La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

A primera hora de la tarde, el centro cultural había recuperado una normalidad que todavía parecía prestada.

Las puertas estaban abiertas, en el vestíbulo habían vuelto a colocar dos carteles de la Semana Cultural y, desde una de las salas, llegaban las voces de un grupo que esperaba el comienzo de una charla aplazada desde el domingo.

Conchi había dudado si asistir. Al final se decidió porque quedarse en casa pensando en la feria no iba a aclarar nada y porque Irene tenía razón en una cosa: si todo el programa se suspendía indefinidamente, la muerte de Ramiro acabaría ocupándolo todo.

Dejó a Lili en casa, acomodada junto a la puerta del patio después del paseo, y llegó con unos minutos de margen. Irene la vio desde la mesa de entrada.

—Al final has venido.

—No pongas cara de victoria.

—No es victoria. Es satisfacción administrativa.

—Peor todavía.

Irene sonrió, le entregó un folleto y señaló la sala.

—Empiezan enseguida.

Conchi iba a entrar cuando vio a Noelia al fondo del vestíbulo, junto a una puerta lateral. No estaba trabajando. Llevaba el bolso colgado del hombro y sostenía el teléfono con ambas manos, como si llevara un rato mirando la pantalla sin leer realmente nada.

Se cruzaron las miradas. Noelia hizo un gesto breve y Conchi respondió de la misma manera antes de seguir hacia la sala. No pensaba acercarse. Después de lo ocurrido al mediodía, lo último que quería era convertir cada encuentro entre ambas en una continuación de la misma conversación.

—Conchi.

Se detuvo y se volvió. Noelia se acercaba despacio.

—¿Tienes un momento?

—Sí.

Irene las miró desde la mesa, pero no intervino. Noelia señaló hacia el pequeño patio interior del edificio.

—¿Podemos salir?

El patio estaba vacío. Había dos bancos de madera junto a la pared y varias macetas que alguien había regado hacía poco. La conversación del vestíbulo llegaba amortiguada a través de la puerta.

Noelia se sentó primero.

—He llamado a la Guardia Civil —dijo.

Conchi ocupó el otro extremo del banco.

—Me pareció lo mejor.

—He vuelto a explicar lo de la mesa.

Noelia hablaba sin mirarla. Su tono era distinto al de la mañana: seguía nerviosa, pero ya no parecía defenderse de cada frase antes incluso de pronunciarla.

—También he mirado mis notas y los mensajes de coordinación del domingo —continuó—. No para investigar nada. Los tenía porque organizábamos la feria.

—Claro.

—El cambio fue a las nueve y cuarenta.

La hora encontró de inmediato su sitio en el hueco temporal que Conchi llevaba dos días intentando no rellenar con suposiciones.

—¿Estás segura?

—Sí. A las nueve y treinta y seis me avisaron de que el paso lateral estaba demasiado estrecho. Fui hacia allí, hablamos un momento y a las nueve y cuarenta ya estaba moviendo la mesa. No fue mucho, solo lo suficiente para que quedara más pegada al puesto.

Conchi no sacó el teléfono ni buscó la libreta. Se limitó a escuchar.

—¿Qué moviste exactamente?

Noelia inspiró despacio antes de responder.

—La mesa de apoyo de la cata. Había material encima y no se podía desplazar con todo tal como estaba. Quité unas cosas, movimos la mesa y luego volví a colocarlas.

—¿Quiénes la movisteis?

—Un voluntario me ayudó con la mesa. Pero el material lo recolocaba yo porque sabía cómo tenía que quedar.

Conchi asintió.

—¿Entre ese material estaban las muestras?

—Sí.

La respuesta fue directa y, por primera vez desde que había empezado aquella conversación, Noelia la miró de frente.

—Eso es lo que no quería contar. No cambié el contenido de las muestras ni mezclé nada. Había dos bandejas de bizcocho, las tarjetas y el material de presentación. Lo aparté, desplazamos la mesa y después lo dejé otra vez colocado.

—¿En qué orden?

Noelia se humedeció los labios.

—Como estaba indicado. La de almendra en el extremo derecho.

Algo tiró de la memoria de Conchi: la tarjeta roja situada en aquel extremo, Ramiro bromeando con que cuanto más lejos estuviera la almendra, mejor, y el reloj marcando las diez y cinco.

—¿Recuerdas la tarjeta roja? —preguntó.

—Sí. Era la que más me preocupaba precisamente porque Ramiro tenía alergia. La dejamos en el extremo, separada de la otra.

—¿A las nueve y cuarenta?

—Después de mover la mesa. No sé si terminé a las nueve y cuarenta y dos o a las nueve y cuarenta y tres, y no quiero inventarme el minuto. Pero el aviso y el cambio fueron a esa hora.

Conchi agradeció que Noelia no intentara precisar más de lo que realmente podía recordar.

—¿Y luego?

—Seguí con otras cosas. Había problemas en dos puestos y faltaba una conexión eléctrica en la zona de actividades. Cuando volví a pasar por allí, todo parecía normal.

—¿A qué hora?

Noelia negó con la cabeza.

—No lo sé. Y no quiero decirte una hora porque ya he montado bastante lío intentando que todo sonara más sencillo de lo que fue.

Aquella cautela le pareció a Conchi más importante que una precisión inventada. Desde la sala llegó un aplauso breve; la charla debía de haber empezado.

—¿Por qué dijiste que no habías tocado las muestras? —preguntó.

Noelia bajó la mirada.

—Porque cuando me preguntaron por la disposición pensé en lo que había pasado después. Ramiro había muerto y yo sabía que había movido la mesa, que había tenido las bandejas y las tarjetas en las manos. Me entró miedo.

—Pero sabías que las habías dejado bien.

—Sí.

—Entonces podrías haberlo dicho desde el principio.

—Ya lo sé.

Noelia se frotó las manos antes de continuar.

—Pero una cosa es saber que hiciste algo bien y otra que te digan que después una persona murió por comer una muestra mal identificada. En mi cabeza solo veía la misma escena: yo moviendo la mesa. Pensé que, si lo contaba, todo el mundo iba a decidir que había sido un error mío.

—Y al ocultarlo has conseguido que parezca peor.

—También lo sé.

Conchi no insistió. Noelia ya se había castigado bastante con aquella misma conclusión.

—¿La Guardia Civil sabe ahora todo esto?

—Sí. Les he dicho la hora, lo de las bandejas y las tarjetas, y que lo oculté. También les he enviado los mensajes de coordinación que tenía.

—Bien.

Noelia levantó la cabeza.

—No sé si me creen.

—Eso ya no depende de ti.

—Tú tampoco me crees.

Conchi se tomó un instante antes de responder.

—Creo que mentiste porque tenías miedo. Y creo que ahora estás diciendo algo que se puede comprobar.

—No es lo mismo que creerme.

—No. Pero es más útil.

Noelia dejó escapar una risa breve, sin alegría.

—Hablas como Lucía.

—Eso empieza a preocuparme.

La tensión se aflojó apenas, lo suficiente para que durante unos segundos ninguna necesitara defenderse de la otra.

Conchi apoyó las manos sobre las rodillas y, casi sin querer, volvió a ordenar las horas. A las nueve y cuarenta, Noelia había movido la mesa y recolocado las muestras; a las diez y cinco, Conchi había visto la tarjeta roja de almendra en el extremo derecho.

Solo habían transcurrido veinticinco minutos, pero lo importante no era la distancia entre ambas horas, sino el orden.

Si Noelia había realizado el ajuste primero y Conchi había visto después la identificación correctamente colocada, entonces aquel movimiento temprano no podía explicar que, tras la reacción de Ramiro, las tarjetas aparecieran en una disposición distinta.

La conclusión era tan sencilla que durante unos segundos le resultó extraño haber tardado tanto en verla.

—¿Qué pasa? —preguntó Noelia.

Conchi se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo callada.

—Nada.

—No es nada.

—Estoy pensando en una hora.

Noelia volvió a tensarse.

—¿Qué hora?

—Las diez y cinco.

—¿Qué ocurrió a las diez y cinco?

Conchi dudó. Lo que iba a decir no era información reservada, sino su propio recuerdo, el mismo que ya había comunicado a la Guardia Civil y que Noelia conocía en términos generales.

—Yo estaba en el puesto de Mieles Leal a esa hora.

Noelia la miró fijamente.

—¿Y?

—Vi la tarjeta roja de «Miel y almendra» en el extremo derecho.

El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Noelia necesitó unos segundos para comprender lo que aquello significaba.

—Después de que yo moviera la mesa.

—Sí.

—Entonces estaba bien.

—Cuando yo la vi, sí.

Noelia permaneció inmóvil.

—Entonces no fui yo.

Conchi levantó una mano con suavidad.

—No vayas tan deprisa.

—Pero si yo la moví a las nueve y cuarenta y tú la viste bien a las diez y cinco...

—Eso demuestra que el orden que yo vi es posterior a tu ajuste y que tu movimiento no puede explicar por sí solo la posición distinta que encontré después de la reacción.

—Es lo mismo.

—No exactamente.

Noelia frunció el ceño.

—¿Qué diferencia hay?

—Que yo no sé qué pasó entre las diez y cinco y la cata. Tampoco sé todavía por qué la mesa terminó de otra manera. Lo único que puedo afirmar es que tu cambio ocurrió antes de que yo viera las muestras correctamente identificadas.

Noelia la observó un momento antes de asentir.

—Vale.

La palabra salió muy baja, y Conchi percibió el alivio en su expresión antes de que intentara disimularlo.

—Es importante —dijo Noelia.

—Sí.

—Muy importante.

—Sí, pero no porque te quite o te ponga culpa de golpe. Es importante porque coloca las cosas en orden.

Noelia dirigió la vista hacia la puerta del patio.

—La Guardia Civil ya sabe a qué hora fue.

—Entonces ellos harán esa misma comparación.

—¿Tú les habías dicho lo de las diez y cinco?

—Sí.

—Pues ya está.

Conchi estuvo a punto de responder que todavía no estaba nada, pero se contuvo. Para Noelia, que llevaba desde el domingo convencida de que el simple hecho de haber movido aquella mesa podía convertirla en responsable de una muerte, la diferencia debía de sentirse enorme.

—¿Había alguien contigo cuando dejaste las tarjetas colocadas? —preguntó finalmente.

Noelia la miró de inmediato, pero Conchi negó con la cabeza antes de que pudiera responder.

—No. Perdona. Esa pregunta no me corresponde. Si tienen que hacértela, te la harán ellos.

Noelia pareció sorprendida.

—Podría contestarte.

—Ya, pero no necesito que lo hagas.

—Cada vez te pareces más a la Guardia Civil.

—No vuelvas a decirme eso.

Esta vez Noelia sí sonrió un poco.

Desde el interior llegó la voz de Irene llamando a alguien. La charla llevaba ya varios minutos en marcha y Conchi asumió que entrar en ese momento solo serviría para interrumpir.

—Debería volver —dijo Noelia.

—Yo también.

Antes de levantarse, Noelia se quedó mirando el suelo.

—Siento haberte mentido.

—A mí no me debías una declaración.

—Pero te hice pensar que no había tocado nada.

—Me hiciste pensar que tu versión no encajaba. No es lo mismo.

Noelia asintió y se puso en pie.

Al regresar al vestíbulo, Irene les lanzó una mirada interrogante. Noelia se acercó a ella.

—Luego te cuento.

—Vale.

Conchi se despidió de ambas y salió del centro cultural. La tarde era clara y, después del aire algo cargado del interior, agradeció la temperatura de la calle.

Caminó sin prisa hacia la plaza y, al pasar junto a la fuente, se detuvo. Ya no había mesas, muestras ni tarjetas; solo quedaba el espacio vacío donde dos días antes todo había parecido sencillo.

Sacó el teléfono, miró la hora y volvió a guardarlo.

Nueve y cuarenta y diez y cinco.

No necesitaba separar las dos horas en pensamientos distintos para comprender lo esencial: cuando ella vio la tarjeta roja correctamente situada, el ajuste de Noelia ya había ocurrido.

Aquello no resolvía quién había alterado después la identificación, ni cuándo, ni por qué. Ni siquiera demostraba todavía que el cambio final hubiera sido deliberado. Lo único que hacía era eliminar una explicación que hasta entonces podía haber parecido suficiente.

No había sido un único movimiento mal hecho durante el montaje.

Si su recuerdo y la hora aportada por Noelia eran correctos, algo había cambiado otra vez después.

Conchi reanudó el camino. Esta vez no necesitó apuntarlo en la libreta para saber que aquella diferencia tendría que comunicársela a Lucía.