La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

El miércoles amaneció con un cielo claro y un aire más frío de lo que Conchi esperaba para mediados de abril. Sacó a Lili temprano, antes de que la calle de las Moreras terminara de llenarse de coches y saludos, y durante el paseo agradeció no tener ninguna hora nueva que ordenar.

Desde la tarde anterior, la secuencia se había quedado quieta en su cabeza: el ajuste de Noelia a las nueve y cuarenta, la tarjeta roja correctamente situada a las diez y cinco y, después de la reacción de Ramiro, una disposición distinta.

Había aprendido que, cuando faltaban datos, insistir una y otra vez en los mismos tres momentos no hacía aparecer un cuarto.

Al volver a casa desayunó sin prisa, abrió las ventanas del salón y se ocupó de varias tareas que había ido dejando para otro día. Cerca de las once sonó el teléfono. Era Irene.

—¿Tienes un momento?

—Sí.

—Estoy en el centro cultural. No es urgente, pero creo que deberías venir.

Conchi se quedó con un trapo en la mano.

—Eso suena bastante urgente.

—No lo es. O no sé si lo es. He encontrado una fotografía del domingo.

Conchi dejó el trapo sobre la mesa.

—¿Una fotografía de qué?

—De la feria. De las que hice para el archivo y las redes. Sale el puesto de Mieles Leal de fondo.

La respuesta hizo que Conchi mirara instintivamente hacia el cajón donde guardaba la libreta.

—¿Y?

Irene dudó antes de responder.

—Creo que se ve la tarjeta roja.

Conchi tardó apenas un segundo en reaccionar.

—No toques nada.

—Conchi, es una fotografía en mi ordenador.

—Ya sé lo que es una fotografía.

—Pues lo has dicho como si tuviera un cuchillo encima.

Conchi se dio cuenta de lo absurda que había sonado.

—Perdona. Quiero decir que no la recortes, no la edites ni hagas nada raro.

—No pensaba hacerlo.

—¿Has llamado a la Guardia Civil?

—Todavía no. Primero quería asegurarme de que no estoy viendo lo que quiero ver.

Conchi no necesitó pensarlo demasiado.

—Llámales antes de que llegue yo.

—Eso iba a hacer.

Quince minutos después entraba en el centro cultural. Irene estaba en un pequeño despacho junto a la biblioteca, sentada delante de un ordenador, y no había nadie más con ella.

—Lucía viene hacia aquí —dijo nada más verla.

—Bien.

Conchi dejó el bolso en una silla, pero no se acercó inmediatamente a la pantalla. Irene la miró con cierta diversión.

—Puedes mirar. No se va a estropear.

—Prefiero que me la enseñes como está.

—Está como estaba hace cinco minutos.

Irene giró ligeramente el monitor. La fotografía mostraba una parte amplia de la plaza: en primer plano aparecían dos mesas de actividades infantiles, varias personas de espaldas y un grupo junto a la fuente; a la derecha, más lejos, se distinguía la zona de productores.

El puesto de Mieles Leal ocupaba apenas una parte pequeña de la imagen.

Conchi se inclinó hacia la pantalla.

—Está lejos.

—Mucho. Por eso no me había fijado.

Irene amplió la imagen con dos movimientos del ratón, sin recortarla. La mesa apareció algo más grande, aunque seguía lejos de ser una fotografía detallada. Se distinguían los tarros, dos bandejas, algunas tarjetas y una figura detrás del puesto que Conchi no pudo identificar con seguridad.

La tarjeta roja, en cambio, sí se veía. El texto era ilegible a aquella distancia, pero su posición resultaba clara: estaba en el extremo derecho.

La memoria de aquella mañana de domingo se superpuso a la imagen.

—Es esa.

—Eso pensé.

—¿A qué hora es la foto?

Irene señaló la información que aparecía en la pantalla.

—Las once y veintidós.

Conchi se quedó inmóvil durante unos segundos. A las diez y cinco, cuando había estado delante del puesto, la tarjeta roja se encontraba en el extremo derecho. Ahora aquella fotografía demostraba que, a las once y veintidós, seguía en la misma posición.

La diferencia era enorme.

—No está cerca de la cata —dijo Irene—. Quiero decir, la imagen no está hecha para eso. Solo se ve porque estaba fotografiando la plaza.

—Mejor.

Irene la miró con extrañeza.

—¿Mejor?

—Sí. Porque no parece una foto hecha para demostrar nada. Solo estaba ahí.

—Eso no la hace más nítida.

—No. Pero tampoco necesitamos que enseñe algo que no enseña.

Irene apoyó las manos en el borde de la mesa.

—Solo se ve la posición de la tarjeta.

—Solo eso.

—No se ve quién la tocó.

—No.

—Ni si alguien se acercó antes o después.

—Tampoco.

—Ni qué pasó con las bandejas.

—No.

Irene suspiró.

—Vale. Ya veo por dónde vas.

—Lucía me está contagiando malas costumbres.

—Eso parece.

La puerta del despacho se abrió poco después. Lucía Ferrer entró sola, saludó a ambas y pidió ver la fotografía antes de hacer ninguna otra pregunta.

Irene le enseñó el archivo original. Lucía comprobó primero la imagen completa y después la información de fecha y hora.

—¿Tienes más fotos de ese rato?

—Sí. Hice bastantes durante la mañana.

—No las busques ahora por tu cuenta. Dame una copia de la carpeta completa tal como está.

Irene asintió.

—La tengo organizada por días.

—Mejor.

Lucía volvió a mirar la pantalla.

—¿Esta imagen se ha editado?

—No. Solo la he ampliado para verla.

—¿Está subida a redes?

—Creo que esta no. Subimos otras de la plaza, pero puedo comprobarlo.

—Hazlo luego. De momento quiero el archivo original y el resto de fotografías de la mañana.

Conchi permaneció en silencio mientras Lucía volvía a acercar un poco la imagen.

—Conchi, ven.

Ella se aproximó.

—¿La posición que tú recuerdas es esta?

Conchi observó la fotografía con cuidado antes de contestar.

—Sí. La tarjeta roja estaba en el extremo derecho. Yo la vi más cerca, claro, pero la posición coincide.

—¿Puedes asegurar que esa tarjeta roja es la de almendra?

Conchi se tomó un momento.

—Por la foto sola, no. No se lee.

Lucía la miró.

—Bien.

—Pero el domingo había una tarjeta roja que ponía «Miel y almendra», y yo la vi en ese lugar a las diez y cinco.

—Eso sí consta.

Irene señaló la pantalla.

—Yo también recuerdo que la roja era la de almendra.

Lucía levantó una mano.

—Lo separaremos. Una cosa es lo que cada una recuerda y otra lo que muestra por sí sola la imagen.

Conchi reconoció la lógica de inmediato. La fotografía no decía «almendra»; lo que mostraba era una tarjeta roja colocada en el extremo derecho a las once y veintidós. Su recuerdo anterior aportaba la identificación, pero ambas cosas no debían confundirse.

—Entonces sirve —dijo Irene.

Lucía no apartó la vista de la pantalla.

—Sirve para fijar una imagen de la mesa a una hora concreta. Eso ya es bastante.

—¿Y qué significa?

Lucía se volvió hacia ella.

—Que la incorporaremos y la compararemos con el resto de información.

Irene hizo una mueca.

—Eso significa que no me vas a decir nada.

—Exactamente.

Conchi casi sonrió.

—Te acostumbras.

Lucía la oyó.

—No demasiado.

Durante los siguientes minutos, Irene copió en una memoria que Lucía había traído la carpeta completa de fotografías del domingo. No seleccionó únicamente aquella imagen ni eliminó ninguna. Lucía anotó el nombre del archivo y pidió que Irene conservara el material original.

Conchi observó el proceso desde una silla. Le gustó, de alguna manera, que la fotografía dejara de pertenecerles en cuanto adquiría valor para la investigación. Irene la había tomado por su trabajo; a partir de ese momento correspondía a la Guardia Civil decidir qué podía demostrarse con ella.

Cuando terminaron, Lucía guardó la memoria.

—¿Algo más que recuerdes de ese momento? —preguntó a Irene.

—No especialmente. Estaba haciendo fotos generales para documentar la feria. Ni siquiera me acerqué a Mieles Leal.

—¿Sabes dónde estabas exactamente?

Irene volvió a mirar la fotografía.

—Cerca de la fuente, hacia el lado del Ayuntamiento. Si hace falta, puedo enseñártelo.

—Lo comprobaremos.

Lucía se volvió hacia Conchi.

—Y tú no estabas con Irene.

—No.

—¿Recuerdas dónde estabas a las once y veintidós?

Conchi repasó mentalmente la mañana del domingo, pero no encontró una imagen lo bastante precisa como para convertirla en una respuesta.

—No con suficiente seguridad para darte un sitio exacto.

—Bien.

Irene soltó una risa.

—Nunca había oído a alguien felicitar a otra persona por no acordarse.

—No la felicito —respondió Lucía—. Solo prefiero un «no lo sé» a una hora inventada.

Conchi recordó a Noelia diciendo casi lo mismo el día anterior y comprendió que aquella forma de pensar empezaba a resultarle natural.

Lucía recogió sus cosas.

—Os llamaré si necesito algo más.

—¿La foto cambia mucho las cosas? —preguntó Irene.

Lucía abrió la puerta.

—Las ordena un poco mejor.

Y se marchó.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló. Irene cerró la carpeta que tenía sobre la mesa y miró a Conchi.

—«Las ordena un poco mejor». Qué entusiasmo.

—Es Lucía.

—Ya.

Conchi volvió la vista hacia el ordenador. La fotografía continuaba abierta.

—A mí sí me cambia una cosa.

—¿Cuál?

—Hasta ayer sabíamos que a las diez y cinco la tarjeta estaba bien colocada. Ahora sabemos que a las once y veintidós seguía en esa posición.

Irene se sentó.

—Entonces el cambio fue después.

—Si la fotografía refleja lo que parece reflejar y la comparación se confirma, sí. Más tarde de lo que pensábamos.

—Pero sigue sin saberse cuándo.

Conchi negó con la cabeza.

—Ni quién ni por qué.

Irene se quedó mirando la pantalla.

—Es raro. Hice esa foto sin pensar en nada. Había hecho veinte parecidas.

—Por eso sirve para lo que sirve.

—¿Y eso qué significa?

—Que no tenemos que pedirle más.

Irene sonrió.

—Otra frase de Lucía.

—Esta es mía.

—No estoy segura.

Conchi cogió el bolso.

—¿Vas a dejarla abierta?

—No. Voy a cerrar todo y hacer una copia de seguridad.

—Eso sí parece una buena idea.

Antes de que saliera del despacho, Irene la llamó.

—Conchi.

—¿Qué?

—No se lo voy a contar a nadie.

—Gracias.

—Aunque mañana medio pueblo sabrá que ha venido Lucía.

—Eso no podemos evitarlo.

—Y empezarán a preguntar.

—Entonces puedes decir la verdad.

—¿Qué verdad?

Conchi señaló el ordenador.

—Que la Guardia Civil ha pedido material de la Semana Cultural.

Irene asintió.

—Y nada más.

—Y nada más.

Al salir a la calle, Conchi decidió caminar hasta La Tahona, aunque cambió de idea a mitad de camino. No porque temiera contarle algo a Pilar, sino porque no quería pasar la mañana practicando cómo no contar algo.

Volvió a casa. Lili dormía en su manta y, al oír la llave, se levantó, se estiró con calma y fue hasta la puerta sin ninguna urgencia.

—Hoy tampoco vas a resolver nada —le dijo Conchi.

Lili movió la cola.

—Yo tampoco.

Se preparó un café y sacó la libreta. Debajo de la última línea escribió:

«11:22. Fotografía de Irene. Tarjeta roja aún en el extremo derecho.»

Observó la nueva anotación junto a las anteriores.

A las nueve y cuarenta había tenido lugar el ajuste de Noelia; a las diez y cinco, Conchi había visto el orden correcto; y a las once y veintidós, la fotografía mostraba una disposición todavía compatible con ese mismo montaje.

Solo después aparecía una posición distinta.

El hueco temporal se había hecho más pequeño. No mucho, pero sí lo suficiente para descartar una posibilidad: el cambio no había ocurrido en cualquier momento de la mañana, sino después de las once y veintidós.

Cerró la libreta.

Durante un instante sintió la tentación de continuar, de intentar recordar quién había estado allí, quién se había ido y quién había regresado, pero se detuvo antes de empezar. Eso era precisamente lo que la Guardia Civil estaba reconstruyendo.

La fotografía había cumplido su función sin necesidad de mostrar una mano, una cara culpable ni un gesto escondido. Simplemente había colocado un límite temporal.

A las once y veintidós, todavía no había ocurrido el cambio.

Y, por el momento, eso bastaba.