Capítulo 11
A la mañana siguiente, Conchi descubrió que pensar en horas resultaba bastante menos entretenido que pensar en personas.
Había salido temprano con Lili y, mientras recorrían la calle de las Moreras, intentó reconstruir una vez más la mañana de la feria sin colocar nombres donde todavía no correspondían.
A las diez y cinco había visto la tarjeta roja en el extremo derecho.
Después había seguido recorriendo la plaza, hablando con gente y ocupándose de otras cosas hasta dejar de prestar atención a aquella mesa que entonces no tenía ninguna importancia especial.
Horas más tarde, cuando todo había cambiado, la tarjeta ya no estaba donde ella la recordaba.
Entre ambos momentos cabían demasiadas cosas como para fingir que podía reconstruirlas solo a fuerza de pensarlas.
Lili tiró suavemente de la correa hacia un alcorque y Conchi se detuvo.
Resultaba tentador creer que, si se concentraba lo suficiente, acabaría apareciendo en su memoria algún detalle capaz de cerrar aquel hueco: una mano, una conversación, alguien inclinándose sobre la mesa.
Pero no había nada de eso, solo trozos corrientes de una mañana de feria que entonces no sabía que tendría que recordar con precisión.
—Así no vamos a ninguna parte —murmuró.
Lili, que había encontrado algo muchísimo más interesante en la base de un árbol, no pareció afectada por la conclusión.
Después del paseo, Conchi pasó por La Tahona. Pilar estaba detrás del mostrador, terminando de colocar unas barras en una cesta, y levantó la vista en cuanto la vio entrar.
—Hoy tienes mejor cara.
—Eso significa que ayer la tenía mala.
—Ayer tenías cara de estar pensando demasiado.
—Pues hoy sigo pensando.
—Entonces será la luz.
Conchi sonrió y esperó mientras Pilar atendía a un hombre que llevaba prisa. Cuando durante unos segundos se quedaron solas, su amiga señaló la cafetera con la barbilla.
—¿Quieres uno?
—Si me lo pones, sí.
—Eso no cuenta como decisión.
Pilar preparó dos cafés pequeños y dejó uno sobre la barra.
Conchi se apoyó en el taburete más cercano, agradecida por la normalidad de aquel gesto.
El pueblo seguía hablando de Ramiro, aunque las conversaciones empezaban a cambiar de forma.
La intensidad de los primeros momentos había disminuido y, en su lugar, aparecían pequeñas versiones que cada cual iba completando con lo que creía recordar o con aquello que le parecía más fácil imaginar.
—Esta mañana han preguntado otra vez por Noelia —dijo Pilar mientras removía su café.
Conchi levantó la mirada.
—¿Quién?
—Dos personas distintas. No porque sepan nada, sino porque alguien ha dicho que ella era la que llevaba la organización de esa parte de la feria.
Conchi no contestó de inmediato. Noelia había estado allí, claro.
Había medido espacios, resuelto problemas, hablado con vendedores y voluntarios, pegado cables al suelo y pasado varias veces por la zona de productores.
Nada de aquello era nuevo. Lo que le llamó la atención fue la facilidad con que el pueblo desplazaba el foco sin necesitar ningún dato que justificara el cambio.
—Hace dos días todo era Marcos —dijo.
—Y ayer Sara.
—Ya.
Pilar la observó por encima de la taza.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de cuando empiezas a ordenar cosas.
Conchi bajó la vista hacia el café.
—Precisamente estoy intentando no ordenar personas.
—Pues suerte.
Pilar tuvo que apartarse cuando entró una mujer con una bolsa reutilizable y pidió dos hogazas.
Conchi terminó el café sin añadir nada más.
No quería alimentar otra conversación construida sobre lo que la gente suponía, y menos ahora que empezaba a comprender lo fácil que era convertir una impresión en algo que, después de repetirse varias veces, sonaba casi como un hecho.
Al salir de La Tahona decidió acercarse a la plaza.
No esperaba encontrar nada relacionado con el caso; quería pasar por el Ayuntamiento para consultar una actividad que se había aplazado tras la muerte de Ramiro y de la que Irene le había hablado días atrás.
La Semana Cultural había perdido buena parte de su programa, aunque algunas actividades se mantenían para evitar que todo quedara suspendido indefinidamente.
La plaza estaba tranquila. Quedaban pocos rastros de la feria y el espacio alrededor de la fuente había recuperado su aspecto habitual.
Al verlo así, Conchi tuvo la extraña sensación de que la mesa de degustación nunca hubiera estado allí, como si el pueblo hubiese borrado en apenas un par de días el escenario que ella seguía reconstruyendo mentalmente una y otra vez.
Cerca de la entrada del Ayuntamiento encontró a Irene hablando con Noelia.
Noelia sostenía una carpeta contra el pecho y parecía cansada. No era el cansancio físico de quien ha dormido poco, sino una rigidez constante en los hombros que Conchi ya había visto alguna vez en personas obligadas a repetir demasiadas veces la misma explicación.
Irene fue la primera en verla.
—Conchi. Justo iba a llamarte luego.
—Pues te ahorro el teléfono.
Noelia hizo un gesto breve a modo de saludo.
—Buenos días.
—Buenos días.
Se produjo un silencio pequeño, incómodo solo porque ninguna parecía saber qué conversación debía continuar. Irene terminó rompiéndolo.
—Estamos reorganizando lo que queda de la Semana Cultural. Algunas actividades vuelven mañana.
—Me parece bien.
—Si no hacemos nada, al final todo esto se queda asociado únicamente a lo que pasó el domingo.
Noelia miró hacia la plaza.
—Ya está asociado.
La frase salió más seca de lo que probablemente pretendía. Irene la miró de reojo, pero no la corrigió.
—Noelia lleva toda la mañana contestando preguntas que no debería tener que contestar —explicó.
—No pasa nada —dijo ella demasiado deprisa—. Es normal que pregunten.
Conchi no estaba segura de que lo fuera, aunque tampoco quiso discutirlo.
—Pilar me ha contado que la gente está hablando de la organización de la feria.
Noelia apretó un poco más la carpeta contra el cuerpo.
—La gente habla porque no sabe qué pasó.
Aquello era cierto. Conchi había pensado exactamente lo mismo cuando los rumores habían girado alrededor de Marcos y después de Sara.
—También porque cree que cualquiera que estuviera cerca tiene que poder explicarlo —añadió.
Noelia levantó la mirada hacia ella.
—Yo estaba cerca porque era mi trabajo.
—Ya lo sé.
La respuesta pareció sorprenderla, quizá porque esperaba otra cosa.
Irene consultó el móvil.
—Tengo que subir un momento. ¿Vienes luego?
Noelia asintió.
—Sí.
Irene miró entonces a Conchi.
—Si quieres preguntar lo de mañana, espérame cinco minutos.
—No tengo prisa.
Irene entró en el Ayuntamiento y las dejó solas. Conchi habría preferido que no lo hiciera, no porque quisiera evitar a Noelia, sino porque el silencio que quedó entre ambas parecía exigir una conversación que ninguna había buscado.
Fue Noelia quien habló primero.
—Supongo que tú también quieres saber si moví algo.
La pregunta hizo que Conchi tardara un momento en responder.
—No he venido a preguntarte eso.
—Pero lo sabes.
—Sé que la Guardia Civil está reconstruyendo lo que pasó. Nada más.
Noelia soltó el aire y miró hacia la fuente.
—Pues yo ya se lo he explicado. La mesa estaba como tenía que estar. Habíamos dejado todo preparado y yo no hice ningún cambio importante después.
La formulación llamó la atención de Conchi.
No había dicho que no hubiera tocado nada, sino que no había hecho ningún cambio importante.
Podía tratarse únicamente de una manera de expresarse.
Durante una feria, mover una caja, separar una silla o recolocar servilletas difícilmente se consideraba una modificación importante.
—¿Después de qué? —preguntó antes de poder evitarlo.
Noelia se volvió hacia ella.
—Después del montaje.
Conchi notó enseguida que la pregunta había sonado más parecida a un interrogatorio de lo que pretendía.
—Perdona. No tengo por qué preguntarte eso.
Noelia bajó la vista hacia la carpeta.
—Da igual. Todo el mundo pregunta.
—Yo no soy todo el mundo.
—Ya.
Había algo en aquel «ya» que no era un reproche abierto, pero tampoco expresaba confianza.
Conchi recordó lo ocurrido en La Tahona el día anterior: algunas personas esperaban que confirmara sus sospechas, mientras otras parecían temer que cualquier conversación acabara transformada en una observación que llegara a la Guardia Civil.
Noelia, por lo visto, pertenecía al segundo grupo.
—Mira —dijo Conchi—, si ya has hablado con ellos, no necesitas explicarme nada a mí.
Noelia levantó la mirada.
—¿Y tú no les has contado lo de las tarjetas?
Conchi sintió una pequeña tensión en el estómago. No sabía cuánto se había extendido aquella información ni de qué forma.
—Les conté lo que vi. Nada más.
—Que antes estaban de una manera y luego de otra.
—Sí.
Noelia apretó los labios.
—Pues eso deja muy bien a los que solo estaban vendiendo y bastante peor a los que organizábamos la mesa.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
La respuesta fue más brusca que las anteriores.
Conchi guardó silencio porque entendía el miedo de Noelia, aunque no compartiera su conclusión.
Si todo acababa reduciéndose a un cambio de posición en una mesa, la persona encargada de mover mesas, carteles y material resultaba una candidata evidente para las conversaciones del pueblo.
—Noelia, yo no sé quién cambió nada.
—Pero sabes que cambió.
—Sé que yo vi una posición por la mañana y otra después de la reacción. Eso es lo único que puedo asegurar.
Noelia miró hacia un lateral de la plaza, como si buscara algo que ya no estaba.
—Había mucha gente tocando cosas. Cajas, folletos, servilletas, sillas… Todo se movía. Si ahora intentan hacer como si aquello hubiera sido un laboratorio donde nadie tocaba nada, no es verdad.
Conchi recordó la noche anterior y las tres líneas de la libreta. Ella misma había llegado a una conclusión parecida: reconstruir cada movimiento de la feria como si todos hubieran permanecido inmóviles era imposible.
—Nadie ha dicho eso.