La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Conchi tardó menos de diez minutos en llegar a casa desde el centro cultural.

Como Noelia ya había comunicado su rectificación a la Guardia Civil, no sintió que tuviera que llamar de inmediato.

Pasó el resto de la tarde ocupándose de Lili y de algunas cosas de casa, aunque no consiguió apartar de la cabeza la misma secuencia: a las nueve y cuarenta, Noelia había movido la mesa y recolocado las muestras; a las diez y cinco, Conchi había visto la tarjeta roja de almendra en el extremo derecho y, después de la reacción de Ramiro, la disposición era distinta.

Cuando empezó a anochecer se sentó en el salón y cogió el teléfono. Podía dejarlo para el día siguiente, pero Lucía le había pedido cualquier detalle que ayudara a ordenar lo ocurrido y aquello era precisamente lo que tenía: no una teoría, sino una secuencia.

Buscó el número y llamó. Lucía respondió al cuarto tono.

—Dime, Conchi.

—¿Te pillo mal?

—No. ¿Ha pasado algo?

—No exactamente. He hablado con Noelia.

Al otro lado hubo un pequeño silencio.

—Ya.

—Me ha dicho que esta mañana volvió a hablar con vosotros.

—Sí.

La respuesta confirmó que no estaba llevándole una novedad absoluta, pero Conchi continuó.

—No quiero preguntarte qué os ha contado ni qué habéis comprobado. Solo quiero asegurarme de que tenéis una cosa puesta en el orden en que yo la conozco.

—Te escucho.

Conchi fue hasta la mesa del salón. La libreta seguía en el cajón donde la había guardado, pero no la sacó. Aquellas horas las recordaba perfectamente.

—Noelia dice que movió la mesa a las nueve y cuarenta.

—Eso nos ha dicho.

—Y que después recolocó las dos bandejas y las tarjetas.

—Sí.

Conchi respiró hondo.

—Yo vi la tarjeta roja a las diez y cinco.

Lucía no respondió de inmediato.

—Eso ya constaba en tu primera declaración —dijo al fin.

—Lo sé. Pero hasta hoy yo no sabía a qué hora había movido Noelia la mesa.

—Continúa.

—Cuando la vi, estaba en el extremo derecho. La de almendra. Y Ramiro hizo el comentario de que allí debía quedarse.

—Correcto.

Conchi sintió una pequeña incomodidad al oír aquella palabra. No porque Lucía la estuviera corrigiendo, sino porque dejaba claro que la Guardia Civil llevaba días ordenando unos datos que para ella acababan de encajar.

—Entonces el cambio de Noelia fue antes de que yo viera la disposición correcta.

—Sí.

—Y después de la reacción las tarjetas no estaban así.

Esta vez el silencio fue algo más largo.

—Eso es lo que tú recuerdas —precisó Lucía.

Conchi aceptó la corrección sin molestarse.

—Sí. Eso es lo que recuerdo: vi una posición a las diez y cinco y otra después de la reacción. Por tanto, el movimiento de Noelia no puede ser el mismo cambio.

Lucía tardó unos segundos en contestar.

—Esa es una deducción razonable si damos por válidos los dos momentos.

—No estoy diciendo quién lo hizo, ni que fuera intencionado, ni sé cuándo ocurrió.

—Eso también está bien que lo tengas claro.

Conchi sonrió sin querer.

—Sabía que ibas a decir algo parecido.

—Te estás acostumbrando.

—Eso me han dicho hoy varias veces.

Lucía no llegó a reírse, aunque su voz perdió algo de rigidez.

—Mira, Conchi. Lo que acabas de hacer es exactamente lo que necesitamos: separar el dato de la conclusión.

Noelia corrige su versión y sitúa un movimiento temprano.

Tú mantienes una observación posterior en la que el orden era correcto.

Después existe otra disposición. Eso obliga a reconstruir mejor qué pasó entre medias.

—¿Entonces pensáis que alguien volvió a cambiarlo?

—Pensamos que hay una diferencia que hay que explicar.

Conchi permaneció callada unos segundos. Era una frase muy de Lucía: no decía menos de lo necesario, pero tampoco permitía adelantarse a lo que aún no estaba demostrado.

—No me vas a contar más.

—No.

—Ya lo suponía.

—Y tú no necesitas más para lo que acabas de comunicar.

Conchi miró hacia el patio. Lili se había tumbado junto a la puerta y la observaba con la paciencia de quien llevaba varios minutos comprobando que aquella conversación telefónica no incluía ni comida ni paseo.

—¿Queréis que vaya a algún sitio a repetirlo?

—No hace falta ahora. Ya tenemos tu declaración anterior y acabamos de recibir la rectificación de Noelia. Lo incorporaremos y revisaremos la secuencia.

—Vale.

Lucía hizo una pausa antes de añadir:

—Una cosa más.

—Dime.

—No comentes esta comparación por el pueblo.

Conchi sintió que la advertencia llegaba tarde, aunque no le molestó.

—No pensaba hacerlo.

—Lo sé. Pero ahora mismo una frase mal contada puede convertirse en «la Guardia Civil busca a quien cambió las tarjetas» antes de que hayamos terminado de comprobar nada.

—O en «Conchi sabe quién fue».

—También.

—Eso sería peor.

—Para ti, seguro.

Esta vez ambas se rieron un poco.

—Buenas tardes, Lucía.

—Buenas tardes. Y si recuerdas algo más, llama.

Conchi dejó el teléfono sobre la mesa y permaneció sentada unos momentos. No sentía la satisfacción que otras veces había acompañado a una pieza que encajaba; en realidad, aquella comparación complicaba el caso.

Mientras el movimiento de Noelia parecía una explicación posible, todo podía resumirse en una historia sencilla: alguien encargado de organizar la feria había cometido un error y, después, asustado por sus consecuencias, había intentado ocultarlo.

Ahora esa explicación dejaba de sostenerse.

Noelia había movido la mesa antes y Conchi la había visto correctamente organizada después, de modo que quedaba un segundo cambio del que ella no sabía absolutamente nada.

Lili se levantó, caminó hasta ella y apoyó el hocico en su rodilla.

—Tú no tienes estos problemas —le dijo Conchi mientras le rascaba detrás de las orejas—. Si algo cambia de sitio, lo investigas hasta encontrarlo.

La perrita movió la cola.

—Y además sueles saber si era comida.

Aquello pareció convencerla más.

Conchi se levantó para prepararse un café y, mientras esperaba a que subiera, abrió el cajón y sacó la libreta. La noche anterior había anotado tres líneas:

«10:05. Tarjeta roja de almendra en el extremo derecho.»

«Antes de la cata: no sé.»

«Después de la reacción: posición distinta.»

Debajo añadió una nueva:

«09:40. Ajuste de Noelia. Antes del orden correcto.»

Se quedó mirando la página. Por primera vez, una de aquellas anotaciones no servía para acercar un nombre a la muerte de Ramiro, sino para alejar una explicación. Noelia había mentido, eso seguía siendo cierto, pero su mentira no explicaba el resultado final.

El sonido de la cafetera la sacó de sus pensamientos y Conchi cerró la libreta.

Un rato después, Pilar le mandó un mensaje preguntando si pasaría por La Tahona antes de que cerraran. Conchi respondió que quizá después. Necesitaba salir un rato, aunque no tenía demasiadas ganas de entrar en una conversación en la que tuviera que medir cada palabra sobre Noelia.

Al final fue más tarde de lo habitual, cuando quedaban pocos clientes y Pilar empezaba a recoger las pequeñas mesas del rincón del café.

—Pensaba que no venías.

—Yo también.

—Eso tiene mérito.

Conchi se sentó cerca del mostrador. Pilar le puso delante una infusión sin preguntarle y continuó recogiendo.

—Hoy el pueblo ha cambiado de sospechoso —dijo.

Conchi levantó la vista.

—¿Ahora quién toca?

—Noelia.

—Ya.

—Pues no pongas esa cara. Yo no he empezado.

—No he dicho que lo hayas hecho.

Pilar dejó un plato dentro de una bandeja.

—Esta mañana preguntaban si había movido la mesa. Esta tarde ya hay quien dice que ocultó algo.

Conchi se obligó a mantener el gesto tranquilo.

—La velocidad de este pueblo es admirable.

—Para algunas cosas.

—Noelia está hablando con quien tiene que hablar.

Pilar la miró con atención.

—Eso suena a frase preparada.

—Lo es.

—¿Y no me vas a contar nada?

—No.

Pilar se quedó quieta unos segundos y después asintió.

—Bien.

La facilidad con la que aceptó la negativa hizo que Conchi agradeciera otra vez tenerla cerca.

—Lo único que puedo decir —añadió— es que no conviene convertir una mentira en una solución.

—Eso sí me lo creo.

—Porque ya lo hemos hecho antes con Marcos. Y casi con Sara.

Pilar apoyó los codos en el mostrador.

—Entonces, ¿Noelia ya no te parece importante?

Conchi pensó en la conversación con Lucía.

—Me parece importante lo que hizo y lo que ocultó. Pero eso no significa que explique lo que pasó después.

Pilar frunció un poco el ceño.

—No entiendo la diferencia.

—Y prefiero no explicarla hasta que la Guardia Civil haya hecho su trabajo.

Pilar alzó las manos.

—Vale. No pregunto más.

Conchi tomó un sorbo de la infusión. En otro momento habría sentido la tentación de contarle las horas, porque sabía que Pilar no iba a salir corriendo a repetirlas.

Sin embargo, el problema no era únicamente la discreción de su amiga.

Una vez pronunciada fuera del contexto adecuado, aquella secuencia podía empezar a crecer por sí sola hasta convertirse en algo mucho más rotundo de lo que realmente sabían.

Podía empezar con «hubo otro cambio», continuar con «alguien volvió a mover las tarjetas» y terminar, unas calles más allá, en «alguien lo hizo después de las diez». Cada frase añadiría un grado de certeza a una historia que todavía tenía demasiados huecos.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Conchi.

—¿Qué?

—Que cuanto menos digo, más cree la gente que sé.

Pilar se echó a reír.

—Eso sí que no tiene arreglo.

—Gracias por tu apoyo.

—Para eso estoy.

Cuando salió de La Tahona, la tarde empezaba a enfriarse. Había poca gente en la plaza y las terrazas recogían las últimas mesas. Conchi emprendió el camino hacia casa sin prisa.

Por primera vez desde el domingo, sentía que el caso había cambiado de forma sin que apareciera ninguna persona nueva, ningún motivo ni ninguna revelación espectacular.

Lo único que había cambiado era el orden de tres hechos: el ajuste de Noelia a las nueve y cuarenta, la disposición correcta que Conchi vio a las diez y cinco y otra distinta después de la reacción.

Seguía sin saber qué había ocurrido entre medias, pero tampoco necesitaba inventarlo.

La Guardia Civil podía revisar declaraciones, horarios y movimientos, contrastar quién había estado en el puesto y cuándo, y decidir si aquella diferencia tenía una explicación inocente o señalaba algo más serio. Conchi no podía hacer ninguna de esas cosas y, por una vez, no le molestó.

Había llevado la pregunta hasta el lugar adecuado. Lo demás ya no dependía de ella.