Capítulo 6
Cerca de las nueve, Valdecerezos había recuperado una calma que no se parecía demasiado a la de cualquier domingo.
Las persianas de algunos comercios estaban bajadas, la Plaza de los Castaños seguía con parte de los puestos cubiertos y, aunque en La Parra quedaban varias mesas ocupadas, las conversaciones parecían detenerse cada vez que alguien pronunciaba el nombre de Ramiro.
Conchi había cenado poco y sin ganas. Después de recoger la cocina se había quedado un rato en el salón con la televisión encendida, sin prestar atención a nada, hasta que Lili empezó a rondar la puerta con la paciencia cada vez más limitada de quien conocía perfectamente la hora de su último paseo.
Salir le pareció una buena idea, no porque quisiera volver a oír hablar de la feria, sino porque pasar el resto de la noche encerrada tampoco iba a conseguir que dejara de pensar en lo ocurrido.
Tomó la calle de las Moreras y dejó que Lili marcara el ritmo.
La perrita avanzó con entusiasmo por una acera que a Conchi le resultaba demasiado silenciosa, se detuvo frente a una maceta, ignoró dos veces que la llamaran y, cuando llegaron a la plaza, intentó desviarse hacia La Parra al reconocer a Pilar en una de las mesas de la terraza.
—La que decide en esa casa ya veo quién es —dijo Pilar al verlas acercarse.
—No le des ideas. Bastante convencida está ya.
Pilar ocupaba una mesa cercana a la fachada, con una taza delante y la chaqueta abrochada hasta arriba.
La Tahona llevaba cerrada un buen rato y, por el aspecto cansado de su amiga, Conchi supuso que había llegado allí después de un día más largo de lo habitual.
Carmen Vela estaba sentada frente a ella y tenía las dos manos alrededor de una infusión.
—Siéntate un poco —propuso Pilar—. Nuria acaba de ponerme un café y todavía no me he arrepentido.
—A estas horas te vas a acordar de él cuando quieras dormir.
—Hoy no creo que el café tenga la culpa.
Conchi dudó unos segundos antes de sentarse. Lili se acomodó junto a la silla de Pilar con una rapidez que delataba antiguas experiencias satisfactorias, y Conchi dejó la correa apoyada sobre una rodilla.
Nuria salió a la terraza para retirar dos vasos de una mesa cercana. Cuando la vio, preguntó si quería algo y Conchi pidió una manzanilla. No necesitaba café ni ninguna otra excusa para alargar una noche que ya iba a costarle cerrar.
—Pilar me estaba diciendo que has hablado con la Guardia Civil —soltó Carmen en cuanto Nuria entró de nuevo.
Conchi miró a su amiga.
—Yo no le he dicho eso.
—No hacía falta —respondió Pilar—. Lo sabe medio pueblo.
—Pues medio pueblo sabe más que yo.
Carmen inclinó la cabeza con expresión de quien esperaba una explicación mejor.
—Pero algo habrás visto. Tú estabas allí.
—También había otras cien personas.
—Ya, pero tú te fijas.
La frase se parecía demasiado a la que Noelia le había dicho el día anterior durante el montaje.
Conchi notó una molestia leve, no contra Carmen en particular, sino contra aquella idea que empezaba a instalarse con una facilidad que no sabía cómo detener.
Haberse fijado dos veces en cosas útiles no significaba que pudiera mirar una plaza y descubrir qué había ocurrido en ella.
—He contado una cosa que recordaba —dijo—. Y se la he contado a quien corresponde. Nada más.
Carmen parecía dispuesta a preguntar qué cosa, pero Pilar se le adelantó.
—Y si no te la quiere contar, haces el favor de no tirarle de la lengua.
—No le estoy tirando de nada. Solo pregunto.
—Eso se llama tirar de la lengua, Carmen.
La llegada de Nuria con la manzanilla evitó que la discusión creciera. Dejó la taza delante de Conchi y, antes de volver al interior, echó un vistazo a las mesas ocupadas.
—Llevamos toda la tarde igual —comentó—. Cada vez que entra alguien trae una versión nueva.
—Eso te pasa por tener un bar —dijo Pilar.
—Y a ti por tener una panadería.
—La diferencia es que por la mañana la gente tiene menos imaginación.
Nuria sonrió apenas, aunque el cansancio le duró más que la sonrisa.
—Pues hoy la han guardado toda para esta tarde.
En la mesa de al lado, dos hombres hablaban en voz baja.
Conchi no habría prestado atención si uno de ellos no hubiera pronunciado claramente el nombre de Marcos.
El otro respondió algo sobre la discusión de la mañana y añadió que aquello «se veía venir».
Ninguno bajó la voz al advertir que Conchi estaba sentada a pocos metros; al contrario, uno de los dos la miró como si esperara que confirmara la frase.
—Tú estabas delante, ¿no? —preguntó.
Conchi dejó la taza en el plato.
—Estaba cerca.
—Entonces oíste lo que le dijo.
—Oí parte de la discusión.
—Que no le cuadraban las cuentas.
—Dijo que no le cuadraba el volumen que vendía Mieles Leal con las colmenas que tenía —precisó Conchi—. Y discutieron también por los precios.
El hombre asintió con la satisfacción de quien acababa de recibir una confirmación.
—Eso. Por algo sería.
—Sería por una discusión comercial —replicó ella—. Todo lo demás lo estás añadiendo tú.
El otro hombre se removió en la silla.
—Bueno, pero discutieron fuerte.
—Discutieron. No les oí amenazarse.
La diferencia no pareció entusiasmarles tanto como la primera parte de la respuesta. Volvieron a su conversación y Conchi notó que Pilar la observaba con una mezcla de paciencia y curiosidad.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Que antes de que termine el fin de semana van a conseguir que te quedes afónica de corregir versiones.
Carmen sorbió un poco de su infusión antes de intervenir.
—También se peleó con la hija.
—Discutieron —corrigió Conchi, cada vez menos segura de si merecía la pena seguir afinando palabras que los demás parecían empeñados en volver a ensanchar—. No sé por qué exactamente.
—Por el negocio, eso lo oyó mucha gente.
—Por el negocio y por el futuro de Sara. Eso es lo que yo escuché. No sé qué había antes ni qué iban a hablar después.
Carmen aceptó la precisión con un gesto poco convencido.
La explicación de Marcos, en cambio, parecía circular con mucha más fuerza.
Conchi había oído ya su nombre al entrar en la plaza, lo acababan de mencionar en la mesa de al lado y Pilar reconoció que en La Tahona, antes de cerrar, tres clientes distintos habían contado la discusión como si hubieran asistido a tres escenas diferentes.
En una, Marcos había acusado a Ramiro de vender miel falsa; en otra, lo había amenazado con arruinarlo; en la tercera, casi habían llegado a las manos.
—Y tú estabas allí —dijo Pilar—. ¿Cuál de las tres?
—Ninguna.
—Eso pensaba.
—Dijo que los volúmenes no le cuadraban y que Ramiro vendía demasiado barato. Ramiro le mandó ocuparse de su puesto. Fue desagradable, pero no hubo amenazas ni se tocaron.
Pilar apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Pues para mañana ya habrá navajas.
—No bromees con eso —murmuró Carmen.
—Precisamente por eso lo digo. Porque cada uno añade un poco y al final nadie recuerda dónde empezó la historia.
Conchi se quedó callada. Aun quitando los adornos, la discusión de Marcos seguía siendo el conflicto más visible de cuantos había alrededor de Ramiro.
Había cuestionado sus precios, había puesto en duda la cantidad de miel que vendía y lo había hecho delante de media feria.
Sara también se había enfrentado con su padre, pero aquello sonaba a una discusión familiar cuyo contenido real ninguno de los curiosos de La Parra conocía.
Marcos, en cambio, había formulado una acusación concreta, o al menos algo que podía parecerlo: las cifras no cuadraban, y era difícil no darle peso.
La puerta del bar se abrió y durante unos segundos la conversación de la terraza se apagó.
Marcos salió acompañado por un hombre al que Conchi no conocía.
Llevaba la chaqueta en la mano y el rostro cansado, como si hubiera pasado la tarde explicando demasiadas veces las mismas cosas.
Al ver a Conchi, hizo un gesto breve de saludo y ella respondió del mismo modo.
No ocurrió nada más, pero cuando Marcos cruzó la plaza, Conchi percibió cómo varias miradas lo siguieron hasta que desapareció por la calle Mayor. Uno de los hombres de la mesa contigua murmuró algo que ella no alcanzó a entender y Carmen se quedó mirando su taza.
—Esto va a ser horrible para todos —dijo Pilar.
Nadie discutió eso.
Unos minutos después apareció Irene desde el interior de La Parra. Había estado hablando con Nuria y llevaba el teléfono en la mano. Se acercó a la mesa para saludar, aunque no hizo ademán de sentarse.
—¿Cómo estás? —preguntó Conchi.
—Cansada. Y con la sensación de que llevo una semana dentro del mismo día.
—Eso nos pasa a unos cuantos.
Irene miró hacia la plaza, donde las lonas de los puestos apenas se movían con el aire de la noche.
—Mañana veremos qué hacemos con la Semana Cultural. Hay actividades que se pueden trasladar, otras que no tiene sentido mantener... Ahora mismo me parece lo de menos, pero tampoco podemos dejarlo todo sin decidir.
Pilar asintió. Aquella frase, tan práctica, alivió a Conchi de una manera extraña.
Durante unas horas el pueblo había hablado como si nada existiera fuera de la muerte de Ramiro, y escuchar a Irene preocuparse por horarios, talleres y actividades del día siguiente devolvía al mundo algo de su tamaño normal.
—¿Has visto a Eva? —preguntó Carmen.
Irene tardó un poco en contestar.
—Hace un rato. Está destrozada. Sara también.
Carmen bajó la voz.
—Pobre muchacha.
Como si el nombre la hubiera hecho aparecer, Eva cruzó desde el lateral del Ayuntamiento unos minutos después.
Venía con Sara. Ninguna de las dos parecía tener ganas de detenerse, pero Irene las llamó con suavidad y se acercó a ellas antes de que alcanzaran la calle Mayor.
Hablaron unos instantes demasiado lejos para que Conchi oyera nada.
Luego Irene señaló La Parra y Sara negó con la cabeza.
Eva sí miró hacia la terraza y, al reconocer a Conchi, se acercó unos pasos. Tenía los ojos enrojecidos y el pelo, siempre recogido con cuidado durante la feria, empezaba a soltarse en varios mechones. Conchi se levantó casi por instinto.
—Lo siento mucho, Eva.
—Gracias.
No parecía haber una respuesta adecuada para algo así. Eva apretó los labios y miró un momento hacia la plaza acordonada.
—No entiendo cómo ha podido pasar —dijo al fin—. Llevamos años haciendo ferias. Yo preparo las etiquetas, las bolsas, la presentación... Ramiro siempre sabía dónde estaba lo que llevaba almendra. Siempre.
Conchi recordó la mañana, el comentario de Ramiro y la tarjeta roja en el extremo derecho. No dijo nada sobre la diferencia que había comunicado a Lucía y Álvaro. Aquello ya no le pertenecía para contarlo en una terraza.
—La Guardia Civil lo aclarará —respondió.
Eva asintió, pero la frase no pareció consolarla.
—He tenido que explicarles cómo montamos normalmente el puesto, quién se ocupa de cada cosa, qué hacemos con las muestras... Todo. Y sigo pensando que en algún momento alguien tuvo que confundir algo. No sé.
No había tono defensivo ni necesidad de convencer a nadie; al menos, Conchi no supo verlo. Sonaba a una mujer que intentaba ordenar un día imposible mediante las rutinas que conocía de memoria.
Sara llamó a su prima desde unos metros más allá.
—Eva, vámonos.
—Sí.
Eva se despidió y volvió junto a ella. Conchi observó cómo ambas se alejaban por la calle Mayor sin hablar. Carmen hizo ademán de comentar algo, pero Pilar le puso una mano encima de la muñeca antes de que empezara.
—Ni se te ocurra.
—No iba a decir nada.
—Te conozco desde hace demasiados años.
Carmen se ofendió durante el tiempo justo para que Nuria apareciera con la cuenta y la conversación cambiara de rumbo.
Conchi terminó la manzanilla ya tibia y decidió que Lili había esperado suficiente.
La perrita llevaba varios minutos levantándose cada vez que alguien movía una silla, convencida de que aquello significaba por fin volver a caminar.
Pilar pagó su café y se levantó también.
—Te acompaño un trecho.
Carmen se quedó en La Parra porque esperaba a una sobrina que pasaría a recogerla.
Conchi y Pilar salieron de la plaza despacio, con Lili adelantándose hasta donde permitía la correa.
Durante unos metros no hablaron. A esa hora la calle Mayor estaba casi vacía y el ruido del bar se fue apagando a su espalda.
—¿Tú qué piensas? —preguntó Pilar cuando llegaron a la esquina de la farmacia.
Conchi la miró de lado.
—Tú también.
—Yo tengo derecho. Soy tu amiga.
—Eso no viene en ningún sitio.
Pilar sonrió, pero esperó. Conchi tardó en responder porque, a diferencia de quienes habían hablado en la terraza, no quería convertir una impresión en una frase que después pudiera regresar a ella como si hubiera sido una certeza.
—Pienso que Marcos estaba enfadado de verdad —dijo al fin—. Y que no hablaba por hablar cuando dijo que el volumen no le cuadraba. Sabe de miel, conoce el negocio y llevaba tiempo compitiendo con Ramiro.
—Eso no es decir que hiciera nada.
—No. Y tampoco sé si lo que pasó fue intencionado.
Pilar asintió sin añadir nada.
—Pero si me preguntas qué conflicto entiendo mejor ahora mismo —continuó Conchi—, entiendo ese. Es el que vimos todos.
—Precisamente por eso lo está viendo todo el pueblo.
La observación era sencilla, pero se quedó con ella.
Marcos había discutido en público, había señalado una anomalía comercial y, unas horas después, Ramiro había muerto.
Eran hechos verdaderos y, puestos uno detrás de otro, formaban una historia tan fácil de contar que cabía en dos minutos de conversación en una terraza.
Conchi sabía, sin embargo, que una historia sencilla no era necesariamente una historia completa.
Al llegar al cruce con la calle de las Moreras, Pilar se despidió con un abrazo breve y siguió hacia su casa. Conchi continuó con Lili, que recuperó de inmediato el interés por los alcorques y las esquinas. La noche estaba fresca y olía a tierra húmeda de los jardines recién regados.
No intentó ordenar sospechosos durante el resto del camino.
Tampoco volvió a pensar en la tarjeta roja, porque ya había entregado aquella diferencia a la Guardia Civil y no tenía ningún dato nuevo que añadir.
Lo que le quedó dando vueltas fue otra cosa menos concreta: por qué el nombre de Marcos había conseguido ocupar tanto espacio en apenas unas horas.
Tal vez fuera porque su enfado era visible, porque su discusión tenía testigos y porque sus palabras parecían encajar con algo que nadie entendía todavía. Tal vez fuera, sencillamente, porque Valdecerezos necesitaba una explicación antes de irse a dormir.
Conchi abrió la puerta de casa y dejó pasar primero a Lili.
Mientras colgaba la correa, reconoció que ella tampoco estaba completamente al margen de esa necesidad.
La rivalidad de Marcos le parecía, de momento, la línea más comprensible, y quizá por eso mismo empezaba a incomodarla lo deprisa que todos habían decidido comprenderla.