La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Cuando Conchi volvió a la plaza poco antes del mediodía, Irene estaba sentada en uno de los bancos próximos al Ayuntamiento, con una carpeta abierta sobre las rodillas y el teléfono apoyado a su lado.

Varias hojas permanecían sujetas con una pinza y, por la forma en que iba pasando de una a otra, parecía estar reconstruyendo algo que no terminaba de encontrar a la primera.

—Si estás intentando averiguar quién cambió una mesa el domingo, me voy —dijo Conchi al acercarse.

Irene levantó la vista.

—Qué confianza.

—Es que últimamente todo el mundo habla de mesas.

—Pues no iba por ahí. Bueno, no exactamente.

Conchi se sentó en el extremo del banco, dejando espacio entre las dos.

—Eso suena peor.

Irene cerró la carpeta sin prisa.

—Estoy rehaciendo parte del parte de organización de la feria. Hay cosas que quedaron a medias después de lo de Ramiro y ahora nos están pidiendo que dejemos por escrito qué incidencias hubo, qué se cambió y quién se ocupó de cada cosa.

—Normal.

—Sí. Lo que pasa es que el domingo fue un caos pequeño. Nada grave, pero ya sabes cómo funciona esto: una mesa invade un poco el paso, alguien mueve una caja, falta una alargadera, luego aparece, una actividad empieza tarde...

—Y al día siguiente nadie se acuerda de nada.

—Exacto.

Conchi miró la carpeta cerrada. No había ido allí para preguntar por Noelia.

Después de la conversación de aquella mañana, de hecho, había decidido hacer justo lo contrario: no convertir una incomodidad en una pesquisa.

Había pasado por casa, sacado a Lili al patio y se había ocupado de un par de cosas que llevaba días posponiendo.

Solo al mediodía había vuelto a salir para comprar fruta.

—¿Y qué estás intentando recordar?

Irene apoyó la espalda en el banco.

—Un problema de paso en la zona de productores.

Conchi guardó silencio, y a Irene le bastó mirarla para darse cuenta.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pones cuando algo te interesa más de lo que quieres reconocer.

Conchi desvió la vista hacia la fuente.

—Esta mañana he hablado con Noelia.

Irene se quedó quieta.

—¿De qué?

—De la feria. De lo que está diciendo la gente. Ella me dijo que no había hecho cambios relevantes y que no había cambiado la disposición de las muestras.

Irene tardó unos segundos en responder.

—Ya.

Aquella única palabra bastó para que Conchi volviera a mirarla.

—¿Qué significa ese «ya»?

Irene abrió de nuevo la carpeta y empezó a buscar una hoja.

—Significa que yo recuerdo que sí hubo un cambio antes de abrir.

—¿En la mesa de Mieles Leal?

—En esa zona. No sé hasta qué punto afectó a las muestras.

Conchi sintió la tentación de preguntar demasiado deprisa, pero se obligó a esperar. Irene encontró por fin la hoja que buscaba y la sostuvo delante de sí.

—Mira, esto no es una prueba de nada. Es el listado de incidencias de organización. Lo hacemos siempre para no repetir errores. Aquí aparece que hubo que liberar paso en la zona de productores porque una de las mesas laterales quedaba demasiado salida.

—¿Pone quién la movió?

—No con nombres. Pone «ajuste mesa cata / paso lateral». Pero yo estaba allí y recuerdo a Noelia ocupándose.

Conchi pensó en la tarde anterior al evento.

Noelia le había pedido que mirara desde lejos si quedaba espacio suficiente entre dos filas, había movido una mesa con un voluntario y después había seguido con otra cosa.

Aquella clase de ajuste formaba parte de su trabajo, así que no tenía nada de extraño que el día de la feria hubiera ocurrido algo parecido.

—¿Antes de abrir?

—Sí. Bastante antes de que llegara gente de verdad.

—¿Y qué hizo exactamente?

Irene frunció el ceño.

—Eso es lo que intento no inventarme. Recuerdo que había poco paso porque una mesa quedaba demasiado hacia fuera y que Noelia la ajustó. También movió parte del material que estaba encima para que no quedara todo amontonado, pero no sé decirte ahora qué objetos eran.

Conchi agradeció aquella precisión. Era mucho más útil un límite claro que una memoria completada por voluntad.

—¿Tarjetas?

—No lo sé.

—¿Recipientes?

—Tampoco.

—Entonces no lo recuerdas.

—No.

La respuesta de Irene fue tan inmediata que cerró cualquier tentación de convertir aquel recuerdo parcial en algo más útil de lo que realmente era.

—¿Alguien más estaba allí?

—Sí, claro. Había varios productores terminando de montar, dos voluntarios y creo que Eva también estaba entrando y saliendo del puesto. Pero no te puedo hacer una lista exacta sin mirar los horarios.

Conchi levantó una mano.

—No hace falta.

Irene la observó con cierta curiosidad.

—Eso antes no lo habrías dicho tan deprisa.

—Estoy aprendiendo.

—Me alegro.

Durante unos segundos ninguna habló. Conchi volvió a mirar la hoja que Irene sostenía.

—¿Ese ajuste quedó hecho antes de que yo llegara?

—Sí.

—Yo estuve en el puesto sobre las diez y cinco.

—Entonces sí. Para entonces ya estaba todo abierto.

Conchi no pidió una hora más concreta. La estructura de la mañana empezaba a ser suficiente sin ella: primero había habido un ajuste de organización y, después, a las diez y cinco, ella había visto la tarjeta roja en el extremo derecho.

Bastante más tarde, tras la reacción de Ramiro, la disposición era distinta.

Aquello no demostraba quién había hecho qué, pero sí dejaba claro que la versión que Noelia había dado aquella mañana estaba incompleta.

—¿Por qué crees que ha dicho que no cambió nada? —preguntó Irene.

Conchi negó con la cabeza.

—No quiero responder a eso.

—No te estoy pidiendo que la acuses.

—Ya, pero en cuanto intento explicar por qué alguien miente, empiezo a completar huecos.

Irene sonrió levemente.

—Eso también es nuevo.

Conchi le devolvió la sonrisa.

—Estoy insoportable con el método.

—Un poco.

Irene guardó de nuevo la hoja en la carpeta.

—De todas formas, no quiero que esto se convierta en una cacería contra Noelia. Está bastante agobiada.

—Lo sé.

—Lleva años trabajando con estas cosas. Si piensa que todo puede acabar pareciendo una negligencia suya, entiendo que tenga miedo.

—Entenderlo no hace que lo que dijo sea verdad.

—No.

La respuesta quedó entre las dos. Conchi pensó en llamar a Lucía porque, esta vez, sí había algo más que una impresión.

No era una deducción sobre culpabilidad ni un rumor recogido en una panadería, sino una contradicción concreta entre lo que Noelia había afirmado y un movimiento que Irene recordaba dentro de su trabajo de organización.

—¿Esto se lo has contado ya a la Guardia Civil?

—Me llamaron ayer por la tarde para pedirme documentación de la feria. Les mandé los partes que tenía, pero no sé si este detalle se ha comentado así. El parte es muy esquemático.

—Entonces no hace falta que llame yo.

Irene se encogió de hombros.

—Si te preocupa algo, puedes llamar. Pero ellos tienen los papeles.

Conchi agradeció otra vez que la respuesta no la empujara a ocupar un lugar que no le correspondía.

Un hombre cruzó la plaza y las saludó desde lejos.

Ambas respondieron con la mano y, durante unos minutos, hablaron de la reapertura de las actividades culturales, de una charla que finalmente se celebraría por la tarde y de un taller infantil que se había trasladado al centro cultural.

Parecía que el asunto de la mesa había quedado atrás cuando Irene volvió a abrir la carpeta.

—Espera.

Sacó otra hoja y la recorrió de arriba abajo.

—Aquí tengo los turnos de los voluntarios. No son horarios de personas concretas del puesto, solo de organización. Hay una anotación de que el lateral quedó despejado antes del inicio.

Conchi se inclinó un poco, pero no cogió la hoja.

—¿Eso confirma que se movió la mesa?

—Confirma que hubo que corregir el paso y que quedó resuelto antes de abrir. No mucho más.

—Suficiente.

Irene la miró.

—¿Para qué?

Conchi tardó un momento en responder.

—Para saber que Noelia no contó toda la verdad esta mañana.

Irene cerró la carpeta por segunda vez.

—Eso sí.

Aquella certeza resultaba incómoda precisamente porque no traía consigo ninguna explicación.

Si Noelia había movido una mesa y parte del material antes de la apertura, podía haberlo ocultado por miedo a parecer responsable; esa posibilidad encajaba con muchas de las cosas que había dicho.

También podían existir otras razones que Conchi desconocía.

El hecho, sin embargo, seguía siendo el mismo: había negado un cambio que sí había ocurrido.

Conchi se levantó del banco.

—Voy a seguir con mi fruta antes de que cierre la tienda.

Irene guardó el teléfono en el bolso.

—Conchi.

—¿Qué?

—Noelia no es mala persona.

—No he dicho que lo sea.

—Ya. Solo quería decirlo.

Conchi asintió.

—Y yo no quiero convertir una mentira en un homicidio.

Irene pareció relajarse.

—Entonces estamos de acuerdo.

Conchi continuó hacia la calle Mayor, pero no había llegado a mitad de la plaza cuando escuchó su nombre. Noelia se acercaba desde el lado del centro cultural. Caminaba deprisa y llevaba el móvil en la mano; al verla junto a Irene, redujo el paso.

—¿Habéis estado hablando de la feria?

La pregunta no tenía nada de casual.

Irene se puso en pie.

—Estoy terminando los partes de incidencias.

Noelia miró la carpeta y después a Conchi.

—¿Qué partes?

—Los de organización. Los que nos han pedido completar.

—Pensaba que eso ya estaba enviado.

—Mandé lo que tenía. Faltaban detalles.

Noelia se quedó inmóvil y Conchi sintió que la situación empezaba a volverse innecesariamente tensa.

—Yo me iba.

—Espera —dijo Noelia.

Conchi se detuvo. Noelia volvió a mirar la carpeta.

—¿Has puesto lo de la mesa?

Irene no respondió de inmediato.

—He puesto lo que ocurrió.

—Pero aquello no tuvo nada que ver con las muestras.

—Yo no he dicho que lo tuviera.

Noelia cerró los ojos un instante. La reacción confirmó algo antes de que nadie pronunciara una palabra más: sabía perfectamente a qué ajuste se refería Irene.

—Esta mañana me dijiste que no habías hecho cambios —dijo Conchi con calma.

Noelia abrió los ojos.

—Dije que no había hecho cambios importantes.

—También dijiste que no cambiaste la disposición de las muestras.

—Porque no la cambié.

—No estoy diciendo que lo hicieras.

Noelia respiró hondo.

—Moví una mesa. Ya está.

Irene intervino.

—Y parte del material, para poder desplazarla.

—Porque si no se caía todo.

—Sí.

—Entonces no entiendo qué problema hay.

Conchi permaneció en silencio. No era su turno de llenar aquel espacio.

Noelia acabó mirándola directamente.

—No toqué las muestras de forma que pudiera confundirlas.

Aquella frase era más concreta que cualquiera de las anteriores. Conchi no sabía si debía creerla, pero sí sabía que ya no podía sostenerse que Noelia no hubiera movido nada.

—Eso tendrás que explicárselo a quien corresponde —dijo.

Noelia bajó la voz.

—Ya lo hice.

Irene frunció el ceño.

—¿Les dijiste que moviste la mesa?

Noelia no contestó. El silencio duró solo unos segundos, pero fue suficiente.

—Noelia —dijo Irene.

—No quería que pareciera que había sido culpa mía.

La explicación salió casi en un susurro.

Conchi sintió una mezcla incómoda de alivio y preocupación.

Alivio porque el miedo que había percibido en Noelia adquiría por fin una forma concreta; preocupación porque una mentira nacida del miedo seguía siendo una mentira, y ahora correspondía a la Guardia Civil determinar cuánto afectaba aquello a la reconstrucción real.

—¿Por qué no lo contaste? —preguntó Irene.

—Porque Ramiro murió después de comer algo de esa mesa y yo fui la que la movió. ¿Qué querías que pensara?

—Que precisamente por eso tenías que decirlo.

Noelia apretó la mandíbula.

—Ya lo sé.

Conchi no añadió nada. No necesitaba preguntarle cuándo había sido, qué había tocado exactamente o quién estaba mirando. Todo aquello podía comprobarse sin que ella transformara la plaza en un interrogatorio.

Noelia guardó el móvil en el bolso.

—Voy a llamarles.

—Hazlo —dijo Irene.

Noelia asintió una vez y se alejó hacia un rincón más tranquilo de la plaza. Conchi e Irene la siguieron con la mirada.

—Pues ya está —murmuró Irene.

Conchi negó despacio.

—No.

—¿No?

—Ya sabemos que mintió sobre haber movido la mesa. No sabemos qué significa.

Irene miró hacia donde Noelia había desaparecido.

—Puede que solo signifique que tenía miedo.

—Puede.

—Y puede que no.

—También.

La diferencia era que, por fin, una de las versiones cómodas había dejado de sostenerse por sí sola. Noelia había hecho un cambio antes de la apertura y había intentado ocultarlo. Eso era todo lo que Conchi podía afirmar sin ir más lejos de los hechos.

Mientras retomaba el camino hacia la tienda, comprendió que el hueco temporal de su libreta acababa de empezar a dividirse en partes. Todavía faltaba saber cuál de ellas importaba de verdad.