La miel amarga (Los misterios de Valdecerezos 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Conchi llevaba apenas unos minutos sentada cuando Irene apareció por la zona de la fuente con el teléfono en una mano y una cámara pequeña colgada del hombro.

Hasta entonces la había visto ir de un lado a otro con la carpeta, resolviendo preguntas, orientando a visitantes y buscando voluntarios que siempre parecían estar en el extremo contrario de la plaza.

Por primera vez en toda la mañana, se había acordado de que la Semana Cultural también necesitaba fotografías.

—No pongas esa cara —le dijo Conchi cuando se detuvo a su altura—. No pienso ayudarte a colocar a nadie.

—Ni falta que hace. Como intente ordenar a la gente para una foto, se acaba la feria antes de que termine.

Irene levantó la cámara y encuadró la plaza desde un lado de la fuente.

Hizo varias fotografías casi seguidas: los puestos bajo los castaños, un grupo de niños con las mesas del taller al fondo, las personas que se detenían frente a los productores y, más allá, la hilera donde estaban Mieles Leal y el puesto de Marcos.

Nadie prestó demasiada atención. Un hombre se apartó al descubrir que estaba dentro del encuadre y una mujer se quedó quieta un instante como si estuviera posando, aunque para entonces Irene ya había girado hacia otro lado.

—¿Eso es para el Ayuntamiento? —preguntó Conchi.

—Para el archivo de la Semana Cultural, las redes del pueblo y lo que me pidan luego. Si sale alguien con los ojos cerrados, diré que es una decisión artística.

—Muy profesional.

—Sobre todo práctica.

Irene se alejó todavía sonriendo y Conchi permaneció en el banco, entretenida con el movimiento de la plaza.

Los cinco minutos de descanso que se había concedido empezaban a prolongarse más de lo previsto, pero tampoco tenía demasiada prisa por levantarse.

Desde allí veía a Ramiro atender a un par de clientes y a Eva trabajar a su lado con la misma eficacia de toda la mañana.

Sara ya no estaba junto al puesto. Poco antes la había visto recoger el bolso después de ayudar con unas bolsas y marcharse por la calle Mayor, todavía con el gesto serio de la discusión con su padre.

No había habido otra pelea ni una despedida especialmente tensa; simplemente había mirado la hora, dicho algo que Conchi no alcanzó a oír y se había ido.

Marcos, unos metros más allá, también parecía haber enterrado la discusión de antes.

Hablaba con tres personas a la vez y pesaba un tarro mientras una mujer buscaba dinero en el monedero.

Si alguien hubiera llegado entonces a la plaza, habría resultado difícil imaginar que apenas una hora antes los dos apicultores habían discutido con suficiente intensidad como para atraer unas cuantas miradas.

La feria tenía esa capacidad para tragarse los enfados sin resolverlos. Bastaba con que apareciera un cliente, un niño pidiera paso o sonara un teléfono para que cada uno tuviera que regresar a lo suyo.

Conchi estaba pensando que ya podía levantarse y volver a casa cuando vio a Noelia llevarse el móvil a la oreja.

Escuchó durante unos segundos, buscó a Irene con la mirada y le hizo una seña desde lejos.

Después intercambió unas palabras con uno de los voluntarios, señaló la zona de los puestos y salió de la plaza hacia el centro cultural con paso rápido.

Conchi apenas reparó en ello. Desde el día anterior, Noelia parecía pasar más tiempo solucionando pequeños problemas que disfrutando de la actividad que ayudaba a organizar.

Decidió dar aquella última vuelta que se había prometido y echó a andar despacio, procurando no quedar atrapada entre los grupos que ya ocupaban buena parte de la plaza.

La bolsa con el queso y la miel pesaba bastante más de lo que justificaba su contenido, quizá porque llevaba demasiado rato cargándola.

Se detuvo frente a un puesto de conservas y rechazó con firmeza una degustación de paté después de recordar todo lo que había comprado desde que llegó.

Cuando volvió a pasar cerca de Mieles Leal, Eva estaba terminando de preparar la mesa lateral de la cata.

Había colocado más servilletas, varios palillos y los dos recipientes con pequeñas porciones de bizcocho.

Conchi reconoció el conjunto porque lo había visto por la mañana, aunque esta vez no se acercó lo suficiente para leer las tarjetas.

Ramiro atendía a una pareja de visitantes y de vez en cuando miraba hacia la mesa, pendiente de que todo estuviera listo.

—Conchi, ¿te quedas a la cata? —preguntó Eva al verla.

—Como siga probando cosas, no voy a comer en casa.

—Son trozos pequeños.

—Eso mismo dicen todos los que quieren que pruebes algo.

Ramiro oyó la respuesta y se volvió hacia ellas.

—Luego te quejarás de que no te damos de comer en el pueblo.

—De momento me quejo de todo lo contrario.

Él sonrió y regresó a sus clientes. Eva continuó preparando el material, apartando un paquete vacío y comprobando que hubiera suficientes servilletas.

Se movía entre la mesa y el mostrador con la soltura de quien llevaba años haciendo lo mismo en ferias y mercados, respondiendo a una pregunta mientras ordenaba otra cosa y adelantándose a lo que pudiera hacer falta unos minutos después.

Noelia regresó poco más tarde por la calle que conducía al centro cultural.

Entró deprisa, habló brevemente con Irene y se dirigió hacia la zona de productores, aunque una pareja la detuvo a mitad de camino para preguntarle por el horario de la charla de la tarde.

Ella consultó el programa, señaló hacia el centro cultural y continuó después hacia las mesas.

Todo formaba parte del ir y venir que Conchi llevaba observando desde la víspera.

Poco antes de las doce, la gente comenzó a reunirse alrededor del puesto de Mieles Leal.

No hubo ninguna convocatoria formal. Eva avisó a quienes estaban cerca de que iban a empezar, Ramiro terminó de cobrar a un cliente y Noelia procuró mantener abierto un pasillo para que el pequeño grupo no bloqueara la circulación.

Conchi terminó en la segunda fila casi sin decidirlo, más porque abrirse camino hacia fuera resultaba incómodo que por verdadero interés en la explicación.

—No voy a soltar un discurso —anunció Ramiro al comprobar que tenía delante a más personas de las esperadas—. Que luego dicen que los apicultores hablamos demasiado de las abejas.

—Eso lo dices tú —respondió alguien desde un lado.

—Porque es verdad. Nos dais cinco minutos y acabamos hablando media hora.

Hubo algunas risas y Ramiro empezó a explicar, de manera sencilla, cómo variaba el sabor de la miel según la floración y por qué dos tarros podían presentar tonos distintos sin que uno fuera necesariamente mejor que el otro.

Conchi ya le había oído parte de aquello durante la mañana, pero la explicación resultaba más entretenida con público porque las preguntas interrumpían continuamente el recorrido previsto.

Una mujer quiso saber si la miel cristalizada estaba estropeada y Ramiro le respondió con una paciencia que contrastaba bastante con el mal humor que había mostrado durante la discusión con Marcos.

Eva iba ofreciendo pequeñas muestras a quienes se acercaban y atendía también a las personas que llegaban por los laterales.

Noelia vigilaba que nadie terminara cerrando el paso.

Marcos continuaba en su puesto y, aunque desde allí debía de oír buena parte de la explicación, no se acercó ni hizo comentario alguno.

Cuando Ramiro pasó a los bizcochitos, la atención de Conchi se dispersó. Una mujer a su espalda le pidió que dejara pasar a una niña y ella se movió un poco hacia la derecha. Escuchó a Ramiro mencionar las dos variedades mientras varias manos se acercaban a las porciones preparadas sobre la mesa.

Él cogió una con absoluta naturalidad, sin preguntar nada ni detenerse a comprobarla, como quien toma algo de un lugar conocido en el que no espera ninguna sorpresa.

Mordió el bizcochito mientras contestaba a una pregunta sobre la miel de castaño. Continuó hablando unos segundos, pero de pronto perdió el hilo. Carraspeó, buscó una servilleta y trató de seguir con la explicación antes de dejar lo que tenía en la mano y llevarse los dedos al cuello.

Eva dejó de moverse.

—Ramiro, ¿qué pasa?

Él intentó contestar, pero apenas le salió voz. El cambio fue tan rápido que durante un instante nadie pareció comprender qué estaba ocurriendo. Una mujer dio un paso atrás y alguien preguntó si se había atragantado. Eva se acercó mientras Ramiro negaba con la cabeza y respiraba con dificultad.

—La alergia —dijo ella, y el tono tranquilo de unos segundos antes desapareció por completo—. Ramiro, mírame. ¿Has cogido algo con almendra?

La palabra cambió el ambiente.

Conchi recordó de inmediato la conversación de aquella mañana y el comentario de Ramiro sobre mantener la muestra con almendra lejos de él, pero no tuvo tiempo de pensar en nada más.

Noelia pidió espacio con voz firme y alguien llamó al 112.

Otra persona intentó acercarse; Eva levantó una mano para evitar que se amontonaran alrededor.

Conchi retrocedió varios pasos. Sabía lo suficiente para entender que allí sobraba gente y que, por mucha buena voluntad que tuviera cualquiera, lo sensato era dejar sitio a quien pudiera ayudar de verdad.

Una mujer dijo que era enfermera y se abrió paso.

Noelia empezó a apartar a los curiosos mientras Irene corría hacia el Ayuntamiento para facilitar la llegada de la asistencia sanitaria.

El murmullo de la plaza no desapareció de golpe.

Se fue apagando por zonas, a medida que quienes estaban más lejos comprendían que algo serio estaba ocurriendo.

Cerca del Ayuntamiento algunos niños continuaron jugando hasta que los adultos empezaron a reunirlos y apartarlos.

En el puesto de Marcos, varias personas miraban hacia Mieles Leal sin decidir si debían acercarse o permanecer donde estaban.