Capítulo 10
La casa estaba en silencio cuando Conchi terminó de recoger la cocina.
Había cenado tarde y sin demasiada hambre, más por cumplir con la costumbre que porque le apeteciera sentarse delante de un plato, y después había tardado más de la cuenta en guardar dos cosas que normalmente habría dejado resueltas en cinco minutos.
Lili llevaba un rato acomodada en su manta, con la cabeza apoyada entre las patas y los ojos medio cerrados, aunque Conchi sabía que bastaría el ruido de una bolsa para que recuperara de inmediato todas sus facultades.
Fuera, Valdecerezos había ido apagándose poco a poco.
Desde el día anterior parecía imposible cruzar una calle sin encontrarse con alguien hablando de Ramiro, así que agradecía aquella hora en que las persianas bajaban, las conversaciones se quedaban dentro de las casas y el pueblo dejaba de pedir explicaciones a cualquiera que se detuviera el tiempo suficiente.
Conchi llevó la taza al fregadero y se quedó un momento con las manos apoyadas en la encimera.
Había intentado no darle vueltas a la conversación con Sara durante la cena, pero no había servido de mucho.
La muchacha había discutido con su padre y al principio había contado solo una parte; Marcos también había discutido con él y llevaba meses convencido de que los números de Mieles Leal no encajaban.
Dos personas, dos conflictos verdaderos y dos historias que, vistas desde fuera, podían convertirse con facilidad en algo más grande de lo que eran.
Hasta esa tarde, Conchi no había apreciado del todo lo sencillo que resultaba construir una explicación a partir de una discusión. Bastaba con elegir la frase adecuada, quitarle todo lo que había ocurrido antes y después y contarla dos veces en el lugar indicado. A la tercera, ya parecía un motivo.
El teléfono sonó en la mesa del salón y Lili levantó la cabeza.
—Ni te molestes —le dijo Conchi mientras iba a cogerlo—. A ti no te buscan.
En la pantalla apareció el nombre de Lucía Ferrer. Conchi respondió enseguida.
—Hola, Lucía.
—Buenas noches, Conchi. ¿Te pillo mal?
—No. Estaba terminando de recoger.
Hubo un pequeño silencio al otro lado, el suficiente para que Conchi comprendiera que no era una llamada de cortesía.
—Quería confirmar una cosa de lo que nos dijiste ayer —continuó Lucía—. Prefiero preguntártelo ahora y no dejarlo para mañana.
Conchi se sentó en uno de los extremos del sofá.
—Dime.
—Cuando viste la tarjeta roja por la mañana, ¿estabas delante del puesto o venías caminando por el pasillo?
La pregunta era concreta y no le costó recuperar la escena. Había llegado desde la zona de productores, se había detenido delante de Mieles Leal y había hablado con Ramiro y Eva mientras decidía qué miel comprar.
—Me paré delante. Estuve un rato allí.
—¿Y la mesa de degustación estaba a tu derecha?
Conchi cerró los ojos un instante, no porque necesitara imaginar mucho, sino porque prefería no contestar deprisa. Recordaba el puesto, los tarros, a Eva moviendo servilletas y a Ramiro diciendo que la muestra de almendra se quedara en el extremo.
—Sí. A la derecha del puesto principal.
—¿Podías leer la tarjeta desde donde estabas?
—Sí. Ponía «Miel y almendra». Era roja y estaba en el extremo derecho.
Lucía no respondió de inmediato.
—¿Eso último lo recuerdas por el comentario de Ramiro o porque viste la tarjeta allí?
La precisión de la pregunta le gustó a Conchi, aunque también la obligó a separar cosas que en su memoria aparecían juntas.
—Por las dos cosas, pero primero la vi. Después Ramiro dijo que quería la almendra en el extremo y que cuanto más lejos de él, mejor. Si solo tuviera su comentario, te lo diría.
—Bien.
Conchi esperó. Oyó algo al otro lado, quizá el roce de un papel o de una carpeta.
—¿Y por la tarde, cuando nos avisaste del cambio, estabas segura de que la tarjeta visible ya no estaba en ese mismo sitio?
—Sí. De eso también estoy segura.
—De acuerdo.
Lucía parecía a punto de despedirse, pero Conchi llevaba desde el día anterior aprendiendo a medir las preguntas y, precisamente por eso, no quiso convertir aquella llamada en una oportunidad para pedir lo que no le correspondía. Aun así, había algo que sí necesitaba ordenar.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Puedes.
—No hace falta que me cuentes nada que no debas. Solo quiero saber si estoy mezclando cosas.
—Eso depende de qué cosas.
Conchi sonrió a pesar de sí misma.
—Marcos, Sara, las discusiones... Todo el mundo habla de quién tenía razones para enfadarse con Ramiro. ¿Eso os está sirviendo de verdad o estamos haciendo mucho ruido con lo más visible?
Lucía tardó un momento en contestar y, cuando lo hizo, mantuvo el tono directo que Conchi ya conocía.
—Estamos contrastando horarios, declaraciones y todo lo relacionado con lo ocurrido en el puesto. Una discusión pública no basta para fijar una línea, Conchi.
—Ya.
—Y no te estoy diciendo que alguien quede descartado.
—Lo sé.
—Te lo digo porque es fácil pasar de «discutieron» a «tenía un motivo» y de ahí a cosas que todavía no están demostradas.
Conchi miró hacia Lili, que había vuelto a apoyar la cabeza sobre la manta.
—Eso mismo llevo pensando desde esta tarde.
—Pues sigue por ahí.
—¿Por dónde?
—Por separar lo que sabes de lo que parece encajar.
La frase no sonó a reproche. Lucía hablaba como quien recuerda una norma de trabajo que sirve precisamente porque evita equivocarse cuando una historia resulta demasiado cómoda.
—Entonces seguís comprobando los horarios de todos.
—Eso te lo puedo decir porque ya lo sabes. Lo demás, cuando corresponda.
Conchi no insistió.
—Vale.
—Y si recuerdas cualquier otra cosa de la mesa, nos llamas. Aunque te parezca pequeña.
—Lo haré.
—Buenas noches, Conchi.
—Buenas noches.
Dejó el teléfono sobre la mesa y permaneció sentada unos segundos, mirando la pantalla apagada.
La llamada no le había dado ninguna respuesta sobre Marcos ni sobre Sara.
Tampoco sabía ahora quién podía haber tocado las tarjetas, si es que alguien las había tocado de forma deliberada, o si la diferencia que recordaba acabaría teniendo una explicación mucho más sencilla.
Sin embargo, algo sí había cambiado.
Desde el día anterior, casi todas las conversaciones habían empezado por una persona.
Marcos había discutido con Ramiro. Sara había discutido con Ramiro.
Eva trabajaba con él. Noelia organizaba la mesa.
Cada nombre llevaba pegada una relación, un roce, una razón para mirar un poco más.
Conchi había seguido ese mismo orden sin darse cuenta: primero las personas y después los hechos.
Se levantó y fue a buscar una libreta pequeña que guardaba en un cajón del aparador.
No era una libreta de investigación ni pretendía convertirla en una.
La usaba para anotar recados, teléfonos y cosas que no quería olvidar; en las primeras páginas había una cita con el dentista, una medida de cortinas y una lista de libros que Pilar le había recomendado durante el invierno.
La abrió por una página limpia. Lili se incorporó, interesada por el movimiento.
—No vamos a ninguna parte —le aclaró Conchi.
Escribió la fecha y se quedó con el bolígrafo detenido unos segundos. No quería hacer una lista de sospechosos. De hecho, aquello era precisamente lo que intentaba evitar.
Anotó: «10:05. Tarjeta roja de almendra en el extremo derecho».
Debajo escribió: «Antes de la cata: no sé».
Y después: «Después de la reacción: posición distinta».
Leyó las tres líneas y comprobó que, puestas una debajo de otra, decían bastante menos de lo que el pueblo parecía creer que ella sabía. No había nombres ni explicaciones, solo dos posiciones distintas separadas por un tramo de tiempo que todavía estaba vacío.
La primera línea era un recuerdo propio que ya había comunicado. La última también. En medio había un espacio vacío y, por primera vez desde la muerte de Ramiro, ese hueco le pareció más importante que todas las discusiones que había escuchado desde el domingo.
No se trataba de decidir quién estaba más enfadado, quién podía heredar algo o quién había dicho una frase desagradable delante de media plaza.
Si la diferencia entre lo que ella había visto por la mañana y lo que quedó después de la reacción importaba, la pregunta más sencilla era otra: ¿cuándo había dejado el puesto de estar como ella lo recordaba?
Conchi apoyó el bolígrafo sobre la libreta sin intentar completar aquel hueco con una suposición. No sabía la respuesta y tampoco podía deducirla solo a partir de sus recuerdos.
Tampoco sabía cuántas personas habían pasado por allí entre una cosa y otra, quién había movido material por razones normales o si había existido algún cambio de organización que ella no hubiera visto.
De hecho, cuanto más intentaba recordar el domingo completo, más evidente resultaba que durante la feria se habían movido cajas, servilletas, folletos y pequeños objetos continuamente.
Pretender reconstruir desde casa cada gesto de cada persona habría sido una forma bastante eficaz de acabar inventándose algo.
Cerró la libreta cuando comprendió que seguir dándole vueltas, sin datos nuevos, no iba a convertir una conjetura en un hecho.
Aquello también era una diferencia con los dos casos anteriores.
Al principio, cuando empezó a verse envuelta en asuntos que nunca había buscado, había confundido algunas veces la insistencia con la utilidad.
Preguntar una vez más, volver a una conversación, mirar un detalle desde otro ángulo...
podía ayudar. Pero también podía hacer que una idea equivocada pareciera más sólida solo porque se había pensado durante más tiempo.
Lucía tenía razón en lo esencial: antes de buscar una explicación había que separar con cuidado lo visto, lo contado y lo que simplemente parecía encajar.
Conchi recogió la taza que había dejado en el salón y regresó a la cocina.
Mientras la aclaraba, volvió mentalmente a la mañana de la feria sin intentar rellenar los huecos.
Ella había llegado poco después de las diez.
Había visto la tarjeta roja en el extremo derecho.
Había oído a Ramiro bromear sobre mantener lejos la almendra.
Más tarde había visto otras cosas, hablado con otra gente y seguido su día. No había estado vigilando el puesto.
Eso era todo lo que podía afirmar sin añadir nada por su cuenta y, precisamente por esa limitación, el recuerdo conservaba su valor.
El teléfono vibró sobre la mesa, esta vez con un mensaje de Pilar.
«¿Sigues despierta?»
Conchi contestó que sí y, apenas medio minuto después, recibió otro.
«Solo quería saber cómo estás. Hoy has tenido bastante.»
Conchi escribió que estaba bien y que al día siguiente pasaría por La Tahona. Pilar respondió con un pulgar levantado y nada más, lo que agradeció. No tenía ganas de volver a hablar de Marcos, Sara ni de lo que se decía en la plaza.
Guardó el móvil y abrió la puerta del patio para que Lili saliera un momento. La perrita tardó lo justo antes de regresar y plantarse frente a ella con la seguridad de quien consideraba cumplida toda obligación nocturna.
—Tú sí que sabes organizarte —murmuró Conchi.
Apagó las luces de la cocina y volvió al salón. La libreta seguía sobre la mesa, cerrada. No necesitaba abrirla otra vez para recordar lo que había escrito ni para convertir aquellas tres líneas en algo más de lo que eran.
Hasta aquella noche, las preguntas habían tenido nombres: Marcos, Sara, incluso Noelia o Eva, simplemente porque habían estado alrededor del puesto y formaban parte de aquella mañana.
Ahora había una pregunta distinta, menos atractiva para una conversación de bar y bastante más difícil de responder sin datos: entre el momento en que Conchi vio la tarjeta roja en su sitio y el momento en que ya no estaba allí, ¿cuándo se produjo el cambio?
No sabía quién podía haberlo realizado, ni siquiera podía asegurar todavía qué clase de cambio había sido. Por primera vez comprendía que quizá había intentado llegar demasiado pronto a una respuesta personal cuando la pregunta que de verdad podía sostener era temporal.
Se agachó para acariciar a Lili antes de apagar la última lámpara. A la mañana siguiente, el pueblo seguiría hablando de personas. La Guardia Civil, en cambio, estaría comprobando horas.
Y Conchi empezaba a entender por qué eso importaba más.