Capítulo 9
A media tarde, Conchi salió con Lili hacia el Paseo del Nogal con la intención bastante concreta de caminar un rato sin encontrarse con nadie que quisiera hablar de Ramiro. La intención duró menos que el trayecto hasta la plaza.
No era que todo Valdecerezos estuviera pendiente del caso a cada minuto.
La vida seguía avanzando con una normalidad que, apenas un día después de la muerte, resultaba incluso desconcertante: la farmacia abría, La Tahona vendía pan, un repartidor descargaba cajas frente a El Cruce y dos hombres discutían junto al Ayuntamiento por una avería que no parecía tener ninguna relación con nada importante.
Sin embargo, bastaba con que apareciera un nombre conocido para que una conversación cambiara de dirección.
Conchi lo comprobó antes de llegar a la fuente. Dos mujeres hablaban junto a uno de los bancos mientras una de ellas sujetaba una bolsa de la compra. No estaban susurrando, pero bajaron la voz cuando Lili se detuvo a olisquear la base de una papelera y Conchi quedó a pocos metros.
—...y la hija también tuvo una buena discusión con él ayer por la mañana —alcanzó a oír.
La otra mujer respondió algo que el ruido de una furgoneta tapó casi por completo. Luego llegó una frase más clara.
—Al final, todo eso será para ella, digo yo.
Conchi sintió el impulso de girarse, pero lo contuvo. Desde el día anterior empezaba a comprender que intervenir en cada rumor solo servía, a veces, para darle más recorrido. Tiró suavemente de la correa y Lili aceptó abandonar la papelera con evidente falta de entusiasmo.
No sabía cómo estaba organizada la propiedad de Mieles Leal, qué correspondía a Ramiro, qué parte pertenecía a Eva ni qué ocurriría con el negocio a partir de entonces.
Tampoco sabía si Sara recibiría algo, cuándo o en qué condiciones.
La frase de aquellas mujeres partía de una posibilidad tan general que podía decirse de casi cualquier hijo después de la muerte de un padre; aun así, bastaba para construir un motivo si alguien tenía ganas de hacerlo.
Con Marcos había ocurrido algo parecido. Una discusión real había acabado convertida en una historia más grande porque era visible y fácil de repetir. Ahora el pueblo parecía descubrir que Sara también había discutido con Ramiro y empezaba a rellenar los espacios que nadie conocía.
Conchi siguió hacia el Paseo del Nogal. El aire era más fresco que al mediodía y Lili avanzaba con esa concentración absoluta que reservaba para los bordes de los caminos, como si cada mata, cada piedra y cada tronco incluyeran un mensaje que los humanos no tenían capacidad para entender.
Aquella compañía silenciosa le vino bien durante unos minutos.
Había recorrido ya buena parte del paseo cuando vio a Sara sentada en uno de los bancos que daban hacia los huertos. Estaba sola, con las manos alrededor de una botella de agua cerrada y el teléfono apoyado a su lado. Conchi redujo el paso sin darse cuenta.
Su primera reacción fue continuar. No tenía confianza suficiente con ella para convertir el duelo en una visita improvisada, y mucho menos después de haber oído, aquella misma mañana y aquella tarde, cómo el pueblo empezaba a examinar cada palabra de la familia.
Pero Sara levantó la vista y la reconoció.
—Hola, Conchi.
—Hola, Sara.
Conchi se detuvo a una distancia prudente. Lili, ajena a cualquier consideración social, se acercó al banco y olfateó el suelo junto a los pies de la joven.
—Perdona —dijo Conchi, acortando la correa—. Hoy tiene especial interés por todo lo que no le pertenece.
Sara miró a la perrita y, por primera vez desde que Conchi la había visto después de la muerte de Ramiro, su expresión se suavizó un poco.
—No molesta.
Lili se sentó como si acabaran de invitarla formalmente a quedarse.
—Eso es lo peor que podías decirle.
Sara pasó una mano breve por el lomo de la perrita y después volvió a apoyar los brazos sobre las piernas. Parecía cansada, pero no de la forma que produce una mala noche. Era un cansancio más quieto, hecho de demasiadas conversaciones, llamadas y decisiones ajenas llegando al mismo tiempo.
—¿Quieres sentarte? —preguntó.
Conchi dudó solo un instante antes de ocupar el otro extremo del banco. Lili se acomodó entre ambas, aunque siguió atenta al camino por si aparecía algo más interesante.
Durante unos segundos ninguna habló. A Conchi no le molestó el silencio; había aprendido hacía años que una frase de consuelo dicha por obligación podía pesar más que no decir nada. Fue Sara quien terminó rompiéndolo.
—Supongo que ya sabes que discutí con mi padre.
Conchi giró la cabeza hacia ella.
—Lo vi en la feria.
—No me refiero a eso. Me refiero a que ya lo sabe todo el pueblo.
—Eso también.
Sara asintió despacio, sin sorpresa.
—Y ahora resulta que también saben por qué.
—No creo que lo sepan.
La respuesta salió más rápida de lo que Conchi había previsto. Sara la miró entonces con atención.
—Pues hablan como si lo supieran.
Conchi pensó en las dos mujeres de la plaza y en la palabra que ninguna había necesitado pronunciar de forma completa para que se entendiera lo que insinuaban.
—Hablar como si se supiera algo y saberlo no son lo mismo.
—Ya.
Sara desenroscó el tapón de la botella, bebió un poco y volvió a cerrarla.
—Me han dicho que ahora hay gente diciendo que yo quería quedarme con el negocio.
Conchi no respondió de inmediato. No quería confirmar un rumor con otro rumor, pero tampoco tenía sentido fingir que no había oído nada.
—He escuchado comentarios sobre una posible herencia —dijo al fin—. No sé de dónde han salido ni sé nada sobre cómo estaba organizado el negocio.
—Yo tampoco sé cómo va a quedar todo —replicó Sara, y la amargura de la frase no necesitó más énfasis—. Mi padre murió ayer y ya hay gente haciendo cuentas por mí.
Conchi bajó la vista hacia Lili, que había apoyado el hocico sobre sus patas delanteras.
—Eso no debería estar pasando.
—Pero pasa.
La joven giró la botella entre las manos.
—Y supongo que ayuda que yo dijera que la discusión no había sido para tanto.
Conchi recordó la mañana del domingo: Ramiro insistiendo en hablar del futuro, Sara pidiéndole que no decidiera por ella y Eva cortando la conversación antes de que siguiera creciendo delante de los clientes.
—Dijisteis bastante más de lo que suele decirse cuando no pasa nada —admitió.
Sara soltó una exhalación que estuvo cerca de convertirse en una risa, aunque no llegó a serlo.
—Eso también me lo han dicho.
—Yo no sé lo que contaste después.
—A la Guardia Civil, que habíamos discutido por el negocio. Y es verdad. —Sara hizo una pausa—. Pero lo resumí mucho.
Conchi esperó sin formular la pregunta que podía haber venido después. Sara la miró de reojo.
—¿No vas a preguntarme qué me guardé?
—No.
—Todo el mundo pregunta.
—Yo no soy todo el mundo.
—Eso dicen ahora.
La frase no fue un reproche, pero a Conchi le recordó con demasiada precisión lo que venía notando desde el día anterior: la gente esperaba de ella una manera distinta de escuchar, como si cada conversación tuviera que acabar convertida en una pieza útil.
No le gustaba, y empezaba a comprender que tendría que decidir muchas veces si aceptaba ese papel o lo rechazaba.
—No tienes que contarme nada que no quieras contarme —dijo—. Y menos ahora.
Sara permaneció en silencio unos segundos y después apoyó la botella a su lado.
—Mi padre quería que me implicara más en Mieles Leal. No solo echar una mano con papeles cuando hacía falta. Quería que pensara en el negocio como algo que un día iba a ser mío, o en parte mío, o como él hubiera decidido organizarlo. Para él era lógico. Para mí no tanto.
Conchi asintió. Aquello coincidía con lo que había oído, pero también era bastante más complejo que los fragmentos de la feria.
—Ayer le dije que no podía seguir decidiendo mi vida suponiendo que yo acabaría haciendo lo que él quería —continuó Sara—. Él se enfadó. Yo también. No fue la primera vez.
—Eso sí lo oí.
—Y cuando me preguntaron después, no quise explicar todo. No quería que una discusión de padre e hija se convirtiera en... esto.
Miró hacia el camino sin terminar la frase. No hacía falta.
—¿En un posible motivo? —preguntó Conchi con cautela.
Sara apretó los labios antes de asentir.
—En eso. En que alguien decida que, como yo no quería hacerme cargo del negocio, me convenía que mi padre no estuviera. O al revés: que como podía heredar algo, entonces cualquier enfado ya significa otra cosa.
La contradicción era tan evidente que a Conchi le produjo una mezcla de tristeza y enfado. La misma decisión podía utilizarse en dos sentidos opuestos si lo único que se buscaba era una historia que pareciera encajar.
—No puedes controlar lo que invente cada persona —dijo.
—Ya lo sé.
—Pero tampoco tienes que explicárselo al pueblo.
Sara volvió a mirarla. Esta vez pareció estudiar la frase antes de aceptarla.
—A la Guardia Civil sí.
—A ellos sí, si te lo preguntan.
—Ya me lo han preguntado. Horas, cuándo me fui, dónde estaba después... todo.
Conchi notó la tentación de completar mentalmente ese recorrido y la cortó antes de que llegara a ninguna parte. Sara no había dado lugares ni horas exactas, y ella no tenía por qué pedírselos. Álvaro y Lucía podían comprobarlo con más medios y con la responsabilidad de hacerlo bien.
—Entonces serán ellos quienes vean qué encaja —respondió.
Sara se quedó mirándola unos segundos.
—Creía que me preguntarías tú también.
—¿Para qué?
—No sé. Porque estabas allí. Porque te fijaste en lo de las tarjetas. Porque ahora todo el mundo piensa que sabes cosas.
Conchi sintió una incomodidad inmediata. No porque Sara conociera lo de las tarjetas —a esas alturas no era extraño que la familia supiera que Conchi había aportado una observación a la Guardia Civil—, sino porque volvía a encontrarse con esa expectativa que tanto le preocupaba.
—Sé lo que vi —dijo—. Y algunas cosas que he oído. Nada más.
—Parece que es más que lo que tenemos los demás.
—No necesariamente.
Sara recogió la botella y se la llevó otra vez a los labios, aunque apenas bebió.
—Hay una parte que no conté al principio —dijo después—. No a ellos ahora, digo. Al principio, cuando todo acababa de pasar. Porque pensé que no tenía nada que ver y porque no quería que nadie lo utilizara para decir que yo estaba deseando alejarme de mi padre.
Conchi no preguntó cuál era esa parte. El silencio se alargó lo suficiente para que Sara entendiera que la decisión seguía siendo suya.
—No puedo hablar de eso todavía —añadió finalmente.
—Pues no hables.
La joven frunció ligeramente el ceño.
—¿Así de fácil?
—Para mí, sí. Para la Guardia Civil supongo que no, si creen que necesitan saberlo.
Sara bajó la mirada y acarició distraídamente una oreja de Lili. La perrita aceptó la atención con absoluta naturalidad.
—Ya se lo he contado a ellos —dijo—. Solo que no quiero que circule por ahí.
Conchi sintió alivio, no por el contenido, que seguía sin conocer, sino porque aquello colocaba la información donde debía estar.
—Entonces no necesitas contármelo.
—No.
—Pues ya está.
Sara dejó escapar una risa breve, cansada pero auténtica.
—Mi padre habría dicho que eres muy poco curiosa para haberte metido en tantos líos.
—Tu padre no me conocía lo suficiente.
—Eso también lo habría dicho él.
Durante unos instantes permanecieron sentadas mirando los huertos.
Conchi pensó en Ramiro tal como lo había visto durante la feria: detrás del mostrador, corrigiendo la colocación de una muestra, discutiendo con Marcos, después con Sara, y atendiendo a la gente como si el trabajo pudiera ordenar cualquier problema mientras durara la mañana.
Era extraño comprobar lo sencillo que resultaba, después de una muerte, convertir cada una de aquellas conversaciones en algo que parecía anunciar lo ocurrido.
Pero una discusión seguía siendo una discusión. El dolor posterior no la borraba ni la convertía automáticamente en amenaza.
Sara se levantó al cabo de unos minutos.
—Tengo que volver.
Conchi no preguntó adónde.
—Claro.
Lili se incorporó también, convencida de que cualquier persona que se levantaba de un banco estaba dando por terminada la pausa de todos. Sara guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta.
—Gracias por no preguntarme.
—No tienes que darme las gracias por eso.
—Hoy sí.
Conchi aceptó la frase sin discutirla. Sara se despidió con una caricia rápida a Lili y tomó el camino de regreso hacia el pueblo. Conchi la siguió con la vista apenas unos segundos antes de continuar el paseo en dirección contraria.
Mientras caminaba, pensó en lo poco que había cambiado realmente lo que sabía.
Sara había discutido con su padre y había minimizado después la razón completa.
Su relación estaba tensa por el futuro de Mieles Leal y existía, además, una parte privada de aquella conversación que ya conocía la Guardia Civil.
Nada de eso respondía por sí solo a lo ocurrido en la cata.
Sin embargo, en Valdecerezos empezaba a bastar con conocer una mitad para que alguien inventara la otra.
Lili se detuvo junto a un árbol y Conchi esperó sin impaciencia. Desde la muerte de Ramiro, cada roce parecía dispuesto a convertirse en una posible explicación, pero aquella tarde tuvo muy claro que algunas preguntas podían ser importantes sin que eso le diera derecho a formularlas ella.