Capítulo 4 #2
Conchi no perdió de vista a Ramiro, aunque evitó interpretar lo que no entendía. Lo vio sentarse y quedar atendido por quienes se habían acercado a ayudar. Eva permanecía junto a él, pálida, respondiendo a preguntas rápidas. Noelia repetía que dejaran libre el paso.
En algún momento Irene regresó y anunció que la ambulancia estaba avisada y que entraría por la calle Mayor.
Los minutos siguientes resultaron difíciles de medir. Conchi miró el reloj del Ayuntamiento más de una vez y tuvo la sensación de que las agujas apenas se movían. Carmen Vela apareció a su lado sin que hubiera visto de dónde venía.
—¿Qué ha pasado? —preguntó en voz baja.
—Parece una reacción alérgica. No sé más.
—¿A la miel?
—No lo sé, Carmen.
La respuesta le salió algo más seca de lo que pretendía, pero no quería empezar a rellenar huecos. Había oído la palabra almendra y sabía que Ramiro tenía alergia. Todo lo demás correspondía a quienes lo estaban atendiendo.
La asistencia sanitaria llegó poco después de las doce. El sonido del vehículo antes de entrar en la plaza hizo que la gente terminara de apartarse. Dos profesionales cruzaron con el material y el espacio alrededor de Ramiro quedó por fin despejado.
Conchi se retiró hasta la fuente. Desde allí apenas distinguía el puesto entre las personas que lo rodeaban.
Irene estaba cerca, con el teléfono pegado a la oreja; había dejado la cámara en algún sitio y parecía haberse olvidado por completo de las fotografías.
Noelia habló primero con uno de los sanitarios y después con un voluntario para impedir que nadie se acercara a la mesa de degustación.
Eva respondía a cuanto le preguntaban con frases breves y se movía únicamente cuando se lo indicaban.
—¿Sara está avisada? —preguntó Irene cuando pudo acercarse a ella.
Eva asintió. Conchi no oyó la respuesta completa, solo algo sobre que ya la habían llamado.
Mientras esperaban, las primeras versiones empezaron a recorrer la plaza.
Un hombre aseguraba que Ramiro había sufrido un ataque; una mujer hablaba de un atragantamiento y otra persona mencionó una alergia.
En cuestión de minutos, la palabra almendra pasó de una conversación a otra con una seguridad que nadie podía justificar todavía.
—Ha sido la almendra —dijo Carmen a su lado.
—Han dicho que tiene alergia. No es lo mismo.
—Pero Eva lo ha preguntado.
—Porque sabe que es alérgico. Esperemos a que digan algo quienes lo están atendiendo.
Carmen aceptó la corrección, aunque no pareció del todo convencida.
Conchi conocía ya demasiado bien aquel mecanismo.
Bastaban una posibilidad sencilla y varias personas dispuestas a repetirla para que, poco a poco, dejara de sonar como una posibilidad.
Allí había una persona con una alergia conocida, dos muestras parecidas y una mesa por la que había pasado mucha gente.
Una confusión podía explicar lo sucedido.
En ese momento no había ninguna razón para afirmar algo distinto.
Después del traslado de Ramiro, la plaza no recuperó el ruido de antes.
Los vecinos permanecieron en pequeños grupos y varios vendedores empezaron a cubrir productos o cerrar cajas sin que nadie se lo hubiera pedido.
El puesto de Mieles Leal quedó prácticamente inmóvil: los tarros seguían alineados, la mesa principal permanecía como estaba y nadie se acercaba ya a la zona de la cata.
Conchi pensó que Eva se marcharía con Ramiro, aunque durante unos minutos todavía la vio hablando con Irene y Noelia, tratando de responder a cuestiones de organización.
Después la perdió de vista entre la gente.
No sabía si había salido hacia el centro de salud, hacia el hospital o simplemente se había apartado, y no sintió necesidad de averiguarlo.
Poco después de las doce y cuarto llegó la Guardia Civil.
Conchi reconoció a Álvaro Robles antes de que terminara de cruzar la plaza y vio a Lucía Ferrer a su lado.
Su presencia produjo un cambio inmediato, aunque sin carreras ni voces.
Hablaron primero con Irene y Noelia, pidieron que nadie desmontara el puesto de Mieles Leal y dejaron delimitada la zona de la cata para evitar que se movieran recipientes, tarjetas o utensilios hasta saber con claridad qué había ocurrido.
Conchi se mantuvo fuera. Cuando Álvaro la vio junto a la fuente, se limitó a saludarla con un gesto breve de la cabeza, cosa que ella agradeció. Había presenciado la reacción igual que muchas otras personas y no tenía ninguna información especial que aportar en ese momento.
Lucía habló con varios testigos que habían estado cerca durante la cata.
Después pidió a un voluntario que ayudara a identificar a quienes habían ocupado las primeras filas.
Incluso si todo terminaba siendo un accidente, tendrían que reconstruir cómo se habían preparado las muestras y qué había probado Ramiro.
Era trabajo suyo. No del pueblo entero.
—Esto se ha debido de mover —oyó decir a alguien detrás de ella—. Con tanta gente, cualquiera sabe.
—O se han equivocado con los cartelitos —respondió otra voz.
Conchi no se volvió. Las dos explicaciones encajaban con lo que acababan de ver y precisamente por eso no tenía sentido elegir una sin datos. Había mesas, porciones parecidas, tarjetas y gente entrando y saliendo desde primera hora. Un error parecía perfectamente posible.
También era posible que todavía nadie supiera nada.
La feria quedó suspendida de hecho. Las familias fueron marchándose, los productores dejaron de vender y, poco a poco, Irene recorrió los puestos para explicar que las actividades de la tarde quedaban pendientes de confirmación.
Marcos permanecía junto a su mesa sin atender a nadie, con los brazos cruzados y la vista fija en el suelo durante largos ratos.
La discusión de aquella mañana, que unas horas antes había parecido el asunto más desagradable del día, adquiría ahora inevitablemente otro peso.
Conchi lo notó y se obligó a no sacar ninguna conclusión de la coincidencia.
Sara apareció más tarde, apresurada y con el teléfono en la mano. Habló primero con Irene y después con Álvaro. Pareció querer avanzar hacia el puesto, pero Lucía se acercó y la acompañó unos metros hacia una zona más apartada.
Conchi no intentó acercarse. Había escuchado la discusión entre padre e hija apenas unas horas antes y cualquier palabra de consuelo le habría parecido torpe en aquel momento.
Pensó varias veces en marcharse. Lili llevaba demasiado rato sola y ella ya no podía hacer nada allí, pero abandonar la plaza resultaba extrañamente difícil mientras todo seguía pendiente.
Cada vez que parecía decidida a irse ocurría alguna cosa pequeña: Irene buscaba a alguien de la organización, Lucía hacía otra pregunta, un vendedor quería saber si podía recoger o alguien recibía una llamada y se apartaba con gesto serio.
No era exactamente curiosidad. Era la dificultad de alejarse de un lugar cuando algo grave acaba de suceder delante de uno y todavía no se conoce el final.
Poco después de la una, Álvaro recibió una llamada. Se apartó varios pasos mientras escuchaba y no hizo ningún gesto que permitiera adivinar qué le estaban diciendo. Cuando terminó, habló primero con Lucía y después buscó a Sara, que permanecía cerca de Irene.
Conchi no oyó una sola palabra.
No hizo falta.
Sara se quedó completamente quieta y, a su lado, Irene se llevó una mano a la boca.
La noticia fue pasando de un grupo a otro sin que nadie tuviera que anunciarla en voz alta.
Ramiro había muerto.
Conchi bajó la mirada hacia la bolsa que todavía llevaba en la mano.
Dentro seguían el queso y el tarro de miel que había comprado aquella mañana, dos cosas corrientes de una feria a la que había acudido sin otro propósito que pasar un rato.
Le costaba encajar que apenas unas horas antes Ramiro hubiera estado recomendándole una variedad, hablando de cristalización y bromeando con que los apicultores no sabían explicar nada en cinco minutos.
A su alrededor, unos vecinos empezaron a marcharse de inmediato y otros permanecieron quietos, como si abandonar la plaza significara aceptar de una vez lo ocurrido.
Irene confirmó que el resto de las actividades quedaban suspendidas.
Álvaro y Lucía continuaron junto a la zona preservada sin ofrecer explicaciones.
Carmen se acercó otra vez a Conchi. Esta vez no llevaba ninguna pregunta preparada.
—Pobre hombre.
Conchi se limitó a asentir.
La versión que empezaba a circular seguía siendo la más sencilla: una reacción alérgica durante una cata, quizá provocada por una confusión entre muestras o etiquetas en una mesa por la que había pasado mucha gente. Podía haber sido un accidente absurdo y terrible.
Conchi no tenía, por el momento, ningún motivo para pensar otra cosa.
Antes de marcharse miró una última vez hacia Mieles Leal. El puesto parecía congelado en mitad de una actividad que nadie iba a terminar: los tarros continuaban alineados, las servilletas seguían sobre la mesa y las pequeñas tarjetas permanecían allí donde habían quedado cuando todo se interrumpió.
La Guardia Civil había impedido que nadie recogiera nada.
Conchi apartó la vista y salió por la calle Mayor. Lili llevaba demasiadas horas esperándola y ella necesitaba volver a casa, dejar aquella bolsa en la cocina y alejarse durante un rato de una plaza que esa mañana había dejado de parecer una feria.