Capítulo 11 #2
—Todavía.
El nerviosismo de Noelia empezaba a hacerse evidente. Hablaba deprisa y cada respuesta parecía adelantarse a una acusación que Conchi no había formulado.
—¿Te preocupa que te hagan responsable de un error de organización? —preguntó con cuidado.
Noelia la miró fijamente.
—¿A ti no te preocuparía?
—Sí.
La sinceridad pareció frenarla un poco.
—Yo llevo años haciendo esto: ferias, actividades, montajes. Si ahora resulta que por haber organizado esa zona van a decir que dejé mal puesta una muestra o que provoqué algo… claro que me preocupa.
—Eso no significa que haya ocurrido así.
—Ya, pero prueba a explicárselo a alguien después de que haya muerto una persona.
Conchi no encontró una respuesta inmediata. Noelia respiró hondo antes de continuar.
—La disposición se mantuvo como estaba prevista. Yo no hice cambios relevantes. Eso es lo que he dicho y es la verdad.
La insistencia llevó a Conchi de regreso al sábado por la tarde, durante el montaje.
Recordó a Noelia midiendo la separación entre dos filas de mesas y pidiéndole que opinara sobre el paso.
Al día siguiente también la había visto agachada junto a un cable y resolviendo pequeños problemas alrededor de la zona de productores.
Decir que todo se había mantenido «como estaba previsto desde el principio» no encajaba del todo con el funcionamiento real de aquella feria, donde los ajustes habían sido constantes.
Pero una cosa era que la frase sonara demasiado absoluta y otra muy distinta que escondiera algo relacionado con la muerte de Ramiro.
—Quizá el problema está en lo que llamas «cambios relevantes» —dijo Conchi.
Noelia frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que yo te vi mover cosas durante el montaje. Te vi medir, cambiar una mesa de sitio, organizar el paso. Era tu trabajo. Eso no significa que tocaras las muestras.
Noelia apartó la mirada.
—Eso fue el sábado.
—Sí.
—Y no tiene nada que ver.
—No he dicho que lo tenga.
—Pues entonces no entiendo por qué lo mencionas.
Conchi sintió que la conversación empezaba a deslizarse hacia un terreno que no quería pisar.
—Porque acabas de decir que todo se mantuvo como estaba previsto desde el principio y yo recuerdo que el montaje cambió varias veces. Solo eso.
Noelia tardó en responder.
—Una cosa es ajustar un espacio y otra cambiar una mesa de cata.
—De acuerdo.
—Yo no cambié la disposición de las muestras.
Esta vez la frase fue directa, y Conchi la guardó sin añadir nada.
Noelia se dio cuenta de su silencio y pareció arrepentirse de haber insistido.
—Perdona. Es que llevo desde el domingo sintiendo que cada cosa que digo puede volverse contra mí.
—Lo entiendo.
—No creo.
—Probablemente no del todo.
Los hombros de Noelia se relajaron apenas.
—La Guardia Civil me ha preguntado varias veces por los horarios, por quién estaba en cada sitio, por el material… Y ahora la gente empieza a mirarme como si organizar la feria significara controlar cada vaso y cada servilleta.
—No puedes controlar todo.
—Exacto.
Conchi comprendía perfectamente de dónde podía venir aquel miedo. Si la investigación acababa concluyendo que una identificación incorrecta había provocado la muerte de Ramiro, Noelia podía temer que su nombre quedara unido para siempre a una negligencia aunque no hubiera sido suya.
Sin embargo, seguía habiendo algo que no terminaba de encajar en su forma de hablar.
Conchi se obligó a no llamarlo culpabilidad ni siquiera mentalmente.
Era algo mucho más sencillo y menos concluyente: la rigidez de una versión demasiado limpia para una mañana que ella recordaba llena de ajustes, cambios menores e imprevistos.
Irene salió del Ayuntamiento antes de que la conversación pudiera avanzar más.
—Perdón, al final han sido diez minutos.
Noelia se apartó un paso.
—Yo subo luego.
—¿Estás bien?
—Sí.
Irene miró primero a Noelia y después a Conchi, pero no preguntó nada.
—Te llamo esta tarde —le dijo a Noelia.
—Vale.
Noelia se despidió con un gesto breve y se alejó hacia la calle que salía de la plaza por el lado de los soportales. Conchi la siguió con la mirada solo unos segundos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Irene.
—Nada.
Irene arqueó una ceja.
—Eso no parecía nada.
Conchi recordó la advertencia de Lucía y la libreta sobre la mesa del salón.
—Hemos hablado de la feria. No quiero convertir una conversación incómoda en otra cosa.
Irene aceptó la respuesta sin insistir.
—Entonces dime qué querías preguntarme.
Conchi le explicó lo de la actividad aplazada y durante varios minutos hablaron de horarios, del centro cultural y de si valía la pena mantener una charla prevista para el jueves. La conversación cambió por completo de tono, y Conchi agradeció que así fuera.
Al marcharse de la plaza, sin embargo, volvió a pensar en Noelia.
No porque le pareciera culpable; ni siquiera sabía todavía de qué tendría que ser culpable alguien, más allá de que la posición de unas tarjetas no coincidiera con lo que ella recordaba.
Lo único que tenía era una contradicción pequeña y todavía imprecisa.
La feria, tal como Conchi la había vivido, había estado llena de ajustes.
Las mesas habían cambiado ligeramente, las cajas se habían apartado, los pasillos se habían ensanchado y el material se había recolocado.
Noelia había participado en todo aquello como parte normal de su trabajo.
Ahora sostenía que la disposición relevante se había mantenido como estaba prevista y que ella no había hecho cambios.
Ambas cosas podían ser compatibles. Quizá Noelia hablaba únicamente de las muestras y diferenciaba entre mover una mesa y alterar su contenido; quizá el miedo a verse responsabilizada de lo ocurrido la llevaba a expresarse de forma demasiado absoluta.
Conchi no tenía datos para decidirlo y, sobre todo, no tenía derecho a completar el resto por su cuenta.
Al llegar a la esquina de la calle Mayor sacó el teléfono. Durante un instante pensó en llamar a Lucía, pero volvió a guardarlo. Todavía no tenía un dato que aportar, solo una conversación que no terminaba de encajar.
La noche anterior había aprendido que no todo hueco debía rellenarse deprisa. Aquella mañana comprendió algo parecido: tampoco toda contradicción tenía que convertirse inmediatamente en una acusación.
Siguió caminando hacia casa mientras, detrás de ella, la plaza recuperaba su rutina. El rumor más cómodo ya no tenía necesariamente el nombre de Marcos; ahora el pueblo podía empezar a colocar en su lugar el de Noelia.
Conchi, en cambio, sabía que todavía no tenía razones para hacerlo.