La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

El lunes amaneció despejado, con una luz limpia que hacía parecer más verdes los castaños de la plaza y más reciente todo lo ocurrido el día anterior.

Conchi salió temprano con Lili, recorrió la calle de las Moreras hasta el cruce y volvió por el camino corto, agradecida por unos minutos en los que nadie le preguntó nada.

La perrita se entretuvo con cada olor nuevo y ella procuró hacer lo mismo a su manera: fijarse en el aire fresco, en las persianas que empezaban a levantarse y en el ruido de una escoba contra una acera, en lugar de volver una y otra vez a la mesa de degustación.

Después de dejar a Lili en casa, se dio cuenta de que apenas le quedaba pan y salió de nuevo.

A esa hora, La Tahona ya empezaba a llenarse de quienes querían llevarse una barra recién hecha o quedarse cinco minutos junto al pequeño mostrador del café.

Aquella mañana había más gente de lo habitual, aunque Conchi no tardó en comprender que parte de la concurrencia tenía menos que ver con el pan que con la necesidad de hablar.

Al entrar, el olor a masa horneada y café le resultó tan conocido que durante un instante agradeció no encontrar nada fuera de sitio.

Pilar estaba detrás del mostrador, atendiendo a una mujer que pedía dos barras, media docena de bollos y la confirmación de que la Semana Cultural no se había suspendido por completo.

A un lado, dos hombres tomaban café de pie mientras conversaban en voz baja.

Uno de ellos levantó la vista cuando Conchi cruzó la puerta y la conversación se interrumpió con una precisión que habría resultado cómica en cualquier otra circunstancia.

—Buenos días —dijo ella, como si no hubiera notado nada.

Los dos respondieron casi al mismo tiempo. Uno bajó la vista hacia la taza; el otro preguntó a Pilar cuánto le debía, aunque llevaba el monedero abierto desde antes de que Conchi entrara.

Pilar esperó a terminar con la mujer de las barras y entonces la miró con una expresión en la que se mezclaban el cansancio y algo parecido a la resignación.

—Tú hoy no has venido solo a por pan, ¿verdad?

—He venido exactamente a por pan.

—Pues eres la única.

Conchi dejó el bolso sobre el antebrazo y miró la cesta de hogazas colocada junto al expositor.

—Dame una pequeña. Y un café, si no tienes prisa.

—Prisa tengo desde las siete, pero el café te lo pongo igual.

Pilar preparó la taza mientras atendía con la otra mano a un hombre que acababa de entrar.

En pocos minutos, Conchi entendió mejor su comentario.

Una señora del Barrio de la Fuente preguntó si se sabía algo de la investigación; otro cliente quiso saber si la Guardia Civil había vuelto a hablar con los feriantes; una mujer que esperaba su turno afirmó que lo de Marcos y Ramiro «venía de lejos» y añadió que cualquiera que hubiera coincidido con ellos en mercados de la comarca podía decirlo.

Nadie parecía hablar directamente con Conchi al principio, pero las frases empezaban a caer cerca de ella con una intención difícil de confundir.

—Yo ya los había oído discutir antes por los precios —comentó el hombre que esperaba junto a la puerta—. No ayer. Digo de otras veces.

La mujer del Barrio de la Fuente asintió con rapidez.

—Y lo de la cantidad de miel tampoco se lo inventó ahora. Marcos llevaba tiempo diciendo que no le salían las cuentas.

Conchi removió el café, aunque no había echado azúcar.

—Que lo dijera antes no significa que supiera qué pasaba —se limitó a señalar.

—Pero algo vería —repuso la mujer.

—O algo sospecharía. No es lo mismo.

El hombre de la puerta se volvió hacia ella con evidente interés.

—Tú estabas allí cuando discutieron.

—Sí.

—Entonces sabrás si fue tan fuerte como dicen.

Conchi recordó la conversación de la noche anterior en La Parra y tuvo la desagradable sensación de estar entrando de nuevo en el mismo círculo.

—Sé lo que oí. Discutieron por precios y por lo que vendía Mieles Leal. No oí amenazas y no vi que pasara nada más.

—Ya, pero después ocurrió lo que ocurrió.

—Después murió Ramiro —corrigió Conchi—. Lo demás lo está comprobando la Guardia Civil.

Pilar dejó un plato limpio bajo la cafetera con algo más de fuerza de la necesaria y no dijo nada hasta que los clientes que esperaban terminaron sus compras y salieron en pequeños grupos, llevándose consigo barras, bolsas de papel y, probablemente, parte de la conversación.

—¿Ves lo que te decía anoche? —preguntó entonces.

—Lo veo demasiado bien.

—Desde que he abierto han pasado tres personas a contarme cosas de Marcos que ya sabía medio pueblo y otras dos a preguntarme si tú habías dicho algo.

Conchi levantó la taza.

—Pues ya puedes decirles que he dicho que quiero una hogaza pequeña.

Pilar sonrió, aunque el gesto le duró poco.

—No te rías. Algunos vienen a contarte detalles para que los mires tú. Como si fueran piezas que te dejan encima de la mesa.

—No les he pedido ninguna.

—Ya lo sé. El problema es que ellos creen que sí te sirven.

Conchi miró hacia la puerta. Los dos hombres que habían callado al verla ya no estaban, pero el silencio que habían dejado al principio seguía molestándole más de lo que quería admitir.

No era únicamente que algunas personas esperasen una opinión; otras parecían preguntarse qué podían decir delante de ella sin que terminara llegando a oídos de la Guardia Civil o convertido, dos días después, en una pregunta incómoda.

—También hay gente que se calla cuando entro —dijo.

—Claro. Eso también está pasando.

—Y no me gusta más que lo otro.

Pilar apoyó las manos en el mostrador.

—No puedes hacer mucho. Después de lo de la fuente y de los castaños, hay quien piensa que si te cuenta una cosa vas a encontrarle un sentido especial, y hay quien piensa justo lo contrario: que es mejor no darte material.

Conchi no respondió enseguida. Sabía que Pilar no pretendía halagarla y, precisamente por eso, la observación le resultó más incómoda.

Nunca había buscado aquella clase de reputación.

En los dos casos anteriores se había limitado a no ignorar diferencias que tenía delante, pero desde fuera el resultado parecía más limpio de lo que había sido: ella se fijaba, preguntaba y al final algo salía a la luz.

Era fácil convertir ese recorrido en una habilidad casi automática, olvidando los errores, las dudas y todo lo que habían tenido que comprobar otros.

—Ayer en la plaza me preguntaron varias veces qué pensaba de Marcos —dijo—. Y reconozco que la discusión me parece importante.

—Porque la viste.

—Porque la vi, porque fue pública y porque Marcos habló de algo concreto. Si ahora resulta que otras personas ya le habían oído decir antes que el volumen de Mieles Leal no le cuadraba, entonces no se inventó esa preocupación después de la muerte.

Pilar asintió mientras colocaba unas barras recién traídas del obrador en la cesta.

—Eso mismo llevo oyendo toda la mañana.

—Pero una cosa es que tuviera esa sospecha y otra que tenga relación con lo que pasó en la cata.

—Eso también lo he oído esta mañana, aunque bastante menos.

Conchi dio un sorbo al café y dejó la taza con cuidado.

Allí estaba el problema. La parte más fácil de recordar era la que componía una historia: dos hombres llevaban años compitiendo, uno cuestionaba las ventas del otro, discutían delante de testigos y poco después uno de ellos moría.

La segunda parte exigía aceptar huecos, y los huecos eran poco satisfactorios para una conversación de panadería.

Entraron dos mujeres y Pilar tuvo que alejarse para atenderlas. Conchi reconoció a una de vista, aunque no recordaba su nombre. La otra sí parecía conocerla bien, porque después de pedir una barra integral se volvió directamente hacia donde estaba tomando el café.

—Conchi, tú que estabas en la feria, una cosa. ¿Es verdad que Marcos llevaba semanas diciendo que Ramiro estaba vendiendo miel que no podía producir?

La formulación le hizo levantar la mirada.

—Yo no sé desde cuándo lo decía. Lo que oí ayer fue que no le cuadraba el volumen con las colmenas que conocía.

—Entonces es verdad.

—Es verdad que dijo eso. No que yo sepa por qué lo dijo ni qué quería decir exactamente.

La mujer frunció el ceño, como si la precisión complicara innecesariamente una respuesta que esperaba más sencilla.

—Pero tú también pensarás que es raro.

—Pienso que es algo que tendrán que comprobar.

—¿Y la Guardia Civil no te ha dicho nada?

—La Guardia Civil no tiene por qué contarme una investigación.

Pilar, que estaba envolviendo una hogaza, la miró de reojo con una expresión que Conchi conocía bien. No era censura, pero sí una advertencia: cada palabra que pronunciara en aquel sitio podía abandonar La Tahona antes que ella.

La mujer recogió el pan y se marchó con su acompañante. En cuanto la puerta se cerró, Pilar dejó escapar el aire.

—Has mejorado.

—¿En qué?

—En no responder a la pregunta que quieren que respondas.

Conchi sonrió a pesar suyo.

—Treinta y tantos años de colegio sirven para algo. A veces un niño te preguntaba si podía levantarse y lo que quería saber era si podía ir a hablar con el de la otra punta de la clase.

—Pues aquí igual, pero con más años y menos disimulo.

La comparación alivió un poco el ambiente.

Pilar le sirvió un dedo más de café sin que se lo pidiera y Conchi no protestó.

Durante unos minutos hablaron de la Semana Cultural.

Algunas actividades previstas para aquel lunes se mantendrían en espacios interiores y otras habían sido canceladas; Irene llevaba desde primera hora reorganizando horarios para que el pueblo no pareciera celebrar nada y, al mismo tiempo, no quedara todo paralizado.

La normalidad regresó solo a medias. Un cliente entró a por pan y no mencionó a Ramiro. Después llegó una pareja que sí lo hizo, pero al ver a Conchi cambió de tema con tanta rapidez que empezó a hablar del tiempo sin ninguna transición. Pilar esperó a que salieran antes de alzar las cejas.

—Esos son del segundo grupo.

—Ya me había dado cuenta.

—No te lo tomes como algo personal.

—No me lo tomo así. Me preocupa otra cosa.

—Que lo que digas pese demasiado.

Conchi asintió. La noche anterior había pensado en la facilidad con que Valdecerezos había construido una explicación alrededor de Marcos; aquella mañana comprendía que ella podía contribuir a reforzarla sin proponérselo.

Bastaba con que dijera que la rivalidad le parecía importante para que alguien eliminara el matiz y contara, dos calles más allá, que Conchi también sospechaba de él.

—Ayer le dije a alguien que el conflicto de Marcos era la línea que mejor entendía —admitió.

Pilar no pareció sorprendida.

—Me lo dijiste a mí.

—Sí, pero si lo digo en otro sitio puede terminar convertido en otra cosa.

—Entonces no lo digas en otro sitio.

La respuesta tenía esa sencillez que solo funcionaba porque venía de Pilar.

Conchi miró la hogaza que su amiga había apartado para ella y pensó que, al menos en eso, podía decidir con bastante facilidad.

No tenía sentido pedir prudencia al pueblo si ella misma entregaba frases que pudieran crecer por el camino.

—Lo que sí parece claro —dijo, bajando un poco la voz— es que Marcos y Ramiro no empezaron a llevarse mal ayer.

—No. Eso no.

Pilar conocía a ambos desde hacía años por el trato cotidiano, por las compras, por las ferias y por ese conocimiento inevitable que daba trabajar de cara al público en un pueblo pequeño.

No añadió ninguna anécdota espectacular.

Habló de competencia, de precios, de clientes que compraban a uno y a otro, de comentarios que se repetían cuando coincidían en mercados.

Nada que sonara a odio ni a amenaza, pero tampoco a una rivalidad inventada a posteriori.

—Y lo de que las cuentas no le salían, yo también se lo había oído mencionar a alguien antes de ayer —añadió Pilar—. No a Marcos directamente. A otra persona que había coincidido con ellos en una feria. Pero no sé cuándo lo dijo ni en qué términos.

Conchi agradeció la última precisión. Era exactamente la clase de límite que faltaba en casi todas las versiones que circulaban desde la muerte de Ramiro.

—Entonces sabemos menos de lo que parece.

—Eso no vende muchos cafés —respondió Pilar—, pero sí.

Conchi terminó el suyo y pagó el pan, ignorando la protesta de su amiga porque pretendía invitarla. Cuando se colgó el bolso al hombro, entraron tres personas casi a la vez y La Tahona recuperó el ruido de la mañana. Nadie le preguntó nada mientras se dirigía hacia la puerta, y lo agradeció.

Ya en la calle Mayor, con la hogaza bajo el brazo, se cruzó con un vecino que la saludó y, después de dos frases sobre el buen tiempo, le preguntó qué opinaba «de lo de Marcos».

Conchi respondió que la Guardia Civil estaba comprobando lo ocurrido y que ella no sabía más.

El hombre pareció decepcionado, aunque enseguida cambió de asunto.

Siguió andando hacia su casa y comprendió que Pilar tenía razón en algo esencial: ya no podía hablar como si sus comentarios fueran a quedarse donde los hacía.

No pensaba dejar de escuchar ni fingir que carecía de opinión, pero empezaría a cuidar mejor qué parte de esa opinión pronunciaba en público.

En Valdecerezos, una frase dicha junto al mostrador del pan podía recorrer media plaza antes de que la siguiente hornada saliera del horno.