Capítulo 8
A mediodía, la calle Mayor estaba más tranquila que por la mañana.
Conchi había comido pronto y había salido de nuevo porque se había quedado sin aceite para la cena, una de esas cosas que parecían imposibles hasta que una abría el armario y comprobaba que la botella estaba prácticamente vacía.
Lili se había quedado en casa, instalada junto a la puerta del patio después de su paseo corto, y Conchi agradeció poder entrar y salir del supermercado sin negociar con ella cada olor que aparecía a ras de suelo.
Compró el aceite, un paquete de arroz que no necesitaba todavía y unas mandarinas que le parecieron demasiado buenas para dejarlas allí.
Al salir de El Cruce, colocó las compras en la bolsa de tela y decidió volver por la plaza.
El cielo se había despejado y había gente sentada en la terraza de La Parra, aunque menos de la habitual para un lunes con buen tiempo.
La muerte de Ramiro seguía pesando en el centro del pueblo de una manera difícil de señalar: no había silencio, pero sí conversaciones que bajaban de volumen cuando aparecía un nombre concreto y saludos que duraban algo más de lo necesario antes de que cada cual siguiera su camino.
Conchi vio a Marcos Ledesma antes de que él la viera a ella.
Estaba solo en una de las mesas laterales de la terraza, con un café delante y el teléfono boca abajo junto al platillo.
No parecía esperar a nadie. Dos hombres que salían del bar lo saludaron desde cierta distancia y continuaron sin detenerse, un gesto demasiado pequeño para demostrar nada y, al mismo tiempo, suficientemente claro para que Conchi entendiera por qué Marcos los siguió con la mirada.
Habría pasado de largo si él no hubiera levantado la cabeza en ese momento.
—Sánchez.
Conchi se detuvo.
—Ledesma.
—Ya veo que al menos tú todavía cruzas por este lado de la plaza.
El tono era seco, pero no agresivo. Conchi miró la silla vacía frente a él y después el café.
—No sabía que hubieran dividido la plaza por zonas.
—Dales un par de días.
Aquello consiguió arrancarle una media sonrisa. Marcos hizo un gesto hacia la silla, sin insistir.
—Si tienes prisa, sigue. Si no, siéntate un momento. Así alguien podrá contar que me estabas interrogando.
—Con esa invitación dan ganas de aceptar.
Conchi dejó la bolsa junto a la pata de la mesa y se sentó. No pidió nada; había tomado café en La Tahona poco antes y empezaba a pensar que, si seguía aceptando uno en cada conversación, acabaría oyendo más cosas por exceso de cafeína que por capacidad de observación.
Marcos bebió el suyo y dejó la taza en el plato.
—Me han dicho que esta mañana también hablaban de mí en la panadería.
—Esta mañana hablaban de casi todo el mundo.
—Pero de mí un poco más.
No tenía sentido negarlo.
—Sí.
—Por lo menos no me lo adornas.
Durante unos segundos, Marcos no añadió nada. Desde el interior de La Parra llegaba el ruido de una cafetera y, en la plaza, una mujer intentaba convencer a un niño de que dejara de correr alrededor de la fuente. Él se quedó mirando hacia los soportales antes de volver a hablar.
—Yo discutí con Ramiro. Eso lo vio medio pueblo y la otra mitad ya lo sabe. También dije que sus números no me cuadraban. Pero de ahí a lo que cuentan ahora hay un camino bastante largo.
—¿Qué cuentan?
—Depende de quién. Que estaba arruinándome, que yo llevaba meses amenazándolo, que sabía cosas de su negocio y que ayer fui a por él. Cada vez que me llega una versión, lleva una pieza nueva.
Conchi pensó en la conversación de aquella misma mañana con Pilar. No le sorprendía. En Valdecerezos bastaban unas horas para que un dato cierto quedara rodeado de añadidos hasta resultar irreconocible.
—Yo no te oí amenazarlo —dijo.
Marcos la miró con atención, como si necesitara comprobar que no iba a terminar la frase con un «pero».
—Gracias. Parece una tontería, pero últimamente agradezco mucho las frases que acaban donde deben.
—También te oí decir que no te cuadraba lo que vendía.
—Porque no me cuadraba.
Esta vez respondió sin rodeos. Apoyó los antebrazos en la mesa y bajó un poco la voz, no porque hubiese nadie lo bastante cerca para escuchar, sino por costumbre.
—Llevo muchos años trabajando con colmenas.
No necesito saber cuántos tarros tiene Ramiro en un almacén para hacerme una idea de lo que puede producir una explotación como la suya en una temporada determinada.
Puedes tener un año magnífico, puedes mover colmenas, aumentar producción o guardar de una campaña a otra.
Hay muchas explicaciones. Lo que no puedes es hacer como si quienes trabajamos en lo mismo no viéramos nada.
Conchi dejó que terminara. Aquello encajaba con lo que había dicho durante la feria, aunque entonces el enfado había reducido la conversación a unas cuantas frases lanzadas delante de clientes.
—¿Desde cuándo te llamaba la atención?
Marcos frunció el ceño, pero no pareció molesto por la pregunta.
—No sabría darte un día. Desde hace meses.
Coincidíamos en ferias, veía lo que sacaban, los precios que ponían y la facilidad con la que siempre tenían producto.
A veces pensé que yo me estaba quedando corto con mis cálculos.
Otras veces pensé que ellos tenían más margen del que yo conocía.
Y otras, sencillamente, que había algo que se me escapaba.
—¿Se lo habías dicho antes de ayer?
—A él, sí. No con una pancarta en la plaza, si es eso lo que preguntas. Entre gente del sector se hablan esas cosas. Y también se discuten. Ramiro no soportaba que nadie le dijera cómo llevar su negocio y yo no soporto que me tomen por idiota. Buena combinación.
La última frase salió con una ironía cansada.
Conchi recordó la escena del día anterior: los brazos cruzados, el tono áspero, la respuesta de Ramiro y Eva tratando de seguir atendiendo mientras los dos convertían una diferencia comercial en un espectáculo involuntario.
Vista desde fuera, era fácil construir una historia alrededor de aquello. Demasiado fácil, quizá.
—Os llevabais mal —dijo.
Marcos hizo un gesto ambiguo.
—Nos llevábamos como dos personas que compiten desde hace años y se conocen demasiado para fingir simpatía.
Había días en que nos ayudábamos a cargar una mesa y otros en que no podíamos hablar cinco minutos de precios sin discutir.
No éramos amigos, pero tampoco pasábamos la vida deseándonos desgracias.
Conchi pensó que esa clase de relación tenía peor encaje en un rumor que una enemistad clara.
La gente prefería extremos: o amigos de toda la vida o rivales capaces de cualquier cosa.
Lo intermedio exigía aceptar que dos personas podían prestarse una mano un día y enfadarse al siguiente sin que ninguno de los dos gestos definiera por completo la relación.
Marcos debió de interpretar su silencio como una duda.
—Mira, Conchi, ya sé que tú estabas allí.
Y sé que ahora la gente te pregunta qué piensas porque has tenido suerte un par de veces viendo cosas que los demás no vimos.
No te lo digo como crítica. Pero si vas a pensar que maté a Ramiro porque discutíamos por el precio de la miel, prefiero que me lo digas a la cara.
La frase fue brusca, aunque no había amenaza en ella. Más bien parecía cansancio acumulado.
—No pienso decirte algo que no sé —respondió Conchi—. Y tampoco sé lo que está pensando la Guardia Civil.
—Ya he hablado con ellos.
—Eso imaginaba.
—Les he contado lo que tenía que contarles.
Conchi no preguntó dónde había estado durante la cata ni quién podía confirmarlo.
La tentación existió apenas un instante, porque esa era precisamente la clase de dato que podía parecerle útil.
Sin embargo, no tenía ninguna razón para convertir una conversación casual en una comprobación paralela.
Si la Guardia Civil necesitaba contrastar horarios, ya lo estaría haciendo.
Marcos tomó el teléfono, lo giró entre los dedos y volvió a dejarlo boca abajo.
—Lo que me fastidia es que haber acertado en una cosa, si es que acerté, ahora parezca hacerme culpable de otra.
—No sabes si acertaste.
—No. —Por primera vez, el gesto se le relajó un poco—. Tienes razón. Sé que había algo que no entendía. No sé qué era.
Aquella corrección le pareció más significativa que cualquier defensa demasiado perfecta.
Marcos no retiraba lo que había dicho, pero tampoco intentaba convertir su intuición en conocimiento.
Había visto volúmenes y precios que no le encajaban con lo que sabía de las colmenas de Mieles Leal; lo demás seguía siendo una pregunta.
Conchi miró un momento hacia la fuente. A esas horas, la plaza parecía casi normal.
Dos personas discutían sobre dónde habían aparcado, una camarera recogía una mesa y alguien salía del Ayuntamiento con una carpeta bajo el brazo.
Solo hacía un día que Ramiro había estado allí atendiendo su puesto.
La cercanía temporal volvía extraño que el espacio siguiera funcionando con tanta facilidad, aunque seguramente no podía hacerlo de otra manera.
—Ayer —dijo Conchi—, cuando os oí discutir, pensé que aquello era importante.
—Lo era.
—Sí, pero quizá le di más peso porque era lo que tenía delante. Dos personas enfadadas, un problema concreto y mucha gente que lo había visto. Es una explicación muy cómoda cuando después ocurre algo grave.
Marcos la observó sin interrumpirla.
—¿Y ahora ya no lo es?
—Ahora me parece que una discusión demuestra que discutisteis. Lo demás tendrá que demostrarse por otro lado.
Él soltó aire por la nariz, casi una risa.
—Eso es menos emocionante de lo que cuentan en la panadería.
—Pilar también lo piensa.
—Pilar piensa que casi todo mejora si la gente compra pan antes de hablar.
—Y normalmente tiene razón.
Marcos sonrió de verdad por primera vez.
Duró poco, pero bastó para cambiarle la expresión.
Conchi entendió entonces hasta qué punto la imagen que el pueblo estaba construyendo de él se apoyaba en las mismas características que siempre había tenido: hablaba con brusquedad, defendía su trabajo con orgullo y no se esforzaba demasiado por resultar simpático cuando estaba enfadado.
Nada de eso lo volvía inocente, desde luego, pero tampoco adquiría un significado nuevo solo porque Ramiro hubiera muerto.
Un hombre se acercó desde el otro lado de la plaza, saludó a Marcos y le indicó con un gesto que lo esperaba junto a la esquina. Marcos levantó la mano para señalar que iba enseguida y terminó el café de un trago.
—Tengo que irme.
Conchi se levantó también y recogió la bolsa del suelo.
—Yo también. Si no, el aceite va a terminar pasando más tiempo de paseo que yo.
Marcos dejó unas monedas junto al platillo y se quedó un segundo de pie frente a ella.
—Una cosa más. Lo que dije de las cantidades no me lo inventé porque Ramiro estuviera muerto. Lo pensaba antes, se lo dije antes y más gente lo sabía antes. No sé si sirve para algo, pero por lo menos que no parezca una historia que me he sacado ahora para quedar por encima.
—Eso sí lo tengo claro.
—Bien.
No hubo despedida especialmente afectuosa.
Marcos se marchó hacia la esquina donde lo esperaba el otro hombre y Conchi tomó la calle Mayor en dirección a casa.
Caminó despacio, no porque la conversación la hubiera convencido de nada definitivo, sino porque había desmontado una parte de la imagen que llevaba desde el día anterior formándose casi sola.
La rivalidad existía. También existía la duda comercial de Marcos y, por lo que empezaba a quedar claro, era anterior a la muerte de Ramiro. Ambas cosas podían ser ciertas sin responder todavía a la pregunta que importaba.
Al llegar a la calle de las Moreras, Conchi ajustó la bolsa contra la cadera y pensó que había salido únicamente a comprar aceite. Por una vez, al menos, no había olvidado traerlo.