Y no lo era.
Conchi reanudó el camino. Hasta aquella mañana, la pregunta había sido si las tarjetas habían cambiado; ahora sabía que aquella diferencia había tenido una consecuencia real. Ramiro no había comido almendra a pesar de la identificación, sino porque confió en ella.
Ese matiz convertía toda la mesa de cata en algo distinto.
Todavía podía haber sido un error, pero ya no era un error cualquiera.