La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

A media tarde, la casa de la calle de las Moreras estaba demasiado tranquila para el día que Conchi acababa de vivir.

Lili había recibido su regreso con la indignación propia de quien consideraba una ofensa personal haber pasado tantas horas sola y, después de seguirla por la cocina mientras guardaba el queso y dejaba el tarro de miel sobre la encimera, se había instalado a sus pies con la esperanza de que alguna compensación comestible terminara cayendo por accidente.

Conchi no tenía hambre y, aunque había preparado algo sencillo por costumbre, apenas probó unas cuantas cucharadas antes de apartar el plato.

Cada vez que miraba el tarro de miel volvía a oír a Ramiro recomendándole aquella variedad como si la mañana no hubiera tenido nada distinto de cualquier mañana de feria.

Al final lo guardó en un armario, no porque pensara que hubiera nada malo en él, sino porque no le apetecía seguir viéndolo sobre la encimera.

Durante un rato intentó sentarse en el salón con un libro. Leyó dos veces la misma página sin enterarse de gran cosa y terminó cerrándolo. Lili levantó la cabeza de inmediato, pendiente de cualquier movimiento que pudiera significar paseo.

—Tú sí que sabes organizarte el día —murmuró Conchi.

La perrita se incorporó antes de que ella hubiera terminado de ponerse la chaqueta ligera.

Salir le pareció mejor que continuar dando vueltas por la casa.

No tenía intención de acercarse a nadie ni de enterarse de nada nuevo; quería caminar, dejar que Lili gastara parte de la energía acumulada y volver cuando empezara a refrescar.

Tomó la ruta habitual hacia el Paseo del Nogal, que obligaba a atravesar la plaza, y no pensó en cambiarla hasta que ya estaba entrando en ella.

La Plaza de los Castaños se parecía muy poco a la de aquella mañana.

Algunos puestos estaban cubiertos con lonas y otros habían quedado a medio recoger, con cajas cerradas debajo de las mesas y carteles todavía colgados.

La suspensión de las actividades había dejado sillas apiladas junto a los soportales y una banderola de la Semana Cultural moviéndose sobre una plaza casi vacía.

Las terrazas de La Parra seguían abiertas, aunque incluso allí se hablaba más bajo de lo habitual.

Mieles Leal era el único puesto que no parecía simplemente abandonado a la espera del día siguiente.

La cinta que delimitaba la zona seguía en su sitio y la mesa de degustación permanecía dentro, tal como la Guardia Civil había pedido que se dejara.

A unos metros había un vehículo oficial y Conchi distinguió a Lucía Ferrer hablando con otro agente junto al lateral del Ayuntamiento.

No pensaba detenerse. Acortó un poco la correa para que Lili no se acercara a la zona acordonada y continuó por el borde de la plaza, procurando no mirar demasiado hacia el puesto porque había visto suficientes cosas allí por un día.

Sin embargo, fue precisamente al apartar la vista cuando tuvo la sensación de que el conjunto no era igual al que recordaba.

Dio tres pasos más antes de detenerse; Lili, contrariada por aquella interrupción sin motivo aparente, tiró suavemente hacia delante mientras Conchi se volvía hacia la mesa lateral.

Los recipientes seguían donde habían quedado después de la cata y las pequeñas tarjetas continuaban sobre la mesa.

Desde fuera de la zona preservada se distinguían peor que por la mañana, pero el color rojo de una de ellas resultaba evidente.

Conchi frunció los ojos y avanzó un poco por el perímetro, sin cruzar la cinta, buscando el ángulo desde el que había estado aquella mañana cuando Ramiro le recomendó la miel clara.

La tarjeta roja ya no estaba en el extremo derecho.

Se quedó quieta unos segundos, no porque aquello tuviera un significado que pudiera explicar, sino porque recordó con una claridad incómoda la conversación de las diez.

Había leído «Miel y almendra» mientras esperaba que Ramiro envolviera el tarro.

Eva había dejado unas servilletas sobre la mesa y él le había dicho que no moviera aquella muestra, que cuanto más lejos de él estuviera, mejor.

Después incluso había bromeado con que Eva acabaría colocándosela en medio por querer dejarlo todo simétrico.

No necesitaba hacer ningún esfuerzo para recordar la frase de Ramiro: almendra al extremo y todos tranquilos.

La había oído a menos de un metro, mientras tenía el monedero en la mano, y en aquel momento no le había atribuido más importancia que a cualquier precaución razonable en una mesa de degustación.

Conchi volvió a mirar la mesa. La tarjeta roja estaba ahora más hacia el interior, junto a uno de los recipientes, mientras otra ocupaba la zona derecha.

La distancia no le permitía leer con comodidad todos los textos, pero sí reconocer la tarjeta que aquella mañana había tenido delante.

Podía estar equivocándose en unos centímetros; lo que no le parecía posible era haber confundido un extremo con el centro de la mesa.

Entonces se obligó a detener el pensamiento antes de seguirlo demasiado lejos.

Entre las diez y aquel momento habían pasado horas: había habido una cata, gente alrededor, una emergencia sanitaria, personas apartándose con prisa y sanitarios trabajando junto a Ramiro.

La Guardia Civil no había delimitado la zona hasta después del traslado, de modo que una tarjeta podía haberse movido por muchas razones.

Conchi no había visto quién la había tocado ni cuándo, y ni siquiera podía asegurar que el cambio hubiera ocurrido antes de la reacción.

Lo que sí podía asegurar era cómo estaba a las diez y cinco.

La diferencia que veía ahora era pequeña, pero no procedía de un rumor ni de una impresión ajena, sino de algo que ella misma había observado.

Durante los dos casos anteriores había aprendido lo fácil que resultaba enamorarse de una explicación en cuanto aparecía una pieza que parecía encajar; esta vez no necesitaba construir ninguna.

Bastaba con entregar el dato a quien podía comprobar si servía para algo.

Lucía seguía junto al Ayuntamiento. Conchi llamó a Lili y caminó hacia ella sin acercarse a la zona acordonada.

—Lucía.

La guardia civil terminó la frase que estaba diciendo al otro agente y se volvió.

—Conchi. ¿Pasa algo?

—He visto una cosa. No sé si tiene importancia, pero creo que deberíais saberla.

Lucía miró hacia el puesto y después otra vez a ella. No pareció sorprendida ni impaciente.

—Dime qué has visto.

La elección de las palabras hizo que Conchi agradeciera no haber empezado por explicar lo que pensaba, porque en realidad todavía no pensaba nada que pudiera defender.

—Esta mañana, sobre las diez y cinco, estuve comprando miel en el puesto de Ramiro. La mesa de degustación ya estaba preparada. Había una tarjeta roja que ponía «Miel y almendra» y estaba en el extremo derecho. Ahora no está ahí.

Lucía no miró inmediatamente hacia la mesa; mantuvo la atención en Conchi, como si prefiriera fijar primero el recuerdo sin mezclarlo con lo que ambas tenían delante.

—¿Cómo sabes que eran las diez y cinco?

—Miré el reloj del Ayuntamiento cuando llegué a la zona de productores. Me acuerdo porque acababa de pasar por el puesto de quesos y pensé que llevaba más rato del que quería en la plaza.

—Bien. ¿La tarjeta la leíste o recuerdas solo el color?

—La leí. Estaba delante de ella, bastante cerca. Y Ramiro comentó que quería esa muestra en el extremo porque le daba alergia la almendra. Eva dijo también que por eso la tenían separada.

Lucía sacó una pequeña libreta que llevaba en el bolsillo y anotó algo.

—¿Tocaste la mesa?

—No.

—¿Alguna de las tarjetas?

—Tampoco.

—¿Viste a alguien cambiarlas?

—No. Eso es precisamente lo que no sé.

Lucía levantó la mirada de la libreta y esperó un instante antes de continuar con las preguntas.

—¿Volviste a fijarte en ellas antes de la cata?

Conchi repasó la mañana antes de responder.

Había regresado a la zona, había oído la discusión con Marcos, después la conversación entre Sara y su padre, había visto a Irene haciendo fotos y a Noelia salir hacia el centro cultural.

Sin embargo, no se había acercado otra vez lo suficiente a la mesa como para leer las tarjetas.

—No como para poder decirte dónde estaban. Las vi de lejos alguna vez, pero no me fijé. A las diez y cinco sí estoy segura.

—¿Y ahora qué ves exactamente?

Conchi señaló desde fuera del cordón, cuidando de no acercar siquiera el brazo a la zona preservada.

—La roja está más hacia dentro. Esta mañana estaba al final de la mesa, a la derecha según la mirábamos desde delante del puesto. No puedo decirte cuándo cambió ni quién la movió. Tampoco sé si alguien pudo tocarla mientras atendían a Ramiro.

Lucía anotó de nuevo. Su expresión no cambió.

—Eso último es importante. No conviertas una diferencia de posición en una explicación de cómo llegó hasta ahí.

—No lo estoy haciendo.

—Ya lo sé. Por eso te pregunto por separado.

La respuesta no tuvo dureza. Era casi una forma de confirmar que estaban hablando de lo mismo: una observación tenía valor precisamente mientras no se mezclara con lo que todavía no se sabía.

Álvaro se acercó desde el puesto al verlas conversando y esperó a que Lucía terminara de anotar antes de intervenir.

—¿Qué ocurre?

Lucía le resumió en pocas frases lo que Conchi acababa de contar: hora aproximada, posición de la tarjeta roja y comentario de Ramiro sobre mantener la muestra con almendra en el extremo.

No añadió nada que Conchi no hubiera dicho.

Álvaro miró entonces a Conchi, atento a la precisión de lo que acababa de oír.

—¿Seguro del extremo derecho?

—Sí. De eso sí.

—¿Seguro de que nadie la movió durante la asistencia?

—No. De eso no tengo ni idea.

—Así está mejor dicho —respondió Álvaro con un asentimiento breve.

Conchi arqueó ligeramente las cejas antes de responder:

—Podrías fingir que mi respuesta anterior también te había servido.

—Me sirve que distingas una cosa de la otra —respondió Álvaro, con una sonrisa cansada que desapareció enseguida.

—Tomaremos nota y comprobaremos la secuencia. De momento no significa más que lo que has contado: que tú viste una disposición a una hora y ahora ves otra.

—Es lo único que pretendía decir.

—Pues con eso basta.

Lucía añadió un par de preguntas sobre el lugar exacto desde el que Conchi había visto la tarjeta por la mañana.

Ella le explicó que había estado frente al puesto principal, a un lado de la mesa de degustación, mientras Ramiro preparaba su compra.

Lucía le pidió que indicara la posición desde fuera del cordón y Conchi lo hizo sin aproximarse más.

También precisó que la tarjeta de miel y limón estaba entonces más hacia el centro, aunque no se atrevía a fijar la distancia exacta entre ambas.

—¿Recuerdas si alguien estaba manipulando la mesa en ese momento? —preguntó Lucía.

—Eva dejó unas servilletas. Nada más que yo viera. Ramiro le pidió que no cambiara de sitio la muestra de almendra, pero fue una broma normal entre ellos. No estaban discutiendo.

—De acuerdo —dijo Lucía mientras anotaba aquello también, sin concederle una importancia especial.

Álvaro miró a Lili, que llevaba varios minutos esperando con una paciencia cada vez menos convincente.

—Creo que tienes a alguien que no está de acuerdo con esta conversación.

—Lleva toda la tarde sin estar de acuerdo conmigo.

—Entonces no la hagas esperar más.

Conchi se despidió y retomó el paseo. Al cruzar la plaza procuró no volver la cabeza hacia la mesa, aunque la imagen de la tarjeta roja seguía allí, mucho más nítida ahora que sabía que no ocupaba el mismo lugar.

No se sentía satisfecha por haber detectado una contradicción; Ramiro seguía muerto y aquella diferencia podía acabar teniendo una explicación completamente accidental.

Lo único que le producía cierto alivio era haber evitado la tentación de quedarse con el dato mientras intentaba construir una historia alrededor.

Continuó por el Paseo del Nogal hasta los huertos.

Lili recuperó enseguida su interés por los bordes del camino y por un gorrión que no parecía compartirlo.

La normalidad del paseo resultó extrañamente útil.

Conchi caminó sin repasar sospechosos ni conversaciones de la mañana y, cuando regresó hacia la calle de las Moreras, el sol empezaba a bajar detrás de los tejados.

En casa, dejó la correa sobre el mueble de la entrada y puso agua fresca a Lili. Solo entonces volvió a la cocina. El tarro de miel seguía guardado en el armario donde lo había dejado después de comer, y Conchi no lo sacó.

Había contado una posición, una hora y una diferencia, nada más. No sabía qué significaría aquello cuando la Guardia Civil comprobara la secuencia, pero por aquella tarde le bastaba con haber dejado el dato donde correspondía, sin convertirlo antes en una respuesta.